–¡Estimado doctor Loreto!
–¡Dichosos
los ojos, apreciado licenciado Pancholo!
–Tanto
tiempo sin verte mi hermano del alma…
–Bueno,
tú sabes cómo es el maní.
–Así
es camarada.
–¡Déjate
de vainas! Esa palabrita ni de lejos, mira que no estamos en el cafetín de la
escuela, ni en la federación de centros.
–Tampoco
es de tanto, y ni malo es recordar viejos tiempos, no me lo vas a negar.
–Si
llegó a embajador Timoteo…
–¡Cachucha
e peo!
–¡Por
favor licenciado! No se puede perder la compostura de esa manera.
–Es
verdad, pero es que oír el nombre de Zambrano y salírseme el apodo que le
teníamos fue una misma cosa.
–No,
no, no, mi apreciado, hay que saber mantenerse uno en su sitio. Ya no somos de
estar comiendo con la mano.
–Ni
cambur con una lata de pepitonas.
–No
me toques esa tecla, que peor no puede sonar.
–Pero
no me vas a negar lo sabroso que era cuando nos la comíamos en Caño Amarillo.
–La
historia no siempre está preparada para ser fidedigna Pancholito.
–Por
eso es por lo que hay que echarle su acomodada de vez en cuando, aunque nunca
falta el que es más papista que el Papa y sale con sus vainas del respeto a la
verdad histórica.
–Como
que si la verdad fuera de hierro. Lo que pasa, mi apreciado, es que los
perdedores siempre salen con zoquetadas de esas. Lo hacen porque no saben cómo
es que son las cosas, la ignorancia es osada.
–Es
verdad, mi respetado Loreto, yo siempre supe que ibas a llegar lejos, porque tu
tienes ese don de saber percibir más allá de lo que aparenta ser.
–Modestia
aparte, pero así es. Ahí están todos
esos que se las dan de tiquiquitaqui y no han conseguido ni un puesto de
portero.
–Y
no es nada, hermano querido, que tú con un cargo así cuentas con más poder que
más nadie, porque eres el que decides quien pasa y quien no; además que ¿tú te
imaginas en la puerta de un banco o aunque sea un instituto autónomo, eso sí de
los que tienen presupuesto de verdad, entregándole las carpetas a los gerentes
de área? ¡Te llenas!
–Tampoco
hay que ser tan bandera Alcántara, ese fue siempre tu problema, hay que tener
un poquito de elegancia, eso que se llama clase, bueno, tú no la tuviste mucho
que se diga.
–Yo
no Loreto, yo no sirvo para esas cosas, lo mío es verde o es blanco.
–¡Ay
Pancholo! Como te traiciona el
inconsciente, casi dices que eres adeco o copeyano.
–Tú
y tus vainas.
Diálogos como este son más comunes de
lo que uno se puede imaginar, es una red de fatuos con poder que van haciendo
maromas a mansalva sin rubor alguno. Demasiado bien estamos…
©
Alfredo Cedeño






