Mi niñez fue un laberinto de magia
donde la imaginación era parte del aire que respiraba. Mamá, como buena
margariteña, relataba cuentos de aparecidos a la orilla del mar o nos intrigaba
con adivinanzas del estilo: “¿qué será, qué será, que atrás de la puerta
está?”. Papá, con un eterno cigarrillo sin filtro, Chesterfield por más
señas, entre sus labios y manos, describía cómo era La Guaira de su niñez y las
mil peripecias de su juventud por esas calles.
Renglón aparte merece mi abuela, la vieja Elvira, quien cada
noche narraba las vainas que le echaba Tío Conejo a Tío Tigre. También era una
fanática empedernida de las radionovelas, era continuo sus giros a la rueda de
sintonía de la radio entre Rumbos y Continente. Yo me mantenía, por supuesto,
pegado a ella, y así fue como comencé a escuchar a su lado una que se llamaba El
Gavilán, defensor de los pobres y desamparados. De lunes a viernes a la una
de la tarde por Radio Continente era la cita.
Recuerdo vagamente que el protagonista era un hombre
enmascarado que cargaba dos pistolas y se dedicaba a defender a los humildes de
una serie de personajes malévolos que trataban de perjudicarlos. Recuerdo que
al comienzo anunciaban que era una obra de Alberto López Ruiz, lo cual
completaban con la frase “El escritor que habla al corazón de las mujeres”.
Muchos años más tarde, tuve el privilegio de conocer y tratar
a Daniel Farías, y en una de tantas ocasiones me enteré de que él había sido el
director de esa radionovela. ¡El viaje a mi niñez fue instantáneo! Y así supe que
Rosita Vázquez era Azucena González, la hija de don Benito a quien habían
asesinado en los callejones del barrio Carpintero de Petare. ¡El propio Daniel fue
el doctor Julio César Santos! Así me enteré de que don Adolfo Martínez Alcalá,
la voz privilegiada de los editoriales de Radio Capital, era Ismael el malvado
chofer y que Ana Teresa Guinand dio vida a doña Elodia.
Esta última siempre me había quedado grabada por un episodio
en el que ella terminaba encaramada en una mata de mango. Acoto que cada
capítulo finalizaba con una serie de preguntas que tenían que ver con lo que
había pasado y abría mil posibilidades para el desarrollo del próximo episodio.
Por supuesto que indagué con el amigo Farías por ese punto en especial. Sus
carcajadas fueron interminables, mientras se secaba las lágrimas, contaba que
esa frase, en particular, obligó a que repitieran su grabación más de cuarenta
veces. Cada vez que iban a preguntar ¿Seguirá doña Elodia montada en la mata de
mango? El coro de risas obligaba a parar y repetir, hasta que finalmente
pudieron terminar de pronunciarla con el dramatismo que se les imponía a esas
interrogantes.
Por un momento me pregunto, ¿y si en vez de doña Elodia,
hubiera sido misia Eloina? Uno ahora tal vez exclamaría ¿Cómo hizo Eloina para
traicionar a Nico y Cilia, sin que ellos se dieran cuenta? ¿Alex Saab sospechó
alguna vez que ella lo entregaría a los malvados gringos? ¿Diosdado puede
dormir tranquilo sin pensar que a él le puede tocar la tómbola? ¿Dónde tendrá
la cabeza el fiscal del rimmel y los tatuajes sin saber si ella cual Salomé
entregue su cabeza en una bandeja? ¿Será que en realidad ella se ha convertido
en una arpía sin alma ni corazón en el pecho? ¿Seguirá doña Eloina montada en
la talanquera mirando a ver cuál es la próxima ofrenda que entregará al águila?
Esta es una obra
escrita por los hermanitos Rodríguez, los únicos que sabe escribir al corazón
de los revolucionarios.
© Alfredo Cedeño






