Son contadas las excepciones en las que no tuvimos alguna “parienta” cuyo arribo provocara escaso entusiasmo en nuestras casas familiares. Mis recuerdos pasan por tías, primas de alguno de los dos progenitores, una tía abuela que aparecía de sorpresa y se instalaba por días que lucían inacabables. Eran manifestaciones atávicas, huellas de costumbres parentales y de hospitalidad que todavía pueden encontrarse entre pueblos como los Yanomami cuando salen a visitar a los suyos en algún rincón de la selva.
Sin embargo, la hospitalidad prodigada tenía su trastienda. Los
comentarios que oía entre los mayores cuando la visita no estaba presente
solían ser, por decir lo menos, poco encomiables; pero frente a ellas las caras
eran risueñas. Esas contradicciones del mundo adulto que sólo el tiempo me
ayudó a entender.
Algo similar ocurre con la historia,
esa vieja intransigente, a veces impertinente e inamovible, a la que algunos
ahora llaman historiografía; con su debido baño académico, por supuesto, ya que
esta última no solo estudia los hechos, sino que también somete a escrutinio al
historiador. Para mí es algo así como cuando oía llamar Licha a mi madrina
Felicia, Chanchán al primo Sebastián, Chebo al padrino Eusebio, Lula a Lourdes,
Geño a Eugenio, Cucho a Cruz José o Tello a Eleuterio, por citar los menos. La
lista es inagotable.
Pero vuelvo a esa vieja decrépita para
algunos, yo veo una moza en verdadera edad de merecer; es como los buenos
vinos: cuanto más tiempo mejor se pone. Estoy convencido de que se le ha
vituperado por parte de quienes no siendo favorecidos por ella se han dedicado
a “reescribirla”, palabreja acuñada para disfrazar el burdo intento de
falsificarla. Pero lo pasado no regresa, ayer no será hoy ni mañana pese a
malogradas tentativas de unos cuantos fariseos revestidos de angelicales
samaritanos. ¿No les pasa eso mirando a
regenerado Jorge Jesús presidiendo la Asamblea Nacional?
Se ha jugado a satanizar a la historia
para que no tengamos peregrina idea de las imbecilidades de quienes han llevado
la batuta a lo largo del tiempo. No es nueva tal maña de los “líderes”. En la
Roma imperial, entre los años 180 y 192 de nuestra era, no escribo después de
Cristo para no ofender a los laicos ortodoxos, le tocó la tómbola del poder a Cómodo.
Fue el último
emperador de la dinastía
Antonina, y gobernó
con el nombre de Emperador César
Marco Aurelio Cómodo
Antonino Augusto. Este Chávez de sus tiempos tuvo entre sus favoritos a un
oriundo de Frigia, hoy se conoce por Turquía, quien había llegado a Roma como
esclavo. Asegura Edward Gibbon: “en tres años Cleandro acumuló más riqueza de
la que alguna vez ha poseído algún liberto. Cómodo estaba completamente
satisfecho con los magníficos regalos que el astuto cortesano colocaba a sus
pies en los momentos más oportunos”. Su voracidad era
tal que el pueblo romano se levantó pidiendo su cabeza y la hermana menor del
emperador, Fadila, junto a su concubina favorita, Marcia, arrojándose a su pies
le advirtieron de la guerra civil en ciernes. Él haciendo gala de su nombre,
con rauda comodidad, ordenó que su cabeza fuera arrojada al pueblo. Afirman los
cronistas: “El deseado espectáculo aplacó inmediatamente el tumulto”.
Podemos tener la seguridad que si
nuestra élite, asnal e impenitente, se hubiera dedicado a estudiar a esa
pariente fatigosa, doña historia, nos habrían evadido no pocos males. Es
probable que, conociendo las consecuencias de ciertas actitudes y conductas,
podrían haberlos evitado.
Los creadores también han aportado lo suyo
para que la abuela en cuestión no se relegue tan fácilmente. Shakespeare
dramatizó la descomposición política de Inglaterra a mediados del siglo XV en Enrique
VI. En la segunda parte de esa obra pone en boca de Lord Saye, funcionario
del rey, al ser llevado ante el revolucionario Jack Cade y ser acusado de
criminal por hablar francés, su respuesta es para enmarcar: “Y
puesto que la ignorancia es la maldición de Dios, el conocimiento es el ala con
la que volamos al cielo”.
El desfile de malditos que hemos
padecido, al parecer no tiene fin, y se muestran gozando de buena salud...
© Alfredo Cedeño

No hay comentarios.:
Publicar un comentario