domingo, octubre 25, 2026

¿CUÁLES ZAPATOS?



          Tan allá como en 1955 el boricua Ángel Flores publicó su ensayo El Realismo Mágico en la ficción Hispanoamericana. Fue la primera vez que el término se aplicó al ámbito literario. Él consideraba a Borges, Jorge Luis, no Julio, no vayan a mezclar chicha con limonada, por favor, el maestro bonaerense no merece tal ofensa, con su Historia universal de la infamia el arranque de lo que luego sería el celebrado Boom latinoamericano. En realidad el gran negocio de las editoriales a ambos lados de la mar océano, y otras latitudes del planeta.

Es pertinente apuntar que eso del Realismo Mágico nació en el siglo XV con el descubrimiento de nuestro continente. Cristóbal Colón asentó en su diario del primer viaje, el miércoles 9 de enero de 1493: “En toda esta tierra hay muchas tortugas, de las cuales tomaron los marineros en el Monte-Cristi que venían a desovar en tierra, y eran muy grandes como una grande tablachina. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río de Oro, dijo que vido tres serenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara”.

          Siempre he leído con no poca compasión, quiero evitar la cruel lástima, a todos quienes han volcado su enjundia en desentrañar y explicar lo común y corriente en nuestro día a día en tierras americanas. El sesudo Emil Volek publicó en la Revista de literatura hispánica: “el hilo continuo de trabajos críticos que siguen apareciendo sobre el tema, algunos ya de una envergadura y solidez insólita en comparación con los tiempos cuando el realismo mágico estaba en boga, nos convence de que los problemas suscitados por la mencionada discusión persisten y que se necesitan trabajos aún más audaces y radicales”.

          Para el profesor Volek, catedrático en Phoenix, Arizona, el delirio de lo que muestran las crónicas latinoamericanas debe resultar inasible, por decir lo menos. ¿Cómo puede él entender la mezcla de locura, fantasía, alucinación, que es nuestro día a día? No quiero irme muy lejos.

          Pasé el final de mi infancia y adolescencia en Caraballeda, mi inolvidable cantera de emociones y creación, donde lo que muchos tildan de insólito era, ¡y sigue siendo!, algo tan natural como respirar.

          Hubo allá dos señores minusválidos, así dicen ahora, a los que llamábamos mochos, cuyos nombres no vienen al caso en esta ocasión. A uno le faltaba el pie derecho y al otro el izquierdo. El primero vivía en Punto Fijo y el segundo en las cercanías de la plaza Francisco Fajardo. Como es de suponer ellos terminaron siendo amigos, era común verlos conversando de lo humano y lo divino.

Debo decir, en honor a la verdad, que terminaron convirtiéndose en buenos amigos, al punto que decidieron unir desgracias. Habían descubierto que ambos tenían la misma talla de calzado, por lo que acordaron que lo más sabio era comprar solo un par para que cada cual agarrara el que le correspondía a su miembro sobreviviente. La paz duraba hasta que llegaban a la zapatería y escogían el modelo que iban a llevar.

–Ese no me gusta, mejor aquel.

–Uh, uh, eso parece una alpargata, más representa ese negro de patente.

–¡Qué va! Voy a lucir como el policía de Tarigua.

–¿Y qué quieres tú, unas chancletas con faralaos?

          El duelo retórico era que ni los radioteatros de Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor. Evocar a los dos señores de Caraballeda se me hace imposible cuando veo las imágenes de los encuentros entre Jorge Jesús Rodríguez y la oronda Dinorah Jaxilda Figuera. Una cosa es lo que ellos permiten que sepamos, pero ¿quién conoce los reales diálogos de esos dos seres?

–Ay mana, yo creo que ese azul te queda es-pec-ta-cu-lar…

–¡Gracias, chico! Pero tú no te quedas atrás con ese pañuelo en el paltó, te ves que ni Osmel en sus buenos tiempos.

Ella con cara de pujido contenido, él con sonrisa de Sade en florescencia. Ambos solo tratan de ponerse acuerdo en cuáles zapatos van a elegir.

     

 © Alfredo Cedeño  


domingo, octubre 18, 2026

LA PARIENTE INCÓMODA


          Son contadas las excepciones en las que no tuvimos alguna “parienta” cuyo arribo provocara escaso entusiasmo en nuestras casas familiares. Mis recuerdos pasan por tías, primas de alguno de los dos progenitores, una tía abuela que aparecía de sorpresa y se instalaba por días que lucían inacabables. Eran manifestaciones atávicas, huellas de costumbres parentales y de hospitalidad que todavía pueden encontrarse entre pueblos como los Yanomami cuando salen a visitar a los suyos en algún rincón de la selva.

Sin embargo, la hospitalidad prodigada tenía su trastienda. Los comentarios que oía entre los mayores cuando la visita no estaba presente solían ser, por decir lo menos, poco encomiables; pero frente a ellas las caras eran risueñas. Esas contradicciones del mundo adulto que sólo el tiempo me ayudó a entender.

          Algo similar ocurre con la historia, esa vieja intransigente, a veces impertinente e inamovible, a la que algunos ahora llaman historiografía; con su debido baño académico, por supuesto, ya que esta última no solo estudia los hechos, sino que también somete a escrutinio al historiador. Para mí es algo así como cuando oía llamar Licha a mi madrina Felicia, Chanchán al primo Sebastián, Chebo al padrino Eusebio, Lula a Lourdes, Geño a Eugenio, Cucho a Cruz José o Tello a Eleuterio, por citar los menos. La lista es inagotable.

          Pero vuelvo a esa vieja decrépita para algunos, yo veo una moza en verdadera edad de merecer; es como los buenos vinos: cuanto más tiempo mejor se pone. Estoy convencido de que se le ha vituperado por parte de quienes no siendo favorecidos por ella se han dedicado a “reescribirla”, palabreja acuñada para disfrazar el burdo intento de falsificarla. Pero lo pasado no regresa, ayer no será hoy ni mañana pese a malogradas tentativas de unos cuantos fariseos revestidos de angelicales samaritanos.  ¿No les pasa eso mirando a regenerado Jorge Jesús presidiendo la Asamblea Nacional?

