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miércoles, abril 04, 2018

BENDITO TIOVIVO


                Venezuela es como una de esos "caballitos", para llamar como denominamos en buen criollo a los carruseles, que durante nuestra infancia utilizamos en cuanta feria o fiesta ocurría en nuestros vecindarios, pueblos o parroquias.  Una sucesión de monturas en círculos, donde había caballos, unicornios, monstruos, y cuanto bicharraco pueda uno imaginar, que giraban al compás de una melodía que terminaba por adormecer o atormentar a los usuarios y espectadores. Del mismo modo va nuestro país, una infinita variedad de giros en los que se sube y baja de manera aparentemente eterna.
                Hemos tenido científicos como Jacinto Convit o Humberto Fernández-Morán, que nacido en La Cañada de Urdaneta, estado Zulia, fue a morir en Estocolmo lleno de reconocimientos internacionales y cargado de envidias locales. También ha habido músicos como Antonio Estévez a los que solo un reducido grupo ha sabido entender en su justa dimensión, ni hablar de José Antonio Ramos Sucre y tantos otros creadores arrumbados por no ser parte de las luminarias de turno.
                Pese a la cada vez más denigrada condición que ellos mismos se han labrado, también hemos tenido políticos de primer orden, pero han prevalecido aquellos que han hecho gala de su zamarrería, la eterna "viveza" criolla que tantos males nos han echado a cuestas.  En 1984, el bonachón y medio borrachón de Jaime Lusinchi creó la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado –COPRE– que inicialmente fue presidida por Ramón J. Velásquez. La cosa fue que dicha comisión se tomó la tarea en serio y comenzó a generar propuestas para rescatar lo que nos quedaba del inminente naufragio al que nuestras instituciones se enrumbaban.
                De aquellos papeles recuerdo uno producido por Gerver Torres: "Lineamientos generales para una nueva estrategia económica para Venezuela".  Como ese hubo muchos más, pero de aquella época recordamos, ante la imposibilidad de lograr acuerdos para la implementación de las medidas recomendadas por la bendita comisión las palabras del entonces flamante secretario general de Acción Democrática, don Manuelito Peñalver, quien haciendo gala de su estatura, aseguró: "Los venezolanos no somos suizos". ¡Y san se acabó! Es así como hemos llegado donde estamos y para males de cierta élite que se considera émula de la corte celestial, pese a sus inacabables garrulerías, los suizos no son venezolanos.                
                Ya circulan mil montos de lo supuestamente congelado al grupete encabezado por el rechoncho golpista y el atlético exgobernador ahora devenido en cabeza del ministerio público. Las voces alcahuetas considerando exageradas las cifras publicadas se multiplican también. Insólito que  se pretenda convertir en diatriba los supuestos montos incautados. Un solo centavo de dólar que se les haya decomisado a estos jenízaros ya habla de la lenidad de los afectados. No es cuánto, es qué. ¿Será que algún día nos bajaremos del bendito tiovivo?


