domingo, septiembre 27, 2026

ENTRE PAYASOS Y MAROMEROS


–¡Estimado doctor Loreto!

–¡Dichosos los ojos, apreciado licenciado Pancholo!

–Tanto tiempo sin verte mi hermano del alma…

–Bueno, tú sabes cómo es el maní.

–Así es camarada.

–¡Déjate de vainas! Esa palabrita ni de lejos, mira que no estamos en el cafetín de la escuela, ni en la federación de centros.

–Tampoco es de tanto, y ni malo es recordar viejos tiempos, no me lo vas a negar.

–Si llegó a embajador Timoteo…

–¡Cachucha e peo!

–¡Por favor licenciado! No se puede perder la compostura de esa manera.

–Es verdad, pero es que oír el nombre de Zambrano y salírseme el apodo que le teníamos fue una misma cosa.

–No, no, no, mi apreciado, hay que saber mantenerse uno en su sitio. Ya no somos de estar comiendo con la mano.

–Ni cambur con una lata de pepitonas.

–No me toques esa tecla, que peor no puede sonar.

–Pero no me vas a negar lo sabroso que era cuando nos la comíamos en Caño Amarillo.

–La historia no siempre está preparada para ser fidedigna Pancholito.

–Por eso es por lo que hay que echarle su acomodada de vez en cuando, aunque nunca falta el que es más papista que el Papa y sale con sus vainas del respeto a la verdad histórica.

–Como que si la verdad fuera de hierro. Lo que pasa, mi apreciado, es que los perdedores siempre salen con zoquetadas de esas. Lo hacen porque no saben cómo es que son las cosas, la ignorancia es osada.

–Es verdad, mi respetado Loreto, yo siempre supe que ibas a llegar lejos, porque tu tienes ese don de saber percibir más allá de lo que aparenta ser.

–Modestia aparte, pero así es.  Ahí están todos esos que se las dan de tiquiquitaqui y no han conseguido ni un puesto de portero.

–Y no es nada, hermano querido, que tú con un cargo así cuentas con más poder que más nadie, porque eres el que decides quien pasa y quien no; además que ¿tú te imaginas en la puerta de un banco o aunque sea un instituto autónomo, eso sí de los que tienen presupuesto de verdad, entregándole las carpetas a los gerentes de área? ¡Te llenas!

–Tampoco hay que ser tan bandera Alcántara, ese fue siempre tu problema, hay que tener un poquito de elegancia, eso que se llama clase, bueno, tú no la tuviste mucho que se diga.

–Yo no Loreto, yo no sirvo para esas cosas, lo mío es verde o es blanco.

–¡Ay Pancholo!  Como te traiciona el inconsciente, casi dices que eres adeco o copeyano.

–Tú y tus vainas.

          Diálogos como este son más comunes de lo que uno se puede imaginar, es una red de fatuos con poder que van haciendo maromas a mansalva sin rubor alguno. Demasiado bien estamos…

 

© Alfredo Cedeño 


domingo, septiembre 13, 2026

OPIOS DE LOS PUEBLOS



          Una frase que era entonada con ferviente ardor, a machamartillo que llaman, en ese bestiario donde confluían camaradas, progresistas, izquierdistas, revolucionarios y demás especies de similar plumaje, era “La religión es el opio del pueblo”. Con gesto ampuloso, voz engolada y aire marcial recalcaban: Bien lo dijo Carlos Marx.

          Esa caterva de asnos cargados de libros, salvo contadas excepciones, ni peregrina idea del origen de la expresión. Menos sus matices.  El gurú en cuestión escribió en “Introducción a la crítica del derecho de Hegel”, publicada en la muy proletaria París en 1844, exactamente: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de unas condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo”.  No es nueva la costumbre de poner a decir lo que más le interesa al líder de turno. 

          El bachiller Heráclito de Éfeso legó una frase que, pese a los siglos, mantiene una vigencia abrumadora: La mucha erudición no enseña a tener entendimiento.