          Se ha jugado a satanizar a la historia para que no tengamos peregrina idea de las imbecilidades de quienes han llevado la batuta a lo largo del tiempo. No es nueva tal maña de los “líderes”. En la Roma imperial, entre los años 180 y 192 de nuestra era, no escribo después de Cristo para no ofender a los laicos ortodoxos, le tocó la tómbola del poder a Cómodo. Fue el último emperador de la dinastía Antonina, y gobernó con el nombre de Emperador César Marco Aurelio Cómodo Antonino Augusto. Este Chávez de sus tiempos tuvo entre sus favoritos a un oriundo de Frigia, hoy se conoce por Turquía, quien había llegado a Roma como esclavo. Asegura Edward Gibbon: “en tres años Cleandro acumuló más riqueza de la que alguna vez ha poseído algún liberto. Cómodo estaba completamente satisfecho con los magníficos regalos que el astuto cortesano colocaba a sus pies en los momentos más oportunos”. ​Su voracidad era tal que el pueblo romano se levantó pidiendo su cabeza y la hermana menor del emperador, Fadila, junto a su concubina favorita, Marcia, arrojándose a su pies le advirtieron de la guerra civil en ciernes. Él haciendo gala de su nombre, con rauda comodidad, ordenó que su cabeza fuera arrojada al pueblo. Afirman los cronistas: “El deseado espectáculo aplacó inmediatamente el tumulto”.

          Podemos tener la seguridad que si nuestra élite, asnal e impenitente, se hubiera dedicado a estudiar a esa pariente fatigosa, doña historia, nos habrían evadido no pocos males. Es probable que, conociendo las consecuencias de ciertas actitudes y conductas, podrían haberlos evitado.

          Los creadores también han aportado lo suyo para que la abuela en cuestión no se relegue tan fácilmente. Shakespeare dramatizó la descomposición política de Inglaterra a mediados del siglo XV en Enrique VI. En la segunda parte de esa obra pone en boca de Lord Saye, funcionario del rey, al ser llevado ante el revolucionario Jack Cade y ser acusado de criminal por hablar francés, su respuesta es para enmarcar: “Y puesto que la ignorancia es la maldición de Dios, el conocimiento es el ala con la que volamos al cielo”.

          El desfile de malditos que hemos padecido, al parecer no tiene fin, y se muestran gozando de buena salud...

 

© Alfredo Cedeño 


domingo, octubre 11, 2026

ANUNCIO DE TEMPESTAD



En estos días que vivimos, sin saber si amanece o anochece, con una sensación de duermevela arropándonos, en los que no comprendemos si somos parte de juegos oníricos o presenciamos certezas desdibujadas, la incertidumbre es ama y señora. Nada es lo que parece ser, a veces, cuando no es un celaje preñado de dudas lo que nos llena de enigmas.  Sin embargo, el país sigue, tambaleante más a menudo de lo que quisiéramos, pero avanza.

Las habituales cofradías, de viejo y de nuevo cuño, mantienen sus maromas de, tal como diría la siempre recordada Ana María Matute, mamarrachos sin compón. No cejan de dar vueltas en una búsqueda inacabable de la vía para agarrar su respectiva cuota de poder. Poco les importa que sea de comisario en Guardatinajas o bedel de la jefatura de Corozo Pando, lo prioritario es mandar.

La molienda de todo aquel que no baila al son que los “dirigentes” tocan es un boleto seguro al ostracismo. Si clamas la idoneidad del capitán roba periódicos, la del psicótico hermano de la dictadora encargada o la propia autócrata en funciones, es posible que algo te toque, aunque sea un puesto de gestor de una alcabala de la Policía Nacional. Si anuncias que no ha habido, hay, ni habrá un líder más preclaro que “Caprilito”, estás apostando a que el egregio personaje te otorgue la respectiva dádiva cuando él sea elevado al empíreo.  Los ejemplos son infinitos, no tengo estómago para seguir citándolos. Ganas tampoco, no merecen más que desprecio. La vaina es el daño que han hecho y hacen, y que pretenden continuar haciendo.

Estamos sumergidos en un magma donde lo ético es de ágil brevedad, escasa permanencia, sólida precariedad y antigualla con la que nadie quiere ser identificado. La perversión de los significados atolondra al más conspicuo. El escritor italiano Giuliano da Empoli en su libro “Los ingenieros del caos” trata de explicar este aparente desbarajuste y la cruda manipulación de los gestores del poder. Y eso se aplica a diestra y siniestra. Por supuesto que los pontífices de lo correcto han señalado las limitaciones teóricas de sus planteamientos. ¿Cómo se le ocurre decir que los reyes están desnudos?

Observar a esta fauna variopinta es lo mismo que hacerlo con un bombillo. Atención, no por la luz que pueden irradiar, sino por lo herméticos que son; no les entra ni una gota de agua, muchísimo menos una idea de participación y cambios reales. Insisto, se trata del poder, más nada, todo lo demás es accesorio. El engaño no existe, es la nueva verdad con la que “deconstruyen” la opresión legitimada. Perdón por el alemán: ¡No me jodan!

Son escasos aquellos que se salvan, y multitudes los que tratan de echarlos a un lado de la manera que sea. En política todo está permitido.

Y Venezuela sigue andando, con aires sonámbulos a veces, pero no se detiene.  Ese paso, que la secta política no sabe entender, nunca lo ha hecho, y que interpretan de forma descocada terminará por llevárselos por delante. La tormenta se anuncia desde hace largo tiempo. Oiremos el lloriqueo. 

 

© Alfredo Cedeño 



domingo, octubre 04, 2026

PILOTOS DE SOBRA



          En no pocas ocasiones me quedé inmovilizado a orillas de los ríos del Amazonas contemplando la pericia de los indígenas al navegar con sus curiaras. Verlos cruzar las densas y raudas aguas, entre troncos, peñascos y trabas de toda laya, son escenas de titanes con un equilibrio sobrenatural. Para un citadino impenitente, como es mi caso, era sentirme en medio del rodaje de una de las películas que poblaron los sueños de mi niñez.

          Estar navegando por el río Parucito, en las afueras de San Juan de Manapiare, estado Amazonas, con dos amigos piaroa fue una de esas oportunidades. Era necesario abandonar la canoa, para que ellos cruzaran unos pequeños raudales, mientras yo recorría un sendero a la vera de la corriente.  Era cuando me paralizaba para observar sus destrezas en acción. Sus gritos me sacaban del embobamiento y corría hasta llegar a la playa donde me esperaban.

          Los riesgos que ellos y todos los otros “parientes”, manera como se denominan los indígenas entre sí, corren a diario, una hora tras otra, mientras surcan sus ríos, son parte de su respiración. Lo mismo ves deslizarse en la corriente un tronco de porte monumental sumergido y al que un citadino no sabe distinguir, que pasas bajo una rama en la que una serpiente gigantesca duerme inmutable, o ves saltar por la vegetación un cunaguaro persiguiendo a una presa. Son sus lances cotidianos, mientras no apartan la vista del agua y siguen remontando, o descendiendo, por el afluente.

          No necesitan mapas, ni brújulas, solo una mirada sabia que conoce cuál es el caño donde hay que internarse buscando una vivienda. En qué caserío podemos encontrar cazabe o unos plátanos hervidos para acompañar la comida. Más adelante está el conuco de los yabarana, anuncian en una vuelta del río, y así es. Ahí encontramos a varios representantes de esa comunidad.

