lunes, mayo 25, 2026

EL GAVILÁN Y LA ARPÍA

          Mi niñez fue un laberinto de magia donde la imaginación era parte del aire que respiraba. Mamá, como buena margariteña, relataba cuentos de aparecidos a la orilla del mar o nos intrigaba con adivinanzas del estilo: “¿qué será, qué será, que atrás de la puerta está?”. Papá, con un eterno cigarrillo sin filtro, Chesterfield por más señas, entre sus labios y manos, describía cómo era La Guaira de su niñez y las mil peripecias de su juventud por esas calles.

Renglón aparte merece mi abuela, la vieja Elvira, quien cada noche narraba las vainas que le echaba Tío Conejo a Tío Tigre. También era una fanática empedernida de las radionovelas, era continuo sus giros a la rueda de sintonía de la radio entre Rumbos y Continente. Yo me mantenía, por supuesto, pegado a ella, y así fue como comencé a escuchar a su lado una que se llamaba El Gavilán, defensor de los pobres y desamparados. De lunes a viernes a la una de la tarde por Radio Continente era la cita.

Recuerdo vagamente que el protagonista era un hombre enmascarado que cargaba dos pistolas y se dedicaba a defender a los humildes de una serie de personajes malévolos que trataban de perjudicarlos. Recuerdo que al comienzo anunciaban que era una obra de Alberto López Ruiz, lo cual completaban con la frase “El escritor que habla al corazón de las mujeres”.

Muchos años más tarde, tuve el privilegio de conocer y tratar a Daniel Farías, y en una de tantas ocasiones me enteré de que él había sido el director de esa radionovela. ¡El viaje a mi niñez fue instantáneo! Y así supe que Rosita Vázquez era Azucena González, la hija de don Benito a quien habían asesinado en los callejones del barrio Carpintero de Petare. ¡El propio Daniel fue el doctor Julio César Santos! Así me enteré de que don Adolfo Martínez Alcalá, la voz privilegiada de los editoriales de Radio Capital, era Ismael el malvado chofer y que Ana Teresa Guinand dio vida a doña Elodia.

Esta última siempre me había quedado grabada por un episodio en el que ella terminaba encaramada en una mata de mango. Acoto que cada capítulo finalizaba con una serie de preguntas que tenían que ver con lo que había pasado y abría mil posibilidades para el desarrollo del próximo episodio. Por supuesto que indagué con el amigo Farías por ese punto en especial. Sus carcajadas fueron interminables, mientras se secaba las lágrimas, contaba que esa frase, en particular, obligó a que repitieran su grabación más de cuarenta veces. Cada vez que iban a preguntar ¿Seguirá doña Elodia montada en la mata de mango? El coro de risas obligaba a parar y repetir, hasta que finalmente pudieron terminar de pronunciarla con el dramatismo que se les imponía a esas interrogantes.

Por un momento me pregunto, ¿y si en vez de doña Elodia, hubiera sido misia Eloina? Uno ahora tal vez exclamaría ¿Cómo hizo Eloina para traicionar a Nico y Cilia, sin que ellos se dieran cuenta? ¿Alex Saab sospechó alguna vez que ella lo entregaría a los malvados gringos? ¿Diosdado puede dormir tranquilo sin pensar que a él le puede tocar la tómbola? ¿Dónde tendrá la cabeza el fiscal del rimmel y los tatuajes sin saber si ella cual Salomé entregue su cabeza en una bandeja? ¿Será que en realidad ella se ha convertido en una arpía sin alma ni corazón en el pecho? ¿Seguirá doña Eloina montada en la talanquera mirando a ver cuál es la próxima ofrenda que entregará al águila?

Esta es una obra escrita por los hermanitos Rodríguez, los únicos que sabe escribir al corazón de los revolucionarios.

 

© Alfredo Cedeño  

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