          Usted ve académicos, ideólogos, pensadores, militantes, cuanta bestia pensante se le ocurra y desee, alzar sus voces indignadas ante la injusticia y los desmanes del malvado imperialismo, o el decadente capitalismo, cuando no es contra los malignos judíos. Mientras tanto, y así como por no dejar, entonan sus cánticos de alabanza a los sufridos palestinos, serrallo de ángeles y querubines que ni a un mosquito son capaces de golpear. La malévola maquinaria informativa se ha ocupado de satanizar despiadadamente a unos indefensos pastores de cabras y ovejas que solo quieren vivir en paz. ¿Atentados? ¡Mahoma los confunda perversos paganos!

          De los ayatolás y su desprecio a las mujeres, ni una sílaba. La solidaridad no entiende mejor manera de cabalgar contradicciones que brindar nuestro más caluroso apoyo a los verdugos de gays, lesbianas y travestis. ¿Acaso no respaldamos al Ché pese a su paredón a los “maricas” cubanos? Por algo su imagen preside nuestros actos…

          No recordaba bien la frase, así que busco mi Biblia y tal como pensaba, en el Eclesiastés lo encuentro: “los labios del insensato lo precipitarán. Sus primeras palabras son una necedad, y un error perniciosísimo el remate de su habla”.  Un poco más adelante en el libro Eclesiástico hallo: “Más fácil es cargar sobre sí arena, sal y barras de hierro, que con un imprudente, un fatuo o un impío”.

          Los devotos de Pedro “Begoño” Sánchez, Pablo Iglesias, ETA, Feijóo y Abascal en España niegan al borde del paroxismo la imbecilidad que los recorre transversalmente. Cada cual se atrinchera en el soy mejor que tú, cuando no en el tú eres peor que yo. Ya no se trata siquiera de lo ideológico, es un duelo a muerte por ponerle la mano al Estado. Cito España, pero bien podría decir Cuba o Venezuela. En nuestro país el abanico de manifestaciones de tal índole es infinito. Se cumple a cabalidad lo escrito por Schiller en La doncella de Orleans: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

          La estulticia es la religión contemporánea en la que sus supremos sacerdotes tratan de sumergirnos, sí o sí.  Ellos, tal como los ingleses, a través de la Compañía Británica de las Indias Orientales, que introdujo el consumo de opio en China para desquiciar a la cuna de Mao, se han dedicado a sembrar la imbecilidad, y tener mano libre en sus desmanes y desvaríos.  No necesitamos más que revisar las declaraciones de tan egregios dirigentes. Sea Delcy Eloina, el capitán roba periódicos, el alcalde retirado, o cualquiera otro de esa reata. Todos van regando a raudales su narcótico particular, jamás quieren nuestra lucidez. 

          Mientras escribo, me veo de nuevo en el bar de Julio César, en mi siempre añorada La Sabana, después de un día de playa, bebiendo una cerveza mientras la rockola sonaba sin descanso. Recuerdo en especial una ocasión en que La Típica 73 acompañaba la voz de Adalberto Santiago con aquello de “qué pena me da Canuto, entre más viejo, más bruto”.

 

© Alfredo Cedeño



domingo, septiembre 06, 2026

NUNCA SE SECA



          Tiempos de andaduras en retroceso, largo periodo llevamos en el que mantenemos tal dirección. ¿Evolución involutiva? La sensación es que esclerosis y atrofia se han apoderado de nuestro cuerpo social. No es extraño, más bien nos resulta familiar, aceptar que el poder tiene mayor legitimidad que los principios. Trucutú –de traje a la medida, lentes de postín y pose señorial–, vapulea a su antojo a damas y caballeros –poco importa su civilidad o capacidades, esas son minucias, detalles anodinos– con la arrogancia que les otorga la fe de nuestros tiempos: el miedo.

          Son pretérito aquellos días en los que lo negro era negro, cuando no había un cartabón de lo “correcto” con el cual generar manadas de acólitos y borregos que loen las nuevas verdades.  Ahora el hermoso tinte oscuro de piel es afroamericano, ¿cómo haré para referirme a mi querida negra Lucy Gómez, y a mi hermano el negro Wilmer Suárez? Sin dejar a un lado el furor palestino que ha hecho de los amigos judíos el puchimbol de progresistas, socialistas, revolucionarios y demás sabandijas de similar moño.