Luego de los saludos de rigor seguimos navegando, evitando las piedras y los troncos, las ramas que cruzan sobre el agua.  Siempre fueron dos singladuras las que hice en esos recorridos. La que me llevaba a un sitio en particular, y la que me hacía divagar, más bien delirar, con el ambiente que tenía el privilegio de transitar.

Nunca encontraba la manera de agradecer a mis baquianos su empeño y velo por mi seguridad. Los derroches de sabiduría con que me colmaban de informaciones, el anticiparse a mis preguntas, el mimo con que transportaban mis equipos, todo era siempre rayano en la exquisitez. Me pasó también con Monchito en los caños del delta del Orinoco, cuando no en Kavanayen o Kamarata en Bolívar, o con Javier Armato en la Sierra de Perijá. 

Los recuerdo a todos ellos y también evoco a los amigos campesinos de Altos de La Cruz en las afueras de Mendoza Fría en Trujillo, donde Chucho Márquez me explicaba con paciencia franciscana los secretos de sus siembras y cosechas; o sus gestos de velocidad pasmosa para matar una culebra que estaba un poco más adelante de mi paso.  Nombro estas personas y podría seguir una lista inagotable de otras y otros de igual perfil.

Siempre tuve la fortuna de establecer contacto con gente fuera de serie, generosa, sabia, dispuesta a ayudar.  Para emplear un término de esos que les gusta a los científicos sociales, bien se puede decir que es una muestra demográfica de Venezuela. Ese país que ahora unos cuantos carifrescos aseveran estar investidos para representar. Confunden tuercas con arandelas y cuando ven un burro por la cola aseguran que tiene buen hocico.

Luego los verá usted lamentándose por la incomprensión ciudadana y despotricando contra todos aquellos que señalemos alguno de sus desbarres. Sigo sin entender que desacierto estamos expiando, pero mantengo la certeza de que abundarán quienes a pie firme sobre frágiles cubiertas sabrán continuar navegando y manteniéndonos a salvo.

 © Alfredo Cedeño  


domingo, septiembre 27, 2026

ENTRE PAYASOS Y MAROMEROS


–¡Estimado doctor Loreto!

–¡Dichosos los ojos, apreciado licenciado Pancholo!

–Tanto tiempo sin verte mi hermano del alma…

–Bueno, tú sabes cómo es el maní.

–Así es camarada.

–¡Déjate de vainas! Esa palabrita ni de lejos, mira que no estamos en el cafetín de la escuela, ni en la federación de centros.

–Tampoco es de tanto, y ni malo es recordar viejos tiempos, no me lo vas a negar.

–Si llegó a embajador Timoteo…

–¡Cachucha e peo!

–¡Por favor licenciado! No se puede perder la compostura de esa manera.

–Es verdad, pero es que oír el nombre de Zambrano y salírseme el apodo que le teníamos fue una misma cosa.

–No, no, no, mi apreciado, hay que saber mantenerse uno en su sitio. Ya no somos de estar comiendo con la mano.

–Ni cambur con una lata de pepitonas.

–No me toques esa tecla, que peor no puede sonar.

–Pero no me vas a negar lo sabroso que era cuando nos la comíamos en Caño Amarillo.

–La historia no siempre está preparada para ser fidedigna Pancholito.

–Por eso es por lo que hay que echarle su acomodada de vez en cuando, aunque nunca falta el que es más papista que el Papa y sale con sus vainas del respeto a la verdad histórica.

–Como que si la verdad fuera de hierro. Lo que pasa, mi apreciado, es que los perdedores siempre salen con zoquetadas de esas. Lo hacen porque no saben cómo es que son las cosas, la ignorancia es osada.

–Es verdad, mi respetado Loreto, yo siempre supe que ibas a llegar lejos, porque tu tienes ese don de saber percibir más allá de lo que aparenta ser.

–Modestia aparte, pero así es.  Ahí están todos esos que se las dan de tiquiquitaqui y no han conseguido ni un puesto de portero.

–Y no es nada, hermano querido, que tú con un cargo así cuentas con más poder que más nadie, porque eres el que decides quien pasa y quien no; además que ¿tú te imaginas en la puerta de un banco o aunque sea un instituto autónomo, eso sí de los que tienen presupuesto de verdad, entregándole las carpetas a los gerentes de área? ¡Te llenas!

–Tampoco hay que ser tan bandera Alcántara, ese fue siempre tu problema, hay que tener un poquito de elegancia, eso que se llama clase, bueno, tú no la tuviste mucho que se diga.

–Yo no Loreto, yo no sirvo para esas cosas, lo mío es verde o es blanco.

–¡Ay Pancholo!  Como te traiciona el inconsciente, casi dices que eres adeco o copeyano.

–Tú y tus vainas.

          Diálogos como este son más comunes de lo que uno se puede imaginar, es una red de fatuos con poder que van haciendo maromas a mansalva sin rubor alguno. Demasiado bien estamos…

 

© Alfredo Cedeño 


domingo, septiembre 13, 2026

OPIOS DE LOS PUEBLOS



          Una frase que era entonada con ferviente ardor, a machamartillo que llaman, en ese bestiario donde confluían camaradas, progresistas, izquierdistas, revolucionarios y demás especies de similar plumaje, era “La religión es el opio del pueblo”. Con gesto ampuloso, voz engolada y aire marcial recalcaban: Bien lo dijo Carlos Marx.

          Esa caterva de asnos cargados de libros, salvo contadas excepciones, ni peregrina idea del origen de la expresión. Menos sus matices.  El gurú en cuestión escribió en “Introducción a la crítica del derecho de Hegel”, publicada en la muy proletaria París en 1844, exactamente: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de unas condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo”.  No es nueva la costumbre de poner a decir lo que más le interesa al líder de turno. 

          El bachiller Heráclito de Éfeso legó una frase que, pese a los siglos, mantiene una vigencia abrumadora: La mucha erudición no enseña a tener entendimiento.

          Usted ve académicos, ideólogos, pensadores, militantes, cuanta bestia pensante se le ocurra y desee, alzar sus voces indignadas ante la injusticia y los desmanes del malvado imperialismo, o el decadente capitalismo, cuando no es contra los malignos judíos. Mientras tanto, y así como por no dejar, entonan sus cánticos de alabanza a los sufridos palestinos, serrallo de ángeles y querubines que ni a un mosquito son capaces de golpear. La malévola maquinaria informativa se ha ocupado de satanizar despiadadamente a unos indefensos pastores de cabras y ovejas que solo quieren vivir en paz. ¿Atentados? ¡Mahoma los confunda perversos paganos!

