jueves, enero 30, 2014

MIGAJAS (GOTAS Y TABLAS)

A punto de fabricar el arcoíris y sin giros hacia el olvido
una copa de pavesas abandonadas se alojó entre tablas
y un trío de tornillos fueron peana teñida de jade
como golondrinas que morbosas regresan del campo,
calma de molicie en el borde de un silencio quebrado
con el rumbo de un melancólico hibisco amarillo
donde resucitarán los soplos de una tierra yerma
y me desentierro sin prisas los fogones del verano.

© Alfredo Cedeño


martes, enero 28, 2014

HOJA EN PALMA

Casi desfallecida sobre un vórtice de vértices
se colocó a esperar una gota que la resucitara
quien sabe si a que la hiciera volar silenciosa
o tal vez a que la sorprendiera una ráfaga
donde los corceles salten sobre verdes bardas
y un septeto de péndolas tracen versos dormidos.

© Alfredo Cedeño



domingo, enero 26, 2014

CLARINES

200 kilómetros en línea recta al sureste de Caracas, luego de atravesar esa manta tupida de vegetación que es el estado Miranda, al entrar en esos peladeros semidesérticos del norte del estado Anzoátegui, y donde el sol reverbera sin misericordias en sus rayos, a la vera derecha de la carretera se ve la mole de un templo que anuncia al viajero la entrada a Clarines.
 
            Me es imposible pensar en Clarines y que no me salte a la memoria un remolino de recuerdos de gente hermosa, ninguna más importante para mi querencia que otra. Me viene mi muchacha eterna Ylleny Rodríguez, que con generosidad desbordada, una mañana de viernes, sacó de su biblioteca en su oficina de CEDESA un ejemplar de La formación del Oriente Venezolano del maestro Pablo Ojer y me lo entregó mientras decía: “en tus manos tendrá más sentido.”
 
            Junto a ella me viene la mirada luminosa y la sonrisa permanente de Maribel Espinoza hablando sin cesar de su amada Clarines; y junto a ella no puede dejar de acudir la siempre emocionante evocación de Alfredo Armas Alfonzo, cuyo amor por su Clarines nativo dio origen a preciosas páginas de nuestra literatura y a las que algún día espero se les de la difusión masiva que merecen. De su El Osario de Dios puedo citar a memoria limpia:
            Esa palomita guarenera atendía por su nombre y lo seguía a uno por todas partes.
            La enterramos y le pusimos una cruz de palitos y le sembramos flores de caléndula en la tumba. Los ojos se nos pusieron como unos carnijones de sangre de tanto llorar.
            El día de la resurrección de la carne y la vida no sé que vamos a hacer con tantos animalitos que enterramos en el patio de la casa de Clarines bajo la mata de pinopino donde dormían las gallinas que después se secó.
 
            El libro de Ojer siempre lo había querido tener conmigo y cuando por fin lo logré me dediqué a desmenuzar sus 618 páginas, y ahora al revisarlo, encuentro la marca que entonces hice en su página 442 y en al cual su autor explica detallada y brevemente  la historia de este pueblo del que les escribo hoy, y se lo transcribo a continuación: “Primero fundó don Juan Urpín en Clarines la que llamó ciudad de San Pedro del Unare (1635), la cual fue pronto abandonada. Volvió a levantar allí en 1637 el fortín de San Pedro de Unare o Asiento de Clarines para vigilar el tráfico entre los llanos y la costa. En 1667 el Gobernador de Cumaná Don Juan Bravo de Acuña volvió a construir allí un fuerte, y a su abrigo surgió hacia 1673 el pueblo de San Antonio de Clarines fundado por los Franciscanos de Píritu. Para 1693, según carta del Gobernador de Cumaná Don Gaspar Mateo de Acosta “hacía ya muchos años que el fuerte de Clarines estaba derruido.”
 
            Sin embargo, y sin pretender enmendarle la plana al maestro Ojer lo cierto es que en 1594 el andaluz Francisco de Vides, natural de Trigueros, localidad de las cercanías de Beas, y cuya patrona es La Virgen de los Clarines, fundó el pueblo de “Nuestra Señora de Clarines” acá de este lado del Atlántico. Creo que vale la pena explicar que de Vides fue un personaje con cierta resonancia en nuestra historia. Se asegura que en 1567 acompañó a Diego de Losada en la fundación de Caracas, ciudad de la sería su Alcalde en 1585 y 1587; en las Actas del Cabildo caraqueño aparece como propietario de tierras, hatos de ganado e inmuebles urbanos.  Este conquistador fue designado el 1 de diciembre de 1590 por la Real Audiencia de Santo Domingo como Gobernador y Capitán General interino de la provincia de Nueva Andalucía, lo cual no fue aceptado por el Cabildo de Cumaná, según consta de la discusión municipal. Lo cierto es que hasta preso terminó y tuvo ir a España a defenderse, lo cual debió llevar a cabo exitosamente ya que el 23 de marzo de 1592, Felipe II le otorgó la gobernación de la Nueva Andalucía en propiedad y por capitulación.
 