          La parvada de líderes democráticos, ahora expertos negociadores, en Venezuela deja boquiabierto al mundo entero. De dónde salieron es la gran pregunta. La gestación de semejante camada ha sido un misterio biológico que deberá registrarse en el Libro Guinness. Esa publicación declara que “el actual poseedor del récord es el elefante asiático (Elephas maximus), con un período de gestación promedio de 650 días y un máximo de 760 días, más de dos veces y media el de los humanos”. Sin embargo, puntualizan: “El período de gestación más largo conocido en el reino animal es de cuatro o cinco años para la salamandra alpina (Salamandra atra), originaria de los Alpes suizos”.  Tal vez hemos generado algo así como unas salamandras caribeñas, que bien podrían ser denominadas: Salamandra nicodelcy.

          Al analizar el juego de sombras chinescas que presenciamos en nuestro patio, esa vieja chismosa e impertinente que es mi memoria me hace pensar en el clero polaco. A mediados de la década de los años 40 del siglo pasado en dicho país se creó el Ministerio de Seguridad Pública, el que tenía un opaco Departamento V. Esta denominación era la fachada del gobierno comunista para meter en cintura al poderoso movimiento católico de esos territorios. Los datos revelan que, sólo en 1950, 283 sacerdotes católicos fueron llevados a prisión.

Lo más triste y doloroso de esta situación comenzó a desenredarse en 2007 cuando se supo que monseñor Stanislaw Wielgus había sido nombrado arzobispo de Cracovia. A los pocos días saltó a la calle sus labores como colaborador e informante del régimen pro-soviético. Al comienzo lo negó, para luego, ante las evidencias, reconocer que sí lo había hecho, pero fue porque le permitía realizar sus trabajos de investigación en el extranjero. ¡! 

          Las repercusiones de tan nauseabunda situación hicieron que se escarbara en numerosas fuentes oficiales. Se terminó estimando que en los años setenta alrededor de 2.600 (¡dos mil seiscientos!) sacerdotes, casi el 15% de la clerecía polaca, colaboró con la policía secreta comunista…

          Si en la sucursal de la mera cuna de la decencia cristiana pasó eso, ¿qué podemos esperar en este campamento de mineros que siempre hemos sido? Al comienzo las perlas de Cubagua anclaron a los exploradores, luego fueron las hembras semidesnudas que vagaban a las orillas del mar, a posteriori las piezas de oro que llevaban colgados los indios al cuello, más tarde fue la feracidad de unos territorios en los que si piedras sembraban piedras nacían, hasta que siglos después el petróleo comenzó a manar sin descanso.

Todos, incluso los propios hijos de esta tierra, se acostumbraron a sacar cuanto podían para adquirir apartamentos en Miami, Aruba o New York. Hubo quienes erigieron edificios, bancos, empresas, navieras e incluso casinos, con lo que de aquí sacaban. Un verdadero universo de garimpeiros que se dedicó a medrar y que ahora se presentan como operadores financieros y políticos para seguir ordeñando a Venezuela. ¿Será que esa teta nunca se seca? ¿Deberemos esperar, ataviados de guayuco, en un árbol a ver si aunque sea el agua nos dejan?

 

© Alfredo Cedeño 


domingo, agosto 30, 2026

NI HUELE, NI HIEDE




          Dinero no tiene familia ni amigo. Es una frase que a manera de conjuro repiten por ahí infinidad de personas. Hay quienes tratan de darle cierta alcurnia a la expresión y declaran con voz atiplada, o engolada, hay para todos los paladares: Pecunia non olet.

Al decirla traducen: El dinero no huele, y explican que la dijo el emperador Vespasiano a su hijo Tito, quien le reclamaba por el impuesto a quienes colectaban las micciones de las letrinas públicas. Aseguran al abundar en la supuesta escena que esos desechos eran utilizados para labores de curtido y lavado de tejidos, por lo que el romano decidió que el Estado recibiera parte de los beneficios. También exponen que ante la protesta filial él agarró un puñado de las monedas de oro con que habían pagado el canon instituido, y se lo dio a olfatear y le preguntó por el olor. Al responderle que a nada, fue cuando le soltó la manida frase.

Hay un pequeño detalle, las palabras dichas tal parece que no fueron tales.  Narra Suetonio, en el libro VIII de Vidas de los doce césares: “Al reprocharle su hijo Tito que hubiera ideado incluso un impuesto sobre la orina, le puso ante las narices la suma que había obtenido del primer pago de este impuesto, preguntándole si le desagradaba el olor; y al responder aquél que no, replicó: Pues ha salido de la orina”.