          De los ayatolás y su desprecio a las mujeres, ni una sílaba. La solidaridad no entiende mejor manera de cabalgar contradicciones que brindar nuestro más caluroso apoyo a los verdugos de gays, lesbianas y travestis. ¿Acaso no respaldamos al Ché pese a su paredón a los “maricas” cubanos? Por algo su imagen preside nuestros actos…

          No recordaba bien la frase, así que busco mi Biblia y tal como pensaba, en el Eclesiastés lo encuentro: “los labios del insensato lo precipitarán. Sus primeras palabras son una necedad, y un error perniciosísimo el remate de su habla”.  Un poco más adelante en el libro Eclesiástico hallo: “Más fácil es cargar sobre sí arena, sal y barras de hierro, que con un imprudente, un fatuo o un impío”.

          Los devotos de Pedro “Begoño” Sánchez, Pablo Iglesias, ETA, Feijóo y Abascal en España niegan al borde del paroxismo la imbecilidad que los recorre transversalmente. Cada cual se atrinchera en el soy mejor que tú, cuando no en el tú eres peor que yo. Ya no se trata siquiera de lo ideológico, es un duelo a muerte por ponerle la mano al Estado. Cito España, pero bien podría decir Cuba o Venezuela. En nuestro país el abanico de manifestaciones de tal índole es infinito. Se cumple a cabalidad lo escrito por Schiller en La doncella de Orleans: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

          La estulticia es la religión contemporánea en la que sus supremos sacerdotes tratan de sumergirnos, sí o sí.  Ellos, tal como los ingleses, a través de la Compañía Británica de las Indias Orientales, que introdujo el consumo de opio en China para desquiciar a la cuna de Mao, se han dedicado a sembrar la imbecilidad, y tener mano libre en sus desmanes y desvaríos.  No necesitamos más que revisar las declaraciones de tan egregios dirigentes. Sea Delcy Eloina, el capitán roba periódicos, el alcalde retirado, o cualquiera otro de esa reata. Todos van regando a raudales su narcótico particular, jamás quieren nuestra lucidez. 

          Mientras escribo, me veo de nuevo en el bar de Julio César, en mi siempre añorada La Sabana, después de un día de playa, bebiendo una cerveza mientras la rockola sonaba sin descanso. Recuerdo en especial una ocasión en que La Típica 73 acompañaba la voz de Adalberto Santiago con aquello de “qué pena me da Canuto, entre más viejo, más bruto”.

 

© Alfredo Cedeño



domingo, septiembre 06, 2026

NUNCA SE SECA



          Tiempos de andaduras en retroceso, largo periodo llevamos en el que mantenemos tal dirección. ¿Evolución involutiva? La sensación es que esclerosis y atrofia se han apoderado de nuestro cuerpo social. No es extraño, más bien nos resulta familiar, aceptar que el poder tiene mayor legitimidad que los principios. Trucutú –de traje a la medida, lentes de postín y pose señorial–, vapulea a su antojo a damas y caballeros –poco importa su civilidad o capacidades, esas son minucias, detalles anodinos– con la arrogancia que les otorga la fe de nuestros tiempos: el miedo.

          Son pretérito aquellos días en los que lo negro era negro, cuando no había un cartabón de lo “correcto” con el cual generar manadas de acólitos y borregos que loen las nuevas verdades.  Ahora el hermoso tinte oscuro de piel es afroamericano, ¿cómo haré para referirme a mi querida negra Lucy Gómez, y a mi hermano el negro Wilmer Suárez? Sin dejar a un lado el furor palestino que ha hecho de los amigos judíos el puchimbol de progresistas, socialistas, revolucionarios y demás sabandijas de similar moño.

          La parvada de líderes democráticos, ahora expertos negociadores, en Venezuela deja boquiabierto al mundo entero. De dónde salieron es la gran pregunta. La gestación de semejante camada ha sido un misterio biológico que deberá registrarse en el Libro Guinness. Esa publicación declara que “el actual poseedor del récord es el elefante asiático (Elephas maximus), con un período de gestación promedio de 650 días y un máximo de 760 días, más de dos veces y media el de los humanos”. Sin embargo, puntualizan: “El período de gestación más largo conocido en el reino animal es de cuatro o cinco años para la salamandra alpina (Salamandra atra), originaria de los Alpes suizos”.  Tal vez hemos generado algo así como unas salamandras caribeñas, que bien podrían ser denominadas: Salamandra nicodelcy.

          Al analizar el juego de sombras chinescas que presenciamos en nuestro patio, esa vieja chismosa e impertinente que es mi memoria me hace pensar en el clero polaco. A mediados de la década de los años 40 del siglo pasado en dicho país se creó el Ministerio de Seguridad Pública, el que tenía un opaco Departamento V. Esta denominación era la fachada del gobierno comunista para meter en cintura al poderoso movimiento católico de esos territorios. Los datos revelan que, sólo en 1950, 283 sacerdotes católicos fueron llevados a prisión.

Lo más triste y doloroso de esta situación comenzó a desenredarse en 2007 cuando se supo que monseñor Stanislaw Wielgus había sido nombrado arzobispo de Cracovia. A los pocos días saltó a la calle sus labores como colaborador e informante del régimen pro-soviético. Al comienzo lo negó, para luego, ante las evidencias, reconocer que sí lo había hecho, pero fue porque le permitía realizar sus trabajos de investigación en el extranjero. ¡! 

          Las repercusiones de tan nauseabunda situación hicieron que se escarbara en numerosas fuentes oficiales. Se terminó estimando que en los años setenta alrededor de 2.600 (¡dos mil seiscientos!) sacerdotes, casi el 15% de la clerecía polaca, colaboró con la policía secreta comunista…

          Si en la sucursal de la mera cuna de la decencia cristiana pasó eso, ¿qué podemos esperar en este campamento de mineros que siempre hemos sido? Al comienzo las perlas de Cubagua anclaron a los exploradores, luego fueron las hembras semidesnudas que vagaban a las orillas del mar, a posteriori las piezas de oro que llevaban colgados los indios al cuello, más tarde fue la feracidad de unos territorios en los que si piedras sembraban piedras nacían, hasta que siglos después el petróleo comenzó a manar sin descanso.

Todos, incluso los propios hijos de esta tierra, se acostumbraron a sacar cuanto podían para adquirir apartamentos en Miami, Aruba o New York. Hubo quienes erigieron edificios, bancos, empresas, navieras e incluso casinos, con lo que de aquí sacaban. Un verdadero universo de garimpeiros que se dedicó a medrar y que ahora se presentan como operadores financieros y políticos para seguir ordeñando a Venezuela. ¿Será que esa teta nunca se seca? ¿Deberemos esperar, ataviados de guayuco, en un árbol a ver si aunque sea el agua nos dejan?