            Una vez logrado el nombramiento el hombre se dedicó a armar su expedición y junto a 266 personas el 14 de noviembre de 1593 partió de Sanlúcar de Barrameda, para llegar a Cumaná en diciembre. Pero… el amigo andaluz no había echado en saco roto los rumores que corrían sobre una ciudad de oro y fue así como en 1594 envió un grupo encabezado por Gerónimo de Campos para la búsqueda de El Dorado.  Campos, por supuesto, no halló el paraíso; pero de Vides ya estaba pensando en controlar el paso hacia el interior de las tierras que suponía abundante en riquezas; y es por ello que seguramente establece esta ciudad en la depresión del Unare: lugar estratégicamente ubicado para penetrar hacia La Guayana. Es así como funda Nuestra Señora de los Clarines el 7 de abril de 1594. ¡Ah! Para completar el galimatías del caso, y pese a la denominación de la población, se le encomendó su patronazgo a San Antonio Abad.
 
Por su parte, asegura Demetrio Ramos Perez en una de la notas de Noticias Historiales de Venezuela de Fray Pedro Simón que Francisco de Vides, al frente del “gobierno de Nueva Andalucía y desestimadas las reclamaciones caraqueñas, éste fundará en la ribera oriental del Unare, el 7 de abril de 1594, el pueblo de Nª Sª de Clarines, (…). Sin embargo, los riesgos de los indios y las dificultades naturales obligaron, en 1596, a reunir Nuestra Señora de Clarines y San Felipe de Cumanagotos en un solo pueblo, a la orilla de Guatapanare.”
 
Por ello es que me sorprendió leer la cota, que refiere a esta población, del maestro Marco Aurelio Vila, a quien por lo visto se le fue el conejo entre las piernas, en el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar, en su edición de 1988, donde asentó: “Se cree que el nombre proviene de los toques de clarín de la guarnición.”
 
Pero es que a esta población siempre le ha rodeado la desinformación. Si leemos a Fray Antonio Caulín en su Historia de la Nueva Andalucía nos escribe: “Llegados que fueron los sobredichos Religiosos, y puestas en practica las providencias regulares, dio el V. Yangues calor á la fundación del Pueblo de Clarines, á cuya planta habia dado principio en compañía del Governador Don Juan Brabo de Acuña el año de mil seiscientos sesenta y siete antes de partirse á la casa de Caygua;”  Lo que si nos aporta el citado Caulín es lo siguiente: “Llegaron al de Paricatár, que en nuestro idioma Castellano suena lugar de arboles de Roble, y es el mismo en que el Governador Acuña habia fabricado el fuerte con el renombre de Clarines.”
 
            Lo cierto es que estos parajes no fueron precisamente de miel y hojuelas, si revisamos la obra del franciscano Matías Ruiz Blanco Conversión de Piritu, editado en Madrid en 1690 por Iuan Garcia Infançon, leemos: “Los caimanes del Rio de Unare en aquella Cofta, fon los mas feroces, y atrevidos, por caufa de la mayor concurrencia de Indios que vàn à pefcar por fus orillas.” Al leer ese pasaje no puedo dejar de volver al admirado Armas Alfonzo quien escribió: Como era un animal con más de un muerto, lo encaramaron en una parihuela y lo pasearon por todo Clarines, Casiano tocándole su violín, y hasta flores de napoleón le pusieron entre los colmillos.
            El viril le colgaba como una tripa de cochino de hacer chorizos y Severiana Guapuriche criticó eso porque era una inmoralidad que viendo que se le había salido no se lo metieran para adentro antes de sacar al caimán en procesión como si fuera un santo.
 
            Clarines la mágica, la del templo majestuoso que Graziano Gasparini en Templos Coloniales de Venezuela califica como: “uno de los templos más originales e interesantes de Oriente y de la arquitectura religiosa colonial venezolana”. Ciudad de calles empedradas de buenas intenciones y hermosas historias que parecen retoñar en los copos de los árboles que paren sus solares. La cuna del tocayo Armas Alfonzo cuya pluma magistral y delirante nos regaló la historia del burro Platón para que la ternura no deje de revolotearnos como las mariposas que todavía revolotean en las orillas del Unare. 
 
Máximo Cumache es el único que se sabe la historia de Platón, el burro campanero del Viejo Lucas, que murió de amor en la plaza de Clarines, la misma mañana del domingo en que su dueño, tras aprovecharse de él durante más de quince años, decidió darle la libertad.
(…)
            A Platón lo arrastran hasta el bajo de Casilda y a la orilla de la quebrada el Viejo Lucas le cava su última residencia. Por un largo rato Máximo Cumache le oye rezar al Viejo Lucas la única oración que se sabe, que es el credo; no es lo más apropiado para la ocasión, pero Platón se la merece más que ninguno.
            Cómo no iban a aguársele los ojos a Máximo Cumache.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 

sábado, enero 25, 2014

MANCHADAS

Descascaradas ambas como una sombra de país
logran sostenerse en efímero balance de tatuajes,
corazón envuelto en harapos y cortos listones
hilvanando antídotos para largos desconsuelos,
palabra tasajeada con meriendas derrotadas
y un ojalá que no deja de estar en nuestras bocas.


