domingo, septiembre 13, 2026

OPIOS DE LOS PUEBLOS



          Una frase que era entonada con ferviente ardor, a machamartillo que llaman, en ese bestiario donde confluían camaradas, progresistas, izquierdistas, revolucionarios y demás especies de similar plumaje, era “La religión es el opio del pueblo”. Con gesto ampuloso, voz engolada y aire marcial recalcaban: Bien lo dijo Carlos Marx.

          Esa caterva de asnos cargados de libros, salvo contadas excepciones, ni peregrina idea del origen de la expresión. Menos sus matices.  El gurú en cuestión escribió en “Introducción a la crítica del derecho de Hegel”, publicada en la muy proletaria París en 1844, exactamente: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de unas condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo”.  No es nueva la costumbre de poner a decir lo que más le interesa al líder de turno. 

          El bachiller Heráclito de Éfeso legó una frase que, pese a los siglos, mantiene una vigencia abrumadora: La mucha erudición no enseña a tener entendimiento.

          Usted ve académicos, ideólogos, pensadores, militantes, cuanta bestia pensante se le ocurra y desee, alzar sus voces indignadas ante la injusticia y los desmanes del malvado imperialismo, o el decadente capitalismo, cuando no es contra los malignos judíos. Mientras tanto, y así como por no dejar, entonan sus cánticos de alabanza a los sufridos palestinos, serrallo de ángeles y querubines que ni a un mosquito son capaces de golpear. La malévola maquinaria informativa se ha ocupado de satanizar despiadadamente a unos indefensos pastores de cabras y ovejas que solo quieren vivir en paz. ¿Atentados? ¡Mahoma los confunda perversos paganos!

          De los ayatolás y su desprecio a las mujeres, ni una sílaba. La solidaridad no entiende mejor manera de cabalgar contradicciones que brindar nuestro más caluroso apoyo a los verdugos de gays, lesbianas y travestis. ¿Acaso no respaldamos al Ché pese a su paredón a los “maricas” cubanos? Por algo su imagen preside nuestros actos…

          No recordaba bien la frase, así que busco mi Biblia y tal como pensaba, en el Eclesiastés lo encuentro: “los labios del insensato lo precipitarán. Sus primeras palabras son una necedad, y un error perniciosísimo el remate de su habla”.  Un poco más adelante en el libro Eclesiástico hallo: “Más fácil es cargar sobre sí arena, sal y barras de hierro, que con un imprudente, un fatuo o un impío”.

          Los devotos de Pedro “Begoño” Sánchez, Pablo Iglesias, ETA, Feijóo y Abascal en España niegan al borde del paroxismo la imbecilidad que los recorre transversalmente. Cada cual se atrinchera en el soy mejor que tú, cuando no en el tú eres peor que yo. Ya no se trata siquiera de lo ideológico, es un duelo a muerte por ponerle la mano al Estado. Cito España, pero bien podría decir Cuba o Venezuela. En nuestro país el abanico de manifestaciones de tal índole es infinito. Se cumple a cabalidad lo escrito por Schiller en La doncella de Orleans: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

          La estulticia es la religión contemporánea en la que sus supremos sacerdotes tratan de sumergirnos, sí o sí.  Ellos, tal como los ingleses, a través de la Compañía Británica de las Indias Orientales, que introdujo el consumo de opio en China para desquiciar a la cuna de Mao, se han dedicado a sembrar la imbecilidad, y tener mano libre en sus desmanes y desvaríos.  No necesitamos más que revisar las declaraciones de tan egregios dirigentes. Sea Delcy Eloina, el capitán roba periódicos, el alcalde retirado, o cualquiera otro de esa reata. Todos van regando a raudales su narcótico particular, jamás quieren nuestra lucidez. 

          Mientras escribo, me veo de nuevo en el bar de Julio César, en mi siempre añorada La Sabana, después de un día de playa, bebiendo una cerveza mientras la rockola sonaba sin descanso. Recuerdo en especial una ocasión en que La Típica 73 acompañaba la voz de Adalberto Santiago con aquello de “qué pena me da Canuto, entre más viejo, más bruto”.

 

© Alfredo Cedeño



domingo, septiembre 06, 2026

NUNCA SE SECA



          Tiempos de andaduras en retroceso, largo periodo llevamos en el que mantenemos tal dirección. ¿Evolución involutiva? La sensación es que esclerosis y atrofia se han apoderado de nuestro cuerpo social. No es extraño, más bien nos resulta familiar, aceptar que el poder tiene mayor legitimidad que los principios. Trucutú –de traje a la medida, lentes de postín y pose señorial–, vapulea a su antojo a damas y caballeros –poco importa su civilidad o capacidades, esas son minucias, detalles anodinos– con la arrogancia que les otorga la fe de nuestros tiempos: el miedo.

          Son pretérito aquellos días en los que lo negro era negro, cuando no había un cartabón de lo “correcto” con el cual generar manadas de acólitos y borregos que loen las nuevas verdades.  Ahora el hermoso tinte oscuro de piel es afroamericano, ¿cómo haré para referirme a mi querida negra Lucy Gómez, y a mi hermano el negro Wilmer Suárez? Sin dejar a un lado el furor palestino que ha hecho de los amigos judíos el puchimbol de progresistas, socialistas, revolucionarios y demás sabandijas de similar moño.

          La parvada de líderes democráticos, ahora expertos negociadores, en Venezuela deja boquiabierto al mundo entero. De dónde salieron es la gran pregunta. La gestación de semejante camada ha sido un misterio biológico que deberá registrarse en el Libro Guinness. Esa publicación declara que “el actual poseedor del récord es el elefante asiático (Elephas maximus), con un período de gestación promedio de 650 días y un máximo de 760 días, más de dos veces y media el de los humanos”. Sin embargo, puntualizan: “El período de gestación más largo conocido en el reino animal es de cuatro o cinco años para la salamandra alpina (Salamandra atra), originaria de los Alpes suizos”.  Tal vez hemos generado algo así como unas salamandras caribeñas, que bien podrían ser denominadas: Salamandra nicodelcy.

          Al analizar el juego de sombras chinescas que presenciamos en nuestro patio, esa vieja chismosa e impertinente que es mi memoria me hace pensar en el clero polaco. A mediados de la década de los años 40 del siglo pasado en dicho país se creó el Ministerio de Seguridad Pública, el que tenía un opaco Departamento V. Esta denominación era la fachada del gobierno comunista para meter en cintura al poderoso movimiento católico de esos territorios. Los datos revelan que, sólo en 1950, 283 sacerdotes católicos fueron llevados a prisión.

