Una frase que era entonada con
ferviente ardor, a machamartillo que llaman, en ese bestiario donde confluían
camaradas, progresistas, izquierdistas, revolucionarios y demás especies de
similar plumaje, era “La religión es el opio del pueblo”. Con gesto ampuloso,
voz engolada y aire marcial recalcaban: Bien lo dijo Carlos Marx.
Esa caterva de asnos cargados de
libros, salvo contadas excepciones, ni peregrina idea del origen de la
expresión. Menos sus matices. El gurú en
cuestión escribió en “Introducción a la crítica del derecho de Hegel”,
publicada en la muy proletaria París en 1844, exactamente: “La religión es el
suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma
de unas condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo”. No es nueva la costumbre de poner a decir lo
que más le interesa al líder de turno.
El bachiller Heráclito de Éfeso legó
una frase que, pese a los siglos, mantiene una vigencia abrumadora: La mucha
erudición no enseña a tener entendimiento.
Usted ve académicos, ideólogos,
pensadores, militantes, cuanta bestia pensante se le ocurra y desee, alzar sus
voces indignadas ante la injusticia y los desmanes del malvado imperialismo, o
el decadente capitalismo, cuando no es contra los malignos judíos. Mientras
tanto, y así como por no dejar, entonan sus cánticos de alabanza a los sufridos
palestinos, serrallo de ángeles y querubines que ni a un mosquito son capaces
de golpear. La malévola maquinaria informativa se ha ocupado de satanizar
despiadadamente a unos indefensos pastores de cabras y ovejas que solo quieren
vivir en paz. ¿Atentados? ¡Mahoma los confunda perversos paganos!
De los ayatolás y su desprecio a las
mujeres, ni una sílaba. La solidaridad no entiende mejor manera de cabalgar
contradicciones que brindar nuestro más caluroso apoyo a los verdugos de gays,
lesbianas y travestis. ¿Acaso no respaldamos al Ché pese a su paredón a los
“maricas” cubanos? Por algo su imagen preside nuestros actos…
No recordaba bien la frase, así que
busco mi Biblia y tal como pensaba, en el Eclesiastés lo encuentro: “los labios
del insensato lo precipitarán. Sus primeras palabras son una necedad, y un
error perniciosísimo el remate de su habla”.
Un poco más adelante en el libro Eclesiástico hallo: “Más fácil es
cargar sobre sí arena, sal y barras de hierro, que con un imprudente, un fatuo
o un impío”.
Los devotos de Pedro “Begoño” Sánchez,
Pablo Iglesias, ETA, Feijóo y Abascal en España niegan al borde del paroxismo
la imbecilidad que los recorre transversalmente. Cada cual se atrinchera en el
soy mejor que tú, cuando no en el tú eres peor que yo. Ya no se trata siquiera
de lo ideológico, es un duelo a muerte por ponerle la mano al Estado. Cito
España, pero bien podría decir Cuba o Venezuela. En nuestro país el abanico de
manifestaciones de tal índole es infinito. Se cumple a cabalidad lo escrito por
Schiller en La doncella de Orleans: “Contra la estupidez, hasta los
dioses luchan en vano”.
La estulticia es la religión
contemporánea en la que sus supremos sacerdotes tratan de sumergirnos, sí o
sí. Ellos, tal como los ingleses, a
través de la Compañía Británica de las Indias Orientales, que introdujo el
consumo de opio en China para desquiciar a la cuna de Mao, se han dedicado a sembrar
la imbecilidad, y tener mano libre en sus desmanes y desvaríos. No necesitamos más que revisar las
declaraciones de tan egregios dirigentes. Sea Delcy Eloina, el capitán roba
periódicos, el alcalde retirado, o cualquiera otro de esa reata. Todos van
regando a raudales su narcótico particular, jamás quieren nuestra lucidez.
Mientras escribo, me veo de nuevo en el bar de Julio César, en mi siempre
añorada La Sabana, después de un día de playa, bebiendo una cerveza mientras la
rockola sonaba sin descanso. Recuerdo en especial una ocasión en que La Típica
73 acompañaba la voz de Adalberto Santiago con aquello de “qué pena me da
Canuto, entre más viejo, más bruto”.
© Alfredo Cedeño

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