Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas

domingo, agosto 16, 2026

CHAÎRE, ATE




          Somos lo que Grecia sembró hace 28 siglos. La habilidad de sus creadores, divinos intérpretes de la condición humana, para escudriñar en lo que luego Jung definió como arquetipos o tendencias instintivas, se mantienen incólumes sin deconstrucción que valga, por más que los “progres” se esfuercen. Lo que natura no da, Salamanca –ni la Complutense–presta.

          Este archipiélago, a caballo entre Asia, África y Europa, fue un crisol del que manó Occidente. Sus mitos hechos dioses son lecturas diáfanas de nuestras miserias y virtudes. Hay una de esas deidades que no ha gozado de la popularidad de Zeus, su hermana y esposa Hera, Poseidón, Apolo, Eros, Atenea, Hades o Perséfone, por mentar unos pocos. Me refiero a Ate. Ella encarnaba la ceguera del entendimiento, el extravío y la ruina.

Su influencia y malas artes fueron capaces de engañar al propio Zeus, quien al darse cuenta de ello, narra Homero: “un agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ate por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo”.

Otro exégeta de nuestra emocionalidad, Shakespeare, en su Rey Lear muestra las consecuencias de las tretas de Ate. El dramaturgo inglés nos presenta a un rey anciano que va a repartir su reino entre sus hijas de acuerdo con la intensidad del amor que le profesen.  Goneril y Regan se deshacen en elogios y zalamerías; por su parte Cordelia, la única sincera, no cae en tal trampantojo y es repudiada.  Tiempo después al darse cuenta de su traspié, que expulsó de su lado la lealtad para premiar la falsedad.  Al reconciliarse con ella le dice: “Te ruego ahora que olvides y perdones. Soy un viejo necio”.   Pero ya había perdido el reino…

Ate soberana de la ceguera, el extravío, la ofuscación y la ruina debiera ser la patrona de las castas dirigentes de Venezuela. No es difícil imaginarlos entonando, cual el título de esta nota, “¡Alégrate Ate! Mientras sigue avanzando sobre la tierra yerma. Se pasean cual dignos hijos del caballo de Atila, cada vez los sembradíos ceden más espacio a la desolación. Los terrones y despojos son mudos testigos de una ruina que han provocado con su ceguera selectiva. No ven aquello que no les conviene y que no dejan su respectiva huella en sus bolsillos. Al sacar las cuentas son dueños de faltriqueras que no tienen fondo.

 

© Alfredo Cedeño  



domingo, agosto 09, 2026

SEGUIMOS SENTADOS



          El hombre, su mujer y su hijo, después de erguirse y comenzar a caminar aprendieron a navegar, les costó poco. Apenas necesitaron evocar sus recuerdos prenatales cuando nadaban en el líquido amniótico. Tomaron los restos vegetales que veían flotar y con ellos armaron almadías, más tarde excavaron los troncos e hicieron nacer las canoas, las curiaras, los cayucos. Pronto entendieron que podían jugar con el viento para que los llevara volandero a sus destinos, y nacieron las velas.

          El mar y los ríos, dulces y trágicos misterios que multiplicaron la vida y los territorios, mansa masa que puede convertirse en dragones o infiernos desatados, se hizo rito. Dos milenios antes de nuestra era, en Babilonia, se escribió el poema épico Enuma Elish, que comienza: “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y abajo la tierra firme aún no tenía nombre, Apsu, el primordial, y Tiamat, la que los engendró a todos, mezclaban sus aguas”.

La Biblia en sus primeras líneas, libro del Génesis asentó: “… y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.  Varias páginas más adelante, en Eclesiastés, encontramos: “Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo”. En el siglo XV será Jorge Manrique quien nos entregará: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”.

El bachiller Shakespeare explica en El Mercader de Venecia, lo que la navegación significa y la relación humana con ella: “Los barcos no son más que tablas, y los marineros, simples hombres: hay ratas de tierra y ratas de agua, ladrones de agua y ladrones de tierra... y luego está el peligro de las aguas, los vientos y las rocas”.

Un autor fanático desbordado del mar como fue Joseph Conrad en el Espejo del mar escribió: “El mar nunca ha sido amistoso con el hombre. A lo sumo, ha sido cómplice de la inquietud humana”.  Por su parte Webb Chiles en La travesía de la tormenta, solo alrededor del Cabo de Hornos, declara: “Un marino es un artista cuyo medio es el viento”.

          Conrad y Chiles convergen, en el fondo, en una certeza: el mar despoja al hombre de toda ilusión de grandeza. Ante el viento, las olas y la incertidumbre, se desvanecen los títulos, las jerarquías y las apariencias; solo quedan el carácter, la experiencia y la capacidad de mantener el derrotero. Esa misma lección, extrapolada del océano al ser humano, había sido formulada siglos antes por Michel de Montaigne con su inconfundible ironía: “Del mismo modo, no nos sirve de nada subirnos a unas zancas, ya que, incluso con ellas, seguimos teniendo que caminar con nuestras piernas, y en el más elevado trono del mundo siempre estamos sentados sobre nuestro culo”. El mismo sobre el que cayeron aquellos que creyeron eterno su control sobre nuestra tierra…

         

© Alfredo Cedeño  




domingo, junio 28, 2026

OTRA VEZ


          La Guaira es la cuna de mis sueños de niñez, la de mi adolescencia, la de mi entrada a la adultez, la de mis delirios a la orilla del mar, cuando no recorriendo las faldas de El Ávila mientras recogía helechos a granel para llevarlos a mamá. Tierra de alucinación donde la historia no era un texto fastidioso, sino los gruesos muros del fortín La Pólvora, los restos de las murallas de El Colorado, las luces del faro del cuartel El Vigía que comenzaban a parpadear apenas caía la noche.

          Es un caleidoscopio de emociones y sensaciones que nunca me han dejado, imposible que salgan de mi piel. Son los baños en el río Osorio al lado de la casa que mi padrino Chebo había construido con sus manos en medio de una vegetación como solo en nuestras montañas se puede conseguir. Son las caminatas desde mi hogar en Caraballeda hasta la parte alta de San Julián a descubrir pozos de agua cristalina sombreados por enormes matas de mango. 

