No tengo dudas de las reuniones de
tribus y clanes alrededor de las fogatas, muchas veces balanceándose al compás
de las llamas, mientras los juglares del momento narraban los sucesos del día. Quién
sabe si los que había presenciado en la última aldea visitada. Al calor de la
lumbre comenzaron los primeros abuelos y brujos a tejer historias que se
terminarían convirtiendo en mitos.
Su uso de elemento galvanizador de
multitudes comenzó con el propio hombre al descubrirlo. Los griegos ensalzaban
a Prometeo, quien se robó la candela de los dioses para entregársela a los
mortales. Tanto como en el siglo VIII antes de Cristo en Olimpia, nacieron los
juegos olímpicos. Era parte fundamental de ellos la ceremonia inicial en la
que, con la ayuda de un skaphia, nombre dado a un espejo parabólico,
encendían un pebetero con los rayos del sol.
No ha sido gratuito el despliegue de
este elemento, también, en manos de los más sanguinarios. Trataré de abreviar
los ejemplos. En octubre de 1922, Benito Mussolini organizó la Marcha sobre
Roma, acto protagonizado por las antorchas que portaban sus “camisas negras”.
Esa demostración teatral de fuerza fue un agente intimidatorio determinante. El
30 de octubre de ese año el rey Víctor Manuel III se negó a declarar el estado
de sitio y nombró a Mussolini primer ministro.
Una década más tarde, el 30 de enero
de 1933, otra bestia de similar pelaje, Adolf Hitler, celebró su nombramiento
como canciller por parte del presidente Hindenburg, con una marcha de sus
“camisas pardas” portando antorchas encendidas. El recorrido tenía su momento
culminante al pasar frente a la cancillería del Reich; allí el Führer
saludaba desde el balcón. Su maquinaria
de propaganda anunció que había sido un “río de fuego” que anunciaba el
movimiento indetenible del nacionalsocialismo.
No puede dejar de ser mencionado en
territorio americano el oprobio que fue el Ku Klux Klan, cuyas antorchas y
cruces en llamas proclamaban la “superioridad blanca”.
El fuego también genera cenizas y
humo. Este último fue el primer intento de telecomunicación humana, las señales
con humaredas. Nos acostumbramos con las parodias fílmicas del uso que le daban
los indios para comunicarse entre ellos. Sin embargo, fue utilizado en la
antigua China desde las torres de vigilancia a lo largo de la Gran Muralla. A
la par, hay referencias a similar uso por parte de los griegos y los romanos.
Igualmente existen menciones a su empleo en Italia, durante la Edad Media, para
alertar contra ataques enemigos.
En nuestros días es una humareda
blanca, la célebre fumata bianca, que brota de la chimenea de la Capilla
Sixtina, el anuncio oficial de la elección de un nuevo Papa.
Muchas veces esas humaredas son
espejismos, muestras de lo inasibles que saben ser los delincuentes llamados de
cuello blanco. Una de las definiciones más acertadas la escribió el siempre
presente Jesús Rosas Marcano en “La Marcha de los Pendejos”. En sus versos
finales asentó: “Y ellos frescos hacen barra / como el humo del café / que todo
el mundo los ve, / Pero nadie los agarra”.
Es el humo hecho cortina que venden
ahora Delcy Eloina y Jorge Jesús, de los restos que aún quedan de país luego de
ser asolado por ellos y su pandilla de camaleones y alcahuetas. Las fumarolas
se mantienen vivas, se les ve caracoleando con pretensiones de inocencia que ni
las vestales del templo de Foro Romano.
Al recorrer las zonas petroleras de
noche son comunes las vivas llamaradas que alumbran el paisaje. Son los
mechurrios, una herramienta que permite quemar el gas natural que hay en los
pozos petroleros. Aunque a veces surgen inesperadamente, ¿recuerdan los que
vimos en Caracas el pasado tres de enero? De aquellos fuegos nada fatuos han
quedado muchos vendedores de humo, son los que aseguran que todo está bien y
que para que todo siga igual van a cambiar. Como humo los veremos despejarse.
© Alfredo Cedeño

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