Crece en las filas de los llamados “progres”, esa fauna dicharachera otrora férreos defensores del proletariado, la convicción de promover el ascenso a los altares del insigne pionero de las libertades humanas que fue fray Bartolomé de las Casas. Esto ante la imperiosa necesidad de tender puentes con el andamiaje social, al cual deben transformar para ponerlo al servicio de las minorías y los necesitados.
La verdad es que el enjundioso hombre
de iglesia, que fue obispo de Chiapas, cuyo nombramiento aceptó en ejercicio de
su humilde condición, reúne todos los méritos propios de eso que alguna vez se
llamó izquierda.
El bozal ideológico y la superioridad
moral de la que gustan hacer gala es piedra angular en toda la faramalla que
siempre ha rodeado a estos personajes. Desde el siglo XVI andan ronroneando por
ahí. Por supuesto que, como es común en todos ellos, cabalgando
contradicciones. Veamos al curita defensor de los indígenas.
Este clérigo sevillano, hijo de Pedro
de las Casas, quien acompañó a Colón en su segundo viaje, disfrutó de la
empresa esclavista autóctona. Asunto este que los indigenistas, académicos, así
como otros especímenes de similar pelaje, o plumaje, afirman desconocer. Sin
embargo, lo cierto es que su padre regresó con seiscientos indios esclavos y
uno fue de regalo a su vástago.
El entonces hombre de letras, al
terminar su formación universitaria, formó parte de la expedición de Nicolás de
Ovando que zarpó de Sanlúcar de Barrameda el segundo mes de 1502. Llegó a la
Española el 15 de abril, y en breve se ungió como encomendero y esclavista, a
la par que participaba en cacerías de nativos. Allí permaneció manejando su
encomienda hasta 1506, cuando volvió a su ciudad natal, para luego ir a Roma
para ser ordenado sacerdote. Una vez
llevado a cabo el ceremonial de ungimiento regresó al Caribe a seguir
administrando sus tierras y cautivos.
En 1514 estuvo junto a Hernán Cortes en la conquista y colonización de
Cuba, donde también recibió una encomienda y otro lote de indios esclavos.
En 1515, tal parece que poseído por el
espíritu de Saulo de Tarso, regresa a Sevilla y comienza sus labores de
denuncia contra la brutalidad hispana en perjuicio de los indefensos
indiecitos. Fueron años de darle a la lata de las quejas. En 1552 publicó Brevísima
relación de la destrucción de las Indias, donde escribe cosas como “Tomaban
las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con
ellas en las peñas”.
Sin embargo, otro sacerdote, Toribio
Benavente de Motolinía, no se anduvo por las ramas y lo enfrentó abiertamente.
El 2 de enero de 1555 escribe una carta a Carlos V en la que expresa “Sepa V.
M. que quando el Marques del Valle entró en esta tierra, Dios nuestro Señor era
mui ofendido i los hombres padescian mui cruelíssimas muertes, i el demonio
nuestro adversario era mui servido con las mayores idolatrías i homecidios mas
crueles que jamas fueron; porque el antecesor de Motecçuma señor de México,
llamado Abicoci (Ahuizotl), ofresció á los Indios (sic) en un solo templo i en
un sacrificio que duró tres o quatro dias ochenta mill i quatrocientos hombres”.
Más adelante se lee: “i no es maravilla quel de las Casas no lo sepa, por quel
no procuró de saber sino lo malo i no lo bueno, ni tuvo sosiego en esta nueva
España, ni deprendió lengua de Indios, ni se humilló ni aplicó á les enseñar:
su oficio fué escrivir procesos i pecados que por todas partes han hecho los
Españoles, i esto es lo que mucho encarece, i ciertamente solo este oficio no
lo llebará al cielo”.
El militar y cronista Andrés de Tapia,
en su Relación de algunas cosas…, escribe sobre las torres y andamiaje
de vigas con cráneos frente al Templo Mayor, Huei Tzompantli, donde él junto a
Gonzalo de Umbría contaron cerca de 136.000 cabezas.
Esa es la tierra idílica que los españoles destrozaron y que
ahora la muy castiza azteca, Claudia Sheinbaum, descendiente directa de
Moctezuma, exige que España se arrodille a pedir perdón.
La eterna maroma progresista que les otorga a ellos el don de
la verdad. Poco importa que los bucólicos habitantes de Tenochtitlán sometieran
en las peores condiciones a sus vecinos, ni que los mismos fueran las
principales fuerzas con las que contó Cortés para acabar con la feroz dictadura
que los sacrificaba cada vez que se les antojaba.
Lo he comentado en otras ocasiones, la debilidad de los
“progres” por la barbarie es su paradigma fundacional. Tal vez eso permite
entender el fervor con que, a fines de los años 70 del siglo pasado, hablaban
de Kampuchea, nombre que impuso el líder infame Pol Pot, a Camboya, mientras se
dedicó a ordenar, o permitir, el asesinato de dos millones de personas. Las
fotos de los cerros de calaveras no tenían nada que envidiar a las erigidas por
los aztecas. Ese mundo de amor y paz que los malvados conquistadores llegaron a
terminar.
¿Cómo no van a pedir que el curita sevillano, pionero en
aquello de manipular la información, sea erigido santo patrono de la jauría
progre?
©
Alfredo Cedeño