 

© Alfredo Cedeño 


domingo, agosto 30, 2026

NI HUELE, NI HIEDE




          Dinero no tiene familia ni amigo. Es una frase que a manera de conjuro repiten por ahí infinidad de personas. Hay quienes tratan de darle cierta alcurnia a la expresión y declaran con voz atiplada, o engolada, hay para todos los paladares: Pecunia non olet.

Al decirla traducen: El dinero no huele, y explican que la dijo el emperador Vespasiano a su hijo Tito, quien le reclamaba por el impuesto a quienes colectaban las micciones de las letrinas públicas. Aseguran al abundar en la supuesta escena que esos desechos eran utilizados para labores de curtido y lavado de tejidos, por lo que el romano decidió que el Estado recibiera parte de los beneficios. También exponen que ante la protesta filial él agarró un puñado de las monedas de oro con que habían pagado el canon instituido, y se lo dio a olfatear y le preguntó por el olor. Al responderle que a nada, fue cuando le soltó la manida frase.

Hay un pequeño detalle, las palabras dichas tal parece que no fueron tales.  Narra Suetonio, en el libro VIII de Vidas de los doce césares: “Al reprocharle su hijo Tito que hubiera ideado incluso un impuesto sobre la orina, le puso ante las narices la suma que había obtenido del primer pago de este impuesto, preguntándole si le desagradaba el olor; y al responder aquél que no, replicó: Pues ha salido de la orina”.

          Otro autor contemporáneo a él, Juvenal, en Sátiras, en la XIV, para ser puntilloso, escribe: “no se te haga cuesta arriba trasladar cualquier mercancía al otro lado del Tiber, ni pienses que hay que hacer diferencia alguna entre los perfumes y los pellejos: el olor de la ganancia es bueno, sea del artículo que sea. Ten siempre en tus labios aquella frase digna de los dioses y del mismísimo Júpiter que fuese poeta: Nadie investiga el origen de lo que tienes, pero conviene tener”.

          Tal espíritu de imparcialidad nos recorre transversalmente, mas con un vigor inusitado en aquellos que se jactan de su sensibilidad social. Basta poner el caso de “dirigentes” que pasan silbando por las puertas de empresas, bancos y quincallas pidiendo un empujoncito para la causa. Pocos muestran sus casas, vehículos y hasta lanchas, donde se recuperan del agobio que significa ser un líder comprometido con el justo ideal de la igualdad y la libertad.  Tienen la cara de acero inoxidable.

          Es una fauna variopinta en la que malandrines de alto copete o escasa dentadura se dan la mano y van dando brinquitos de vestales inmaculadas mientras abren sus bolsillos para que el oro, la plata y el petróleo sigan llenándoselos.  Cada cual tiene su precio, y busca al mejor comprador.

Aseguran aquellos y aquellas que utilizan la citada prótesis argumentativa, que su significado es tajante y no deja lugar a dudas de la condición inodora del billete. Ellos certifican que es como el excremento de las palomas: ni huele, ni hiede; poco les importa la peste que de sí mismos expelen al refocilarse en los cerros de divisas que acumulan sin rubor. 

 

© Alfredo Cedeño 

domingo, agosto 23, 2026

STONER



          Terminaba la década de los años 70, o comenzaba la de los 80, del siglo pasado cuando el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) logró un convenio con el centro de enseñanza de traductores de la Compañía Anónima Teléfonos de Venezuela (CANTV), para que los afiliados de nuestra organización sindical pudiéramos tomar clases de inglés en su sede de la avenida Libertador.  Entre los primeros que acudimos estábamos el siempre recordado negro Olivares y yo.

          José Luis vivía obsesionado por aprender ese idioma, comparaba libros que cargaba junto con un diccionario bilingüe e iba palabra a palabra, página tras página descifrándolos. Un día me llegó con una novela: Stoner, de John Williams. Confieso que comprendí en una primera lectura algo así como menos de la mitad del texto, pero me encantó su aparente simplicidad.

          Hubo una frase que me cautivó casi al comienzo, en que William Stoner, el personaje central, habla con su profesor Archer Sloane sobre su decisión de dedicarse la literatura y la enseñanza. El docente cierra la conversación haciéndole percibir su relación con el mundo de las letras y la instrucción: “Usted está enamorado. Así de sencillo”.

          Aquel ejemplar, que él había comprado en las irremplazables librerías callejeras del lado oeste del Congreso Nacional en el centro de Caracas, terminó regalándomelo. Volví a él una y otra vez con leves mejorías en mi capacidad comprensiva del bendito idioma.  Me llamaba la atención que de ella no apareciera ninguna traducción. Raúl Betancourt en Suma y Sergio en Divulgación me mandaban de paseo cada vez que les iba a preguntar por ella.  En diversas publicaciones especializadas de Estados Unidos con el nuevo siglo comenzaron a aparecer varias referencias a su calidad, lo cual me hizo tratar otro par de veces de leerla sintiendo que me perdía de lo medular.

Pasarían más de 40 años, hasta que, ¡finalmente!, en 2011 llegó a mis manos la traducción que hizo en las Islas Canarias la editorial Baile del Sol. Lo que intuía era una pieza prodigiosa me lo ratificó su lectura en mi lengua natal. Las frases que fui encontrando me lo confirmaban renglón a renglón. En otra conversación con Sloane, este le dice a Stoner: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”. Esa plática el profesor la cierra diciéndole: “Debe recordar lo que es, lo que ha elegido ser y el significado de lo que hace. Hay guerras, derrotas y victorias de la raza humana que no son militares”.

Otro pasaje sobrecogedor es la cruda reflexión que sostiene con sus compañeros Dave Masters y Gordon Finch, en un bar de las cercanías de las aulas. Allí el primero de ellos les suelta: “Es para gente como nosotros por lo que existe la universidad, para los desposeídos del mundo; no para los estudiantes, ni para la altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por ahí. Nosotros distribuimos el raciocinio y permitimos el acceso a él a algunas personas comunes, a aquéllos que encajarán mejor en el mundo. Pero se trata solo de un barniz protector. Al igual que la Iglesia en la Edad Media, a la que le importaba un bledo los seglares e incluso Dios, también nosotros sobrevivimos gracias a nuestros engaños”.

Este libro, al que regreso con frecuencia, permite entender el “reino” académico de manera excepcional. ¿Cómo no evocarlo al ver el bochornoso caso del “profesor” Jason Arday en la muy flemática universidad británica de Cambridge? Este lamentablemente fallecido impostor, al que los “progres” tratan de elevar a los altares de la dignidad, es un ejemplo patético de impostura desde sus propios comienzos. Ahora sus plañideros y acólitos braman por la inocencia del angelito. El comodín para justificar lo que no puede ser hablan de “linchamiento” y responsabilizan a la derecha de lo que fue su entera responsabilidad. Un plagiario de tomo y lomo que elevan al Olimpo académico por tener el perfil ideal de las estrellas woke: negro, analfabeto hasta los 18 años, autista, sociólogo, maratonista, y paremos de contar.