          Otro autor contemporáneo a él, Juvenal, en Sátiras, en la XIV, para ser puntilloso, escribe: “no se te haga cuesta arriba trasladar cualquier mercancía al otro lado del Tiber, ni pienses que hay que hacer diferencia alguna entre los perfumes y los pellejos: el olor de la ganancia es bueno, sea del artículo que sea. Ten siempre en tus labios aquella frase digna de los dioses y del mismísimo Júpiter que fuese poeta: Nadie investiga el origen de lo que tienes, pero conviene tener”.

          Tal espíritu de imparcialidad nos recorre transversalmente, mas con un vigor inusitado en aquellos que se jactan de su sensibilidad social. Basta poner el caso de “dirigentes” que pasan silbando por las puertas de empresas, bancos y quincallas pidiendo un empujoncito para la causa. Pocos muestran sus casas, vehículos y hasta lanchas, donde se recuperan del agobio que significa ser un líder comprometido con el justo ideal de la igualdad y la libertad.  Tienen la cara de acero inoxidable.

          Es una fauna variopinta en la que malandrines de alto copete o escasa dentadura se dan la mano y van dando brinquitos de vestales inmaculadas mientras abren sus bolsillos para que el oro, la plata y el petróleo sigan llenándoselos.  Cada cual tiene su precio, y busca al mejor comprador.

Aseguran aquellos y aquellas que utilizan la citada prótesis argumentativa, que su significado es tajante y no deja lugar a dudas de la condición inodora del billete. Ellos certifican que es como el excremento de las palomas: ni huele, ni hiede; poco les importa la peste que de sí mismos expelen al refocilarse en los cerros de divisas que acumulan sin rubor. 

 

© Alfredo Cedeño 

domingo, agosto 23, 2026

STONER



          Terminaba la década de los años 70, o comenzaba la de los 80, del siglo pasado cuando el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) logró un convenio con el centro de enseñanza de traductores de la Compañía Anónima Teléfonos de Venezuela (CANTV), para que los afiliados de nuestra organización sindical pudiéramos tomar clases de inglés en su sede de la avenida Libertador.  Entre los primeros que acudimos estábamos el siempre recordado negro Olivares y yo.

          José Luis vivía obsesionado por aprender ese idioma, comparaba libros que cargaba junto con un diccionario bilingüe e iba palabra a palabra, página tras página descifrándolos. Un día me llegó con una novela: Stoner, de John Williams. Confieso que comprendí en una primera lectura algo así como menos de la mitad del texto, pero me encantó su aparente simplicidad.

          Hubo una frase que me cautivó casi al comienzo, en que William Stoner, el personaje central, habla con su profesor Archer Sloane sobre su decisión de dedicarse la literatura y la enseñanza. El docente cierra la conversación haciéndole percibir su relación con el mundo de las letras y la instrucción: “Usted está enamorado. Así de sencillo”.

          Aquel ejemplar, que él había comprado en las irremplazables librerías callejeras del lado oeste del Congreso Nacional en el centro de Caracas, terminó regalándomelo. Volví a él una y otra vez con leves mejorías en mi capacidad comprensiva del bendito idioma.  Me llamaba la atención que de ella no apareciera ninguna traducción. Raúl Betancourt en Suma y Sergio en Divulgación me mandaban de paseo cada vez que les iba a preguntar por ella.  En diversas publicaciones especializadas de Estados Unidos con el nuevo siglo comenzaron a aparecer varias referencias a su calidad, lo cual me hizo tratar otro par de veces de leerla sintiendo que me perdía de lo medular.

Pasarían más de 40 años, hasta que, ¡finalmente!, en 2011 llegó a mis manos la traducción que hizo en las Islas Canarias la editorial Baile del Sol. Lo que intuía era una pieza prodigiosa me lo ratificó su lectura en mi lengua natal. Las frases que fui encontrando me lo confirmaban renglón a renglón. En otra conversación con Sloane, este le dice a Stoner: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”. Esa plática el profesor la cierra diciéndole: “Debe recordar lo que es, lo que ha elegido ser y el significado de lo que hace. Hay guerras, derrotas y victorias de la raza humana que no son militares”.

