domingo, febrero 19, 2017

ENANOS IRREDENTOS


Hay gente que es luminosa, por donde pasa alumbra con su humilde sabiduría a quienes le rodean, y cuando tienes la suerte de ser bendecido por la vida al colocarte cerca de ellos no cesas de celebrarlo. Es lo que me pasa con Rodolfo Izaguirre, ser humano de una bonhomía que pocas veces he encontrado. Él no hace gala de lo que es, simplemente es. Él es un soplo de aire fresco que va sacudiendo ventanas y agitando pensamientos con la transparencia de su mirada de niño sin final. Él es lo que muchos queremos ser y a lo que debieran aspirar llegar a ser unos cuantos arreos de burros manetos que ahora pululan en nuestro entorno.
Escribo esto del querido y admirado Rodolfo porque este sábado a primera hora le escribí pidiéndole información sobre una escena que cargaba rondándome la memoria y que no lograba identificar. A los pocos minutos me respondió con su habitual generosidad, me dejó saber que no ubicaba esos cuadros, pero sin embargo me remitió a ese monstruo de la cinematografía llamado Werner Herzog y su segundo largometraje, estrenado en 1970: También los enanos empezaron pequeños.
El llamado fundador del Nuevo Cine alemán, nacido en Munich, rodó esta cinta a los 27 años, con impecable fotografía en blanco y negro de Thomas Mauch. Esta película lo menos que se puede denominar es de inquietante, muestra como un grupo de enanos, que están recluidos en una finca que hace las veces de reformatorio, se rebelan contra la autoridad del funcionario, otro enano como ellos, a cargo de la institución. El proceso de rebelión va gestando una serie de actos de crueldad extrema. Las lecturas son infinitas, es imposible mirarla con impasibilidad, Herzog no lo permite. Rodolfo con su habitual agudeza me habla de una escena que hay con unas gallinas y me condensa todo en una frase: “Él trasmite a las indefensas gallinas toda su carga neurótica”.
Por supuesto que al terminar el intercambio me siento a verla y a los dos minutos del inicio  encuentro una escena terrible que me hipnotiza: Una gallina de blanca pureza que da picotazos al cadáver de otra, mientras al fondo la banda sonora deja oír una malagüeña que anuncia “Yo la lleno de claveles”, es un gancho que me ata al igual que al enano que mantienen maniatado a una silla en la oficina del director del correccional.
El volcán de violencia que estos seres van emanando es un espejo de nuestras bajezas, la metáfora llevada al celuloide es implacable. Las aves van apareciendo en distintos momentos a lo largo del film, y en su último tercio otra escena es igual de turbulenta cuando de nuevo aparece una gallina blanca que esa vez persigue a picotazos a otra que tiene la pata izquierda amputada.
Las imágenes finales son perturbadoras, para decir lo menos, la marca de Herzog es despiadada. De nuevo agradezco a Rodolfo haberme hecho recordar esta película  en la que veo una diáfana alegoría de lo que vivimos. Un grupo de enanos desbocados sin norte ni liderazgo, mientras un grupo de gallinas se picotean entre ellas sin respeto por impedimentos, ni por la misma muerte.