No sobra recordar que apenas llegar a catedrático en Cambridge, Dave Harris, profesor emérito de Plymouth Marjon University, alertó sobre un artículo del ahora finado que coincidía mucho con uno anterior, obra del epidemiólogo Anjum Memon. Harris se comunicó con la Universidad y el propio Arday, así como con las revistas implicadas. El nuevo beato de lo correcto se limitó a exigirle a Harris que dejara de acosarle, y le achacó que actuaba por racismo. Pero la revista Social Sciences debió rectificar el artículo. La Universidad de Cambridge renunció a investigar.  Más tarde el periodista Jack Grove, del Times Higher Education, escudriñó la tesis de Arday, encontró evidencias de plagio y le escribió. Su respuesta llegó a través de un bufete de abogados, y lo acusó de acoso, mientras se victimizaba y le achacaba responsabilidad por su salud mental. La alcahuetería con el moreno llegó al punto que la mismísima Metropolitan Police intervino. 

El caso siguió evolucionando y fue así como Nathan Cofnas, quien fue profesor de Cambridge, pero por estos días en la Universidad de Gante, hizo la tarea a fondo y produjo un largo artículo donde desnudaba al señor copista. Nadie pudo seguir tapando las malas mañas del ilustre profesor. Hasta que él decidió inmolarse por el resguardo de su honorabilidad y ahora está en franca vía a la inmortalidad. Uno de los primeros pasos posteriores lo dio la Universidad de Gante suspendiendo a Cofnas y comenzando una investigación disciplinaria. Por lo visto tratarán de manejar todo como si de una pulpería se tratara, vendo lo que me da la gana y cobro lo que se me antoja.

Todo este escándalo, donde se pretende santificar a cierto bribonzuelo con habilidades de prestidigitador, me hace regresar a la memoria una y otra vez la frase de Sloan: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”.

 

© Alfredo Cedeño  


domingo, agosto 16, 2026

CHAÎRE, ATE




          Somos lo que Grecia sembró hace 28 siglos. La habilidad de sus creadores, divinos intérpretes de la condición humana, para escudriñar en lo que luego Jung definió como arquetipos o tendencias instintivas, se mantienen incólumes sin deconstrucción que valga, por más que los “progres” se esfuercen. Lo que natura no da, Salamanca –ni la Complutense–presta.

          Este archipiélago, a caballo entre Asia, África y Europa, fue un crisol del que manó Occidente. Sus mitos hechos dioses son lecturas diáfanas de nuestras miserias y virtudes. Hay una de esas deidades que no ha gozado de la popularidad de Zeus, su hermana y esposa Hera, Poseidón, Apolo, Eros, Atenea, Hades o Perséfone, por mentar unos pocos. Me refiero a Ate. Ella encarnaba la ceguera del entendimiento, el extravío y la ruina.

Su influencia y malas artes fueron capaces de engañar al propio Zeus, quien al darse cuenta de ello, narra Homero: “un agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ate por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo”.

Otro exégeta de nuestra emocionalidad, Shakespeare, en su Rey Lear muestra las consecuencias de las tretas de Ate. El dramaturgo inglés nos presenta a un rey anciano que va a repartir su reino entre sus hijas de acuerdo con la intensidad del amor que le profesen.  Goneril y Regan se deshacen en elogios y zalamerías; por su parte Cordelia, la única sincera, no cae en tal trampantojo y es repudiada.  Tiempo después al darse cuenta de su traspié, que expulsó de su lado la lealtad para premiar la falsedad.  Al reconciliarse con ella le dice: “Te ruego ahora que olvides y perdones. Soy un viejo necio”.   Pero ya había perdido el reino…

Ate soberana de la ceguera, el extravío, la ofuscación y la ruina debiera ser la patrona de las castas dirigentes de Venezuela. No es difícil imaginarlos entonando, cual el título de esta nota, “¡Alégrate Ate! Mientras sigue avanzando sobre la tierra yerma. Se pasean cual dignos hijos del caballo de Atila, cada vez los sembradíos ceden más espacio a la desolación. Los terrones y despojos son mudos testigos de una ruina que han provocado con su ceguera selectiva. No ven aquello que no les conviene y que no dejan su respectiva huella en sus bolsillos. Al sacar las cuentas son dueños de faltriqueras que no tienen fondo.

 

© Alfredo Cedeño  



domingo, agosto 09, 2026

SEGUIMOS SENTADOS



          El hombre, su mujer y su hijo, después de erguirse y comenzar a caminar aprendieron a navegar, les costó poco. Apenas necesitaron evocar sus recuerdos prenatales cuando nadaban en el líquido amniótico. Tomaron los restos vegetales que veían flotar y con ellos armaron almadías, más tarde excavaron los troncos e hicieron nacer las canoas, las curiaras, los cayucos. Pronto entendieron que podían jugar con el viento para que los llevara volandero a sus destinos, y nacieron las velas.

          El mar y los ríos, dulces y trágicos misterios que multiplicaron la vida y los territorios, mansa masa que puede convertirse en dragones o infiernos desatados, se hizo rito. Dos milenios antes de nuestra era, en Babilonia, se escribió el poema épico Enuma Elish, que comienza: “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y abajo la tierra firme aún no tenía nombre, Apsu, el primordial, y Tiamat, la que los engendró a todos, mezclaban sus aguas”.

La Biblia en sus primeras líneas, libro del Génesis asentó: “… y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.  Varias páginas más adelante, en Eclesiastés, encontramos: “Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo”. En el siglo XV será Jorge Manrique quien nos entregará: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”.

El bachiller Shakespeare explica en El Mercader de Venecia, lo que la navegación significa y la relación humana con ella: “Los barcos no son más que tablas, y los marineros, simples hombres: hay ratas de tierra y ratas de agua, ladrones de agua y ladrones de tierra... y luego está el peligro de las aguas, los vientos y las rocas”.

Un autor fanático desbordado del mar como fue Joseph Conrad en el Espejo del mar escribió: “El mar nunca ha sido amistoso con el hombre. A lo sumo, ha sido cómplice de la inquietud humana”.  Por su parte Webb Chiles en La travesía de la tormenta, solo alrededor del Cabo de Hornos, declara: “Un marino es un artista cuyo medio es el viento”.

