En 1949 la mítica Editorial Losada de
Buenos Aires publicó el libro de cuentos Treinta hombres y sus sombras,
de Arturo Uslar Pietri. Entre esas narraciones hay una que siempre me fascinó:
El gallo. La historia de José Gabino, un borrachito que vivía de actos de
rapiña. Él cargaba un bojote de trapos, conteniendo sabrá Dios qué otras cosas
que había ido agarrando por los caminos que transitaba, que llevaba ensartado
en un garabato. No en balde los que le conocían le solían gritar: “¡José
Gabino, ladrón de camino!”
Uslar lo describe: “con su sombrero
negro, polvoriento y deshecho, con su nariz roja, con el lío de trapos atado al
palo sobre el hombro, (…) con sus dientes desportillados y oscuros.”
El personaje pasa cerca a El Garabital
donde habrá pelea de gallos, y en su deambular encuentra una casa sin sus
ocupantes, la circunda y por el fondo entra al patio y allí: “Atado a la estaca
por una cuerda estaba un gallo. Era negro con brillos dorados y manchas
blancas. La roja y descrestada cabeza picoteaba en el suelo. Desplumados tenía
el lomo y los muslos. Dos largas, finas y curvas espuelas oscuras le
sobresalían de las patas amarillas.” Él se deslumbra con el animal y lo
estudia: “Mírele el corte del pico y la manera de poner la cabeza. Seguro por
el pico y ligero por la espuela. Se parece a aquel pollo del general Portañuelo
que siempre ganaba con un golpe de zorro. A los primeros barajos se aseguraba y
mandaba las espuelas para el gañote. Y ahí mismo estaba el otro gallo tendido
en el suelo y con ese chillido”.
El vagabundo agarra al animal y se dice
para sí: “Tú, lo que quieres, José Gabino, es comerte el gallo. Irlo a
desplumar a la orilla del río. Ponerlo a asar en un palo sobre unas rajas de
leña. Para ponerte ese hocico lustroso de comer fino. Y después acostarte en la
arena, debajo de las cañas bravas, boca arriba a dormir.”
Por supuesto que perdí la cuenta de
las veces que he releído esa narración. De un tiempo para acá me pasa que al
releerlo, por una jugarreta de la memoria, lo que entiendo es algo así como:
“¡Diosdadino, ladrón de camino!” Y es que lo veo trincando las chucherías de la
cantina del cuartel, cuando no agarrándose la sede de un periódico, o
metiéndose a la casa de unos muchachos en Los Chorros.
Las palabras de don Arturo describen a
la perfección al personaje, él con su fardo al hombro se dirigió al río. “Se sentó cansadamente en una piedra junto a
la orilla del agua. Distraídamente, con un gesto mecánico, tomó el gallo por la
cabeza y lo hizo voltear rápidamente en el aire, quebrándole el pescuezo.
Aleteó en una rápida convulsión. —Veinte cuentas de a cinco al giro. Y a cada
una de aquellas palabras como adormecidas, arrancaba un puñado de plumas al
gallo muerto y las iba lanzando al aire. —Se te va a poner el hocico lustroso,
José Gabino —dijo sonriendo.”
Así debe decirse Diosdadino cada vez
que ejecuta alguna de sus marrullerías habituales…
Irónico, por decir lo menos, que
personajes como él sigan siendo faro de referencia para los náufragos de una
izquierda cada vez más raquítica, desnortada, entreguista y escandalosa.
Todavía se consiguen brújulas, por si les interesa…
©
Alfredo Cedeño

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