© Alfredo Cedeño



jueves, febrero 16, 2017

MISERIA Y MISERABLES


                Entre miseria y miserables hay un abismo a veces insalvable, es una sima que va mucho más allá de la mera semántica. El diccionario de la Real Academia Española con consciencia de ello coloca como tercera acepción de la segunda palabra: Extremadamente pobre. En primer lugar: Ruin o canalla.
                La miseria, o pobreza extrema como gustan algunos decir, es terrible, dolorosa, implacable, tiene olor a derrotas y humedad avejentada; sin embargo en medio de ella sobrevive la generosidad más conmovedora. Recuerdo una casa en el barrio Los Canjilones, de la parroquia La Vega, en mi Caracas natal, donde una muchacha, a la que estaba enseñando a leer y escribir, cocinaba con una ternura infinita para alimentar a sus hijos y todavía rebañaba en sus ollas para brindarme dignamente un plato de comida.  Más de una vez comí hurtándole la mirada para que no notara la conmoción que me provocaba con su desprendimiento hasta hacerme llorar.
                Ese recuerdo multiplica mi indignación ante estas dos historias. Meses atrás en la muy chavista ciudad de Miami, y digo chavista porque no hay otra que le guste más a los herederos del Atila del Siglo XXI, y más específicamente en Brickell, y para más precisión en la discoteca BLUME,  1421 South de la Miami Avenue, se desarrolló esta escena el pasado 2 de febrero: Un miembro del alto mando del despacho que encabeza la muy comprometida ministra del área penitenciaria, pagó 20.000 ¡VEINTE MIL! dólares para que su mesa estuviera llena de gente bella y fuera la más viva de la noche. El consumo permanente fue Dom Perignon. Al terminar la farra, él se encaprichó de la muchacha que los había atendido e insistió impertinentemente para que se fuera con él, sus compañeras me narran su actuación desagradable, al marcharse le dejó a ella de propina 2.000 ¡DOS MIL! dólares mientras le decía: Te lo pierdes.
                No es el único caso. Meses atrás, allí mismo, un vociferante rojo rojito se prendó de otra, le hizo todo tipo de avances, ella se dedicó a trabajar. Al final, el muy revolucionario cliente firmó el recibo de la tarjeta y colocó 5.000 ¡CINCO MIL! dólares de propina. Ya va, no termina el cuento, seguidamente le dijo con tono tartajoso: Si quieres le pongo otro cero, pero ya sabes, te vienes a pasar la noche conmigo.
                Miserables es poco para como merecen ser tildados estas basuras que siguen desangrando nuestro esquilmado país. Peores son quienes habiendo tenido cómo ayudarnos a zafar de ellos se han dedicado a cultivar su propia agenda. Tan ruines como unos son los otros.

© Alfredo Cedeño

domingo, febrero 12, 2017

ILUSIÓN

                 Pongo en duda que haya algo más poderoso y puro que la esperanza, en ella se cobijan todos por igual. Lo hacen el menesteroso y el potentado, las vírgenes y las putas, el moribundo y el recién nacido, la ninfa y la alcahueta, el beato y el ateo, la bondad y la maldad. Todos acuden a ella pidiendo más y mejor de lo que ya tienen o son. Hay una línea delgadísima, como filo de navaja asturiana, de esas que sólo forjan en Taramundi, que la separa de la ambición; es de facilidad pasmosa dar un paso en mala hora para convertirse en fiel imagen de la codicia.
                Los desposeídos, los llamados hijos de la nada, aquellos a quienes todo le falta, suelen depositar en ella sus peores angustias para terminarlas convirtiendo en cataclismo purificador, o, la mayor parte de las veces, en desgracia infinita. En muchas oportunidades terminan convertidos en pequeñas bestias que destrozan todo a su paso, y con justificado rencor ante un entorno que suele desdeñar su, en apariencia, mansa humildad. Sus venganzas no conocen fronteras, ni distinguen el daño que pueden terminar autoinfligiéndose; por ello es común ver como se convierten en tsunami electoral que entroniza al primer cretino que les ofrece villas, castillas y bacinillas para cagarse en el alma de aquellos que los han arrinconado sin misericordia.
                Por ello no hay miserable más abyecto que aquel que, con manifiesta alevosía, juega a utilizar, en función de sus más mezquinos intereses, la pureza de aquellos a quienes solo les quedan ilusiones. Venezuela, tierra de gente pura y desinteresada, hoy es un espacio macilento unido en torno a la esperanza de salir de ese agobio llamado chavismo que, en mala hora, cargamos encima cual cepo vil desde hace 18 años. Y eso es lo que hace más indigno el manejo que un grupo de pendejos con pretensiones de ilustrados, sindicados en ese cachivache ampuloso que es la MUD, juegue a ser quienes han de marcar el rumbo de un camino que ellos no saben cuál es.
                Ni siquiera lástima provocan, es grima, un asco profundo e incontrolable, el que generan en ondas cada vez más amplias, cual piedra que hubiera caído en medio de un charco pestilente. Se han empeñado, con sevicia injustificada, en dilapidar la energía de un país entero que se les entregó con pasión desmedida. Son alacranes del mismo nido de Chávez, Maduro, Cabello, Rodríguez, Rangel, y demás alimañas parientes. Y tan lamentables como ellos son aquellos que, presumiendo ser voceros de la ciudadanía, tratan de actuar cual acequias del sentir colectivo para darle impulso a una charada que ni a sainete llega.
Es pública, descarada y, ¡por supuesto!, notoria la manera como han tratado de “linchar” moral y políticamente a Leopoldo, a Ledezma y a María Corina. Ahora se agarran de la participación de ella en una marcha de los trabajadores de la salud para descalificarla. Del mismo modo se agarran con desespero de ahorcado a la convocatoria que desde la cárcel hace Leopoldo López para marchar el próximo 18 de febrero, pero no es que la hacen suya sino que juegan a su fracaso y así lograr desmovilizar a la población.
Qué desgracia más infinita la que nos ha tocado sobrellevar en este Gólgota tropical y subdesarrollado en el cual están empeñados en mantenernos un hatajo de rufianes resabiados. Es insólita la masacre de ilusiones que llevan a cabo los unos y los otros, con la impunidad que les otorga saber que entre ellos mismos se pueden cobrar y dar el vuelto. Imposible no hacer mías las palabras de El Quijote a Sancho al ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria: “El necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio. Y dejemos esto aquí, Sancho, que si mal gobernares, tuya será la culpa y mía la vergüenza; mas consuélome que he hecho lo que debía en aconsejarte con las veras y con la discreción a mí posible: con esto salgo de mi obligación y de mi promesa”.

