domingo, abril 13, 2025

OPORTUNISTAS Y ESCARAMUZAS


Hay un consenso general en torno a la definición de político, que bien podría resumirse en que es aquel que se dedica a la gestión de la cosa pública. En abundantes ocasiones, cual si de un viejo disco de acetato se tratara cuando se queda fijo en un surco, se afirma que es condición indispensable para incursionar en tales menesteres poseer olfato y un inmejorable sentido de la oportunidad.

Es innecesario explayarse en cómo esa última palabra ha sufrido una asqueante metamorfosis, para convertirse en oportunismo. De allí que este oficio ha devenido en una casta, con pretensiones de nobleza, a la que todo le es permitido. Y no es nueva la mencionada jodienda. Ya Shakespeare en Enrique V, pone en boca del rey, justo antes de la batalla de Agincourt, al dirigirse a su tropa y clamar: “somos pocos, somos pocos los felices, somos una banda de hermanos; y aquel que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que haya sido…”.

Es un cuento de nunca acabar. Cuando se les atrapa en alguna de sus trapacerías suelen invocar su castidad y pureza, proclaman una virtud y honor que ni las estrofas del himno nacional. Se les ve recibiendo fajos de billetes, sus compañeros hacen una pantomima de expulsión, abjuran de él, pero al poco tiempo se le ve de nuevo, con cara de querubín maltratado, sacrificándose por el glorioso pueblo. ¿Verdad Juan Carlos Caldera?

Y así, por mentar solo una de las tantas variaciones de las encrucijadas políticas, vemos cómo se dedican a ponerse zancadillas entre ellos. Sin embargo, es menester aclarar que también usan lavarse las caras unos a otros. Bien podrían preguntarle a Carlos Vechio y al señor López sobre sus gestiones para exonerar al sobrino de doña Cilia de ciertas sanciones.

A tan honorables servidores públicos, que no hay sacrificio al que no estén dispuestos a someterse, les resulta inaudito, verdaderamente insólito, algo que les deja estupefactos, que pueda haber quienes cuestionen su desprendida vocación de servicio. Ni José Gregorio y Carmen Rendiles llegaron a dar tales muestras de entrega y beatitud.

Ellos, al igual que el puerco Napoleón, el de Rebelión en la granja de George Orwell, han reescrito los cánones que nos rigen. Por eso podemos leer como hizo el burro Benjamín aquello de: TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS ANIMALES SON MÁS IGUALES QUE OTROS.

© Alfredo Cedeño 



domingo, marzo 23, 2025

MISOGINIA EN ACCIÓN




          1975 fue una montaña rusa de emociones y experiencias. En febrero murió la vieja Elvira, mi abuela, mi consentidora sin condiciones, la que montaba en cólera si mi madre se atrevía frente a ella a castigarme. Sus atenciones y mimos todavía me hacen falta. Hay amores con los que mueres, aunque no lo creas.

          Empezando abril escapé por los pelos de ser detenido por una comisión de la entonces recién estrenada Dirección de Inteligencia Militar, aunque muchos seguían llamándole SIFA. Ellos habían capturado al poeta Jorge Chirinos Mondolfi, a la sazón director del Ateneo de El Tigre en aquellos días, lo encerraron en un calabozo de la policía local y salieron a buscarme. Yo estaba con los integrantes del grupo teatral Ultimátum, que habíamos creado Jorge y yo, ensayando nuestro próximo montaje. Allá llegaron a avisarme, y me fui a la comandancia policial. El oficial a cargo me dijo que no lo podía ver porque solo los miembros de la comisión de inteligencia militar estaban en capacidad de permitirlo. “Si quieres espera ahí” 

          Salí y me senté en un borde del edificio. A los pocos minutos pasaron unos muchachos que se nos habían estado acercando de manera persistente, “vamos a ver qué podemos hacer juntos”. Jorge siempre les respondía: “Si Claro, en cualquier momento”

Él después me explicaba que ellos eran de los Comités de Luchas Populares. “Esa es la gente de Bandera Roja, y yo no tengo ganas de meterme en más vainas. Además, que ellos son como los mormones, se toman todo demasiado en serio…”

Esta vez, ellos iban en un viejo Volskwagen, al verme frenaron en seco, retrocedieron y me llamaron. Al acercarme me agarraron por el cuello, me metieron al carro por la ventana y arrancaron.  Lo primero que escuché fue: “¿Tú estás loco carajito? ¿Qué haces ahí? Están allanando medio Tigre buscándote y tú te vienes a la boca del lobo. O tienes las bolas cuadradas o eres un soberano pendejo.” Por supuesto, lo segundo.