© Alfredo Cedeño



jueves, enero 23, 2014

CIELO EN FLOR

Y hubo un día cuando el firmamento pisó tierra:
se hizo pétalos cuajados de gotas
nubes en cada estambre arremolinado
plegarias de niños en busca de destinos
un leve cataclismo de perdones en carrera…

© Alfredo Cedeño


domingo, enero 19, 2014

ALFAREROS DE LOMAS BAJAS

            Una mañana de febrero de 1984, luego de haber sobrevivido al día anterior, de buen comer y largo miche al lado del muy recordado Antonio Ruiz Sánchez, lo que de mí quedaba, llegó de la mano de mi padre putativo Humberto “Chácharo” Márquez a la cuna de los choroticos. Cuando quise saber más de adonde me llevaba se limitó a responderme con su voz altisonante “Usted no pregunte y vea, a ver si termina de abrir las entendederas”.
 
            Fue así como tuve mi primer acercamiento al trabajo de los alfareros tachirenses que en Lomas Bajas realizan sus labores seculares de dioses que fabrican con el barro diminutas joyas de cerámica, a veces. Y digo a veces porque también hay mujeres pasmosas como Honoria Ruiz que hace piezas a las que llaman moyones que son más grandes que ella y los cuales fabrica en dos días de trabajo.  Ella, como todos allí, aprendió de sus padres los secretos del trabajo con el barro, para luego bajar al mercado de Táriba a vender sus piezas.
 
            Pero vayamos por parte, paso a poco como gustan de decir algunos eruditos profanos, y les explico de cual sitio les hablo hoy. Lomas Bajas está ubicada en el occidente de Venezuela, 650 kilómetros al suroeste de Caracas y 16 ,5 kms al noreste de San Cristóbal, capital del estado Táchira, el más andino de los estados montañosos venezolanos, como gustan de proclamar los orgullosos hijos de esa tierra.  
 
Para llegar allá, luego de sortear el virtual decreto de inmovilidad en esa región por la escasez artificial de gasolina impuesta desde el gobierno central, uno agarra la carretera que va de San Cristóbal para San Antonio del Táchira, comienza a subir y llega a Capacho Nuevo, sigue adelante y llega a Capacho Viejo. Allí hay que preguntar cómo se llega a Lomas Bajas y empezar a bajar por una carreterita que repentinamente se abre a un paisaje de suaves montañas de tierra roja y menudos caminos que se pierden entre ellas.
 
            Es todo un pueblo que vive de la alfarería. Manos de mujeres, niños y hombres que acarician la tierra hasta darle forma para entregarla al fuego, que se encargará del toque final. Son tantos que es imposible visitarlos a todos, a menos que se disponga de un mes entero. Yo siempre me detengo en el barrio Buenos Aires, en la casa de la familia Vivas.  Ellos fabrican hasta trescientas –¡300!– docenas de choroticos, o pequeños tiestos de barro, como más le provoque decirles, semanalmente. Cada pieza es única, cada una de ellas es una creación que brota de sus manos. Son tres mil seiscientas obras que cada siete días producen en sus tornos y hornos de manera indetenible.
 
            Años después de aquel primer acercamiento al que hice referencia al comenzar esta nota he hecho varios viajes hasta allá y nunca ceso de maravillarme ante la delicadeza de las labores que realizan tanto mujeres como hombres, y en las cuales los niños se van sumergiendo de manera integral. No es gratuito el que ninguno de ellos haya recibido algún tipo de instrucción sobre estas técnicas, todos refieren que fueron aprendidas de sus abuelos y padres, quienes de igual modo les explicaron que de la misma manera ellos las adquirieron.
 
            Ellos utilizan diversas técnicas para efectuar su trabajo de alfareros, donde destaca la de modelado, tanto manual como a través del torno. Estos últimos son piezas ya seculares que también han venido pasando de generación en generación y que al impulso de sus pies hacen girar para darle volumen y tamaño a su producción.
 
            En lo que refiere al modelado manual se producen piezas como las, que también referí párrafos atrás, crea Honoria Ruiz, hormiguita humana cuyas manos metamorfosean el barro, y cual maga contemporánea ofrenda su trabajo a la vida.
 
            Todos son dueños de manos que fabrican delicados milagros del ingenio humano, manos brotadas de la tierra para amasar la tierra y convertirlas en pedacitos de Dios. Al fin y al cabo: ¿qué más es el Creador que una finísima réplica, hecha a imagen y semejanza del hombre?

© Alfredo Cedeño