El silencio es
manifestación sombría, oscuro heraldo de la muerte, por lo general es antítesis
del jolgorio. La alegría no sabe callar, no puede permanecer impávida, ella es
vida e insurrección, es parto y algarabía.
No puedo escaparme al pasmo que me produce ver a ciertos personajes que
juegan al silencio y casi ordenan entonarle loas a la quietud, a enfriar las
cada vez más calientes calles de Venezuela.
Veo dichas
maromas y recuerdo al poeta español, de La Rioja para ser quisquilloso, Manuel
Breton de los Herreros. En su obra Sátira
contra los abusos y despropósitos introducidos en el arte de la declamación
teatral, impreso en Madrid, por la imprenta de Repullés, en 1834, hay tres
versos que en estos días me vienen mucho a la memoria:
Otro con importunas contorsiones
cual payaso en grotesca pantomima
piensa mover del pueblo las pasiones.
Y mientras tanto,
se le hace el juego al hombre aquel, cuyo nombre ni siquiera quiero mentar, el
del bigote poblado y presumido bailarín de tercer orden, que mantiene aislado y
torturado al general Ángel Vivas. La
indignación ante el trato que le han dado solo la supera la indiferencia con
que la casta política venezolana ha reaccionado ante su caso. Sus hijas y
esposa con dignísima soledad vagan cual ánimas en pena tratando de hacer oír el
caso de su padre y marido. La respuesta de “la dirigencia” no puede ser más
oprobiosa, ni aún por salvar las apariencias han dicho nada al respecto.
Vivas es un preso
del inmentable quien el 22 de febrero de 2014, en horas de la tarde, en cadena
de radio y televisión anunció: "He ordenado detener al general en
situación de retiro Ángel Vivas... que lo busquen y me lo traigan", cual
caporal de un hato que manda a que le traigan una res. Luego de más de tres
años, el pasado 7 de abril, con una triquiñuela propia de ellos lo sacaron de
su casa y se han cebado sobre su longeva humanidad. Y el silencio sigue, nadie dice nada.
Esta rabia e
impotencia me refugia en una biblioteca pública y ahí, leyendo al maestro
Shakespeare, encuentro en Macbeth la que puede ser una respuesta: “…enseñamos
lecciones sangrientas que, una vez aprendidas, retornan para contaminar al
causante: esta omnímoda Justicia deposita el ingrediente de nuestro cáliz
envenenado en nuestros propios labios”.
Espero que en
algún momento, siquiera por salvar las formas de la decencia y la menor de las
solidaridades, el aparataje político opositor tienda la mano al General Vivas y
su desolada familia.
© Alfredo Cedeño