domingo, mayo 31, 2026

DE TITIRITERO A EMBAJADOR




          Leo con atención las diversas reacciones al nombramiento como embajador ante España de Timoteo Zambrano. Le han salido buenos los zapatos. Conocí al ahora diplomático, hace 55 años, cuando ambos estudiábamos segundo año en el Instituto Técnico Jesús Obrero, en Los Flores de Catia. En aquellos tiempos él y el negro Acosta formaban un dueto que ya sabían engolar la voz, hacían gala de unas herramientas retóricas que buscaban aturullarnos con su verborrea. 

          Pasó mucho tiempo sin que supiera de él, y en el año 1995 fui contactado, y juro que no puedo recordar cómo fue ese tránsito, para hacer unas fotos de un acto de masas de la candidatura de alcalde de Antonio Ledezma. Hice las imágenes y en el ínterin quedaron conmigo que unos miembros del equipo político del candidato acudirían a mi apartamento en Sabana Grande para escoger las mejores.

          Mi sorpresa fue que al llegar la comitiva estaban entre ellos Arturo Vilar, ese que anda ahora por Madrid con la versión posmoderna de la Magdalena –léase Luisa Ortega Díaz, sicaria fiscal del comandante eterno–, y ¡Timoteo Zambrano! Por supuesto que le saludé y recordamos los tiempos de Jesús Obrero. En medio de su petulancia habitual habló de su finca en Guárico donde tenía una siembra de limones cuya producción total exportaba para España.

          Debo decir también, que antes de todo esto supe que luego de concluir secundaria se dedicó a montar un teatro de títeres en el 23 de Enero, donde el amigo Johan Perozo, quien supo catar las posibilidades del volatinero lo reclutó e incorporó a las filas de Acción Democrática. De allí en adelante el muchacho desgarbado hizo carrera, tanta que salió volando.

          El que quiera más pormenores del personaje en cuestión bien puede dedicarse a escarbar en internet donde encontrará material de sobra sobre los vaivenes del ahora Excelencia.

          Lo cierto es que muchas plumas sesudas andan explicando la  curvatura del ángulo desde el cual Zambrano Guedez va a realizar las labores de salvamento del “príncipe” Zapatero, por órdenes de la encargada.

          A ver, ¿ustedes creen que semejante saltimbanqui, que siempre se ha ocupado de salvaguardar su propia nalgamenta, va a dedicarse a amparar la del marrullero vallisoletano? Tomo la frase del personaje Emilio Delgado, en la serie Aquí no hay quien viva: ¡Un poquito de por favor!

          En todo caso Zapatero debería preocuparse aún más de lo que dice está. Delcy Eloina que entregó a Nico, Cilia, Saab, y sabrá Dios a cuantos más, ¡y los que faltan!, no se va a parar en menudencias para entregar al expresidente. Por cierto, si se fijan bien notarán el gesto de muñeco de ventrílocuo, títere a fin de cuentas, y en eso el bachiller Timoteo, como dije antes, tiene experiencia. A lo mejor improvisa un teatro de sombras chinescas, o se planta en la calle Arenal a una de sus faenas. Nadie sabe lo que puede terminar pasando entre semejante elenco de querubines, serafinas y maromeros.

De todo hay en la viña del Señor: uvas, pámpanos y agraz.

 

© Alfredo Cedeño  




lunes, mayo 25, 2026

EL GAVILÁN Y LA ARPÍA

          Mi niñez fue un laberinto de magia donde la imaginación era parte del aire que respiraba. Mamá, como buena margariteña, relataba cuentos de aparecidos a la orilla del mar o nos intrigaba con adivinanzas del estilo: “¿qué será, qué será, que atrás de la puerta está?”. Papá, con un eterno cigarrillo sin filtro, Chesterfield por más señas, entre sus labios y manos, describía cómo era La Guaira de su niñez y las mil peripecias de su juventud por esas calles.

