sábado, julio 30, 2011

TÁRIBA



Así como para nosotros, las personas, existe la partida de nacimiento; para las poblaciones, se supone, hay el equivalente que son sus actas fundacionales. En el caso venezolano son contadas, contadísimas, las que pueden exhibirla. Una de ellas: Guanare, fundada el 3 de noviembre de 1591 por el capitán portugués Juan Fernández de León. Por cierto, originalmente fue “Espíritu Santo del valle de San Juan”.

Pero dejemos para otra oportunidad a la capital del estado Portuguesa; porque como bien dije en el párrafo anterior, y es en lo que quiero hacer énfasis, en su casi totalidad, nuestros pueblos y ciudades son una suerte de muchachos expósitos abandonados a la libre interpretación y elucubración de todo aquel que a bien tenga hacerlo. Debo apuntar que, como una especie de muletilla empleada por ignaros y doctos, es que todas tuvieron dicho documento en su haber, pero siempre apareció un incendio inoportuno que volvió cenizas dichos folios…

Ahora bien, para cumplir con la frase favorita de don José Humberto Márquez y el güino Pedro Pablo Ballarales: “¡Aligere y deje la bolera, que de tanto emporrar no llega ni a Patiecitos!”; retomo el hilo. Lo anteriormente escrito viene a colación porque en mi trabajo de hoy quería escribir sobre la muy tachirense población de Táriba, a la cual algunos habitantes ponzoñosos de la capital andina gustan de zaherir llamándola: “el barrio más grande de San Cristóbal”.

En efecto, eso que los economistas definen como eje de interpolación urbana, aquí se ha cumplido a cabalidad y hoy en día, ambas ciudades, son una sola. Caso similar al de Acarigua-Araure o Barcelona-Puerto la Cruz, por citar dos ejemplos.

Pero tiempos hubo en los que cada una tuvo sus propios espacios e ir de una a la otra era un viaje que yo llegué a disfrutar. Las reflexiones anteriores en torno a las fechas de fundación de nuestras principales ciudades es porque la llamada Perla del Torbes no escapa a esa situación.

Ha habido quienes afirmaron, y otros que siguen afirmándolo, que Táriba nació en 1547 cuando, a un poblado indígena que allí existía, llegó Alonso Pérez de Tolosa, quien por cierto llevaba entre sus acompañantes a Diego de Losada. Perdonen, pero ¿cómo es la vaina? ¿La fundaron o la descubrieron o qué fue lo que pasó?

Ahora bien, como a los venezolanos nos encanta un bochinche –Miranda dixit–, en torno a la supuesta fecha de aparición histórica de esta población hay unas cuantas más. Se afirma que Pérez de Tolosa la fundó fue en 1602, pero que Alonzo Álvarez de Zamora le había picado adelante, puesto que se estableció allí como centro de encomenderos el 28 de abril de 1565.

Puedo dar fe que, si doy riendas sueltas a mi condición de quisquilloso desahuciado, las versiones al respecto podrían llenar infinidad de páginas, y ciertamente la idea no es darles la lata hasta ese punto. Táriba no merece semejante desplante de supuesta erudición a sus costillas, como bien dicen allá no pretendo juagar mi mugre a su cuenta.

Táriba es una puerta entreabierta que por sus rendijas deja ver una sólida casa que semeja a la devoción con que sus hijos veneran la Virgen de la Consolación. Es una plegaria a los héroes cívicos, que está más allá de sus plazas pintarrajeadas por unos tonteras que creen que con rojo imponen voluntades. Es todo y es nada. Es calles empinadas y jinetes del tercer milenio en sus corceles cromados y una rolliza doncella en la metálica grupa. Son niños que juegan a ser Arango bajo la mirada de un Bolívar pedestre que los ampara. Es una venta de santos que ofrece besos ¿ausentes de pasión? Es una criatura que da sus primeros pasos en el borde de una filigrana hecha brocal. Es una iglesia donde el hombre entrega de hinojos su rogativa. Es una mujer desangelada que se interna en un túnel que sólo ella sabe donde termina.

Táriba es un paquete de dulces que se saborea acompañado de una figura religiosa, donde la fe es mucho más que una iglesia que no se termina de construir. Es una oración que remonta sus cuestas con ese sentido tan propio de sus naturales y que los hace andar con la alegría agazapada para sorprender gratamente al forastero.

© Alfredo Cedeño




















ANIBAKAIDA













jueves, julio 28, 2011

GRACIA DE DIOS




Aquí el sol es un alboroto
que estalla en el cielo
revienta los bombillos
y se sube al pellejo de los muchachos…

El sol venezolano es bendición
que se pone gordo como una arepa
para darle de comer a la mar
y hacerse canción infinita.

© Alfredo Cedeño

martes, julio 26, 2011

ZANCADAS




Como brisa entre la hierba montañera
pasan sus piernas de hembra guerrera,
son barcas que no saben de esperas
y ponen ganas color esmeralda en la tarde.

© Alfredo Cedeño

lunes, julio 25, 2011

444, Y CARACAS SIGUE TAN CAMPANTE…



Desde que tengo la facultad de recordar cosas he venido escuchando que Caracas fue fundada el 25 de julio de 1567. Fue un martes, por más señas, cuando el íbero, zamorano de Río Negro del Puente, Diego de Losada, al frente de centena y media de hombres funda Santiago de León de Caracas.

Losada había salido de El Tocuyo y le acompañaban, entre muchos otros, Francisco Maldonado de Almendráis, Francisco Madrid, Gabriel de Ávila, Tomé Andrea de Ledesma, Sebastián Díaz de Alfaro, Damián del Barrio, Pedro Alonso Galeas, Diego de Paradas, Juan de Gámez, Julián de Mendoza, Pedro García Camacho y Juan Serrano. También estaba entre ellos Alonso Andrea de Ledesma, sobre quien quiero abundar.