          Conrad y Chiles convergen, en el fondo, en una certeza: el mar despoja al hombre de toda ilusión de grandeza. Ante el viento, las olas y la incertidumbre, se desvanecen los títulos, las jerarquías y las apariencias; solo quedan el carácter, la experiencia y la capacidad de mantener el derrotero. Esa misma lección, extrapolada del océano al ser humano, había sido formulada siglos antes por Michel de Montaigne con su inconfundible ironía: “Del mismo modo, no nos sirve de nada subirnos a unas zancas, ya que, incluso con ellas, seguimos teniendo que caminar con nuestras piernas, y en el más elevado trono del mundo siempre estamos sentados sobre nuestro culo”. El mismo sobre el que cayeron aquellos que creyeron eterno su control sobre nuestra tierra…

         

© Alfredo Cedeño  




miércoles, agosto 05, 2026

EL TIMO DEL MITO



          El mito, en cuanto al concepto que hoy tenemos de él, es todavía un vocablo joven. Hay muchos que, pretendiendo revestir su ignorancia enciclopédica con pinceladas del Libro Gordo de Petete, le achacan al mismísimo Homero su paternidad. Otros del mismo tenor se desmelenan y braman que el padre de la criatura fue Hesíodo. Hay los que la reclaman para Platón y los que se baten por Aristóteles. Es el eterno devenir humano, donde hay dos surgen no menos de siete versiones de cualquiera sea el tema.

          Es bueno asentar, antes de que María Ventana o Pedro Remilgos salten, que ellos si utilizaron tal significante, pero no con el significado que ahora tiene.

          En realidad lo que hoy conocemos con tal acepción se perfila a mediados del siglo XIX. Los investigadores europeos empiezan a descubrir no pocas similitudes en las leyendas de Grecia, India, Persia, Escandinavia y Egipto, entre otras, y comienzan a generar un vasto catálogo de teorías. Primero Edward Burnett Tylor publica su libro Cultura Primitiva en la que asienta: “La mitología es el producto de la razón humana actuando sobre los hechos de su experiencia”. Poco después aparece la obra de Friedrich Max Müller Introducción a la ciencia de la religión en la que dice: “La mitología es, en efecto, una enfermedad del lenguaje”. Luego Sir James George Frazier publica La Rama Dorada donde establece: “El mito es con frecuencia la explicación que los pueblos dan del ritual que practican”. Casi media centuria después Ernst Cassirer en Ensayo sobre el hombre, afirma: “El mito es, por su propio sentido y esencia, no teórico. Desafía y contradice nuestras categorías fundamentales de pensamiento”. Los que han tratado de explicarlo son infinitos.

          Bien podemos distinguir que hay tantas definiciones como cuentos en Las mil y una noches.  También abundan los que se han aprovechado del concepto para crearlos nuevos. No debe extrañar que los pioneros en tales menesteres han sido aquellos que se proclaman vanguardia de las transformaciones y demás zarandajas de similar tenor, que van desde la lucha por el proletariado hasta la defensa de las minorías segregadas, pasando por la denuncia del “fachismo”, el heteropatriarcado y la salvación de las crías de iguana en Pernambuco ante el crecimiento desmesurado de la emisión del CO2.

          Una de esas primeras fábulas fue el triunfo de la revolución rusa y el advenimiento del marxismo a esos territorios. ¿Cómo es la vaina? Marx predicaba que la revolución socialista debía ocurrir en un país altamente industrializado, pero se produce en uno donde más del 80% habitaba las zonas rurales. Ellos siempre expertos en “cabalgar contradicciones”, sino que le pregunten a los zarrapastrosos Pablo –Iglesias y Echenique–, para terminar imponiendo lo que les salga de sus entrepiernas.

          Otro ejemplo es el de la guerra civil española y el bochornoso bombardeo a Guernica en el País Vasco. 26 de abril de 1937 el gobierno éuscaro sostuvo que hubo 1.645 fallecidos; sin embargo, autores como Antony Beevor en La Guerra civil española, afirma: “los muertos no pasaron de 300”. Por supuesto que los bombardeos de la aviación republicana, entre julio y agosto de 1936, a Zaragoza, Córdoba, Granada y Oviedo, nanai nanai.

          Las muestras de especie parecida han sobrado. ¿Quieren uno más longevo que el de la revolución cubana? Una estafa que poco tiene de heroica, por más que corifeos, plañideras y beneficiarios traten de ensalzarla. Como decía mi abuela, la vieja Elvira, ni que me la bañen en leche de coco. ¿Es necesaria alguna referencia al socialismo del siglo XXI y su revolución bonita?

          Uno de los más recientes que tratan de acuñar es sobre la dictadora encargada y sus capacidades supra naturales para conducir a Venezuela. Ahora su padre es rival de José Gregorio Hernández y ella es la reencarnación de la madre Teresa. Poco importa que el país sea el erial en que lo han convertido, un despoblado donde sus paisanos deambulan sin tener siquiera una sombra para guarecerse. En realidad todos estos mitos contemporáneos son timos de maromeros mal bañados.

 © Alfredo Cedeño  




martes, julio 28, 2026

ROBERTICO Y LALO



          La Guaira comenzó a finalizar el siglo XX en medio de una tragedia que pensamos insuperable. Aclaro que cuando escribo La Guaira me refiero a esa franja que va desde Puerto Cruz hasta Los Caracas, así crecimos llamándola y así vamos a morir. Un cuarto de siglo más tarde otra desgracia se ceba en sus espacios con una furia de la que todavía sus hijos no terminan de recuperarse. El estupor se mantiene feroz sobre las antaño playas de sueños desplegados. El cinturón de montañas que le rodea son testigos inmutables de un largo rosario de tristezas y penas.

          En medio de esa amada lengua de tierra ganada a la serranía y al mar, Caraballeda siempre ha ocupado un lugar especial. Su diminuta iglesia, que desde el siglo XVII ha estado en La Bajada de los Indios, ha brindado consuelo a sus feligreses a lo largo de los siglos. También ha sido inspiración de gigantes como Armando Reverón que en 1924 pintó su “Fiesta en Caraballeda” representando un festejo a las puertas del templo.

          Pero esta población, en los dos infortunios citados, ha sido protagonista de episodios en los que sus vecinos no merecían estar en relación con tales miserias. 

          En diciembre de 1999, poco después del deslave, el comandante galáctico visitó su calle Tarigua. La incursión se debió al escándalo de “Robertico”. Les explico. En aquellos trágicos días ciertos personajes se aprovecharon de la tragedia para pasar facturas internas a quienes estorbaban a sus propios intereses. Fue así como el caso del mencionado sujeto se empleó para decapitar al jefe de la DISIP, Jesús Urdaneta Hernández.  

Se aseguró que agentes del cuerpo policial, que dirigía el compañero de conspiraciones de Chávez, habían ejecutado a Roberto Hernández Paz, nombre completo del “angelito” desvanecido. No sobra dejar saber que el desaparecido hizo gala en vida de cuanta mala maña y costumbre se pueda usted imaginar; sin que ello justifique lo que haya sido que pasó con él.