Lo más triste y doloroso de esta situación comenzó a desenredarse en 2007 cuando se supo que monseñor Stanislaw Wielgus había sido nombrado arzobispo de Cracovia. A los pocos días saltó a la calle sus labores como colaborador e informante del régimen pro-soviético. Al comienzo lo negó, para luego, ante las evidencias, reconocer que sí lo había hecho, pero fue porque le permitía realizar sus trabajos de investigación en el extranjero. ¡! 

          Las repercusiones de tan nauseabunda situación hicieron que se escarbara en numerosas fuentes oficiales. Se terminó estimando que en los años setenta alrededor de 2.600 (¡dos mil seiscientos!) sacerdotes, casi el 15% de la clerecía polaca, colaboró con la policía secreta comunista…

          Si en la sucursal de la mera cuna de la decencia cristiana pasó eso, ¿qué podemos esperar en este campamento de mineros que siempre hemos sido? Al comienzo las perlas de Cubagua anclaron a los exploradores, luego fueron las hembras semidesnudas que vagaban a las orillas del mar, a posteriori las piezas de oro que llevaban colgados los indios al cuello, más tarde fue la feracidad de unos territorios en los que si piedras sembraban piedras nacían, hasta que siglos después el petróleo comenzó a manar sin descanso.

Todos, incluso los propios hijos de esta tierra, se acostumbraron a sacar cuanto podían para adquirir apartamentos en Miami, Aruba o New York. Hubo quienes erigieron edificios, bancos, empresas, navieras e incluso casinos, con lo que de aquí sacaban. Un verdadero universo de garimpeiros que se dedicó a medrar y que ahora se presentan como operadores financieros y políticos para seguir ordeñando a Venezuela. ¿Será que esa teta nunca se seca? ¿Deberemos esperar, ataviados de guayuco, en un árbol a ver si aunque sea el agua nos dejan?

 

© Alfredo Cedeño 


domingo, agosto 30, 2026

NI HUELE, NI HIEDE




          Dinero no tiene familia ni amigo. Es una frase que a manera de conjuro repiten por ahí infinidad de personas. Hay quienes tratan de darle cierta alcurnia a la expresión y declaran con voz atiplada, o engolada, hay para todos los paladares: Pecunia non olet.

Al decirla traducen: El dinero no huele, y explican que la dijo el emperador Vespasiano a su hijo Tito, quien le reclamaba por el impuesto a quienes colectaban las micciones de las letrinas públicas. Aseguran al abundar en la supuesta escena que esos desechos eran utilizados para labores de curtido y lavado de tejidos, por lo que el romano decidió que el Estado recibiera parte de los beneficios. También exponen que ante la protesta filial él agarró un puñado de las monedas de oro con que habían pagado el canon instituido, y se lo dio a olfatear y le preguntó por el olor. Al responderle que a nada, fue cuando le soltó la manida frase.

Hay un pequeño detalle, las palabras dichas tal parece que no fueron tales.  Narra Suetonio, en el libro VIII de Vidas de los doce césares: “Al reprocharle su hijo Tito que hubiera ideado incluso un impuesto sobre la orina, le puso ante las narices la suma que había obtenido del primer pago de este impuesto, preguntándole si le desagradaba el olor; y al responder aquél que no, replicó: Pues ha salido de la orina”.

          Otro autor contemporáneo a él, Juvenal, en Sátiras, en la XIV, para ser puntilloso, escribe: “no se te haga cuesta arriba trasladar cualquier mercancía al otro lado del Tiber, ni pienses que hay que hacer diferencia alguna entre los perfumes y los pellejos: el olor de la ganancia es bueno, sea del artículo que sea. Ten siempre en tus labios aquella frase digna de los dioses y del mismísimo Júpiter que fuese poeta: Nadie investiga el origen de lo que tienes, pero conviene tener”.

          Tal espíritu de imparcialidad nos recorre transversalmente, mas con un vigor inusitado en aquellos que se jactan de su sensibilidad social. Basta poner el caso de “dirigentes” que pasan silbando por las puertas de empresas, bancos y quincallas pidiendo un empujoncito para la causa. Pocos muestran sus casas, vehículos y hasta lanchas, donde se recuperan del agobio que significa ser un líder comprometido con el justo ideal de la igualdad y la libertad.  Tienen la cara de acero inoxidable.

          Es una fauna variopinta en la que malandrines de alto copete o escasa dentadura se dan la mano y van dando brinquitos de vestales inmaculadas mientras abren sus bolsillos para que el oro, la plata y el petróleo sigan llenándoselos.  Cada cual tiene su precio, y busca al mejor comprador.

Aseguran aquellos y aquellas que utilizan la citada prótesis argumentativa, que su significado es tajante y no deja lugar a dudas de la condición inodora del billete. Ellos certifican que es como el excremento de las palomas: ni huele, ni hiede; poco les importa la peste que de sí mismos expelen al refocilarse en los cerros de divisas que acumulan sin rubor. 

 

© Alfredo Cedeño 

domingo, agosto 23, 2026

STONER



          Terminaba la década de los años 70, o comenzaba la de los 80, del siglo pasado cuando el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) logró un convenio con el centro de enseñanza de traductores de la Compañía Anónima Teléfonos de Venezuela (CANTV), para que los afiliados de nuestra organización sindical pudiéramos tomar clases de inglés en su sede de la avenida Libertador.  Entre los primeros que acudimos estábamos el siempre recordado negro Olivares y yo.

          José Luis vivía obsesionado por aprender ese idioma, comparaba libros que cargaba junto con un diccionario bilingüe e iba palabra a palabra, página tras página descifrándolos. Un día me llegó con una novela: Stoner, de John Williams. Confieso que comprendí en una primera lectura algo así como menos de la mitad del texto, pero me encantó su aparente simplicidad.

          Hubo una frase que me cautivó casi al comienzo, en que William Stoner, el personaje central, habla con su profesor Archer Sloane sobre su decisión de dedicarse la literatura y la enseñanza. El docente cierra la conversación haciéndole percibir su relación con el mundo de las letras y la instrucción: “Usted está enamorado. Así de sencillo”.

          Aquel ejemplar, que él había comprado en las irremplazables librerías callejeras del lado oeste del Congreso Nacional en el centro de Caracas, terminó regalándomelo. Volví a él una y otra vez con leves mejorías en mi capacidad comprensiva del bendito idioma.  Me llamaba la atención que de ella no apareciera ninguna traducción. Raúl Betancourt en Suma y Sergio en Divulgación me mandaban de paseo cada vez que les iba a preguntar por ella.  En diversas publicaciones especializadas de Estados Unidos con el nuevo siglo comenzaron a aparecer varias referencias a su calidad, lo cual me hizo tratar otro par de veces de leerla sintiendo que me perdía de lo medular.