© Alfredo Cedeño

domingo, febrero 05, 2017

DESINTEGRACIÓN


                Apenas comenzábamos a caminar erguidos cuando los hombres descubrimos la importancia del trabajo en equipo, fue así como nuestros antepasados aprendieron que a un solo cazador se le hacía bastante cuesta arriba dar caza a un animal mediano.  Cuando entendieron la importancia de unir esfuerzos llegaron a darle muerte hasta a los mamuts, animales que podían llegar a las ocho toneladas de peso y algo más de cinco metros de altura.  Las maneras eran precarias, no habían otras, con los naturales riesgos inherentes, pero eficaces. Una de ellas era abrir en el piso un hueco de grandes proporciones, cubrirlo con ramas, y luego provocar al animal para conducirlo hacia allá; una vez caído en el agujero lo atacaban con lanzas y piedras, luego lo destazaban y daban uso a todas sus partes. Carne para alimento, grasa para lámparas, piel para vestuario, y huesos para armas y estructura de las viviendas.
                El sentido de congregación dio lugar a grupos más grandes, o más organizados, o más ambiciosos, que otros. Y así surgieron los intentos de dominación de vecinos o semejantes, fue cómo se originaron las guerras. Las estructuras militares se desarrollaron según las propias retículas sociales en las cuales se enmarcaban. En Grecia, por ejemplo, a partir del siglo VII a.C. se creó la temible falange, que era la formación de combate habitual de ellos.  Los romanos desarrollaron la legión cuya legendaria estructura fue fundamental para la creación y consolidación de su imperio. Cada “civilización” desarrolló su propia manera de matar a sus vecinos.
                 En paralelo se fue consolidando la necesidad de evitar la matazón perpetua, apareció el diálogo, y también la política, como mecanismo para que todos participaran y se establecieran acuerdos en torno a los objetivos comunes a todos. Mi abuela Elvira solía decir que en realidad esa actividad nació cuando el diablo metió sus pezuñas para enredarlo todo.  
                Lo cierto es que, para bien o para mal, esa disciplina es la que ha terminado por signar la mayoría de nuestras actividades. En ella se apoyan Raimundo y Segismundo cuando tratan de alcanzar acuerdos en asuntos de interés colectivo, por ejemplo, los sindicatos pelean, mediante discusiones de todo orden, por alcanzar beneficios y reivindicaciones para sus afiliados, y tratan de evitar relaciones inequitativas entre los trabajadores y los patrones. Caso similar, con diferentes matices, es el de las asociaciones y colegios de profesionales que amparan a los egresados de las instituciones de estudios superiores.
Las manifestaciones del ejercicio político en nuestras vidas son infinitas. Sin embargo, se supone que ello siempre ha estado subordinado a un objetivo, o bien, común. A fin de cuentas, ¿de qué sirve luchar por determinados derechos si ello no va a repercutir de manera tangible en la vida del resto de la ciudadanía, para, por ende, hacer que la colectividad haga suyo ese beneficio que exijo para mi grupo?  Es el caso de una asociación de trabajadores en una empresa comunicacional que pelea por mejoras salariales para sus miembros, para mediante ello poder transmitir más y mejor información a la colectividad. ¡Por supuesto que todos los apoyarán! Lo mismo ocurre cuando las organizaciones de trabajadores de la enseñanza exigen mejores pagas. ¡Todos queremos que nuestros hijos reciban una educación de primer orden!
 Pero… ¿Cómo pedirle solidaridad a mi entorno por mis luchas particulares si sus condiciones de vida están sumergidas en la miseria? ¿Cómo puedo pensar que mis vecinos van a ver siquiera con simpatías mis exigencias, por demás justificadas, cuando ellos están enfrascados en una lucha por la mera sobrevivencia? ¿Cómo voy a esperar siquiera comprensión, y mucho menos solidaridad militante, a quienes naufragan diariamente en una vorágine desinformativa perfectamente orquestada desde un gobierno crápula?  ¿Quién puede dar apoyo al incremento del pasaje, si ello va a contribuir a mermar aún más unos bolsillos ya vacíos?   ¿En qué cabeza puede caber que las reivindicaciones particulares deben anteponerse a lo que debe ser el único objetivo  en este momento que es desalojar del gobierno a esta horda inescrupulosa que no está dispuesta a renunciar a sus privilegios?
Provoca una infinita tristeza ver mentes lúcidas y guerreras malbaratando esfuerzos, propios y ajenos, en escaramuzas fútiles. Mientras tanto se pierde la oportunidad de articular una oposición real donde se reivindique el auténtico ejercicio político. Con jugadores aislados es imposible dominar el juego, que en diferentes oportunidades se ha podido ganar. No es con una sumisión absoluta a una dirigencia política arrogante y malquerida, gracias a sus retirados desbarres, como se puede convertir en un río inapresable la ira infinita de un país destrozado. La desintegración, muchas veces provocada desde nuestras propias filas, no es la mejor manera para terminar de espantar a la roja manada de burros malamañosos.