          ¿Cómo borrar los domingos en Playa Lido, o en el Sheraton, o en Caribito?

Soy todo lo que esa tierra tan amada, y ahora tan lastimada, me fue entregando con amoroso mimo. Trato, y no lo consigo, mantener cierta frialdad al escribir. La impasibilidad ante el desastre que me llega es una quimera. Redactar llorando es lo que me queda.

Estoy convencido de que nuestra gente, el venezolano de a pie, el que hace que el país subsista pese a sus dirigentes –de todo orden y concierto–, el que se levanta una y otra vez a dar lo mejor de sí, hará que recuperemos el paso y sigamos caminando.

Citar la desidia con la que la plaga chavista-madurista-rodriguista ha malbaratado nuestro patrimonio es llover sobre mojado. No hay quien no conozca la sevicia con que se han manejado, insólito que todavía hay paniaguados que callan o pretenden redimirlos. ¿Verdad Claudio? ¿No es así Kico y Vladimir? Aquí todos nos conocemos y sabemos de qué pata cojea cada cual. Ahora saldrán, de nuevo, a lavar la cara de la horda impresentable aduciendo que están estudiando y planificando la mejor manera de llevar a cabo la recuperación.

Es hora en que la indignación no permite cortesías de tipo alguno. Inconcebible que los cretinos rojitos, que todavía abundan cual la verdolaga, sigan ejerciendo su mezquindad en momentos como este, que se pretenda castigar a la población más allá de lo que la naturaleza lo ha hecho. ¿Cómo pueden explicar los dos “policías” que en Vargas se roban un electrodoméstico en una moto oficial? Falta que ahora condecoren a la fiel representación del “hombre nuevo” que hemos visto saqueando los locales destrozados. ¿Volverá el “gobierno soberano” a rechazar la ayuda estadounidense como hicieron cuando el deslave de 1999?

Las demostraciones de mezquindad revolucionaria son inacabables. Ahora militarizan Vargas con la intención de crear un cerco informativo. Mientras tanto la ciudadanía da lecciones de hidalguía dándolo todo para salvar a sus vecinos y familiares. Los militares, mientras tanto, andan escondidos sin siquiera proponer algo. Qué diferencia con su energía cuando arremetían contra la ciudadanía indefensa que pedía libertad en las calles.

Como todo lo de esta revolución de pacotilla la planificación para afrontar eventos de este tenor no existe. Escribo de La Guaira, pero es el mismo infierno en mi Caracas natal, en Guatire, Guarenas, Maracay, Puerto Cabello, Tucacas, y paremos de enumerar. Otra vez el país colapsa y estos mequetrefes, coreados por sus cirineos, andan en Babia. Sólo atinan a decir una estupidez tras otra, mientras nuestros paisanos mueren sin parar.

Bien merece cada uno de ellos los versos de Pablo Neruda en su poema El general Franco en los infiernos: “Aquí estás. Triste párpado, estiércol / de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra / de traición que la sangre no borra. Quién, quién eres, / oh miserable hoja de sal, oh perro de la tierra, / oh mal nacida palidez de sombra”.         

 

© Alfredo Cedeño  

lunes, mayo 25, 2026

EL GAVILÁN Y LA ARPÍA

          Mi niñez fue un laberinto de magia donde la imaginación era parte del aire que respiraba. Mamá, como buena margariteña, relataba cuentos de aparecidos a la orilla del mar o nos intrigaba con adivinanzas del estilo: “¿qué será, qué será, que atrás de la puerta está?”. Papá, con un eterno cigarrillo sin filtro, Chesterfield por más señas, entre sus labios y manos, describía cómo era La Guaira de su niñez y las mil peripecias de su juventud por esas calles.

Renglón aparte merece mi abuela, la vieja Elvira, quien cada noche narraba las vainas que le echaba Tío Conejo a Tío Tigre. También era una fanática empedernida de las radionovelas, era continuo sus giros a la rueda de sintonía de la radio entre Rumbos y Continente. Yo me mantenía, por supuesto, pegado a ella, y así fue como comencé a escuchar a su lado una que se llamaba El Gavilán, defensor de los pobres y desamparados. De lunes a viernes a la una de la tarde por Radio Continente era la cita.

Recuerdo vagamente que el protagonista era un hombre enmascarado que cargaba dos pistolas y se dedicaba a defender a los humildes de una serie de personajes malévolos que trataban de perjudicarlos. Recuerdo que al comienzo anunciaban que era una obra de Alberto López Ruiz, lo cual completaban con la frase “El escritor que habla al corazón de las mujeres”.

Muchos años más tarde, tuve el privilegio de conocer y tratar a Daniel Farías, y en una de tantas ocasiones me enteré de que él había sido el director de esa radionovela. ¡El viaje a mi niñez fue instantáneo! Y así supe que Rosita Vázquez era Azucena González, la hija de don Benito a quien habían asesinado en los callejones del barrio Carpintero de Petare. ¡El propio Daniel fue el doctor Julio César Santos! Así me enteré de que don Adolfo Martínez Alcalá, la voz privilegiada de los editoriales de Radio Capital, era Ismael el malvado chofer y que Ana Teresa Guinand dio vida a doña Elodia.

Esta última siempre me había quedado grabada por un episodio en el que ella terminaba encaramada en una mata de mango. Acoto que cada capítulo finalizaba con una serie de preguntas que tenían que ver con lo que había pasado y abría mil posibilidades para el desarrollo del próximo episodio. Por supuesto que indagué con el amigo Farías por ese punto en especial. Sus carcajadas fueron interminables, mientras se secaba las lágrimas, contaba que esa frase, en particular, obligó a que repitieran su grabación más de cuarenta veces. Cada vez que iban a preguntar ¿Seguirá doña Elodia montada en la mata de mango? El coro de risas obligaba a parar y repetir, hasta que finalmente pudieron terminar de pronunciarla con el dramatismo que se les imponía a esas interrogantes.