Quiero detenerme en él por una razón fundamental que va más allá de su peso histórico en plantar los cimientos de este crucigrama sin soluciones que tenemos por país. Ledesma en 1557 estuvo con el capitán Diego García de Paredes en la fundación de Trujillo; fue uno de los que participa en la captura y ejecución de Lope de Aguirre, y paremos la enumeración, porque su gesta final es la que realmente lo inmortaliza en mayo de 1595.

En esa fecha el pirata inglés Amyas Preston, conducido por el resentido Sánchez de Villapando –como pueden ver siempre los hemos tenido– entró a Caracas por los lados de Chacao. Los hombres de la ciudad se habían parapetado en el camino real que por la vía de La Pastora comunicaba con el Puerto de La Guaira. La ciudad estaba desamparada. Sólo niños, mujeres y ancianos estaban en ella. Y los piratas al querer entrar encontraron a este octogenario que lanza en ristre les plantó cara. La superioridad de los piratas terminó en su sacrificio…Por diez años se le adelantó Ledesma al Quijote. Fue él quien puso la piedra fundamental para que nos constituyésemos como pueblo, como país, como nación. Por eso digo: No fue Lozada -una y mil veces: NO- quien fundó a Caracas. Fue Ledesma quien hizo la ciudad con su gesto inútil, pero de endiablada hermosura, que hoy día todavía nos estremece y conmueve al encontrarlo olvidado entre los libros.

A los caraqueños nos tildan de insoportables, presumidos, pretenciosos, arrogantes, y cuanto se les venga en gana. Y no dejan de tener razón. Pero, a ver, ¿cómo no vamos a serlos si hemos tenido ejemplos como el de Ledesma; y somos paisanos de Jacobo Borges, José Ignacio Cabrujas, el Gato Galárraga, Andrés Bello, Arístides Rojas, Teresa Carreño, Aquiles Nazoa, Antonia Palacios, Yolanda Pantin, el tan manoseado Bolívar y el no menos maltratado Miranda?

Pero Caracas siempre ha sido casa abierta donde el país entero ha encontrado cobijo y amparo, donde algún día, como sabiamente expresa Julio Pacheco Rivas: “El mejor regalo para Santiago de León sería el de creer en ella, en su potencial y, sobre todo, en la perdurabilidad de su potencial. Estar a la altura de El Ávila y ya no más rendida a sus pies.”

Estas fotos -y con la ayuda de los amigos de Serenata Guayanesa- es cómo celebro un nuevo aniversario de mi Caracas.

© Alfredo Cedeño

http://musicatono.com/escuchar/Serenata%20Guayanesa%20A%20Mi%20Me%20Contaron/b8581ab





















domingo, julio 24, 2011

SAN CRISTÓBAL



Los libros de historia aseguran que a fines de marzo del año 1561, luego de un viaje, que debió representar entonces unas sopotocientas leguas, el capitán español Juan Maldonado de Ordoñez y Villaquirán, al frente de 30 hombres, seguramente harapientos y cundidos de unas cuantas alimañas, llegó a una sabana alta despoblada. Así comenzó San Cristóbal su deambular por la historia.

El explorador castellano, porque era oriundo de Castilla y León, provenía de Pamplona, hoy territorio colombiano, que estaba -y está- a 63 kilómetros en línea recta al suroeste de nuestra comentada ciudad. De seguir con lo que afirman los libros, Maldonado llevó a cabo el acto fundacional de la hoy capital tachirense el 31 de marzo de 1561.

Debo confesar que hay ocasiones en las cuales me siento frustrado por no poder resumir para ustedes de la mejor manera la información de que dispongo sobre un tema en particular. Hoy es uno de esos días. Bibliotecas enteras se podrían llenar escribiendo sobre esta ciudad que cual sutil Tragaldabas contemporánea ha ido engulléndose a los caseríos y pueblos de sus alrededores, que otrora llevaban vida propia.

La San Cristóbal de hoy apabulla por sus dimensiones, pero nunca, como aquí, se podrá emplear mejor aquello de: no es tan fiero el tigre como lo pintan. La urbe que vio nacer a Juan Pablo Peñaloza, Pedro María Morantes, Marco Antonio Rivera Useche, Isaías Medina Angarita, José Ignacio Baldó, Manuel Felipe Rugeles, Luis Felipe Ramón y Rivera, Amenodoro Rangel Lamus; y el nunca suficientemente reconocido personaje insólito que fue Rafael de Nogales Méndez, sigue haciendo honor a su mote de Ciudad de la Cordialidad.

Ahora, en julio de 2011, la recorro bajo la paciente generosidad de un cicerone de lujo: el futuro arquitecto Luis Aparicio que con el gesto desprendido de los hijos del Táchira le robó tiempo a sus tareas académicas para mostrarme con ojos frescos, orgullo inocultable y madurez precoz su ciudad.

Las escaleras de María Auxiliadora –que creo también llaman de Las Manrique–, su catedral, sus calles, sus muchachas de coquetería proverbial, sus muros, su gente, señales de trafico que parecen flotar en las esquinas, un aguacate con matices de esmerada que deslumbra en una esquina cualquiera, un vago que expropia un banco de plaza, saltamontes, aves, todo, absolutamente todo, es una fiesta de esas a las que uno va y de las que nunca quiere que se terminen. Eso, y más, es visitar a San Cristóbal.

© Alfredo Cedeño