© Alfredo Cedeño

sábado, abril 09, 2016

POSTALES DEL NEOCOSTUMBRISMO VENEZOLANO

                 Ellos son parte de esa dolorosa diáspora a la que nos ha sometido este anatema inefable que es el mal llamado chavismo, algunas veces reclasificado como madurismo, llamado por otros socialismo del siglo XXI, pero que son uno y trino como desgracia vital que nos ha vuelto mierda la vida, ha lanzado a nuestro país por el albañal de las peores miserias hasta retrotraernos al siglo XIX y nos ha hecho ser nuevamente un territorio de Juan Bimbas.
                Ella es hija de inmigrantes así como su esposo también lo es, fueron dos generaciones de trabajadores infatigables en esa Caracas generosa de las oportunidades. Ambas familias labraron una vida y se hicieron un piso económico nada despreciable. Fue así como ellos, a mediados de la década pasada, liquidaron todo en su ciudad natal y reunieron un poco más de dos millones y medio de dólares, sudados, trabajados y ahorrados en la capital venezolana.  En vez de ir a la Europa de los antepasados enrumbaron hacia el amado-odiado Imperio de los rojitos, y una serie de malas decisiones los dejó sin nada. El tesón se impuso, no recuperaron, ni creo que lo hagan, el capital inicial, pero ya ella anda en una camioneta del año, él en un carro de similar tenor, y sus dos hijos son prospectos bien encaminados en prestigiosas universidades estadounidenses.  Ella, sigue preciosa como siempre, pero la amargura ya se nota en los pliegues incipientes que le rodean la boca. Presume frívola de su inglés que ya no tiene acento “¡hasta me han preguntado de que parte de Oklahoma soy!”, y se le endurece la mirada para decir que a “ese” país no vuelve: “Ni creo que mis hijos tengan nada que buscar allá, menos mal que no les he estado machacando nada de eso de amor a la patria, a ellos no se les perdió nada en Caracas”. A ella la memoria y el agradecimiento le fallan cuando de agradecer se trata lo que nuestro país les dio e hizo ser.
                Él ocupó un alto cargo en el área financiera oficial hasta que el año pasado agarró a su mujer y sus dos muchachos, también orientó su rumbo hacia el norte del continente donde no logra terminar de integrarse. Los días se le van en rumiar un resentimiento incomprensible contra “este sistema del coño que lo único que hace es pensar en la explotación del  trabajador, y no es nada solidario”. Eventualmente evoca cuando salía de gira con su antiguo jefe, hoy gobernador de un estado fronterizo, y viajaban a cuerpo de rey en primera clase; es cuando el cuadro depresivo se le recrudece y habla de volver porque “allá uno siempre consigue algo que hacer, por más que yo sé que ese país se jodió”, hasta que la esposa lo sacude y le recuerda que para estar de forma legal recurrieron a la figura del asilo, el cual fue bastante ágil debido al puesto que tuvo en la burocracia roja, y de cuyas mieles disfrutó de manera clara y ostentosa. A él la animadversión y reconcomio le impiden pensar en Caracas como un hogar al que siempre se quiere regresar.
                Él es un hombre de ciencias que se ha ganado un nada despreciable escalafón en el escenario científico mundial, es el tercero de cinco que conozco de similares quilates. Vive montado en un avión para honrar las incontables invitaciones que recibe del mundo entero. Todos ellos han egresado de esa especie de santuario latinoamericano de la revolución en que devinieron nuestros centros de enseñanza superior, en particular la maltratada Universidad Central de Venezuela. De verbo rápido y razonar impecable, teoriza sobre los múltiples escenarios que han de suscitarse para resolver esta trágica operación poco matemática en la que nos han convertido la vida. Un encuentro fortuito en un aeropuerto nos permite ponernos al día de forma sucinta sobre el último par de años que llevamos sin vernos.  Al final, y como por no dejar, me confía que está aplicando para hacerse ciudadano estadounidense, le confieso mi asombro, porque he conocido su nacionalismo rayano en la xenofobia, me responde con sonrisa forzada: “La verdad mi pana, que esto me pone a correr en el lote de un futuro Nobel”. Supongo que él prefiere hacerse el sueco ante el ejemplo del maestro Humberto Fernández-Morán, quien pese a las cretinas patadas recibidas del ambiente académico nacional, prefirió no recibir ese galardón a hacerse ciudadano de Suecia para poderlo obtener.
                Él desempeñó una elevada posición en una de las llamadas empresas del Estado, fue testigo de excepción de las trapisondas de los “líderes” políticos y me ha confiado en repetidas ocasiones de las vividas en carne propia. Sin embargo, de un tiempo para acá, defiende con fe de carbonario a un sector de los más conspicuos representantes de esa misma dirigencia que le atropelló y utilizó, en el peor de los sentidos, para aprovecharse de sus capacidades de líder nato en su ámbito laboral. En reciente intercambio luego de escuchar mis críticas y mi posición de exigir calidad y claridad en el ambiente político y que en dicho campo los juegos sean transparentes, su respuesta fue: “¿A quién exigimos eso que no sea bobo, ladrón, corrupto, soberbio, golpista, a quién?” Para luego zanjar el diálogo al puntualizar: “Creo que es inútil. Es una discusión bizantina. Ojalá que el ungido sea el hombre puro e impoluto, genial y arrecho que ustedes esperan. Sólo que no lo veremos, porqué para encontrarlo pasarán décadas, mientras hombres probos, inteligentes y arrechos, sinceros y claros como Diosdado, Nicolás, Elias, Jessi o Héctor, se mantienen en el poder”(sic). Para él los controles de calidad que hicieron de instituciones como PDVSA, por citar un ejemplo, lo que fue gracias a sus implacables criterios de calidad son cosa de poca monta. Tal vez para él la meritocracia, después de todo, no sea tan necesaria.
                Ellos tenían una clínica en Altamira por la que pasaba “le tout” Caracas, problemas de facturación precisamente no tenían. Él es pionero en el uso de tecnología de punta en ciertas especialidades, lo cual les hizo estar en la cresta de la ola y vivir muy cómodamente. Sin embargo un día decidieron irse porque ya no soportaban el clima de inseguridad que los rodeaba. Hoy está en el propio Imperio donde sus habilidades ya le están abriendo numerosas puertas. No obstante, al conversar sobre el país los ojos se le encapotan y su voz se siente alterada, es pesimista sobre el futuro inmediato, sin embargo asegura que la educación y formación serán los únicos pilares sobre los cuales se debe estructurar el verdadero futuro venezolano. “Si no es así, volveremos a la vaina de siempre y cualquier infeliz de estos que juegan a políticos nos harán vivir lo mismo o peor”.  
                En el siglo XIX el costumbrismo nos legó la obra de Fermín Toro, Luis Delgado Correa, Juan Manuel Cagigal, Rafael María Baralt y Daniel Mendoza, entre otros, quienes representaron en sus obras una visión cuestionada por algunos teóricos del área.  Tal como dice Javier Lasarte en su trabajo CIUDADANÍAS DEL COSTUMBRISMO EN VENEZUELA “esta línea del costumbrismo inicial moldea en negativo, construye la idea de un  vacío cultural”. El trabajo de quienes hemos asumido labores de cronista documentando y mostrando distintas facetas de este doloroso retorno al siglo antepasado, tal vez en un futuro seamos señalados como agentes modeladores en negativo de lo que somos, y que solo nos dedicamos a reforzar la noción de un vacío político y cultural. Es un riesgo que se debe asumir, pero alguien tiene que desnudar esta miseria convertida en nación y dejar testimonios de la barbarie en que nos han ido sumergiendo de manera paulatina y hasta ahora inexorable. 

© Alfredo Cedeño

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