Otro pasaje sobrecogedor es la cruda reflexión que sostiene con sus compañeros Dave Masters y Gordon Finch, en un bar de las cercanías de las aulas. Allí el primero de ellos les suelta: “Es para gente como nosotros por lo que existe la universidad, para los desposeídos del mundo; no para los estudiantes, ni para la altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por ahí. Nosotros distribuimos el raciocinio y permitimos el acceso a él a algunas personas comunes, a aquéllos que encajarán mejor en el mundo. Pero se trata solo de un barniz protector. Al igual que la Iglesia en la Edad Media, a la que le importaba un bledo los seglares e incluso Dios, también nosotros sobrevivimos gracias a nuestros engaños”.

Este libro, al que regreso con frecuencia, permite entender el “reino” académico de manera excepcional. ¿Cómo no evocarlo al ver el bochornoso caso del “profesor” Jason Arday en la muy flemática universidad británica de Cambridge? Este lamentablemente fallecido impostor, al que los “progres” tratan de elevar a los altares de la dignidad, es un ejemplo patético de impostura desde sus propios comienzos. Ahora sus plañideros y acólitos braman por la inocencia del angelito. El comodín para justificar lo que no puede ser hablan de “linchamiento” y responsabilizan a la derecha de lo que fue su entera responsabilidad. Un plagiario de tomo y lomo que elevan al Olimpo académico por tener el perfil ideal de las estrellas woke: negro, analfabeto hasta los 18 años, autista, sociólogo, maratonista, y paremos de contar.

No sobra recordar que apenas llegar a catedrático en Cambridge, Dave Harris, profesor emérito de Plymouth Marjon University, alertó sobre un artículo del ahora finado que coincidía mucho con uno anterior, obra del epidemiólogo Anjum Memon. Harris se comunicó con la Universidad y el propio Arday, así como con las revistas implicadas. El nuevo beato de lo correcto se limitó a exigirle a Harris que dejara de acosarle, y le achacó que actuaba por racismo. Pero la revista Social Sciences debió rectificar el artículo. La Universidad de Cambridge renunció a investigar.  Más tarde el periodista Jack Grove, del Times Higher Education, escudriñó la tesis de Arday, encontró evidencias de plagio y le escribió. Su respuesta llegó a través de un bufete de abogados, y lo acusó de acoso, mientras se victimizaba y le achacaba responsabilidad por su salud mental. La alcahuetería con el moreno llegó al punto que la mismísima Metropolitan Police intervino. 

El caso siguió evolucionando y fue así como Nathan Cofnas, quien fue profesor de Cambridge, pero por estos días en la Universidad de Gante, hizo la tarea a fondo y produjo un largo artículo donde desnudaba al señor copista. Nadie pudo seguir tapando las malas mañas del ilustre profesor. Hasta que él decidió inmolarse por el resguardo de su honorabilidad y ahora está en franca vía a la inmortalidad. Uno de los primeros pasos posteriores lo dio la Universidad de Gante suspendiendo a Cofnas y comenzando una investigación disciplinaria. Por lo visto tratarán de manejar todo como si de una pulpería se tratara, vendo lo que me da la gana y cobro lo que se me antoja.

Todo este escándalo, donde se pretende santificar a cierto bribonzuelo con habilidades de prestidigitador, me hace regresar a la memoria una y otra vez la frase de Sloan: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”.

 

© Alfredo Cedeño  


domingo, agosto 16, 2026

CHAÎRE, ATE




          Somos lo que Grecia sembró hace 28 siglos. La habilidad de sus creadores, divinos intérpretes de la condición humana, para escudriñar en lo que luego Jung definió como arquetipos o tendencias instintivas, se mantienen incólumes sin deconstrucción que valga, por más que los “progres” se esfuercen. Lo que natura no da, Salamanca –ni la Complutense–presta.

          Este archipiélago, a caballo entre Asia, África y Europa, fue un crisol del que manó Occidente. Sus mitos hechos dioses son lecturas diáfanas de nuestras miserias y virtudes. Hay una de esas deidades que no ha gozado de la popularidad de Zeus, su hermana y esposa Hera, Poseidón, Apolo, Eros, Atenea, Hades o Perséfone, por mentar unos pocos. Me refiero a Ate. Ella encarnaba la ceguera del entendimiento, el extravío y la ruina.

