Tan allá como en 1955 el boricua Ángel
Flores publicó su ensayo El Realismo Mágico en la ficción Hispanoamericana.
Fue la primera vez que el término se aplicó al ámbito literario. Él consideraba
a Borges, Jorge Luis, no Julio, no vayan a mezclar chicha con limonada, por
favor, el maestro bonaerense no merece tal ofensa, con su Historia universal
de la infamia el arranque de lo que luego sería el celebrado Boom
latinoamericano. En realidad el gran negocio de las editoriales a ambos
lados de la mar océano, y otras latitudes del planeta.
Es pertinente apuntar que eso del Realismo Mágico
nació en el siglo XV con el descubrimiento de nuestro continente. Cristóbal Colón
asentó en su diario del primer viaje, el miércoles 9 de enero de 1493: “En toda
esta tierra hay muchas tortugas, de las cuales tomaron los marineros en el
Monte-Cristi que venían a desovar en tierra, y eran muy grandes como una grande
tablachina. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río de Oro, dijo que vido
tres serenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como
las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara”.
Siempre he leído con no poca
compasión, quiero evitar la cruel lástima, a todos quienes han volcado su
enjundia en desentrañar y explicar lo común y corriente en nuestro día a día en
tierras americanas. El sesudo Emil Volek publicó en la Revista de literatura
hispánica: “el hilo continuo de trabajos críticos que siguen apareciendo sobre
el tema, algunos ya de una envergadura y solidez insólita en comparación con
los tiempos cuando el realismo mágico estaba en boga, nos convence de que los
problemas suscitados por la mencionada discusión persisten y que se necesitan
trabajos aún más audaces y radicales”.
Para el profesor Volek, catedrático en
Phoenix, Arizona, el delirio de lo que muestran las crónicas latinoamericanas
debe resultar inasible, por decir lo menos. ¿Cómo puede él entender la mezcla
de locura, fantasía, alucinación, que es nuestro día a día? No quiero irme muy
lejos.
Pasé el final de mi infancia y
adolescencia en Caraballeda, mi inolvidable cantera de emociones y creación,
donde lo que muchos tildan de insólito era, ¡y sigue siendo!, algo tan natural
como respirar.
Hubo allá dos señores minusválidos, así
dicen ahora, a los que llamábamos mochos, cuyos nombres no vienen al caso en
esta ocasión. A uno le faltaba el pie derecho y al otro el izquierdo. El
primero vivía en Punto Fijo y el segundo en las cercanías de la plaza Francisco
Fajardo. Como es de suponer ellos terminaron siendo amigos, era común verlos
conversando de lo humano y lo divino.
Debo decir, en honor a la verdad, que terminaron
convirtiéndose en buenos amigos, al punto que decidieron unir desgracias.
Habían descubierto que ambos tenían la misma talla de calzado, por lo que acordaron
que lo más sabio era comprar solo un par para que cada cual agarrara el que le
correspondía a su miembro sobreviviente. La paz duraba hasta que llegaban a la
zapatería y escogían el modelo que iban a llevar.
–Ese
no me gusta, mejor aquel.
–Uh,
uh, eso parece una alpargata, más representa ese negro de patente.
–¡Qué
va! Voy a lucir como el policía de Tarigua.
–¿Y
qué quieres tú, unas chancletas con faralaos?
El duelo retórico era que ni los
radioteatros de Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor. Evocar a
los dos señores de Caraballeda se me hace imposible cuando veo las imágenes de
los encuentros entre Jorge Jesús Rodríguez y la oronda Dinorah Jaxilda Figuera.
Una cosa es lo que ellos permiten que sepamos, pero ¿quién conoce los reales
diálogos de esos dos seres?
–Ay
mana, yo creo que ese azul te queda es-pec-ta-cu-lar…
–¡Gracias,
chico! Pero tú no te quedas atrás con ese pañuelo en el paltó, te ves que ni
Osmel en sus buenos tiempos.
Ella
con cara de pujido contenido, él con sonrisa de Sade en florescencia. Ambos
solo tratan de ponerse acuerdo en cuáles zapatos van a elegir.
© Alfredo Cedeño

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