Terminaba la década de los años 70, o
comenzaba la de los 80, del siglo pasado cuando el Sindicato Nacional de
Trabajadores de la Prensa (SNTP) logró un convenio con el centro de enseñanza
de traductores de la Compañía Anónima Teléfonos de Venezuela (CANTV), para que
los afiliados de nuestra organización sindical pudiéramos tomar clases de
inglés en su sede de la avenida Libertador.
Entre los primeros que acudimos estábamos el siempre recordado negro
Olivares y yo.
José Luis vivía obsesionado por
aprender ese idioma, comparaba libros que cargaba junto con un diccionario
bilingüe e iba palabra a palabra, página tras página descifrándolos. Un día me
llegó con una novela: Stoner, de John Williams. Confieso que comprendí
en una primera lectura algo así como menos de la mitad del texto, pero me
encantó su aparente simplicidad.
Hubo una frase que me cautivó casi al
comienzo, en que William Stoner, el personaje central, habla con su profesor
Archer Sloane sobre su decisión de dedicarse la literatura y la enseñanza. El
docente cierra la conversación haciéndole percibir su relación con el mundo de
las letras y la instrucción: “Usted está enamorado. Así de sencillo”.
Aquel ejemplar, que él había comprado
en las irremplazables librerías callejeras del lado oeste del Congreso Nacional
en el centro de Caracas, terminó regalándomelo. Volví a él una y otra vez con
leves mejorías en mi capacidad comprensiva del bendito idioma. Me llamaba la atención que de ella no
apareciera ninguna traducción. Raúl Betancourt en Suma y Sergio en Divulgación
me mandaban de paseo cada vez que les iba a preguntar por ella. En diversas publicaciones especializadas de
Estados Unidos con el nuevo siglo comenzaron a aparecer varias referencias a su
calidad, lo cual me hizo tratar otro par de veces de leerla sintiendo que me
perdía de lo medular.
Pasarían más de 40 años, hasta que, ¡finalmente!, en 2011
llegó a mis manos la traducción que hizo en las Islas Canarias la editorial Baile
del Sol. Lo que intuía era una pieza prodigiosa me lo ratificó su lectura
en mi lengua natal. Las frases que fui encontrando me lo confirmaban renglón a
renglón. En otra conversación con Sloane, este le dice a Stoner: “A un
universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida
construir”. Esa plática el profesor la cierra diciéndole: “Debe recordar lo que
es, lo que ha elegido ser y el significado de lo que hace. Hay guerras,
derrotas y victorias de la raza humana que no son militares”.
Otro pasaje sobrecogedor es la cruda reflexión que sostiene
con sus compañeros Dave Masters y Gordon Finch, en un bar de las cercanías de
las aulas. Allí el primero de ellos les suelta: “Es para gente como nosotros
por lo que existe la universidad, para los desposeídos del mundo; no para los
estudiantes, ni para la altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de
los motivos que se aducen por ahí. Nosotros distribuimos el raciocinio y
permitimos el acceso a él a algunas personas comunes, a aquéllos que encajarán
mejor en el mundo. Pero se trata solo de un barniz protector. Al igual que la
Iglesia en la Edad Media, a la que le importaba un bledo los seglares e incluso
Dios, también nosotros sobrevivimos gracias a nuestros engaños”.
Este libro, al que regreso con frecuencia, permite entender
el “reino” académico de manera excepcional. ¿Cómo no evocarlo al ver el
bochornoso caso del “profesor” Jason Arday en la muy flemática universidad
británica de Cambridge? Este lamentablemente fallecido impostor, al que los
“progres” tratan de elevar a los altares de la dignidad, es un ejemplo patético
de impostura desde sus propios comienzos. Ahora sus plañideros y acólitos
braman por la inocencia del angelito. El comodín para justificar lo que no puede
ser hablan de “linchamiento” y responsabilizan a la derecha de lo que fue su
entera responsabilidad. Un plagiario de tomo y lomo que elevan al Olimpo
académico por tener el perfil ideal de las estrellas woke: negro,
analfabeto hasta los 18 años, autista, sociólogo, maratonista, y paremos de
contar.
No sobra recordar que apenas llegar a catedrático en
Cambridge, Dave Harris, profesor emérito de Plymouth Marjon University, alertó
sobre un artículo del ahora finado que coincidía mucho con uno anterior, obra
del epidemiólogo Anjum Memon. Harris se comunicó con la Universidad y el propio
Arday, así como con las revistas implicadas. El nuevo beato de lo correcto se
limitó a exigirle a Harris que dejara de acosarle, y le achacó que actuaba por
racismo. Pero la revista Social Sciences debió rectificar el artículo.
La Universidad de Cambridge renunció a investigar. Más tarde el periodista Jack Grove, del Times
Higher Education, escudriñó la tesis de Arday, encontró evidencias de
plagio y le escribió. Su respuesta llegó a través de un bufete de abogados, y lo
acusó de acoso, mientras se victimizaba y le achacaba responsabilidad por su
salud mental. La alcahuetería con el moreno llegó al punto que la mismísima Metropolitan
Police intervino.
El caso siguió evolucionando y fue así como Nathan Cofnas,
quien fue profesor de Cambridge, pero por estos días en la Universidad de Gante,
hizo la tarea a fondo y produjo un largo artículo donde desnudaba al señor
copista. Nadie pudo seguir tapando las malas mañas del ilustre profesor. Hasta
que él decidió inmolarse por el resguardo de su honorabilidad y ahora está en
franca vía a la inmortalidad. Uno de los primeros pasos posteriores lo dio la
Universidad de Gante suspendiendo a Cofnas y comenzando una investigación
disciplinaria. Por lo visto tratarán de manejar todo como si de una pulpería se
tratara, vendo lo que me da la gana y cobro lo que se me antoja.
Todo este escándalo, donde se pretende santificar a cierto
bribonzuelo con habilidades de prestidigitador, me hace regresar a la memoria
una y otra vez la frase de Sloan: “A un universitario no debería pedírsele que
destruya lo que ha consagrado su vida construir”.
© Alfredo Cedeño