Su influencia y malas artes fueron capaces de engañar al propio Zeus, quien al darse cuenta de ello, narra Homero: “un agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ate por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo”.

Otro exégeta de nuestra emocionalidad, Shakespeare, en su Rey Lear muestra las consecuencias de las tretas de Ate. El dramaturgo inglés nos presenta a un rey anciano que va a repartir su reino entre sus hijas de acuerdo con la intensidad del amor que le profesen.  Goneril y Regan se deshacen en elogios y zalamerías; por su parte Cordelia, la única sincera, no cae en tal trampantojo y es repudiada.  Tiempo después al darse cuenta de su traspié, que expulsó de su lado la lealtad para premiar la falsedad.  Al reconciliarse con ella le dice: “Te ruego ahora que olvides y perdones. Soy un viejo necio”.   Pero ya había perdido el reino…

Ate soberana de la ceguera, el extravío, la ofuscación y la ruina debiera ser la patrona de las castas dirigentes de Venezuela. No es difícil imaginarlos entonando, cual el título de esta nota, “¡Alégrate Ate! Mientras sigue avanzando sobre la tierra yerma. Se pasean cual dignos hijos del caballo de Atila, cada vez los sembradíos ceden más espacio a la desolación. Los terrones y despojos son mudos testigos de una ruina que han provocado con su ceguera selectiva. No ven aquello que no les conviene y que no dejan su respectiva huella en sus bolsillos. Al sacar las cuentas son dueños de faltriqueras que no tienen fondo.

 

© Alfredo Cedeño  



domingo, agosto 09, 2026

SEGUIMOS SENTADOS



          El hombre, su mujer y su hijo, después de erguirse y comenzar a caminar aprendieron a navegar, les costó poco. Apenas necesitaron evocar sus recuerdos prenatales cuando nadaban en el líquido amniótico. Tomaron los restos vegetales que veían flotar y con ellos armaron almadías, más tarde excavaron los troncos e hicieron nacer las canoas, las curiaras, los cayucos. Pronto entendieron que podían jugar con el viento para que los llevara volandero a sus destinos, y nacieron las velas.

          El mar y los ríos, dulces y trágicos misterios que multiplicaron la vida y los territorios, mansa masa que puede convertirse en dragones o infiernos desatados, se hizo rito. Dos milenios antes de nuestra era, en Babilonia, se escribió el poema épico Enuma Elish, que comienza: “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y abajo la tierra firme aún no tenía nombre, Apsu, el primordial, y Tiamat, la que los engendró a todos, mezclaban sus aguas”.

La Biblia en sus primeras líneas, libro del Génesis asentó: “… y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.  Varias páginas más adelante, en Eclesiastés, encontramos: “Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo”. En el siglo XV será Jorge Manrique quien nos entregará: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”.

El bachiller Shakespeare explica en El Mercader de Venecia, lo que la navegación significa y la relación humana con ella: “Los barcos no son más que tablas, y los marineros, simples hombres: hay ratas de tierra y ratas de agua, ladrones de agua y ladrones de tierra... y luego está el peligro de las aguas, los vientos y las rocas”.

Un autor fanático desbordado del mar como fue Joseph Conrad en el Espejo del mar escribió: “El mar nunca ha sido amistoso con el hombre. A lo sumo, ha sido cómplice de la inquietud humana”.  Por su parte Webb Chiles en La travesía de la tormenta, solo alrededor del Cabo de Hornos, declara: “Un marino es un artista cuyo medio es el viento”.

          Conrad y Chiles convergen, en el fondo, en una certeza: el mar despoja al hombre de toda ilusión de grandeza. Ante el viento, las olas y la incertidumbre, se desvanecen los títulos, las jerarquías y las apariencias; solo quedan el carácter, la experiencia y la capacidad de mantener el derrotero. Esa misma lección, extrapolada del océano al ser humano, había sido formulada siglos antes por Michel de Montaigne con su inconfundible ironía: “Del mismo modo, no nos sirve de nada subirnos a unas zancas, ya que, incluso con ellas, seguimos teniendo que caminar con nuestras piernas, y en el más elevado trono del mundo siempre estamos sentados sobre nuestro culo”. El mismo sobre el que cayeron aquellos que creyeron eterno su control sobre nuestra tierra…

         

© Alfredo Cedeño  




Follow bandolero69 on Twitter