Por un momento me pregunto, ¿y si en vez de doña Elodia, hubiera sido misia Eloina? Uno ahora tal vez exclamaría ¿Cómo hizo Eloina para traicionar a Nico y Cilia, sin que ellos se dieran cuenta? ¿Alex Saab sospechó alguna vez que ella lo entregaría a los malvados gringos? ¿Diosdado puede dormir tranquilo sin pensar que a él le puede tocar la tómbola? ¿Dónde tendrá la cabeza el fiscal del rimmel y los tatuajes sin saber si ella cual Salomé entregue su cabeza en una bandeja? ¿Será que en realidad ella se ha convertido en una arpía sin alma ni corazón en el pecho? ¿Seguirá doña Eloina montada en la talanquera mirando a ver cuál es la próxima ofrenda que entregará al águila?

Esta es una obra escrita por los hermanitos Rodríguez, los únicos que sabe escribir al corazón de los revolucionarios.

 

© Alfredo Cedeño  

lunes, abril 13, 2026

A PROPÓSITO DEL TIEMPO



          Una de las preguntas más difíciles que me han hecho en la vida, me la formuló mi hijo cuando estaba cerca de cumplir dos años. Con su voz todavía enredada y sus ojos limpios me soltó: “Papá, ¿qué es el tiempo?” La pregunta que desde que el hombre es el animal pensante que se supone es, ha generado infinitas horas de pensar y discutir.

          ¿Cómo explicarle, por ejemplo lo que Agustín de Hipona, a comienzos del siglo V después de Cristo, dejó en Confesiones? “Qué es el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente.”

          Tampoco podía soltarle aquello de “El tiempo es una magnitud física que permite ordenar eventos y medir la duración entre ellos”. Menos ponerme a divagar sobre lo que dijeron Aristóteles o Platón al respecto. Lo agarré, me lo senté en las piernas y, tratando de salir airoso del atolladero le solté algo sobre la representación abstracta creada por el hombre para tener puntos de comparación en lo que hacía. Me vio con no poco desdén y, antes de salir corriendo a jugar en su cuarto, me dijo: “¿Por qué el Sombrerero de Alicia si conoce bien al tiempo? Debieras preguntarle a él”.

          Hay un momento para cada cosa, y el tiempo que hoy es presente mañana, que hoy es futuro, será pasado. ¿Usted puede imaginar cuando llegue el de ese señor rechoncho, ojeroso y malencarado que anda amenazando a todo el que se le antoje con la macana de Trucutrú? Sí, ese mismo que se robó las cantinas cuando cadete, la sede de nuestro periódico, la casa de la gente decente en Los Chorros y que anda de rabo alzado frente a la marioneta Delcy Eloína.

          ¿Usted no ha hecho el ejercicio de imaginar el minuto en que los relojes –esos artefactos que inventamos para medir el paso del tiempo–, de los hermanitos Rodríguez dejen de funcionar, de la misma manera que dejaron de hacerlo los de Nico y Cilita? ¿Cómo dejar de regodearse imaginando el instante en que esa dirigencia patuleca y resabiada que hemos padecido por tantos años sea echada a un lado?   Bien lo dice el refranero popular: Tiempo al tiempo.

          Hay un océano de definiciones, ninguna coincidencia. ¿Cómo tratar de explicar lo que nadie se atreve a definir de manera total? En la Biblia, el libro Eclesiastés reza: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz”.

          Venezuela también está gestando su tiempo de libertad, y veremos andar solitarios por las calles desiertas a todos aquellos que se regocijaron creyéndose eternos en su goce patológico del poder.

 

© Alfredo Cedeño 

domingo, febrero 01, 2026

A PELLIZCOS Y EMPUJONES




 

          Pocas veces las cosas van al ritmo que se nos ocurren deben ir, pero cuando damos un vistazo a las situaciones con las que nos impacientamos, podemos sentirnos como Galileo Galilei y decir Eppur si muove. En buen cristiano: Y, sin embargo, se mueve. 

No faltará quien me quiera enrostrar la improbable respuesta del sabio toscano, ante el tribunal de la Santa Inquisición en 1633, luego de abjurar de la visión heliocéntrica del mundo. La frase ha durado hasta ahora y bien podemos aplicarla a lo que ocurre en diferentes escenarios del planeta.

          Veamos España, para comenzar. Un Pedro “ácaro” Sánchez, que se aferra a la Moncloa como garrapata en rabo de yegua, llega al punto de hasta ofrecer velas a santa Tecla la Callosa y a san Caralampio mártir para seguir disfrutando de los privilegios del cargo. Poco importa si después tenga que entregarle la nalgamenta al diablo.         No podemos obviar a ese ser, que casi parece un ectoplasma, llamado Alberto Núñez Feijóo quien de gesto apacible, tal si el sacristán de la catedral de Santiago de Compostela fuera, se dedica a “jugar” de manera correcta en la política hispana.

          En esta mirada a la amada España no puedo olvidar al aspirante musoliniano Santiago Abascal, que juega al decente mientras aplica métodos de la Inquisición contra los muchachos de Revuelta. Este grupo que fuera empleado como ariete por VOX, ahora lo condenan sin melindres algunos, por no acatar la “línea” del partido. ¡Santa María de Ipire! Los mismos que dieron contratos de cientos de miles de euros, al amparo de una fachada legal, son los verdugos de quienes creyeron en limpieza y claridad política.

          Si cruzamos la mar océana vemos a una “encargada” de los mandos en Caracas cacarear contra la bota extranjera, pero que sabe cumplir con meticulosa modosidad lo que le indican desde orillas del río Potomac. Tal vez, de su época de estudiante de Derecho, le quedó aquello de Séneca: “Quien teme, sirve”.

          No deja de ser hilarante el video de la muy combativa Iris Fosforito narrando los pormenores de la captura de Gofiote, y la doña de la prótesis dental bailante. En su narrativa épica describe como ella se enfrentó a los malvados marines para acompañar a su marido hasta el presidio de Brooklyn. ¿No se conmueven ante tan excelsa manifestación de amor? La ahora insumisa Venevisión podría contratarla cual versión criolla de Delia Fiallo.