Pasarían más de 40 años, hasta que, ¡finalmente!, en 2011 llegó a mis manos la traducción que hizo en las Islas Canarias la editorial Baile del Sol. Lo que intuía era una pieza prodigiosa me lo ratificó su lectura en mi lengua natal. Las frases que fui encontrando me lo confirmaban renglón a renglón. En otra conversación con Sloane, este le dice a Stoner: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”. Esa plática el profesor la cierra diciéndole: “Debe recordar lo que es, lo que ha elegido ser y el significado de lo que hace. Hay guerras, derrotas y victorias de la raza humana que no son militares”.

Otro pasaje sobrecogedor es la cruda reflexión que sostiene con sus compañeros Dave Masters y Gordon Finch, en un bar de las cercanías de las aulas. Allí el primero de ellos les suelta: “Es para gente como nosotros por lo que existe la universidad, para los desposeídos del mundo; no para los estudiantes, ni para la altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por ahí. Nosotros distribuimos el raciocinio y permitimos el acceso a él a algunas personas comunes, a aquéllos que encajarán mejor en el mundo. Pero se trata solo de un barniz protector. Al igual que la Iglesia en la Edad Media, a la que le importaba un bledo los seglares e incluso Dios, también nosotros sobrevivimos gracias a nuestros engaños”.

Este libro, al que regreso con frecuencia, permite entender el “reino” académico de manera excepcional. ¿Cómo no evocarlo al ver el bochornoso caso del “profesor” Jason Arday en la muy flemática universidad británica de Cambridge? Este lamentablemente fallecido impostor, al que los “progres” tratan de elevar a los altares de la dignidad, es un ejemplo patético de impostura desde sus propios comienzos. Ahora sus plañideros y acólitos braman por la inocencia del angelito. El comodín para justificar lo que no puede ser hablan de “linchamiento” y responsabilizan a la derecha de lo que fue su entera responsabilidad. Un plagiario de tomo y lomo que elevan al Olimpo académico por tener el perfil ideal de las estrellas woke: negro, analfabeto hasta los 18 años, autista, sociólogo, maratonista, y paremos de contar.

No sobra recordar que apenas llegar a catedrático en Cambridge, Dave Harris, profesor emérito de Plymouth Marjon University, alertó sobre un artículo del ahora finado que coincidía mucho con uno anterior, obra del epidemiólogo Anjum Memon. Harris se comunicó con la Universidad y el propio Arday, así como con las revistas implicadas. El nuevo beato de lo correcto se limitó a exigirle a Harris que dejara de acosarle, y le achacó que actuaba por racismo. Pero la revista Social Sciences debió rectificar el artículo. La Universidad de Cambridge renunció a investigar.  Más tarde el periodista Jack Grove, del Times Higher Education, escudriñó la tesis de Arday, encontró evidencias de plagio y le escribió. Su respuesta llegó a través de un bufete de abogados, y lo acusó de acoso, mientras se victimizaba y le achacaba responsabilidad por su salud mental. La alcahuetería con el moreno llegó al punto que la mismísima Metropolitan Police intervino. 

El caso siguió evolucionando y fue así como Nathan Cofnas, quien fue profesor de Cambridge, pero por estos días en la Universidad de Gante, hizo la tarea a fondo y produjo un largo artículo donde desnudaba al señor copista. Nadie pudo seguir tapando las malas mañas del ilustre profesor. Hasta que él decidió inmolarse por el resguardo de su honorabilidad y ahora está en franca vía a la inmortalidad. Uno de los primeros pasos posteriores lo dio la Universidad de Gante suspendiendo a Cofnas y comenzando una investigación disciplinaria. Por lo visto tratarán de manejar todo como si de una pulpería se tratara, vendo lo que me da la gana y cobro lo que se me antoja.

Todo este escándalo, donde se pretende santificar a cierto bribonzuelo con habilidades de prestidigitador, me hace regresar a la memoria una y otra vez la frase de Sloan: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”.

 

© Alfredo Cedeño  


domingo, agosto 16, 2026

CHAÎRE, ATE




          Somos lo que Grecia sembró hace 28 siglos. La habilidad de sus creadores, divinos intérpretes de la condición humana, para escudriñar en lo que luego Jung definió como arquetipos o tendencias instintivas, se mantienen incólumes sin deconstrucción que valga, por más que los “progres” se esfuercen. Lo que natura no da, Salamanca –ni la Complutense–presta.

          Este archipiélago, a caballo entre Asia, África y Europa, fue un crisol del que manó Occidente. Sus mitos hechos dioses son lecturas diáfanas de nuestras miserias y virtudes. Hay una de esas deidades que no ha gozado de la popularidad de Zeus, su hermana y esposa Hera, Poseidón, Apolo, Eros, Atenea, Hades o Perséfone, por mentar unos pocos. Me refiero a Ate. Ella encarnaba la ceguera del entendimiento, el extravío y la ruina.

Su influencia y malas artes fueron capaces de engañar al propio Zeus, quien al darse cuenta de ello, narra Homero: “un agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ate por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo”.

Otro exégeta de nuestra emocionalidad, Shakespeare, en su Rey Lear muestra las consecuencias de las tretas de Ate. El dramaturgo inglés nos presenta a un rey anciano que va a repartir su reino entre sus hijas de acuerdo con la intensidad del amor que le profesen.  Goneril y Regan se deshacen en elogios y zalamerías; por su parte Cordelia, la única sincera, no cae en tal trampantojo y es repudiada.  Tiempo después al darse cuenta de su traspié, que expulsó de su lado la lealtad para premiar la falsedad.  Al reconciliarse con ella le dice: “Te ruego ahora que olvides y perdones. Soy un viejo necio”.   Pero ya había perdido el reino…

Ate soberana de la ceguera, el extravío, la ofuscación y la ruina debiera ser la patrona de las castas dirigentes de Venezuela. No es difícil imaginarlos entonando, cual el título de esta nota, “¡Alégrate Ate! Mientras sigue avanzando sobre la tierra yerma. Se pasean cual dignos hijos del caballo de Atila, cada vez los sembradíos ceden más espacio a la desolación. Los terrones y despojos son mudos testigos de una ruina que han provocado con su ceguera selectiva. No ven aquello que no les conviene y que no dejan su respectiva huella en sus bolsillos. Al sacar las cuentas son dueños de faltriqueras que no tienen fondo.

 

© Alfredo Cedeño  



domingo, agosto 09, 2026

SEGUIMOS SENTADOS



          El hombre, su mujer y su hijo, después de erguirse y comenzar a caminar aprendieron a navegar, les costó poco. Apenas necesitaron evocar sus recuerdos prenatales cuando nadaban en el líquido amniótico. Tomaron los restos vegetales que veían flotar y con ellos armaron almadías, más tarde excavaron los troncos e hicieron nacer las canoas, las curiaras, los cayucos. Pronto entendieron que podían jugar con el viento para que los llevara volandero a sus destinos, y nacieron las velas.