          Empezaron a explicarme lo que pasaba, y por qué el DIM había detenido al poeta y me estaba buscando. Resulta que a ciertos “godos” del pueblo, encabezados por José González, boticario del poblado, y presidente de la directiva del ente cultural, le disgustaba cómo nos habíamos dedicado a manejar las actividades de este centro. Por ello movió ciertas teclas, y ya que Jorge no quería renunciar al cargo, en el que apenas llevaba 3 meses, pues que nos sacaran presos.  

          Uno de esos muchachos trabajaba en la recepción de un hotel de El Luchador, fuimos allá y me escondieron en el cuarto de la ropa sucia: “No salgas por nada, métete debajo de aquel cerro de sabanas sucias, y sales solo si yo te llamo. Si oyes abrir ni respires.” Y cerraron la puerta.

Me fui al montón de lienzos, sabrá Dios impregnados de qué fluidos. Busqué algunos que no hedieran mucho, me cubrí y me dediqué a esperar. A las tres horas abrieron la puerta y pude ver un haz de luz recorriendo toda la habitación. “Aquí no hay nada, ese carajo sabrá Dios dónde se habrá metido, pero deja que lo encuentre.” Y cerraron. Horas más tarde escuché abrir y mi amigo: “Alfredo, apúrate.” Y nuevamente me trasladaron.

En tres días esta gente me había ayudado y estaba en Caracas, y gracias a Luis Britto García y Salvador Garmendia, en contacto con José Ramón Medina, entonces Fiscal General de la República, quien de inmediato se comunicó con la fiscalía del estado Anzoátegui, ordenó fueran corregidos todos los vicios legales del caso.

          Meses más tarde estaba en La Vega, Caracas, tentado por la posibilidad de incorporarme al trabajo de alfabetización que realizaba allá un grupo de amigos. La mayoría vinculado con la Compañía de Jesús. Fui acogido por Rafael e Ivonne un matrimonio muy joven que vivía por la parte trasera del autocine. Las labores educativas, en realidad más de activismo político, fueron mutando a una velocidad de vértigo. Y un día un grupo de damnificados de esa parroquia se declaró en huelga de hambre, exigían que el Estado le diera un trato digno a su condición. Con ellos estaban dos jesuitas: José Ignacio Angós y Cornelio Quast, lo cual le dio cariz noticioso a la humilde protesta.

          Angós había sido plomero en las construcciones del Parque Central en Caracas, así como en Sidor, Ciudad Guayana. Era gobernador capitalino Diego Arria, quien se había ocupado de evitar todo aquello que pudiera empañar la imagen del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Con gran torpeza política ordenó a la Policía Metropolitana allanar el local donde Angós, Quast y creo recordar también a Santiago Arconada, yacían junto a un grupo de damnificados. Al cura lo trasladaron al Hospital Vargas donde le mantuvieron incomunicado varios días.

          Si la memoria no me falla dos semanas después del desenlace de todo esto se hizo una reunión evaluativa de lo ocurrido. Allí estaba Cornelio y Chabela Torres, quien luego sería su esposa; también Julio, un español de Ruptura, cara legal del grupo de Douglas Bravo, que leía a toda hora, incluso mientras comía, y quien dio la sensación de tratar de pescar en río revuelto, pero que la gente de los CLP junto a Santiago Arconada terminó orillándolos. Deben haber estado, aunque no logró afinar mis recuerdos, algunas de las monjas de la congregación Santo Ángel de la Guarda, tal vez Tania Díaz o Isabelita Sánchez.

          Otro que recuerdo en esa reunión es a “Pataruco”, de quien nadie sabía su nombre real. Sería en el año 2004 cuando me enteraría que se llamaba Rafael Venegas, y llegaría a ser secretario general de Bandera Roja. Algunos de nosotros, conmigo a la cabeza, por supuesto, hacíamos befa de la seriedad con la que él abordaba todas las discusiones. No había concesiones, todo lo explicaba con aire clerical; lo cual contrastaba con la actitud muy maracucha del entonces aspirante a jesuita Cornelio Quast, cuyas intervenciones rebosaban de humor, no exentas de profundidad.  

          En esa ocasión me encargaron que llevara el acta de la tertulia. En varias hojas fui tomando minuciosamente nota de cada una de las intervenciones. A eso de las dos de la tarde se dio por concluida y todos salieron por su cuenta. Yo tenía previsto ir a la casa de mis padres en Caraballeda para pasar en limpio en mi vieja máquina Underwood todo lo apuntado.

