domingo, marzo 29, 2026

CORTINAS DE HUMO



          El fuego ha sido musa de todas las disciplinas, gracias a su presencia el ser humano ha trascendido sus fronteras animales haciendo que la razón lleve a cabo su tarea de filigranas hasta dejarnos volar. El bamboleo de las llamas nos sigue cautivando, es el mismo sentir que provocó en los bárbaros de dónde venimos.

          No tengo dudas de las reuniones de tribus y clanes alrededor de las fogatas, muchas veces balanceándose al compás de las llamas, mientras los juglares del momento narraban los sucesos del día. Quién sabe si los que había presenciado en la última aldea visitada. Al calor de la lumbre comenzaron los primeros abuelos y brujos a tejer historias que se terminarían convirtiendo en mitos.

          Su uso de elemento galvanizador de multitudes comenzó con el propio hombre al descubrirlo. Los griegos ensalzaban a Prometeo, quien se robó la candela de los dioses para entregársela a los mortales. Tanto como en el siglo VIII antes de Cristo en Olimpia, nacieron los juegos olímpicos. Era parte fundamental de ellos la ceremonia inicial en la que, con la ayuda de un skaphia, nombre dado a un espejo parabólico, encendían un pebetero con los rayos del sol.

          No ha sido gratuito el despliegue de este elemento, también, en manos de los más sanguinarios. Trataré de abreviar los ejemplos. En octubre de 1922, Benito Mussolini organizó la Marcha sobre Roma, acto protagonizado por las antorchas que portaban sus “camisas negras”. Esa demostración teatral de fuerza fue un agente intimidatorio determinante. El 30 de octubre de ese año el rey Víctor Manuel III se negó a declarar el estado de sitio y nombró a Mussolini primer ministro.

          Una década más tarde, el 30 de enero de 1933, otra bestia de similar pelaje, Adolf Hitler, celebró su nombramiento como canciller por parte del presidente Hindenburg, con una marcha de sus “camisas pardas” portando antorchas encendidas. El recorrido tenía su momento culminante al pasar frente a la cancillería del Reich; allí el Führer saludaba desde el balcón.  Su maquinaria de propaganda anunció que había sido un “río de fuego” que anunciaba el movimiento indetenible del nacionalsocialismo.

          No puede dejar de ser mencionado en territorio americano el oprobio que fue el Ku Klux Klan, cuyas antorchas y cruces en llamas proclamaban la “superioridad blanca”.

          El fuego también genera cenizas y humo. Este último fue el primer intento de telecomunicación humana, las señales con humaredas. Nos acostumbramos con las parodias fílmicas del uso que le daban los indios para comunicarse entre ellos. Sin embargo, fue utilizado en la antigua China desde las torres de vigilancia a lo largo de la Gran Muralla. A la par, hay referencias a similar uso por parte de los griegos y los romanos. Igualmente existen menciones a su empleo en Italia, durante la Edad Media, para alertar contra ataques enemigos.

          En nuestros días es una humareda blanca, la célebre fumata bianca, que brota de la chimenea de la Capilla Sixtina, el anuncio oficial de la elección de un nuevo Papa.

          Muchas veces esas humaredas son espejismos, muestras de lo inasibles que saben ser los delincuentes llamados de cuello blanco. Una de las definiciones más acertadas la escribió el siempre presente Jesús Rosas Marcano en “La Marcha de los Pendejos”. En sus versos finales asentó: “Y ellos frescos hacen barra / como el humo del café / que todo el mundo los ve, / Pero nadie los agarra”.

          Es el humo hecho cortina que venden ahora Delcy Eloina y Jorge Jesús, de los restos que aún quedan de país luego de ser asolado por ellos y su pandilla de camaleones y alcahuetas. Las fumarolas se mantienen vivas, se les ve caracoleando con pretensiones de inocencia que ni las vestales del templo de Foro Romano. 

          Al recorrer las zonas petroleras de noche son comunes las vivas llamaradas que alumbran el paisaje. Son los mechurrios, una herramienta que permite quemar el gas natural que hay en los pozos petroleros. Aunque a veces surgen inesperadamente, ¿recuerdan los que vimos en Caracas el pasado tres de enero? De aquellos fuegos nada fatuos han quedado muchos vendedores de humo, son los que aseguran que todo está bien y que para que todo siga igual van a cambiar. Como humo los veremos despejarse.

 

© Alfredo Cedeño


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