          El mar y los ríos, dulces y trágicos misterios que multiplicaron la vida y los territorios, mansa masa que puede convertirse en dragones o infiernos desatados, se hizo rito. Dos milenios antes de nuestra era, en Babilonia, se escribió el poema épico Enuma Elish, que comienza: “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y abajo la tierra firme aún no tenía nombre, Apsu, el primordial, y Tiamat, la que los engendró a todos, mezclaban sus aguas”.

La Biblia en sus primeras líneas, libro del Génesis asentó: “… y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.  Varias páginas más adelante, en Eclesiastés, encontramos: “Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo”. En el siglo XV será Jorge Manrique quien nos entregará: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”.

El bachiller Shakespeare explica en El Mercader de Venecia, lo que la navegación significa y la relación humana con ella: “Los barcos no son más que tablas, y los marineros, simples hombres: hay ratas de tierra y ratas de agua, ladrones de agua y ladrones de tierra... y luego está el peligro de las aguas, los vientos y las rocas”.

Un autor fanático desbordado del mar como fue Joseph Conrad en el Espejo del mar escribió: “El mar nunca ha sido amistoso con el hombre. A lo sumo, ha sido cómplice de la inquietud humana”.  Por su parte Webb Chiles en La travesía de la tormenta, solo alrededor del Cabo de Hornos, declara: “Un marino es un artista cuyo medio es el viento”.

          Conrad y Chiles convergen, en el fondo, en una certeza: el mar despoja al hombre de toda ilusión de grandeza. Ante el viento, las olas y la incertidumbre, se desvanecen los títulos, las jerarquías y las apariencias; solo quedan el carácter, la experiencia y la capacidad de mantener el derrotero. Esa misma lección, extrapolada del océano al ser humano, había sido formulada siglos antes por Michel de Montaigne con su inconfundible ironía: “Del mismo modo, no nos sirve de nada subirnos a unas zancas, ya que, incluso con ellas, seguimos teniendo que caminar con nuestras piernas, y en el más elevado trono del mundo siempre estamos sentados sobre nuestro culo”. El mismo sobre el que cayeron aquellos que creyeron eterno su control sobre nuestra tierra…

         

© Alfredo Cedeño  




miércoles, agosto 05, 2026

EL TIMO DEL MITO



          El mito, en cuanto al concepto que hoy tenemos de él, es todavía un vocablo joven. Hay muchos que, pretendiendo revestir su ignorancia enciclopédica con pinceladas del Libro Gordo de Petete, le achacan al mismísimo Homero su paternidad. Otros del mismo tenor se desmelenan y braman que el padre de la criatura fue Hesíodo. Hay los que la reclaman para Platón y los que se baten por Aristóteles. Es el eterno devenir humano, donde hay dos surgen no menos de siete versiones de cualquiera sea el tema.

          Es bueno asentar, antes de que María Ventana o Pedro Remilgos salten, que ellos si utilizaron tal significante, pero no con el significado que ahora tiene.

          En realidad lo que hoy conocemos con tal acepción se perfila a mediados del siglo XIX. Los investigadores europeos empiezan a descubrir no pocas similitudes en las leyendas de Grecia, India, Persia, Escandinavia y Egipto, entre otras, y comienzan a generar un vasto catálogo de teorías. Primero Edward Burnett Tylor publica su libro Cultura Primitiva en la que asienta: “La mitología es el producto de la razón humana actuando sobre los hechos de su experiencia”. Poco después aparece la obra de Friedrich Max Müller Introducción a la ciencia de la religión en la que dice: “La mitología es, en efecto, una enfermedad del lenguaje”. Luego Sir James George Frazier publica La Rama Dorada donde establece: “El mito es con frecuencia la explicación que los pueblos dan del ritual que practican”. Casi media centuria después Ernst Cassirer en Ensayo sobre el hombre, afirma: “El mito es, por su propio sentido y esencia, no teórico. Desafía y contradice nuestras categorías fundamentales de pensamiento”. Los que han tratado de explicarlo son infinitos.

          Bien podemos distinguir que hay tantas definiciones como cuentos en Las mil y una noches.  También abundan los que se han aprovechado del concepto para crearlos nuevos. No debe extrañar que los pioneros en tales menesteres han sido aquellos que se proclaman vanguardia de las transformaciones y demás zarandajas de similar tenor, que van desde la lucha por el proletariado hasta la defensa de las minorías segregadas, pasando por la denuncia del “fachismo”, el heteropatriarcado y la salvación de las crías de iguana en Pernambuco ante el crecimiento desmesurado de la emisión del CO2.

          Una de esas primeras fábulas fue el triunfo de la revolución rusa y el advenimiento del marxismo a esos territorios. ¿Cómo es la vaina? Marx predicaba que la revolución socialista debía ocurrir en un país altamente industrializado, pero se produce en uno donde más del 80% habitaba las zonas rurales. Ellos siempre expertos en “cabalgar contradicciones”, sino que le pregunten a los zarrapastrosos Pablo –Iglesias y Echenique–, para terminar imponiendo lo que les salga de sus entrepiernas.

          Otro ejemplo es el de la guerra civil española y el bochornoso bombardeo a Guernica en el País Vasco. 26 de abril de 1937 el gobierno éuscaro sostuvo que hubo 1.645 fallecidos; sin embargo, autores como Antony Beevor en La Guerra civil española, afirma: “los muertos no pasaron de 300”. Por supuesto que los bombardeos de la aviación republicana, entre julio y agosto de 1936, a Zaragoza, Córdoba, Granada y Oviedo, nanai nanai.

          Las muestras de especie parecida han sobrado. ¿Quieren uno más longevo que el de la revolución cubana? Una estafa que poco tiene de heroica, por más que corifeos, plañideras y beneficiarios traten de ensalzarla. Como decía mi abuela, la vieja Elvira, ni que me la bañen en leche de coco. ¿Es necesaria alguna referencia al socialismo del siglo XXI y su revolución bonita?

          Uno de los más recientes que tratan de acuñar es sobre la dictadora encargada y sus capacidades supra naturales para conducir a Venezuela. Ahora su padre es rival de José Gregorio Hernández y ella es la reencarnación de la madre Teresa. Poco importa que el país sea el erial en que lo han convertido, un despoblado donde sus paisanos deambulan sin tener siquiera una sombra para guarecerse. En realidad todos estos mitos contemporáneos son timos de maromeros mal bañados.