          ¿Cómo dejar de mencionar los gestos de marido cornudo, pero resignado, del otrora matón de Monagas? Lo veo y no sé si está por hacer pucheros o por ciscarse en la madre que parió a todos los ahora dialogantes. Dicen que lo vieron con pasos algo extraviados buscando el mazo del que tanto gustaba presumir. Un buen tolete es lo que le espera como siga gruñendo babeante. ¿Qué pensar del silencio de monjas reclusas de Padrino?

          Tampoco es para olvidar a Guaidó, Rosales, Smolansky, Caprilitos, López, Miguel Pizarro, y demás miembros de la sagrada cofradía de la estatal teta perpetua, que ahora reclaman su sitio en la foto. Ni hablar del ilustre señor Ramos, a quien su muy gozoso cuñado, aspiraba juntar con Jeffrey Epstein. Uno es mal pensado, porque ¿quién quita que lo que pretendían era ir en peregrinación al santuario de Betania?

          Escribo y me vienen mil cosas a la cabeza. La sinapsis es una vaina seria, hace que las neuronas, las pocas que quedan en mi estropeado cerebro, tiendan puentes y encadenen frases. Es un destello que me dice casi al milímetro lo que estamos viviendo. Al final de Macbeth, él acaba de recibir la noticia de la muerte de su mujer, y Shakespeare pone en su boca: “Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”.  También aparece Rabelais y recuerdo la carta que Gargantúa envía a Pantagruel: “Veo que los pícaros, verdugos, mercenarios, palafreneros de hoy son más doctos que los doctores y predicadores de mis tiempos”.

          Por ahora, y así como por no dejar, veo que a Delcy Eloina y demás comparsas –así como Pedro Sánchez, Iglesias y otros zarrapastrosos– son llevados al estilo con que arrastran los marineros a sus damiselas al jergón: ¡A pellizcos y empujones!

 

© Alfredo Cedeño  


domingo, abril 13, 2025

OPORTUNISTAS Y ESCARAMUZAS


Hay un consenso general en torno a la definición de político, que bien podría resumirse en que es aquel que se dedica a la gestión de la cosa pública. En abundantes ocasiones, cual si de un viejo disco de acetato se tratara cuando se queda fijo en un surco, se afirma que es condición indispensable para incursionar en tales menesteres poseer olfato y un inmejorable sentido de la oportunidad.

Es innecesario explayarse en cómo esa última palabra ha sufrido una asqueante metamorfosis, para convertirse en oportunismo. De allí que este oficio ha devenido en una casta, con pretensiones de nobleza, a la que todo le es permitido. Y no es nueva la mencionada jodienda. Ya Shakespeare en Enrique V, pone en boca del rey, justo antes de la batalla de Agincourt, al dirigirse a su tropa y clamar: “somos pocos, somos pocos los felices, somos una banda de hermanos; y aquel que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que haya sido…”.

Es un cuento de nunca acabar. Cuando se les atrapa en alguna de sus trapacerías suelen invocar su castidad y pureza, proclaman una virtud y honor que ni las estrofas del himno nacional. Se les ve recibiendo fajos de billetes, sus compañeros hacen una pantomima de expulsión, abjuran de él, pero al poco tiempo se le ve de nuevo, con cara de querubín maltratado, sacrificándose por el glorioso pueblo. ¿Verdad Juan Carlos Caldera?

Y así, por mentar solo una de las tantas variaciones de las encrucijadas políticas, vemos cómo se dedican a ponerse zancadillas entre ellos. Sin embargo, es menester aclarar que también usan lavarse las caras unos a otros. Bien podrían preguntarle a Carlos Vechio y al señor López sobre sus gestiones para exonerar al sobrino de doña Cilia de ciertas sanciones.

A tan honorables servidores públicos, que no hay sacrificio al que no estén dispuestos a someterse, les resulta inaudito, verdaderamente insólito, algo que les deja estupefactos, que pueda haber quienes cuestionen su desprendida vocación de servicio. Ni José Gregorio y Carmen Rendiles llegaron a dar tales muestras de entrega y beatitud.

Ellos, al igual que el puerco Napoleón, el de Rebelión en la granja de George Orwell, han reescrito los cánones que nos rigen. Por eso podemos leer como hizo el burro Benjamín aquello de: TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS ANIMALES SON MÁS IGUALES QUE OTROS.

© Alfredo Cedeño 



viernes, junio 17, 2022

PAÍS EN CADENAS

Hay frases que pueden tener un tinte de lamento vacuo, pero no por ello dejan de ser veraces. En esta ocasión me pasa al releer a Federico García Lorca. No puedo dejar de preguntarme: ¿Qué hubiera pasado si al bardo andaluz no lo matan, a los 38 años recién cumplidos, en tierras de Granada? Hoy ––tiempos de máquinas veloces, comunicación pasmosa y badulaques empoderados––, su obra se conserva limpia y digna, deslumbrante en su precisión, preciosa en esencia. Prosa y poesía son un laberinto del que cuesta salir. Se empieza a leer cualquiera de sus obras y la necesidad de seguirlo leyendo se hace vital.

Me viene a la memoria de su Nocturnos de la ventana:

El estanque tiene suelta
su cabellera de algas
y al aire sus grises tetas
estremecidas de ranas.

¡Carajo! 

Otra que siempre me ha conmovido es Caracola:

Me han traído una caracola
Dentro le canta
un mar de mapa.
Mi corazón
se llena de agua
con pececillos
de sombra y plata.
Me han traído una caracola.

Imposible armar tanta belleza en tanta sencillez, solo su genialidad pudo.