Renglón aparte merece mi abuela, la vieja Elvira, quien cada noche narraba las vainas que le echaba Tío Conejo a Tío Tigre. También era una fanática empedernida de las radionovelas, era continuo sus giros a la rueda de sintonía de la radio entre Rumbos y Continente. Yo me mantenía, por supuesto, pegado a ella, y así fue como comencé a escuchar a su lado una que se llamaba El Gavilán, defensor de los pobres y desamparados. De lunes a viernes a la una de la tarde por Radio Continente era la cita.

Recuerdo vagamente que el protagonista era un hombre enmascarado que cargaba dos pistolas y se dedicaba a defender a los humildes de una serie de personajes malévolos que trataban de perjudicarlos. Recuerdo que al comienzo anunciaban que era una obra de Alberto López Ruiz, lo cual completaban con la frase “El escritor que habla al corazón de las mujeres”.

Muchos años más tarde, tuve el privilegio de conocer y tratar a Daniel Farías, y en una de tantas ocasiones me enteré de que él había sido el director de esa radionovela. ¡El viaje a mi niñez fue instantáneo! Y así supe que Rosita Vázquez era Azucena González, la hija de don Benito a quien habían asesinado en los callejones del barrio Carpintero de Petare. ¡El propio Daniel fue el doctor Julio César Santos! Así me enteré de que don Adolfo Martínez Alcalá, la voz privilegiada de los editoriales de Radio Capital, era Ismael el malvado chofer y que Ana Teresa Guinand dio vida a doña Elodia.

Esta última siempre me había quedado grabada por un episodio en el que ella terminaba encaramada en una mata de mango. Acoto que cada capítulo finalizaba con una serie de preguntas que tenían que ver con lo que había pasado y abría mil posibilidades para el desarrollo del próximo episodio. Por supuesto que indagué con el amigo Farías por ese punto en especial. Sus carcajadas fueron interminables, mientras se secaba las lágrimas, contaba que esa frase, en particular, obligó a que repitieran su grabación más de cuarenta veces. Cada vez que iban a preguntar ¿Seguirá doña Elodia montada en la mata de mango? El coro de risas obligaba a parar y repetir, hasta que finalmente pudieron terminar de pronunciarla con el dramatismo que se les imponía a esas interrogantes.

Por un momento me pregunto, ¿y si en vez de doña Elodia, hubiera sido misia Eloina? Uno ahora tal vez exclamaría ¿Cómo hizo Eloina para traicionar a Nico y Cilia, sin que ellos se dieran cuenta? ¿Alex Saab sospechó alguna vez que ella lo entregaría a los malvados gringos? ¿Diosdado puede dormir tranquilo sin pensar que a él le puede tocar la tómbola? ¿Dónde tendrá la cabeza el fiscal del rimmel y los tatuajes sin saber si ella cual Salomé entregue su cabeza en una bandeja? ¿Será que en realidad ella se ha convertido en una arpía sin alma ni corazón en el pecho? ¿Seguirá doña Eloina montada en la talanquera mirando a ver cuál es la próxima ofrenda que entregará al águila?

Esta es una obra escrita por los hermanitos Rodríguez, los únicos que sabe escribir al corazón de los revolucionarios.

 

© Alfredo Cedeño  

miércoles, mayo 20, 2026

SAN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS



          Crece en las filas de los llamados “progres”, esa fauna dicharachera otrora férreos defensores del proletariado, la convicción de promover el ascenso a los altares del insigne pionero de las libertades humanas que fue fray Bartolomé de las Casas. Esto ante la imperiosa necesidad de tender puentes con el andamiaje social, al cual deben transformar para ponerlo al servicio de las minorías y los necesitados.

          La verdad es que el enjundioso hombre de iglesia, que fue obispo de Chiapas, cuyo nombramiento aceptó en ejercicio de su humilde condición, reúne todos los méritos propios de eso que alguna vez se llamó izquierda.

          El bozal ideológico y la superioridad moral de la que gustan hacer gala es piedra angular en toda la faramalla que siempre ha rodeado a estos personajes. Desde el siglo XVI andan ronroneando por ahí. Por supuesto que, como es común en todos ellos, cabalgando contradicciones. Veamos al curita defensor de los indígenas.