 © Alfredo Cedeño  




martes, julio 28, 2026

ROBERTICO Y LALO



          La Guaira comenzó a finalizar el siglo XX en medio de una tragedia que pensamos insuperable. Aclaro que cuando escribo La Guaira me refiero a esa franja que va desde Puerto Cruz hasta Los Caracas, así crecimos llamándola y así vamos a morir. Un cuarto de siglo más tarde otra desgracia se ceba en sus espacios con una furia de la que todavía sus hijos no terminan de recuperarse. El estupor se mantiene feroz sobre las antaño playas de sueños desplegados. El cinturón de montañas que le rodea son testigos inmutables de un largo rosario de tristezas y penas.

          En medio de esa amada lengua de tierra ganada a la serranía y al mar, Caraballeda siempre ha ocupado un lugar especial. Su diminuta iglesia, que desde el siglo XVII ha estado en La Bajada de los Indios, ha brindado consuelo a sus feligreses a lo largo de los siglos. También ha sido inspiración de gigantes como Armando Reverón que en 1924 pintó su “Fiesta en Caraballeda” representando un festejo a las puertas del templo.

          Pero esta población, en los dos infortunios citados, ha sido protagonista de episodios en los que sus vecinos no merecían estar en relación con tales miserias. 

          En diciembre de 1999, poco después del deslave, el comandante galáctico visitó su calle Tarigua. La incursión se debió al escándalo de “Robertico”. Les explico. En aquellos trágicos días ciertos personajes se aprovecharon de la tragedia para pasar facturas internas a quienes estorbaban a sus propios intereses. Fue así como el caso del mencionado sujeto se empleó para decapitar al jefe de la DISIP, Jesús Urdaneta Hernández.  

Se aseguró que agentes del cuerpo policial, que dirigía el compañero de conspiraciones de Chávez, habían ejecutado a Roberto Hernández Paz, nombre completo del “angelito” desvanecido. No sobra dejar saber que el desaparecido hizo gala en vida de cuanta mala maña y costumbre se pueda usted imaginar; sin que ello justifique lo que haya sido que pasó con él.

En esos días era común escuchar la sorna con que los vecinos de ese laberinto de veredas y callejones se referían a “san Robertico”. Un testigo de la reunión de Hugo Rafael en la vivienda con los deudos, en la que le atiborraban de las bondades del querubín, asegura que en medio de la cháchara y, por lo visto, un tanto harto de lo que sabía era una compungida representación, exclamó: “Bueno, no me vengan con cuentos de honestidad y limpieza, porque estas sillas en las que estamos sentados son robadas del Macuto Sheraton”. 

          Igual defenestraron a Urdaneta Hernández y la revolución siguió su camino.

          En este nuevo episodio de destrucción surge otro personaje en el mismo barrio, ahora de la mano de la dictadora encargada. Esta oportunidad protagonista es Lalo, un vecino con un vasto historial que lo enrumba al altar del santoral rojito. Este galán en el año 2003 le dio un balazo en la cabeza a Rina, quien entonces era su esposa. Ella sobrevivió, aunque perdió la visión. Transcurrido algún tiempo se pavoneaba de nuevo por las calles de Caraballeda con andar de Pedro Navaja.

          En estos días, el ilustre vecino de Tarigua, volvió a saltar a la boca de sus compoblanos cuando apareció al lado de la dictadora encargada. Se le ve en los videos y fotos del evento recibiendo una vivienda como damnificado del sismo del pasado 24 de junio. Es necesario enfatizar que su casa no fue afectada en nada durante el desastre que acabó con La Guaira.

La aparición de este caballerito, al lado de los ilustres hermanos Rodríguez, como receptor de un apartamento por afectado incendió a todo el pueblo. Al punto que a las pocas horas envió un audio en el que se le oye con voz compungida decir: “Buenos días, señoras y señores, por aquí les habla Lalo. Esto es con el fin de hacer una aclaratoria…” y por ahí sigue un rosario de gimoteos en los que explica que su actual pareja, médico de un hospital local, fue la que recibió el inmueble y que él solo fue a acompañarla, pero que en el ínterin lo arrastraron para aparecer cual damnificado. Asegura: “Yo no tengo ningún beneficio, yo no tengo la necesidad, porque yo estoy, en la casa donde yo vivo no pasó nada”. Al cabo de los dos minutos se despide dando las buenas tardes…

Acostumbraba decir mi padre: primero agarran a un embustero que a un mocho. No hay episodio de este bodrio que nos gobierna desde hace ya 27 años que no sea una escena cargada de bochorno superlativo.  Todo cuanto llevan a cabo es una maroma para aprovecharse de manera deleznable de lo que puedan manipular. Son una imagen patética embarrada en una vileza que no logra detener el paso decidido de una ciudadanía que siempre encuentra camino y soluciones.

 

© Alfredo Cedeño  



domingo, junio 28, 2026

OTRA VEZ


          La Guaira es la cuna de mis sueños de niñez, la de mi adolescencia, la de mi entrada a la adultez, la de mis delirios a la orilla del mar, cuando no recorriendo las faldas de El Ávila mientras recogía helechos a granel para llevarlos a mamá. Tierra de alucinación donde la historia no era un texto fastidioso, sino los gruesos muros del fortín La Pólvora, los restos de las murallas de El Colorado, las luces del faro del cuartel El Vigía que comenzaban a parpadear apenas caía la noche.

          Es un caleidoscopio de emociones y sensaciones que nunca me han dejado, imposible que salgan de mi piel. Son los baños en el río Osorio al lado de la casa que mi padrino Chebo había construido con sus manos en medio de una vegetación como solo en nuestras montañas se puede conseguir. Son las caminatas desde mi hogar en Caraballeda hasta la parte alta de San Julián a descubrir pozos de agua cristalina sombreados por enormes matas de mango. 

          ¿Cómo borrar los domingos en Playa Lido, o en el Sheraton, o en Caribito?

Soy todo lo que esa tierra tan amada, y ahora tan lastimada, me fue entregando con amoroso mimo. Trato, y no lo consigo, mantener cierta frialdad al escribir. La impasibilidad ante el desastre que me llega es una quimera. Redactar llorando es lo que me queda.

Estoy convencido de que nuestra gente, el venezolano de a pie, el que hace que el país subsista pese a sus dirigentes –de todo orden y concierto–, el que se levanta una y otra vez a dar lo mejor de sí, hará que recuperemos el paso y sigamos caminando.

Citar la desidia con la que la plaga chavista-madurista-rodriguista ha malbaratado nuestro patrimonio es llover sobre mojado. No hay quien no conozca la sevicia con que se han manejado, insólito que todavía hay paniaguados que callan o pretenden redimirlos. ¿Verdad Claudio? ¿No es así Kico y Vladimir? Aquí todos nos conocemos y sabemos de qué pata cojea cada cual. Ahora saldrán, de nuevo, a lavar la cara de la horda impresentable aduciendo que están estudiando y planificando la mejor manera de llevar a cabo la recuperación.