Al salir de la casa de Rafael vi bajar por una escalera a un hombre revólver en mano que traía a otros dos por delante: “Mira tú, dame tu cédula.” Fue cuando detallé que, al lado de la corbata grasienta y la camisa desteñida, portaba una credencial de la PTJ. Todavía no sé cómo pude controlar mis esfínteres. Me recuperé, caminamos hasta una vieja patrulla de ese cuerpo policial, uno de esos mastodónticos Fairlane 500, y nos apretujaron junto a otros detenidos en la parte trasera.

          Mi angustia era que cargaba todas las notas de la reunión que se acababa de celebrar. Y en medio de aquella barahúnda de cuerpos comencé a comerme los papeles. El vehículo llegó hasta un autobús de la policía judicial, donde nos empezaron a trasladar. En el último momento, agarré las hojas sobrantes, unas cuantas todavía, y las embutí entre los cojines traseros de los asientos.

          En ese tiempo un gran amigo, Alberto Berroterán, siempre de muy bajo perfil, y miembro de un grupo que en 1976 se convirtió en la Liga Socialista, venía haciendo conmigo una discreta labor de reclutamiento. Creo que terminó por entender que no soy de amos ni ideologías y me dejó a mi aire. 

Lo menciono porque ese día se dirigía a visitarme; lo vi por la ventana, lo grité y le pasé un papel con un número telefónico que todavía recuerdo: 424001. “Llama ahí, pregunta por el cura Martínez Terrero y dile que me detuvieron y vamos a la comisaría de El Cementerio.”  Se fue como una saeta, y cuando finalmente arrancó el colectivo iba como si de una lata de sardinas se tratara.

          Uno de los momentos más emocionantes y tranquilizadores de mi vida fue al llegar a la sede policial. En la puerta estaba el Volskwagen del cura Chepe Martínez Terrero…  Al distinguirme, no sé cómo, en la ventanilla, se bajó y fue a hablar con el detective de la puerta. Atiné a escuchar: “Padre, ya se lo dije, no puedo hacer nada, porque ya está aquí y tengo que realizar el chequeo de antecedentes, pero le prometo que serán los primeros datos que haré comprobar.” Mi paz se mantuvo imperturbable. Fueron varias horas y casi a medianoche oí mi nombre, salí a la puerta del corralón donde nos tenían, me entregaron mi cédula, me dieron un cogotazo y me dijeron: “¡Deja de meterte en vaina zángano!”

          Recuerdo el abrazo que le di a Chepe. Nos montamos en su carrito y me preguntó a donde quería ir. “Será a La Vega, pero a la comunidad, porque Rafael e Ivonne deben estar rendidos.”  Y a la casa de los curas, en la parte alta del barrio fuimos a tener. 

          Todos estos recuerdos se me alborotan cuando leo de los ataques reiterados del hijo ilustre de Monagas, ese que le encanta apropiarse de los periódicos y hasta de las cantinas en su época de cadete, contra esa muchacha de acero que se llama Sairam Rivas, y militante de Bandera Roja. Leo las publicaciones de ella y me parece oír de nuevo a “Pataruco”, esa verticalidad que roza la ingenuidad, que proclama una pureza que pensaba ya extinta.

El hombre fuerte, al que acusan de esfínteres débiles cuando de situaciones críticas se tratan, usa su show arrabalero, ese que llaman Con el Mazo Dando, para amenazarla con la Operación Tun Tun.

          La falta de hidalguía, la absoluta ausencia de caballerosidad, la inexistencia de pundonor, son cosas que todavía no logro entender. ¿Cuándo se abandonó el respeto a la dignidad del adversario? En qué momento nuestro país pasó a ser una réplica de aquella república que Boves y sus bandoleros soñaron, siempre será un incógnita a despejar…

 

© Alfredo Cedeño 


domingo, marzo 16, 2025

CASTA SECTA





          He sido, y soy, un crítico feroz de los políticos, en particular de los venezolanos. Creo que seguiré siéndolo, sus actuaciones no dejan otra opción. Son una secta que se ha convertido en una casta al amparo del trabajo de la nación. El tiempo, ese implacable juez que termina condenando a todos, suele poner a cada uno en el lugar que le toca.

          Una particularidad que caracteriza a esa fauna es su cara imperturbable ante cualquiera sea la situación. Son expertos jugadores de póker que mantienen un gesto adusto e inmutable.  Sea cual sea la barbaridad que digan o cometan, lo podemos ver en breve afirmando justo lo contrario. Cuando los sorprenden en el embuste, contradicción le llaman los catedráticos, la primera salida es acusar a los periodistas de haber manipulado lo que trató de manifestar. Al demostrarse que no es así aseguran con gesto de vestal ofendida: “Las condiciones han cambiado, y solo un estúpido no modifica su pensamiento”.