Pocos han logrado el equilibrio perfecto de belleza y tragedia de sus obras teatrales y versos, no me atrevo a decir si fue un poeta dramaturgo o un dramaturgo poeta, su empleo de las palabras fue de precisión arrobadora. Por ejemplo, apenas empieza La zapatera prodigiosa y nos suelta este parlamento: “por ser el teatro en muchas ocasiones una finanza, la poesía se retira de la escena en busca de otros ambientes donde la gente no se asuste de que un árbol, por ejemplo, se convierta en una bola de humo o de que tres peces, por amor de una mano y una palabra, se conviertan en tres millones de peces para calmar el hambre de una multitud.”

Cómo olvidar de Bodas de Sangre a la madre decir: “Cien años que yo viviera, no hablaría de otra cosa. Primero tu padre, que me olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego, tu hermano. ¿Y es justo y puede ser que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que es un toro?”

En cada uno de sus libros hay un rosario de gemas.  Mariana Pineda me ha sido siempre particular, tal vez por la ocasión en que la vi por primera vez en la sala de la vieja sede del Ateneo de Caracas. La voz de Pedro diciéndole a ella: “Mariana, ¿qué es el hombre sin libertad? ¿Sin esa luz armoniosa y fija que se siente por dentro?”

Al amparo de estos recuerdos agarro mi ejemplar de esa pieza y al releer encuentro este parlamento en boca de Fernando:

Ahora los ríos sobre España,
en vez de ser ríos son
largas cadenas de agua.

 No puedo evitar parafrasearlo y escribir: Ahora los ríos de Venezuela, en vez de ser ríos, son largas cadenas de llanto.

 

© Alfredo Cedeño 


viernes, mayo 27, 2022

HUELE MÁS QUE HIEDE

 

Más de uno se me planta con gesto altanero y brazos en jarras a imprecarme: “¿Y qué propones tú?, ¡porque todo te hiede y nada te huele!”  Si me pongo a enumerar lo que me huele puedo asegurarles que es una lista infinitamente más larga de lo que me hiede. Me huele a rama de ruda fresca en la oreja de una agricultora que va a vender sus hortalizas al mercado de Capacho Nuevo; también el perfume a mar que exhalan las manos callosas de la pescadora que hala las redes junto a su marido e hijo en las costas margariteñas; ni hablar de los aromas que emocionan incontrolablemente cuando paseas por las interminables plantaciones de pino caribe en Uverito.

¿Cómo no oler la gloria del paso altanero y cadencioso de nuestras muchachas en cualquier rincón del más olvidado de nuestros pueblos o de nuestras destrozadas y arruinadas ciudades? ¿Quién no ve con oculta envidia el paso viril de hombres y mozos en flor, recién bañados y perfumados para ir a encontrarse con su mujer? ¿Hay acaso aquel que no puede olfatear con viveza amorosa los vapores de las cocinas de nuestras abuelas, madres, hermanas y tías?

¿Quién no escucha con emoción libre de penas los cantos a la cruz de mayo al son de maracas y tambores en una casita de Caraballeda, mientras huele ansioso las flores recogidas para engalanar su altar? ¿Dónde está aquel que no se siente arrastrado por el torbellino de los tambores repicando en honor a san Juan Bautista, y el olor a sudor limpio de los negros en jolgorio? Basta con olfatear el aire en el comedero de cualquier mercado para sentirse volando entre las volutas de ollas y sartenes. Me huelen los ríos cuando saltan entre las piedras y sacuden las ramas que crecen a su vera. Me huele la tierra cuando los bueyes arrastran el arado entre el suelo que luego será mar fecundo de cebolla, cilantro y perejil.  Son infinitos los olores de mi tierra…

¿Qué me hiede? Es una lista algo abundante, pero que pueden resumirse fundamentalmente en dos casos. Me apesta la casta dirigente, de un lado y del otro, tan apestosos son Nicolás, Cilia, Jorgito y Diosdado; como lo son todos sus contrarios, ya que ambos viven jugando a: “quítate tú pá ponerme yo”, y el hombre de a pie les interesa un soberano carajo. Su único interés es el poder y los beneficios que les otorga. Poco importa la cuota de autoridad que obtengan, su único fin es disfrutar de ello.

Igualmente me huele a letrina una no breve cofradía de plañideras, corifeos y viudas de lo que supuestamente fuimos, donde militan con fervor gregoriano e incapacidad de dar una mirada crítica sobre lo que hemos sido para poder rescatar lo que somos y deslastrarnos de tantas heces que nos ahogan.

Espero haber dejado claro que es más lo que huele, que aquello que nos empantana el alma, pero no podemos ni debemos ignorarlo, hay que extirparlo. Merecemos oler bonito y sabroso.

© Alfredo Cedeño  



viernes, mayo 13, 2022

EN LA TIERRA PERFECTA


Había una vez un país impoluto, en el que los maestros daban clases de ciudadanía y nunca hubo entre ellos casos de prevaricación, o de cabalgar horarios al amparo de reposos médicos que les permitían desempeñar varios cargos a la vez. Ellos nunca fueron aquilatados en sus verdaderos logros: habían alcanzado el dominio del arte de la ubicuidad. Era un terruño idílico de partidos políticos dedicados al servicio, donde nunca se repartieron vehículos entre los jefes regionales de partido, o jamás se prestaron a maromas retóricas para otorgar concesiones mineras, por decir un par de ejemplos.

Era un territorio donde nunca hubo sindicalistas que compraron casas suntuosas, ni carros estrafalarios, ni tampoco se les conseguía en bares y lupanares camuflados con mujeres que no eran las suyas. En ese modelo de estado no hubo ministros que cobraban comisiones, ni tampoco hubo testaferros al servicio de ellos y de cuanto funcionario, de medio nivel hacia arriba, se desempeñaba en algún cargo público.  

Esa era la patria de la corrección y el ejemplar desempeño, donde no había porteros de instituciones que tenían cuatro carros, casa en la playa, apartamento en El Marqués, y que viajaba dos veces al año a ver a al ratón Mickey –una vez con la familia oficial y otra con la amante de turno–. Allá nunca un funcionario maltrataba al usuario, y siempre, siempre, siempre, le resolvía al ciudadano sus problemas, ni  nunca le pedían “algo para el café”. Era el territorio de la corrección a toda prueba, donde los profesores universitarios cumplían a cabalidad sus turnos, ni había casos de algunos que plagiaban los trabajos de alumnos o de tesistas, ante los que ellos habían fungido de jurados, para luego cobrar cifras cuantiosas a cargo de los institutos de investigación.