Es hora en que la indignación no permite cortesías de tipo alguno. Inconcebible que los cretinos rojitos, que todavía abundan cual la verdolaga, sigan ejerciendo su mezquindad en momentos como este, que se pretenda castigar a la población más allá de lo que la naturaleza lo ha hecho. ¿Cómo pueden explicar los dos “policías” que en Vargas se roban un electrodoméstico en una moto oficial? Falta que ahora condecoren a la fiel representación del “hombre nuevo” que hemos visto saqueando los locales destrozados. ¿Volverá el “gobierno soberano” a rechazar la ayuda estadounidense como hicieron cuando el deslave de 1999?

Las demostraciones de mezquindad revolucionaria son inacabables. Ahora militarizan Vargas con la intención de crear un cerco informativo. Mientras tanto la ciudadanía da lecciones de hidalguía dándolo todo para salvar a sus vecinos y familiares. Los militares, mientras tanto, andan escondidos sin siquiera proponer algo. Qué diferencia con su energía cuando arremetían contra la ciudadanía indefensa que pedía libertad en las calles.

Como todo lo de esta revolución de pacotilla la planificación para afrontar eventos de este tenor no existe. Escribo de La Guaira, pero es el mismo infierno en mi Caracas natal, en Guatire, Guarenas, Maracay, Puerto Cabello, Tucacas, y paremos de enumerar. Otra vez el país colapsa y estos mequetrefes, coreados por sus cirineos, andan en Babia. Sólo atinan a decir una estupidez tras otra, mientras nuestros paisanos mueren sin parar.

Bien merece cada uno de ellos los versos de Pablo Neruda en su poema El general Franco en los infiernos: “Aquí estás. Triste párpado, estiércol / de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra / de traición que la sangre no borra. Quién, quién eres, / oh miserable hoja de sal, oh perro de la tierra, / oh mal nacida palidez de sombra”.         

 

© Alfredo Cedeño  

domingo, junio 21, 2026

LADRÓN DE CAMINO

























          En 1949 la mítica Editorial Losada de Buenos Aires publicó el libro de cuentos Treinta hombres y sus sombras, de Arturo Uslar Pietri. Entre esas narraciones hay una que siempre me fascinó: El gallo. La historia de José Gabino, un borrachito que vivía de actos de rapiña. Él cargaba un bojote de trapos, conteniendo sabrá Dios qué otras cosas que había ido agarrando por los caminos que transitaba, que llevaba ensartado en un garabato. No en balde los que le conocían le solían gritar: “¡José Gabino, ladrón de camino!”

          Uslar lo describe: “con su sombrero negro, polvoriento y deshecho, con su nariz roja, con el lío de trapos atado al palo sobre el hombro, (…) con sus dientes desportillados y oscuros.”

          El personaje pasa cerca a El Garabital donde habrá pelea de gallos, y en su deambular encuentra una casa sin sus ocupantes, la circunda y por el fondo entra al patio y allí: “Atado a la estaca por una cuerda estaba un gallo. Era negro con brillos dorados y manchas blancas. La roja y descrestada cabeza picoteaba en el suelo. Desplumados tenía el lomo y los muslos. Dos largas, finas y curvas espuelas oscuras le sobresalían de las patas amarillas.” Él se deslumbra con el animal y lo estudia: “Mírele el corte del pico y la manera de poner la cabeza. Seguro por el pico y ligero por la espuela. Se parece a aquel pollo del general Portañuelo que siempre ganaba con un golpe de zorro. A los primeros barajos se aseguraba y mandaba las espuelas para el gañote. Y ahí mismo estaba el otro gallo tendido en el suelo y con ese chillido”.

          El vagabundo agarra al animal y se dice para sí: “Tú, lo que quieres, José Gabino, es comerte el gallo. Irlo a desplumar a la orilla del río. Ponerlo a asar en un palo sobre unas rajas de leña. Para ponerte ese hocico lustroso de comer fino. Y después acostarte en la arena, debajo de las cañas bravas, boca arriba a dormir.”

          Por supuesto que perdí la cuenta de las veces que he releído esa narración. De un tiempo para acá me pasa que al releerlo, por una jugarreta de la memoria, lo que entiendo es algo así como: “¡Diosdadino, ladrón de camino!” Y es que lo veo trincando las chucherías de la cantina del cuartel, cuando no agarrándose la sede de un periódico, o metiéndose a la casa de unos muchachos en Los Chorros.

          Las palabras de don Arturo describen a la perfección al personaje, él con su fardo al hombro se dirigió al río.  “Se sentó cansadamente en una piedra junto a la orilla del agua. Distraídamente, con un gesto mecánico, tomó el gallo por la cabeza y lo hizo voltear rápidamente en el aire, quebrándole el pescuezo. Aleteó en una rápida convulsión. —Veinte cuentas de a cinco al giro. Y a cada una de aquellas palabras como adormecidas, arrancaba un puñado de plumas al gallo muerto y las iba lanzando al aire. —Se te va a poner el hocico lustroso, José Gabino —dijo sonriendo.”

          Así debe decirse Diosdadino cada vez que ejecuta alguna de sus marrullerías habituales… 

          Irónico, por decir lo menos, que personajes como él sigan siendo faro de referencia para los náufragos de una izquierda cada vez más raquítica, desnortada, entreguista y escandalosa. Todavía se consiguen brújulas, por si les interesa…

 

© Alfredo Cedeño  





domingo, mayo 31, 2026

DE TITIRITERO A EMBAJADOR




          Leo con atención las diversas reacciones al nombramiento como embajador ante España de Timoteo Zambrano. Le han salido buenos los zapatos. Conocí al ahora diplomático, hace 55 años, cuando ambos estudiábamos segundo año en el Instituto Técnico Jesús Obrero, en Los Flores de Catia. En aquellos tiempos él y el negro Acosta formaban un dueto que ya sabían engolar la voz, hacían gala de unas herramientas retóricas que buscaban aturullarnos con su verborrea. 

          Pasó mucho tiempo sin que supiera de él, y en el año 1995 fui contactado, y juro que no puedo recordar cómo fue ese tránsito, para hacer unas fotos de un acto de masas de la candidatura de alcalde de Antonio Ledezma. Hice las imágenes y en el ínterin quedaron conmigo que unos miembros del equipo político del candidato acudirían a mi apartamento en Sabana Grande para escoger las mejores.

          Mi sorpresa fue que al llegar la comitiva estaban entre ellos Arturo Vilar, ese que anda ahora por Madrid con la versión posmoderna de la Magdalena –léase Luisa Ortega Díaz, sicaria fiscal del comandante eterno–, y ¡Timoteo Zambrano! Por supuesto que le saludé y recordamos los tiempos de Jesús Obrero. En medio de su petulancia habitual habló de su finca en Guárico donde tenía una siembra de limones cuya producción total exportaba para España.