Y así se nos ha ido la vida. Los podemos ver llevando una existencia feliz. Comen, viajan, gastan, compran, joden, todo a costilla del quehacer político. Ninguno, léase bien; NINGUNO, vive de otra cosa que no sea de los negocios a expensas del erario. Ellos pasean felices y al paisano de a pie solo le queda estirar una mano mendigando.

Podrían llenarse miles de hojas con las jugarretas de esta gente que, invariablemente se ha dedicado a atiborrar sus faltriqueras, y la de toda la corte de lambiscones de los que suelen rodearse.   

Y siempre, siempre, siempre, entonando el mantra de su sacrificio por el bien de la nación.  No olvidemos que junto a ello exigen un absoluto vasallaje de la ciudadanía a cada uno de sus desbarres. Cuando alguien los emplaza suelen ofenderse. Ante cualquier desastre achacan al electorado de su mala elección.

Mientras tanto ellos siguen en su cuchipanda desenfrenada, son de apetito pantagruélico. No son extraños los casos como los de Juan Carlos Caldera, quien siendo diputado de Primero Justicia y representante de esa tolda ante el CNE, apareció en un video recibiendo fajos de billetes. Luego de su respectiva cuarentena, y silencio de rigor, por ahí sigue buscando una teta que ordeñar.

Debe decirse que él no es un extraterrestre, para nada, él es la manifestación por excelencia de nuestra secta política. En las elecciones legislativas del 1998, cuando todavía existían dos cámaras en el Congreso de la República, los principales partidos obtuvieron 33 senadores de 54 que constituían la del Senado. El partido de Chávez 8. En Diputados, lograron 114 de 207 y Chávez 35.  Pese a ello, e invocando el espíritu “político” A las fuerzas de la barbarie se le otorgó la presidencia del Senado, y al señor Capriles Radonski la de Diputado.

          En diferentes conversaciones privadas era común escuchar, palabras más o frases menos, algo así: “Eso no es nada, la institucionalidad no podrá ser atropellada por ese patán. Además, ¿quién sabe a la hora de las chiquitas cómo se maneja el aparato estatal? Está en nuestras manos, le guste o no.”

          Y así vimos el miércoles 16 de diciembre de 1998 a Raúl Pinto Peña, Enrique Ochoa Antich y Viviana Castro, integrantes de la Junta Directiva de la Fundación para los Derechos Humanos, introducir ante la otrora Corte Suprema de Justicia un escrito en el que asentaban: “...ha sido propósito nacional, recurrentemente propuesto producir una profunda reforma de nuestra Constitución.”  

Fue como dieron piso legal a la bendita Asamblea Constituyente del nunca bien denostado comandante intergaláctico.  En un gesto de clara alcahuetería Cecilia Sosa Gómez el martes 19 de enero de 1999 firmó la sentencia que daba luz verde a la Asamblea Constituyente chavista.

          Al poco tiempo surgieron voces como las de Jorge Olavarría, que el lunes 5 de julio de 1999, en su discurso como orador de orden en el aniquilado Congreso Nacional, al conmemorarse los 188 años de la Independencia de Venezuela, afirmó: “Estas no son las amenazas de un reformador que se niega tercamente a ser reformado. Son los anuncios de un destructor”.

Y la casta de nuevo reaccionó. La ya citada Sosa, por aquellos tiempos todavía presidenta del máximo tribunal venezolano, abandonó tempestuosamente, en medio del discurso del orador de orden, el hemiciclo mientras manifestaba su indignación ante el irrespeto a un acto solemne…

Otro que se rasgó las vestiduras fue Henrique Capriles, quien al finalizar el acto rechazó el discurso y se opuso a la solicitud de Olavarría en su propuesta de enjuiciar al jefe del Estado.  Además de ello lamentó mucho que se hubiera utilizado la tribuna del Congreso de la República para un discurso que no era cónsono con la fecha que se celebraba y “pidió disculpas a la población venezolana”.

Son, como decía mi padre, el mismo negro con diferente cachimbo; son todos esos ahora proclaman que es deber patriótico acudir a unas elecciones regionales. No sé qué es más indignante si la acción en sí, o el tono de esta parranda de mequetrefes que andan haciendo encendidos llamados. Todos aseguran que la vía es participar en la payasada del próximo 25 de mayo. 

No es votar, es botar del poder y sus circuitos sucedáneos a la casta completa, chavista y opositora, que solo está velando por sus bolsillos.  Y no es con unas elecciones preñadas de fraudes que lo podremos hacer.

 

© Alfredo Cedeño  
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