Les escribo sobre un pueblo al que los suizos veían con envidia ante la transparencia de su funcionamiento; donde no había policías, guardias, ni fiscales de tránsito que abusaban a troche y moche de los ciudadanos. Era la tierra de gracia perpetua y oportunidades inacabables. Y todo eso se vino al suelo con la llegada de unos malvados, de tono rojo rojito, que acabaron con ese paraíso. Esos malévolos seres llegaron de otro planeta, no fueron concebidos, entre arrumacos y cálculos desatinados, y amparados por todos aquellos que buscaban tener una tajada de pastel más gorda de la que ya tenían.

Por eso es que ahora hay un país de viudas gemebundas, absolutamente dispuestas a lapidar a todos aquellos que no nos sometemos a cantar las virtudes de lo que nunca fuimos…

© Alfredo Cedeño 

viernes, abril 15, 2022

¡GLORIA!


La gloria, como toda definición hecha por el hombre –e incluyo en dicha denominación a mujeres, antes de que alguna feminista arrebatada salte a exigir alto a la discriminación–, es de una amplitud que roza con el infinito. Por ejemplo, en el ámbito religioso se llama así a “la felicidad plena y verdadera del hombre que es fiel a la voluntad de Dios y que goza de intimidad con él.” Si a mí me hubieran preguntado a los seis años qué era la gloria, seguramente hubiera dicho: Dormirme en los brazos de mi abuela. A los doce mi réplica debía ser algo como: Comerme una pasta con asado del que hace mamá. Pasados los veinte no dudo en decir que la respuesta debía ser algo así como: Un Buchanan´s con hielo y mi mujer al lado en la playa. Y así.

Ella, la gloria, es tan vasta en sus sensaciones como en sus aplicaciones. Si usted le pregunta a uno de esos zarrapastrosos que han llegado al poder a la sombra de ese ectoplasma que llaman “liberación”, es muy probable que no sepan qué responder, y lo más probable es que diga: No caigo en ese tipo de provocaciones de definir esos vicios pequeños burgueses. Eso sí, mientras cuentan con despachos con aire acondicionado, en algún cargo con chofer, secretaria y gastos de representación incluidos.

Si la pregunta se le hace a algún alma de Dios, que todavía las hay, la respuesta acudirá fluida a sus labios:  Dar lo mejor de mí a todo el que pueda tenderle la mano. También hay aquellos menos líricos en su vivir y razonar, quienes soltarán algo como: “Ganar una buena comisión por intermediación y celebrarlo con una  botella de champaña bien fría.”

Repito, son innumerables las definiciones, y hago esta reflexión al calor de pensar que es sábado de gloria. En mi niñez le llamaban Sábado Santo, y mi abuela me explicaba que era un día de luto, “este es un día de silencio, mijo, fíjate que ni misa hay.” Años más tarde supe que en efecto, e igual el Viernes Santo, “la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa.”  Son días en que la comunión solo puede darse en caso de extremaunción. Tampoco celebran uniones matrimoniales. Es el día de preparación para la resurrección de Jesús, fecha en la que la feligresía se vuelca a pedir por el retorno del Salvador.

Mientras tanto, y así como quien no quiere la cosa, Venezuela, la de glorias pasadas, la de Gracias infinitas, la libre y ubérrima, sigue languideciendo en manos de unos sátrapas que la han destruido para construir su propia gloria: la que solo pueden alcanzar aquellos que por treinta monedas– aunque para ellos son incontables millones– de plata, le vendieron el alma al diablo y entregaron el país para su desguace a rusos, chinos, iraníes y cubanos. Tendrán su propio Gólgota…

 © Alfredo Cedeño  



viernes, noviembre 19, 2021

PSICOPÁTICAMENTE HABLANDO



                        Mi Venezuela de mis tormentos me mantiene lleno de contradicciones. La conocí de un extremo al otro, o como decía mi abuela Elvira: de una punta a la otra. Dormí en el cerro Delgado Chalbaud, a breves horas de camino del nacimiento del Orinoco; y me bañé con las olas que revientan en el Cabo San Román el punto más septentrional de la geografía nacional, tal como rezaban mis primeros libros de educación primaria.  Dormí a orillas del Guainía, y en las cabeceras del Salto Ángel; fotografié las cumbres nevadas de Mérida desde el Pico Espejo y las desérticas bellezas de La Guajira; canté desafinado como nadie con los negros de Curiepe a la llegada del Niño Jesús y con los pescadores margariteños a la llegada de san Juan Evangelista a Juangriego. También recogí lechugas de madrugada con los campesinos trujillanos y recogí nasas con los pescadores de Chuspa; caminé deslumbrado por las calles empedradas de Clarines y por las de San Pedro del Río.  En fin, mi país lo he vivido, no me lo han contado, no lo conocí por medio de meras lecturas.

                En todos estos sitios, y muchísimos otros que para enumerarlos necesitaría varios días, he encontrado una gente maravillosa, amable, amorosa, generosa, dueña de un espíritu tenaz y maravilloso. Todo ello manifestaciones de una inteligencia y sensibilidad muy particular. Pero, me sorprendía siempre la falta de “malicia”, es decir la absoluta inocencia de todos ellos. Los pícaros nunca faltaban, pero eran los menos.  Era por eso que no sorprendía ver destacar en el mundo de las “políticas” locales a los bandiditos de los pueblos  y la gente los subestimaba y  los trataba con gran condescendencia, rayana en la lástima, era común oír: “Pobrecito Jorgito, ¿qué más podíamos esperar de él?, vamos a darle un votico pá ver si sale de concejal…” Y así se preñaron de vagos e ignorantes los concejos municipales, la cámara de diputados y senadores, en un comienzo; después se hicieron concejales, alcaldes, gobernadores y hasta presidentes. 