          Debo decir también, que antes de todo esto supe que luego de concluir secundaria se dedicó a montar un teatro de títeres en el 23 de Enero, donde el amigo Johan Perozo, quien supo catar las posibilidades del volatinero lo reclutó e incorporó a las filas de Acción Democrática. De allí en adelante el muchacho desgarbado hizo carrera, tanta que salió volando.

          El que quiera más pormenores del personaje en cuestión bien puede dedicarse a escarbar en internet donde encontrará material de sobra sobre los vaivenes del ahora Excelencia.

          Lo cierto es que muchas plumas sesudas andan explicando la  curvatura del ángulo desde el cual Zambrano Guedez va a realizar las labores de salvamento del “príncipe” Zapatero, por órdenes de la encargada.

          A ver, ¿ustedes creen que semejante saltimbanqui, que siempre se ha ocupado de salvaguardar su propia nalgamenta, va a dedicarse a amparar la del marrullero vallisoletano? Tomo la frase del personaje Emilio Delgado, en la serie Aquí no hay quien viva: ¡Un poquito de por favor!

          En todo caso Zapatero debería preocuparse aún más de lo que dice está. Delcy Eloina que entregó a Nico, Cilia, Saab, y sabrá Dios a cuantos más, ¡y los que faltan!, no se va a parar en menudencias para entregar al expresidente. Por cierto, si se fijan bien notarán el gesto de muñeco de ventrílocuo, títere a fin de cuentas, y en eso el bachiller Timoteo, como dije antes, tiene experiencia. A lo mejor improvisa un teatro de sombras chinescas, o se planta en la calle Arenal a una de sus faenas. Nadie sabe lo que puede terminar pasando entre semejante elenco de querubines, serafinas y maromeros.

De todo hay en la viña del Señor: uvas, pámpanos y agraz.

 

© Alfredo Cedeño  




lunes, mayo 25, 2026

EL GAVILÁN Y LA ARPÍA

          Mi niñez fue un laberinto de magia donde la imaginación era parte del aire que respiraba. Mamá, como buena margariteña, relataba cuentos de aparecidos a la orilla del mar o nos intrigaba con adivinanzas del estilo: “¿qué será, qué será, que atrás de la puerta está?”. Papá, con un eterno cigarrillo sin filtro, Chesterfield por más señas, entre sus labios y manos, describía cómo era La Guaira de su niñez y las mil peripecias de su juventud por esas calles.

Renglón aparte merece mi abuela, la vieja Elvira, quien cada noche narraba las vainas que le echaba Tío Conejo a Tío Tigre. También era una fanática empedernida de las radionovelas, era continuo sus giros a la rueda de sintonía de la radio entre Rumbos y Continente. Yo me mantenía, por supuesto, pegado a ella, y así fue como comencé a escuchar a su lado una que se llamaba El Gavilán, defensor de los pobres y desamparados. De lunes a viernes a la una de la tarde por Radio Continente era la cita.

Recuerdo vagamente que el protagonista era un hombre enmascarado que cargaba dos pistolas y se dedicaba a defender a los humildes de una serie de personajes malévolos que trataban de perjudicarlos. Recuerdo que al comienzo anunciaban que era una obra de Alberto López Ruiz, lo cual completaban con la frase “El escritor que habla al corazón de las mujeres”.

Muchos años más tarde, tuve el privilegio de conocer y tratar a Daniel Farías, y en una de tantas ocasiones me enteré de que él había sido el director de esa radionovela. ¡El viaje a mi niñez fue instantáneo! Y así supe que Rosita Vázquez era Azucena González, la hija de don Benito a quien habían asesinado en los callejones del barrio Carpintero de Petare. ¡El propio Daniel fue el doctor Julio César Santos! Así me enteré de que don Adolfo Martínez Alcalá, la voz privilegiada de los editoriales de Radio Capital, era Ismael el malvado chofer y que Ana Teresa Guinand dio vida a doña Elodia.

Esta última siempre me había quedado grabada por un episodio en el que ella terminaba encaramada en una mata de mango. Acoto que cada capítulo finalizaba con una serie de preguntas que tenían que ver con lo que había pasado y abría mil posibilidades para el desarrollo del próximo episodio. Por supuesto que indagué con el amigo Farías por ese punto en especial. Sus carcajadas fueron interminables, mientras se secaba las lágrimas, contaba que esa frase, en particular, obligó a que repitieran su grabación más de cuarenta veces. Cada vez que iban a preguntar ¿Seguirá doña Elodia montada en la mata de mango? El coro de risas obligaba a parar y repetir, hasta que finalmente pudieron terminar de pronunciarla con el dramatismo que se les imponía a esas interrogantes.

Por un momento me pregunto, ¿y si en vez de doña Elodia, hubiera sido misia Eloina? Uno ahora tal vez exclamaría ¿Cómo hizo Eloina para traicionar a Nico y Cilia, sin que ellos se dieran cuenta? ¿Alex Saab sospechó alguna vez que ella lo entregaría a los malvados gringos? ¿Diosdado puede dormir tranquilo sin pensar que a él le puede tocar la tómbola? ¿Dónde tendrá la cabeza el fiscal del rimmel y los tatuajes sin saber si ella cual Salomé entregue su cabeza en una bandeja? ¿Será que en realidad ella se ha convertido en una arpía sin alma ni corazón en el pecho? ¿Seguirá doña Eloina montada en la talanquera mirando a ver cuál es la próxima ofrenda que entregará al águila?

Esta es una obra escrita por los hermanitos Rodríguez, los únicos que sabe escribir al corazón de los revolucionarios.

 

© Alfredo Cedeño  

miércoles, mayo 20, 2026

SAN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS



          Crece en las filas de los llamados “progres”, esa fauna dicharachera otrora férreos defensores del proletariado, la convicción de promover el ascenso a los altares del insigne pionero de las libertades humanas que fue fray Bartolomé de las Casas. Esto ante la imperiosa necesidad de tender puentes con el andamiaje social, al cual deben transformar para ponerlo al servicio de las minorías y los necesitados.

          La verdad es que el enjundioso hombre de iglesia, que fue obispo de Chiapas, cuyo nombramiento aceptó en ejercicio de su humilde condición, reúne todos los méritos propios de eso que alguna vez se llamó izquierda.

          El bozal ideológico y la superioridad moral de la que gustan hacer gala es piedra angular en toda la faramalla que siempre ha rodeado a estos personajes. Desde el siglo XVI andan ronroneando por ahí. Por supuesto que, como es común en todos ellos, cabalgando contradicciones. Veamos al curita defensor de los indígenas.