© Alfredo Cedeño

jueves, febrero 02, 2017

ZOQUETERÍA ENDÓGENA


                Se nos ha querido reducir, gracias al muy manido maniqueísmo que parece rodearnos de forma hermética, a un pueblo de vivos y zoquetes. De los primeros ya hablé, de los segundos, que formamos una silenciosa y digna mayoría, pocos quieren tocarnos.  Aplican de manera implacable la regla aquella de anotarse a vencedor y, por ello, nos miran como lo hace un tigre a un saco de mameyes. Esa actitud se ha hecho norma de tal manera que es cumplida a pies juntillas, cual si de un mandamiento divino se tratara, en una acera y en la otra.
                Se utiliza la palabra, cuando no una más altisonante, para descalificarnos o dejar sentado que somos algo menos que un detritus ante sus magnos ojos. Craso error de los prepotentes que no se cansan de jugar a hijos de su propio Olimpo.  Casi 28 años atrás, el 16 de mayo de 1989, en entrevista televisiva Arturo Uslar Pietri al reconocer nuestra probidad como valor ciudadano, aseguró: “Aunque serlo no le signifique alguna recompensa, y no faltará desde luego alguien que le diga: Caramba, ese hombre sí es honesto. Pero lo más seguro es que le declaren más bien pendejo”.
                Entre pitos  y flautas son siglos de maltrato los que suma el país, ha habido pálidos destellos de equidad que nunca se han podido convertir en faro que nos marque el destino que bien merecemos. Hastío, impotencia e indignación han sido el coctel que siempre nos ha embriagado fulminante, para sumergirnos en una borrachera sin fin de promesas inauditas y fidelidad  perruna digna de mejores causas.
                Oír a los responsables, directos o por omisión del ejercicio comprometido del liderazgo otorgado, de esta pesadilla que hoy somos, arrojando sobre los demás baldes de culpa, mientras ellos se presentan como una versión con braguetas de Santa Isabel, es repulsivo.  Pretenden que el juego se siga llevando a cabo bajo las mismas reglas amañadas que nos impusieron en tiempos cuando la ingenua honestidad era un hábito, al cual pervirtieron de modo tal que terminaron por convertirlo en sudario.
                Uno de nuestros grandes poetas, Jesús Rosas Marcano, a raíz de la frase de Uslar, los alertó y dibujó con precisión lapidaria en su canción La Marcha de los Pendejos:
Gallináceos del mercado
la cárcel los busca urgente
por hacer lucro insolente
con la muna del Estado.
Y ellos frescos hacen barra
como el humo del café
que todo el mundo ve
pero nadie los agarra.
Unos y otros, no cejaré en mis señalamientos, juegan a que somos zoquetes sin remedio que les permitiremos continuar siendo humo inatrapable. Se les exige no payasear con aspavientos cuando el tiro les salga por la culata.
                   

© Alfredo Cedeño