En no pocas ocasiones me quedé
inmovilizado a orillas de los ríos del Amazonas contemplando la pericia de los
indígenas al navegar con sus curiaras. Verlos cruzar las densas y raudas aguas,
entre troncos, peñascos y trabas de toda laya, son escenas de titanes con un
equilibrio sobrenatural. Para un citadino impenitente, como es mi caso, era
sentirme en medio del rodaje de una de las películas que poblaron los sueños de
mi niñez.
Estar navegando por el río Parucito,
en las afueras de San Juan de Manapiare, estado Amazonas, con dos amigos piaroa
fue una de esas oportunidades. Era necesario abandonar la canoa, para que ellos
cruzaran unos pequeños raudales, mientras yo recorría un sendero a la vera de
la corriente. Era cuando me paralizaba
para observar sus destrezas en acción. Sus gritos me sacaban del embobamiento y
corría hasta llegar a la playa donde me esperaban.
Los riesgos que ellos y todos los
otros “parientes”, manera como se denominan los indígenas entre sí, corren a
diario, una hora tras otra, mientras surcan sus ríos, son parte de su
respiración. Lo mismo ves deslizarse en la corriente un tronco de porte monumental
sumergido y al que un citadino no sabe distinguir, que pasas bajo una rama en
la que una serpiente gigantesca duerme inmutable, o ves saltar por la
vegetación un cunaguaro persiguiendo a una presa. Son sus lances cotidianos,
mientras no apartan la vista del agua y siguen remontando, o descendiendo, por
el afluente.
No necesitan mapas, ni brújulas, solo
una mirada sabia que conoce cuál es el caño donde hay que internarse buscando
una vivienda. En qué caserío podemos encontrar cazabe o unos plátanos hervidos
para acompañar la comida. Más adelante está el conuco de los yabarana, anuncian
en una vuelta del río, y así es. Ahí encontramos a varios representantes de esa
comunidad.
Luego de los saludos de rigor seguimos navegando, evitando
las piedras y los troncos, las ramas que cruzan sobre el agua. Siempre fueron dos singladuras las que hice
en esos recorridos. La que me llevaba a un sitio en particular, y la que me
hacía divagar, más bien delirar, con el ambiente que tenía el privilegio de
transitar.
Nunca encontraba la manera de agradecer a mis baquianos su
empeño y velo por mi seguridad. Los derroches de sabiduría con que me colmaban
de informaciones, el anticiparse a mis preguntas, el mimo con que transportaban
mis equipos, todo era siempre rayano en la exquisitez. Me pasó también con
Monchito en los caños del delta del Orinoco, cuando no en Kavanayen o Kamarata
en Bolívar, o con Javier Armato en la Sierra de Perijá.
Los recuerdo a todos ellos y también evoco a los amigos
campesinos de Altos de La Cruz en las afueras de Mendoza Fría en Trujillo,
donde Chucho Márquez me explicaba con paciencia franciscana los secretos de sus
siembras y cosechas; o sus gestos de velocidad pasmosa para matar una culebra
que estaba un poco más adelante de mi paso.
Nombro estas personas y podría seguir una lista inagotable de otras y
otros de igual perfil.
Siempre tuve la fortuna de establecer contacto con gente
fuera de serie, generosa, sabia, dispuesta a ayudar. Para emplear un término de esos que les gusta
a los científicos sociales, bien se puede decir que es una muestra demográfica
de Venezuela. Ese país que ahora unos cuantos carifrescos aseveran estar
investidos para representar. Confunden tuercas con arandelas y cuando ven un
burro por la cola aseguran que tiene buen hocico.
Luego los verá usted lamentándose por la incomprensión
ciudadana y despotricando contra todos aquellos que señalemos alguno de sus
desbarres. Sigo sin entender que desacierto estamos expiando, pero mantengo la
certeza de que abundarán quienes a pie firme sobre frágiles cubiertas sabrán
continuar navegando y manteniéndonos a salvo.
© Alfredo Cedeño