          Este clérigo sevillano, hijo de Pedro de las Casas, quien acompañó a Colón en su segundo viaje, disfrutó de la empresa esclavista autóctona. Asunto este que los indigenistas, académicos, así como otros especímenes de similar pelaje, o plumaje, afirman desconocer. Sin embargo, lo cierto es que su padre regresó con seiscientos indios esclavos y uno fue de regalo a su vástago.

          El entonces hombre de letras, al terminar su formación universitaria, formó parte de la expedición de Nicolás de Ovando que zarpó de Sanlúcar de Barrameda el segundo mes de 1502. Llegó a la Española el 15 de abril, y en breve se ungió como encomendero y esclavista, a la par que participaba en cacerías de nativos. Allí permaneció manejando su encomienda hasta 1506, cuando volvió a su ciudad natal, para luego ir a Roma para ser ordenado sacerdote.  Una vez llevado a cabo el ceremonial de ungimiento regresó al Caribe a seguir administrando sus tierras y cautivos.   En 1514 estuvo junto a Hernán Cortes en la conquista y colonización de Cuba, donde también recibió una encomienda y otro lote de indios esclavos.

          En 1515, tal parece que poseído por el espíritu de Saulo de Tarso, regresa a Sevilla y comienza sus labores de denuncia contra la brutalidad hispana en perjuicio de los indefensos indiecitos. Fueron años de darle a la lata de las quejas. En 1552 publicó Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde escribe cosas como “Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas”.

          Sin embargo, otro sacerdote, Toribio Benavente de Motolinía, no se anduvo por las ramas y lo enfrentó abiertamente. El 2 de enero de 1555 escribe una carta a Carlos V en la que expresa “Sepa V. M. que quando el Marques del Valle entró en esta tierra, Dios nuestro Señor era mui ofendido i los hombres padescian mui cruelíssimas muertes, i el demonio nuestro adversario era mui servido con las mayores idolatrías i homecidios mas crueles que jamas fueron; porque el antecesor de Motecçuma señor de México, llamado Abicoci (Ahuizotl), ofresció á los Indios (sic) en un solo templo i en un sacrificio que duró tres o quatro dias ochenta mill i quatrocientos hombres”. Más adelante se lee: “i no es maravilla quel de las Casas no lo sepa, por quel no procuró de saber sino lo malo i no lo bueno, ni tuvo sosiego en esta nueva España, ni deprendió lengua de Indios, ni se humilló ni aplicó á les enseñar: su oficio fué escrivir procesos i pecados que por todas partes han hecho los Españoles, i esto es lo que mucho encarece, i ciertamente solo este oficio no lo llebará al cielo”.

          El militar y cronista Andrés de Tapia, en su Relación de algunas cosas…, escribe sobre las torres y andamiaje de vigas con cráneos frente al Templo Mayor, Huei Tzompantli, donde él junto a Gonzalo de Umbría contaron cerca de 136.000 cabezas.

Esa es la tierra idílica que los españoles destrozaron y que ahora la muy castiza azteca, Claudia Sheinbaum, descendiente directa de Moctezuma, exige que España se arrodille a pedir perdón.

La eterna maroma progresista que les otorga a ellos el don de la verdad. Poco importa que los bucólicos habitantes de Tenochtitlán sometieran en las peores condiciones a sus vecinos, ni que los mismos fueran las principales fuerzas con las que contó Cortés para acabar con la feroz dictadura que los sacrificaba cada vez que se les antojaba.

Lo he comentado en otras ocasiones, la debilidad de los “progres” por la barbarie es su paradigma fundacional. Tal vez eso permite entender el fervor con que, a fines de los años 70 del siglo pasado, hablaban de Kampuchea, nombre que impuso el líder infame Pol Pot, a Camboya, mientras se dedicó a ordenar, o permitir, el asesinato de dos millones de personas. Las fotos de los cerros de calaveras no tenían nada que envidiar a las erigidas por los aztecas. Ese mundo de amor y paz que los malvados conquistadores llegaron a terminar.

¿Cómo no van a pedir que el curita sevillano, pionero en aquello de manipular la información, sea erigido santo patrono de la jauría progre?

 

© Alfredo Cedeño  




lunes, abril 13, 2026

A PROPÓSITO DEL TIEMPO



          Una de las preguntas más difíciles que me han hecho en la vida, me la formuló mi hijo cuando estaba cerca de cumplir dos años. Con su voz todavía enredada y sus ojos limpios me soltó: “Papá, ¿qué es el tiempo?” La pregunta que desde que el hombre es el animal pensante que se supone es, ha generado infinitas horas de pensar y discutir.

          ¿Cómo explicarle, por ejemplo lo que Agustín de Hipona, a comienzos del siglo V después de Cristo, dejó en Confesiones? “Qué es el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente.”

          Tampoco podía soltarle aquello de “El tiempo es una magnitud física que permite ordenar eventos y medir la duración entre ellos”. Menos ponerme a divagar sobre lo que dijeron Aristóteles o Platón al respecto. Lo agarré, me lo senté en las piernas y, tratando de salir airoso del atolladero le solté algo sobre la representación abstracta creada por el hombre para tener puntos de comparación en lo que hacía. Me vio con no poco desdén y, antes de salir corriendo a jugar en su cuarto, me dijo: “¿Por qué el Sombrerero de Alicia si conoce bien al tiempo? Debieras preguntarle a él”.

          Hay un momento para cada cosa, y el tiempo que hoy es presente mañana, que hoy es futuro, será pasado. ¿Usted puede imaginar cuando llegue el de ese señor rechoncho, ojeroso y malencarado que anda amenazando a todo el que se le antoje con la macana de Trucutrú? Sí, ese mismo que se robó las cantinas cuando cadete, la sede de nuestro periódico, la casa de la gente decente en Los Chorros y que anda de rabo alzado frente a la marioneta Delcy Eloína.

          ¿Usted no ha hecho el ejercicio de imaginar el minuto en que los relojes –esos artefactos que inventamos para medir el paso del tiempo–, de los hermanitos Rodríguez dejen de funcionar, de la misma manera que dejaron de hacerlo los de Nico y Cilita? ¿Cómo dejar de regodearse imaginando el instante en que esa dirigencia patuleca y resabiada que hemos padecido por tantos años sea echada a un lado?   Bien lo dice el refranero popular: Tiempo al tiempo.

          Hay un océano de definiciones, ninguna coincidencia. ¿Cómo tratar de explicar lo que nadie se atreve a definir de manera total? En la Biblia, el libro Eclesiastés reza: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz”.

          Venezuela también está gestando su tiempo de libertad, y veremos andar solitarios por las calles desiertas a todos aquellos que se regocijaron creyéndose eternos en su goce patológico del poder.

 

© Alfredo Cedeño 

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