domingo, agosto 29, 2010

CHACHOPO

Aquí la neblina amanece rocheleando por las calles y abriéndose al paso de los muchachos que, con andar firme y arrogante, salen a ganarse la comida día a día. Por algo es de casi tres mil metros la estatura de Chachopo, donde se dice que Andrés Eloy Blanco encontró su musa para escribir “La Loca Luz Caraballo”

Aseguran que ella fue la “Loca Blasa”. María Blasa Ramírez, dicen que era su nombre real y que andaba sin parar de un rincón a otro por estos páramos merideños. De Chachopo iba a Mucutujote, de allí a Cruz Chiquita, después para Apartaderos… Hasta que tanta libertad desató la envidia de la prefectura y de allí salieron órdenes de colocarle unos grillos que la inmovilizaran. Aseguran los ancianos que eso no fue obstáculo.

A los pocos días Blasita se fue, “poco a poco, con sus grillos puestos, hasta que llegó al puente que lleva al llano, que ahí había un pozo azul y muy hondo. Ella agarró una enorme piedra y le estuvo dándole que te doy a las cadenas, hasta que las reventó y echo al agua esos grillos.”

Sin embargo hay otros que desconocen esta versión y afirman que la inspiración se la debió a una que mentaban Concha Araujo. Ella deliraba por las flores y vivía arrancándolas de cualquier cantero que encontrara, por lo que los vecinos ya cansados de sus raptos florales optaron por amarrarle las manos. Cuenta uno de los viejos vecinos que “ella se daba de mañas, se sentaba donde estaba la mata y la iba tanteando, tanteando hasta que la arrancaba.” Se especula que el paso de Concha Araujo, por las calles de la aldea, con ramilletes de lirios y hortensias fue el que terminó convirtiéndose en los “corderitos de enero y violeticas de mayo” de Andrés Eloy.

Hace menos de medio siglo apenas, en agosto las “nevazones” enjalbegaban las montañas que rodean a Chachopo. En sus bodegas el tiempo se detuvo y la consabida gentileza andina se destapa a deslumbrar al visitante. Calles donde Magritte se inspiró con sus vanos llenos de bloques, niños que pasean sus ojos curiosos en trío de vergüenza cómplice, un desheredado que vela el bronce de la plaza, un pájaro menudo, pero de escaso miedo, que reta las aguas frías y raudas, paredes de colores arriesgados e insolentes…

Si me conminan a definir a Chachopo escribiría que es el pueblo donde las tejas florecen y se tiñen de musgo. Diría que es un columpio de inocencia conmovedora que, desde la vera del camino, ve pasar al forastero sin moverse… es que no quiere estorbarles en su prisa de citadinos turulatos y sin destino.






















sábado, agosto 14, 2010

TRUJILLANEANDO 01

Tal parece que su nombre real es “San Roque de La Quebrada”, hoy decantado al menos altisonante “La Quebrada”. Por una carretera empinada, larga y estrecha, como pena de niño que no sabe escalar las fantasías que lo lleven al cielo que es su vida, se llega a este pueblo trujillano, ubicado por los mapas a 25 kilómetros de Valera.

Al amparo del santo nacido en Montpellier en el siglo XIII, pero de culto que se propagó con velocidad ultramarina, la referencia más antigua que hay de esta población es la encomienda asignada a Blas Pérez de Linares en 1560; cuando lo llamaban “valle de La Quebrada del Judío”.

No es el caso que nos ocupa ahora desempolvar linajes y avatares genealógicos de este trozo de dignidad hecho calles, casas y gente. Es sólo mostrar el delirio visual de llegar allá para encontrarse aves menudas que contemplan los barbechos, o un San Roque contemporáneo que anda con su propio perro de negra y pasmosa mansedumbre, mientras en un borde de la plaza una virgen, que luce firme en su abandono, espera el paso del viandante para ampararlo.

Un niño reclinado en una puerta que anuncia con un lazo violeta el luto presente en esa casa, el paso etéreo de un sacristán que rebota en un espejo de campanas vocingleras, un maniquí degollado que parece anunciarle el futuro a las gallinas que porta un paisano, una silla que se desvencijó esperando a su dueño quien quizás se fue volando sobre estos campos primorosos en las alas veloces de un cristofué errante. Esto e infinitamente más es la muy soberbia y trujillana La Quebrada…



























sábado, julio 31, 2010

CATEDRAL DE MÉRIDA

Mi fascinación por los templos proviene de cuando Táriba era un poblado independiente y lejano de ese monstruo pantagruélico en que se ha convertido San Cristóbal, y que ha terminado tragándosela.

Años ha, en una oportunidad en que recorría el estado Táchira llegué un lunes de mañana a ver la fiesta que significaba el mercado taribero: todas las calles llenas de cualquier clase y tipo de hortalizas, frutas, flores y cacharro de barro, peltre o plástico. Después de andar y desandar aquella babel andina de objetos, y no teniendo donde más descansar, entré buscando reposo a la basílica de La Consolación.

En un lateral del templo alcancé a ver una señora de porte muy digno que llevaba casi a rastras a un mocoso de pantalones cortos y gruesos lentes que denunciaban su miopía. La mujer luego de arreglar su velo y sentar al niño a su lado se arrodilló y comenzó a bisbisear sus rezos; mientras su acompañante se deslizó hacia las velas que alumbraban el altar de San Caralampio. Al poco pude oír a la mujer decir con voz firme: Mire José Humberto, respete siquiera la memoria de monseñor Fernández Feo y deje de estar jugando con las velas que esos no son chochecos, ni siga poniendo el bubute cerca de la candela que le voy a dar y después sale de apatusquero que las turmas como que las tiene de adorno.

Por razones que no vienen ahora al caso, ayer viernes 30 de julio pasé en volandas por Mérida y ante su catedral no pude resistirme a entrar y robarle a Dios los gestos de su feligresía que, tal vez con la misma inocencia que alguna vez tuvo José Humberto, siguen llevando sus preces en medio de gestos que manifiestan su fe.






















jueves, julio 29, 2010

LECHUGAS PUDOROSAS

Son las cuatro de la mañana y el frío rueda montaña abajo. Plantas, animales y paisanos se rebullen con cuidado, tratan de no espantar el relente que los ampara. Es la hora en que la lechuga (Lactuca sativa) debe ser cosechada para que no se marchite.

Oswaldo y sus vecinos de La Joya, zona montañosa entre Valera y Mendoza Fría, se reúnen de madrugada y con la ayuda de mechurrios iluminan el barbecho donde van a cosechar doscientas cajas del delicado y arrugado vegetal.

La luz es apenas un reflejo que impide pisotear las sementeras. Las manos se mueven precisas: una palpa, y la toma con ruda delicadeza, mientras la otra con un ágil tajo la separa del surco. El ritmo es veloz, con cadencia de primavera, que las risas de estos hombres riegan incansables.

Así llega la mañana, el cielo prende sus luces y este cronista naufraga en asombros sin saber cómo seguir retratándolos. Apenas recordar el poema Cementerio Judío, del nunca bien llorado Federico García Lorca:

“Las alegres fiebres huyeron a las maromas de los barcos

y el judío empujó la verja con el pudor helado del interior de la lechuga.”






















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