miércoles, mayo 20, 2026

SAN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS



          Crece en las filas de los llamados “progres”, esa fauna dicharachera otrora férreos defensores del proletariado, la convicción de promover el ascenso a los altares del insigne pionero de las libertades humanas que fue fray Bartolomé de las Casas. Esto ante la imperiosa necesidad de tender puentes con el andamiaje social, al cual deben transformar para ponerlo al servicio de las minorías y los necesitados.

          La verdad es que el enjundioso hombre de iglesia, que fue obispo de Chiapas, cuyo nombramiento aceptó en ejercicio de su humilde condición, reúne todos los méritos propios de eso que alguna vez se llamó izquierda.

          El bozal ideológico y la superioridad moral de la que gustan hacer gala es piedra angular en toda la faramalla que siempre ha rodeado a estos personajes. Desde el siglo XVI andan ronroneando por ahí. Por supuesto que, como es común en todos ellos, cabalgando contradicciones. Veamos al curita defensor de los indígenas.

          Este clérigo sevillano, hijo de Pedro de las Casas, quien acompañó a Colón en su segundo viaje, disfrutó de la empresa esclavista autóctona. Asunto este que los indigenistas, académicos, así como otros especímenes de similar pelaje, o plumaje, afirman desconocer. Sin embargo, lo cierto es que su padre regresó con seiscientos indios esclavos y uno fue de regalo a su vástago.

          El entonces hombre de letras, al terminar su formación universitaria, formó parte de la expedición de Nicolás de Ovando que zarpó de Sanlúcar de Barrameda el segundo mes de 1502. Llegó a la Española el 15 de abril, y en breve se ungió como encomendero y esclavista, a la par que participaba en cacerías de nativos. Allí permaneció manejando su encomienda hasta 1506, cuando volvió a su ciudad natal, para luego ir a Roma para ser ordenado sacerdote.  Una vez llevado a cabo el ceremonial de ungimiento regresó al Caribe a seguir administrando sus tierras y cautivos.   En 1514 estuvo junto a Hernán Cortes en la conquista y colonización de Cuba, donde también recibió una encomienda y otro lote de indios esclavos.

          En 1515, tal parece que poseído por el espíritu de Saulo de Tarso, regresa a Sevilla y comienza sus labores de denuncia contra la brutalidad hispana en perjuicio de los indefensos indiecitos. Fueron años de darle a la lata de las quejas. En 1552 publicó Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde escribe cosas como “Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas”.

          Sin embargo, otro sacerdote, Toribio Benavente de Motolinía, no se anduvo por las ramas y lo enfrentó abiertamente. El 2 de enero de 1555 escribe una carta a Carlos V en la que expresa “Sepa V. M. que quando el Marques del Valle entró en esta tierra, Dios nuestro Señor era mui ofendido i los hombres padescian mui cruelíssimas muertes, i el demonio nuestro adversario era mui servido con las mayores idolatrías i homecidios mas crueles que jamas fueron; porque el antecesor de Motecçuma señor de México, llamado Abicoci (Ahuizotl), ofresció á los Indios (sic) en un solo templo i en un sacrificio que duró tres o quatro dias ochenta mill i quatrocientos hombres”. Más adelante se lee: “i no es maravilla quel de las Casas no lo sepa, por quel no procuró de saber sino lo malo i no lo bueno, ni tuvo sosiego en esta nueva España, ni deprendió lengua de Indios, ni se humilló ni aplicó á les enseñar: su oficio fué escrivir procesos i pecados que por todas partes han hecho los Españoles, i esto es lo que mucho encarece, i ciertamente solo este oficio no lo llebará al cielo”.

          El militar y cronista Andrés de Tapia, en su Relación de algunas cosas…, escribe sobre las torres y andamiaje de vigas con cráneos frente al Templo Mayor, Huei Tzompantli, donde él junto a Gonzalo de Umbría contaron cerca de 136.000 cabezas.

Esa es la tierra idílica que los españoles destrozaron y que ahora la muy castiza azteca, Claudia Sheinbaum, descendiente directa de Moctezuma, exige que España se arrodille a pedir perdón.

La eterna maroma progresista que les otorga a ellos el don de la verdad. Poco importa que los bucólicos habitantes de Tenochtitlán sometieran en las peores condiciones a sus vecinos, ni que los mismos fueran las principales fuerzas con las que contó Cortés para acabar con la feroz dictadura que los sacrificaba cada vez que se les antojaba.

Lo he comentado en otras ocasiones, la debilidad de los “progres” por la barbarie es su paradigma fundacional. Tal vez eso permite entender el fervor con que, a fines de los años 70 del siglo pasado, hablaban de Kampuchea, nombre que impuso el líder infame Pol Pot, a Camboya, mientras se dedicó a ordenar, o permitir, el asesinato de dos millones de personas. Las fotos de los cerros de calaveras no tenían nada que envidiar a las erigidas por los aztecas. Ese mundo de amor y paz que los malvados conquistadores llegaron a terminar.

¿Cómo no van a pedir que el curita sevillano, pionero en aquello de manipular la información, sea erigido santo patrono de la jauría progre?

 

© Alfredo Cedeño  




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