Su mano me soltó con presteza pero sin urgencia
tal vez con la premura necesaria
para impedir la curiosidad del vendedor
que calmaba las gargantas sedientas de todos los demás.
Nosotros eramos náufragos del asfalto y las montañas
cubiertos por un cielo borrascoso y celestino
que amparó nuestras infidelidades reincidentes
entre melodías que nos hacen danzar sin decoro.
© Alfredo Cedeño
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