                 ¿Responsables? Claro que los hay, y se han afanado varios cagatintas en tratar de endilgarnos la culpa a usted y a mí, simples ciudadanos que hemos pagado nuestros impuestos, las cuotas de condominio, las multas que nos hemos merecido, los pasajes cuando se nos antojaba viajar –así fuera en autobús hasta Guasdualito–, y las empanadas que comprábamos antes de embarcarnos en el ferry en Puerto La Cruz. Las contorsiones retóricas, dialécticas, sociointerpretativas, o cómo diablos se quieran llamar son dignas de ser recopiladas en una magna antología del disparate. En todas ellas siempre la responsabilidad, perdón debo escribir culpa, porque ni hablan siquiera de responsable sino de culpables, somos todos aquellos que no hemos tenido nada que ver en las tomas de decisiones.  ¿Qué vaina es esa?

                Los vagos, parásitos y vivianes de turno se apoderaron de las célebres maquinarias y fue así como los partidos políticos dejaron de ser centros de formación de dirigentes y gerentes sociales, para convertirse en centros de repartos de canonjías de todo tipo.  A la par de ello entronizaron un pérfido mecanismo de manipulación psicopática: mentir haciéndose las víctimas y confundir al ciudadano.  Es la típica conducta del esposo que llega borracho de una noche de farra, y le forma el gran peo a la esposa porque cómo ella es la culpable porque no lo atiende como se merece. Cambie los personajes y tendrá a los grandes estrategas del gobierno y de la oposición achacándonos, a los votantes mortales, del desastre político y electoral que tendrá lugar mañana bajo el manto electoral. ¿Alguna duda?

 

© Alfredo Cedeño 

miércoles, enero 22, 2020

¿NOS PODEMOS ENTENDER?




             Las explicaciones de por qué somos como somos los venezolanos son infinitas, por supuesto, y las hay para todos los gustos. Van desde las sobrenaturales que lo resuelven con aquello de: Sabrá Dios por qué nos hizo así, hasta las de pretendido orden científico. Lo cierto es que las podemos encontrar con diversos ropajes, las que aseguran que el origen de todo está en las raíces étnicas, y allí la diatriba también es inacabable: que la culpa es la flojera de los indios, o el emparrandamiento perpetuo de los negros, o la arbitrariedad de clara estirpe hispana.  La relación de razones es interminable, y lo cierto es que una se solapa con la otra, o se cabalgan, o se descabezan mutuamente.
Nuestras acciones, gestas y desempeños parecen convertirse en un gigantesco delta que desemboca en aquella frase: “¡Bochinche, bochinche! Esta gente no es capaz sino de bochinche…”. Le atribuyen esas palabras a don Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez, quien las dijo en la madrugada del 31 de julio de 1812, cuando un grupo de sus subalternos, encabezados por Simón Bolívar, Miguel Peña y Manuel María de las Casas lo arrestaron en La Guaira para luego entregarlo al español Francisco Javier Cervériz. Las interpretaciones posibles de esta felonía contra el precursor de la independencia han sido, y son, igualmente perennes. Lo cierto es que murió encarcelado 4 años más tarde en Cádiz.
Pero volvamos a lo nuestro, el desbarajuste nativo por lo visto casi es genético. No se puede negar que venimos de un espacio de gente empeñosa y generosa, sin medida a la hora de prodigar atenciones y ayudas, de una agudeza asombrosa y una genialidad pasmosa; lo he vivido al recibir hospedaje de amigos y extraños en Margarita, Timotes, Carora, Puerto Ayacucho, Araya, La Puerta y Cubagua para nombrar algunos sitios; lo contemplé en las obras del merideño Juan Félix Sánchez y los geniales aportes de su paisano Luis Zambrano; lo disfruté en las rimas cadenciosas y pícaras de los cantores populares en la isla de Coche, y en las composiciones delirantes del maestro Antonio Estévez. 
Pero también somos tierra de caudillos y promeseros de todo tipo, de maromeros y prestidigitadores, de lambucios y pedigüeños, de cínicos e hipócritas. Lamentablemente toda esta última fauna se ha guarecido en una casta dirigente que ha medrado a costillas de quienes con ingenuidad se han dejado encandilar por las pirotecnias verbales de ese grupete de tunantes. Han sobrado los Bolívar, Chávez, Páez, Maduro, Joaquín Crespo, Diosdado, Ezequiel Zamora, Claudio, Juan Carlos Caldera, Timoteo, Capriles, Ramos, Convit Guruceaga –para pena póstuma de su abuelo–; y han escaseado los Miranda, Vargas, Sánchez, Zambrano, Jacinto Convit y demás hijos del pueblo llano que han sembrado, pese a los parásitos que siempre han pululado, los cimientos de un país prodigioso.
Escarbar, escardar y esclarecer nuestra esencia es fundamental. Hoy veo con asombro las cabriolas que pretenden convertir en discurso para seguir exprimiendo la ubre nacional.  Se nos anuncia que la salida de Maduro será la solución de todos nuestros males, es una versión actualizada del bálsamo de Fierabrás, la diosa Panacea que todo lo cura, la cataplasma milagrosa que hará regresar un dólar a cuatro treinta.  Muy bien, pero… ¿cómo hacemos con la solidaridad perdida, y la voracidad dolarizada de todos, y las armas en manos de la delincuencia –por lo visto el único modelo de organización sobreviviente– y la honorabilidad perdida de unas Fuerzas Armadas huérfanas y náufragas?
Por los momentos solo se destaca un ejercicio pertinaz de mendicidad que han pretendido vanamente convertir en nuestro paradigma ciudadano. Siguen demostrando lo poco que saben interpretar la decisión de una gente humilde, en la más sana acepción de la palabra, y perseverante que solo quiere paz y libertad. Por algo todas las “organizaciones”, formales y alternativas, han zozobrado de la manera en que lo han hecho, se han empeñado en oír lo que les ha dado la gana de escuchar. Y el país sigue su paso, buscando una senda que lo da saber oírse e interpretar el ritmo adecuado. En el ínterin los asnos habituales pretenden achacarnos a todos los demás la responsabilidad de sus desmanes. Todavía no han entendido que a Venezuela no se le manipula con culpas impuestas. Les digo sin altanería y por su propio bien: agarren el paso o más de uno será visto echado por un voladero.