En esos días era común escuchar la sorna con que los vecinos de ese laberinto de veredas y callejones se referían a “san Robertico”. Un testigo de la reunión de Hugo Rafael en la vivienda con los deudos, en la que le atiborraban de las bondades del querubín, asegura que en medio de la cháchara y, por lo visto, un tanto harto de lo que sabía era una compungida representación, exclamó: “Bueno, no me vengan con cuentos de honestidad y limpieza, porque estas sillas en las que estamos sentados son robadas del Macuto Sheraton”. 

          Igual defenestraron a Urdaneta Hernández y la revolución siguió su camino.

          En este nuevo episodio de destrucción surge otro personaje en el mismo barrio, ahora de la mano de la dictadora encargada. Esta oportunidad protagonista es Lalo, un vecino con un vasto historial que lo enrumba al altar del santoral rojito. Este galán en el año 2003 le dio un balazo en la cabeza a Rina, quien entonces era su esposa. Ella sobrevivió, aunque perdió la visión. Transcurrido algún tiempo se pavoneaba de nuevo por las calles de Caraballeda con andar de Pedro Navaja.

          En estos días, el ilustre vecino de Tarigua, volvió a saltar a la boca de sus compoblanos cuando apareció al lado de la dictadora encargada. Se le ve en los videos y fotos del evento recibiendo una vivienda como damnificado del sismo del pasado 24 de junio. Es necesario enfatizar que su casa no fue afectada en nada durante el desastre que acabó con La Guaira.

La aparición de este caballerito, al lado de los ilustres hermanos Rodríguez, como receptor de un apartamento por afectado incendió a todo el pueblo. Al punto que a las pocas horas envió un audio en el que se le oye con voz compungida decir: “Buenos días, señoras y señores, por aquí les habla Lalo. Esto es con el fin de hacer una aclaratoria…” y por ahí sigue un rosario de gimoteos en los que explica que su actual pareja, médico de un hospital local, fue la que recibió el inmueble y que él solo fue a acompañarla, pero que en el ínterin lo arrastraron para aparecer cual damnificado. Asegura: “Yo no tengo ningún beneficio, yo no tengo la necesidad, porque yo estoy, en la casa donde yo vivo no pasó nada”. Al cabo de los dos minutos se despide dando las buenas tardes…

Acostumbraba decir mi padre: primero agarran a un embustero que a un mocho. No hay episodio de este bodrio que nos gobierna desde hace ya 27 años que no sea una escena cargada de bochorno superlativo.  Todo cuanto llevan a cabo es una maroma para aprovecharse de manera deleznable de lo que puedan manipular. Son una imagen patética embarrada en una vileza que no logra detener el paso decidido de una ciudadanía que siempre encuentra camino y soluciones.

 

© Alfredo Cedeño  



domingo, junio 28, 2026

OTRA VEZ


          La Guaira es la cuna de mis sueños de niñez, la de mi adolescencia, la de mi entrada a la adultez, la de mis delirios a la orilla del mar, cuando no recorriendo las faldas de El Ávila mientras recogía helechos a granel para llevarlos a mamá. Tierra de alucinación donde la historia no era un texto fastidioso, sino los gruesos muros del fortín La Pólvora, los restos de las murallas de El Colorado, las luces del faro del cuartel El Vigía que comenzaban a parpadear apenas caía la noche.

          Es un caleidoscopio de emociones y sensaciones que nunca me han dejado, imposible que salgan de mi piel. Son los baños en el río Osorio al lado de la casa que mi padrino Chebo había construido con sus manos en medio de una vegetación como solo en nuestras montañas se puede conseguir. Son las caminatas desde mi hogar en Caraballeda hasta la parte alta de San Julián a descubrir pozos de agua cristalina sombreados por enormes matas de mango. 

          ¿Cómo borrar los domingos en Playa Lido, o en el Sheraton, o en Caribito?

Soy todo lo que esa tierra tan amada, y ahora tan lastimada, me fue entregando con amoroso mimo. Trato, y no lo consigo, mantener cierta frialdad al escribir. La impasibilidad ante el desastre que me llega es una quimera. Redactar llorando es lo que me queda.

Estoy convencido de que nuestra gente, el venezolano de a pie, el que hace que el país subsista pese a sus dirigentes –de todo orden y concierto–, el que se levanta una y otra vez a dar lo mejor de sí, hará que recuperemos el paso y sigamos caminando.

Citar la desidia con la que la plaga chavista-madurista-rodriguista ha malbaratado nuestro patrimonio es llover sobre mojado. No hay quien no conozca la sevicia con que se han manejado, insólito que todavía hay paniaguados que callan o pretenden redimirlos. ¿Verdad Claudio? ¿No es así Kico y Vladimir? Aquí todos nos conocemos y sabemos de qué pata cojea cada cual. Ahora saldrán, de nuevo, a lavar la cara de la horda impresentable aduciendo que están estudiando y planificando la mejor manera de llevar a cabo la recuperación.

Es hora en que la indignación no permite cortesías de tipo alguno. Inconcebible que los cretinos rojitos, que todavía abundan cual la verdolaga, sigan ejerciendo su mezquindad en momentos como este, que se pretenda castigar a la población más allá de lo que la naturaleza lo ha hecho. ¿Cómo pueden explicar los dos “policías” que en Vargas se roban un electrodoméstico en una moto oficial? Falta que ahora condecoren a la fiel representación del “hombre nuevo” que hemos visto saqueando los locales destrozados. ¿Volverá el “gobierno soberano” a rechazar la ayuda estadounidense como hicieron cuando el deslave de 1999?

Las demostraciones de mezquindad revolucionaria son inacabables. Ahora militarizan Vargas con la intención de crear un cerco informativo. Mientras tanto la ciudadanía da lecciones de hidalguía dándolo todo para salvar a sus vecinos y familiares. Los militares, mientras tanto, andan escondidos sin siquiera proponer algo. Qué diferencia con su energía cuando arremetían contra la ciudadanía indefensa que pedía libertad en las calles.

Como todo lo de esta revolución de pacotilla la planificación para afrontar eventos de este tenor no existe. Escribo de La Guaira, pero es el mismo infierno en mi Caracas natal, en Guatire, Guarenas, Maracay, Puerto Cabello, Tucacas, y paremos de enumerar. Otra vez el país colapsa y estos mequetrefes, coreados por sus cirineos, andan en Babia. Sólo atinan a decir una estupidez tras otra, mientras nuestros paisanos mueren sin parar.

Bien merece cada uno de ellos los versos de Pablo Neruda en su poema El general Franco en los infiernos: “Aquí estás. Triste párpado, estiércol / de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra / de traición que la sangre no borra. Quién, quién eres, / oh miserable hoja de sal, oh perro de la tierra, / oh mal nacida palidez de sombra”.         

 

© Alfredo Cedeño  

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