          Este clérigo sevillano, hijo de Pedro de las Casas, quien acompañó a Colón en su segundo viaje, disfrutó de la empresa esclavista autóctona. Asunto este que los indigenistas, académicos, así como otros especímenes de similar pelaje, o plumaje, afirman desconocer. Sin embargo, lo cierto es que su padre regresó con seiscientos indios esclavos y uno fue de regalo a su vástago.

          El entonces hombre de letras, al terminar su formación universitaria, formó parte de la expedición de Nicolás de Ovando que zarpó de Sanlúcar de Barrameda el segundo mes de 1502. Llegó a la Española el 15 de abril, y en breve se ungió como encomendero y esclavista, a la par que participaba en cacerías de nativos. Allí permaneció manejando su encomienda hasta 1506, cuando volvió a su ciudad natal, para luego ir a Roma para ser ordenado sacerdote.  Una vez llevado a cabo el ceremonial de ungimiento regresó al Caribe a seguir administrando sus tierras y cautivos.   En 1514 estuvo junto a Hernán Cortes en la conquista y colonización de Cuba, donde también recibió una encomienda y otro lote de indios esclavos.

          En 1515, tal parece que poseído por el espíritu de Saulo de Tarso, regresa a Sevilla y comienza sus labores de denuncia contra la brutalidad hispana en perjuicio de los indefensos indiecitos. Fueron años de darle a la lata de las quejas. En 1552 publicó Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde escribe cosas como “Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas”.

          Sin embargo, otro sacerdote, Toribio Benavente de Motolinía, no se anduvo por las ramas y lo enfrentó abiertamente. El 2 de enero de 1555 escribe una carta a Carlos V en la que expresa “Sepa V. M. que quando el Marques del Valle entró en esta tierra, Dios nuestro Señor era mui ofendido i los hombres padescian mui cruelíssimas muertes, i el demonio nuestro adversario era mui servido con las mayores idolatrías i homecidios mas crueles que jamas fueron; porque el antecesor de Motecçuma señor de México, llamado Abicoci (Ahuizotl), ofresció á los Indios (sic) en un solo templo i en un sacrificio que duró tres o quatro dias ochenta mill i quatrocientos hombres”. Más adelante se lee: “i no es maravilla quel de las Casas no lo sepa, por quel no procuró de saber sino lo malo i no lo bueno, ni tuvo sosiego en esta nueva España, ni deprendió lengua de Indios, ni se humilló ni aplicó á les enseñar: su oficio fué escrivir procesos i pecados que por todas partes han hecho los Españoles, i esto es lo que mucho encarece, i ciertamente solo este oficio no lo llebará al cielo”.

          El militar y cronista Andrés de Tapia, en su Relación de algunas cosas…, escribe sobre las torres y andamiaje de vigas con cráneos frente al Templo Mayor, Huei Tzompantli, donde él junto a Gonzalo de Umbría contaron cerca de 136.000 cabezas.

Esa es la tierra idílica que los españoles destrozaron y que ahora la muy castiza azteca, Claudia Sheinbaum, descendiente directa de Moctezuma, exige que España se arrodille a pedir perdón.

La eterna maroma progresista que les otorga a ellos el don de la verdad. Poco importa que los bucólicos habitantes de Tenochtitlán sometieran en las peores condiciones a sus vecinos, ni que los mismos fueran las principales fuerzas con las que contó Cortés para acabar con la feroz dictadura que los sacrificaba cada vez que se les antojaba.

Lo he comentado en otras ocasiones, la debilidad de los “progres” por la barbarie es su paradigma fundacional. Tal vez eso permite entender el fervor con que, a fines de los años 70 del siglo pasado, hablaban de Kampuchea, nombre que impuso el líder infame Pol Pot, a Camboya, mientras se dedicó a ordenar, o permitir, el asesinato de dos millones de personas. Las fotos de los cerros de calaveras no tenían nada que envidiar a las erigidas por los aztecas. Ese mundo de amor y paz que los malvados conquistadores llegaron a terminar.

¿Cómo no van a pedir que el curita sevillano, pionero en aquello de manipular la información, sea erigido santo patrono de la jauría progre?

 

© Alfredo Cedeño  




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