© Alfredo Cedeño 

miércoles, noviembre 27, 2019

COMO EL FRIJOL


         Mi padre tiene más de 40 años de muerto y sigo recordándolo cada día. Él era dueño de un sentido del humor muy corrosivo y preciso, también tenía el don de poner las cosas en su lugar con una frase, lo cual no solía generarle simpatías precisamente. Cuando se ganaba un gesto avinagrado, o el recordatorio a sus antepasados, solía voltearse hacia mí, cuando estaba alrededor, y me decía: Alfredito, no haga como el frijol; no se meta en vainas para que en vainas no aparezca.
         Esas palabras las he tenido en cuenta muchísimas veces en mi vida, otras que no, como me ocurre hoy.  ¿Cómo se queda uno callado ante el despropósito generalizado que vive mi país? A veces tengo la sensación de estar en medio de una pesadilla en la que el único que la sufre soy yo. Es cierto que los sueños son individuales y por ello me pregunto si lo que es un infierno para mí es una ensoñación para los demás. Sin embargo, ¿es individual la situación o es un infierno lo que vive toda Venezuela?
         La voracidad se ha enseñoreado de una manera inaudita. Se habla de la dolarización de la economía nacional con una naturalidad que ya hasta el bigote bailarín la asume, y se entiende que esa es una medida a través de la cual la economía busca mantener a flote los costos operativos. Ahora bien, la famosa “viveza criolla” no cesa de manifestarse. Con estupor y rabia leo el correo de un querido amigo que necesita intervenirse oftalmológicamente por cataratas y hace dos semanas acudió a una reputada clínica de Santa Paula, en Caracas, donde le cotizaron la intervención y demás detalles conexos en mil dólares. Dos días después cuando fue a confirmar el procedimiento le anunciaron que el costo era de MIL DOSCIENTOS dólares…  Doscientos dólares de aumento en dos días. Cuando el paciente reclamó, les copio el fragmento: “y traté de argumentar que no puede existir tal inflación en dólares, la respuesta que me dieron fue: son nuestras prácticas administrativas”.
         Por lo visto la Venezuela en que nací, crecí, viví, desapareció. Estamos ante un país de caníbales donde el sálvese quien pueda es el lema. La indefensión ante un estado criminal y arrogante no puede ser mayor, pero es entendible. Ahora cuando esa postración se nos convierte en una condición que debemos acatar compulsivamente, porque la propia ciudadanía olvida los más elementales principios de solidaridad y amor al prójimo, es imposible no desanimarse.
         Creo que es hora de felicitar al chavismo-madurismo-clientelismo por haber sido tan exitosos en volver cisco lo que éramos. Han logrado acabar con los venezolanos y hacer que nazca el hombre nuevo. Hosanna en la tierra a los rojos de mala voluntad.

© Alfredo Cedeño

miércoles, mayo 15, 2019

DIVISIÓN Y TRIUNFO


                Divide y vencerás es una antigua regla que ha sido aplicada por la casta dominante a lo largo de la historia humana. Lo pusieron en práctica los griegos, los romanos, los españoles, los británicos y todo imperio que ha existido. En América fue una práctica que dio excelentes resultados a los conquistadores, quienes aprovecharon al máximo las rencillas y resentimientos que había entre los diferentes grupos indígenas. El imperio Inca fue desmembrado al azuzar los viejos rencores contra la élite que desde El Cusco había impuesto el Tawantinsuyu.
                Lo mismo ocurrió con la supremacía azteca, que se vino abajo el 19 de agosto de 1521, cuando los tlaxcaltecas y totonacas, entre otros pueblos indígenas, acompañaron a los españoles para derrotarlos en Tenochtitlan. Por supuesto que en ambos casos los grupos locales se ocuparon del llamado trabajo sucio, y desempeñaron el rol de la "infantería" siempre necesaria en tales ocasiones. Algo similar sucedió por nuestros lares con los temidos Caribe, quienes controlaban toda la cuenca marina que hoy lleva su nombre.
                Los actos despóticos propios de todo imperio para imponerse a cualquier precio siempre han terminado por sentar las bases de su derrumbe.  A los finales todos ellos han demostrado que sus patas eran de barro. La democracia venezolana tuvo similar sino, de ser inspiración a emular y puerto preferido del mundo entero, y así lo pueden testimoniar europeos, asiáticos, africanos y americanos –¡del sur y del norte!–, donde no pocas fortunas nacieron o se fraguaron, devino en un saco de males que generó la peste roja que llevamos veinte años padeciendo.
                Cuatro lustros de infierno nos han sometido a todo tipo de vejaciones, arrojaron una cuarta parte de la población fuera del país, han destruido un aparato cultural que era la envidia del planeta, desarticularon todo el tejido social solidario que se manifestaba transversalmente en el país, trataron de acabar con nuestra herencia cultural y en ello invirtieron nuestros ingresos nacionales para semejante despropósito, también utilizaron nuestro erario para comprar gobiernitos con limosnas opulentas. Ha sido un auténtico calvario el que le ha tocado vivir a Venezuela, muchas veces bajo la mirada cómplice, alcahueta o ignorante del mundo entero.
                Hoy vivimos días terribles y preciosos. Terribles ante la persecución sin control que ejecutan sus combatientes asalariados, y que ha obligado a varios diputados a buscar cobijo en diferentes embajadas.  Preciosos porque, pese a varios Maquiavelos de medio pelo, ha ido aflorando nuestra esencia ciudadana, se ha ido forjando el sentimiento que confirma aquello de: ¡Únete y triunfarás! Son tiempos de temores confirmados entre las filas de Gofiote y su combo de hampones alebrestados.

© Alfredo Cedeño
Follow bandolero69 on Twitter