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viernes, mayo 06, 2022

MORAL Y CÍVICA



Varias semanas atrás tuve una larga conversación con un querido y admirado amigo acerca del deterioro de la educación venezolana. Él me manifestaba su profunda, y más que justificada, preocupación por la perversión de los valores educativos que ahora campeaba en dicho campo. Mientras conversábamos, le dije que no tenía dudas de la certeza de sus apreciaciones, pero, también le dije que ese proceso destructivo, casi que autofágico, no era de reciente data, y que ello había venido incubándose desde hace largo tiempo.

Si, para evitar cualquier señalamiento de supuesto sesgo, nos limitamos a escarbar el significado de educación en el diccionario, encontraremos cinco definiciones de ese término; de ellas me quedo con la segunda y la quinta, la primera reza así: “Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.” La última asevera: “Enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía.” Apegándonos a la definición inicial, bien podemos inferir que el objetivo del proceso educativo es formar ciudadanos, es decir otorgar las herramientas necesarias para el desarrollo de los individuos en nuestro modelo societario. Ello ocurre en todas las distintas culturas, o civilizaciones, o cómo a usted se antoje de llamarlas.

Entre los distintos grupos indígenas hay infinidad de ejemplos en relación con lo que digo, para citar un caso; ni hablar de nuestro modelo “occidental” de claras raíces grecolatinas, pero con una innegable influencia africana que nos ha nutrido de manera extraordinaria.  Quiero abundar en eso ultimo unas líneas, antes de que salgan los rabiosos apóstoles afrodescendientes a proclamar su victimismo por una esclavitud que, por lo visto, no terminan de superar. 

Fue gracias a la presencia africana, por medio de la permanencia de los moros en España, que se nos transmitieron los pensadores griegos y latinos; puesto que fueron los musulmanes ––los ilustrados, no esta pandilla alienada y fanatizada de nuestros días––, quienes rescataron la obra de los sabios de la antigüedad y, fundamentalmente a través de las celebérrimas escuelas de traducción de Toledo­, lo que permitió sentar los fundamentos de nuestro modelo social; pero eso es harina de otro costal del que ya abundaré en futura ocasión.  Esto es algo que se oculta a todo trance en nuestros anales históricos.

Regreso al planteamiento que le hice a mi amigo. No fueron los chavistas que, cual marcianos, llegaron y con una vara diabólica trastocaron nuestra trastabillante educación, fueron polvos que se acumularon, entre complicidades y permisividad, hasta llegar a este lodazal.

El ejercicio docente se convirtió en una guarimba para que el partido de turno, con las consabidas cuotas a la izquierda caviar y así evitar que siguieran echando vainas, repartiera cargos y prebendas.  A los organismos de asistencia social se les otorgaban luengas subvenciones, a las diferentes mafias sindicales se les daba su respectiva teta también para que mamaran. Y así el campo educativo se convirtió en un verdadero festín en el que cada cual buscaba la manera de conseguir su tajada. Los futuros ciudadanos cada vez fueron más permeados por la imagen del “¿cuánto hay pá eso?”, o “aquí le traigo esta tarjetica del compañero mengano”, cuando no fue: “Ay doctor pá que me ayude con un contratico pa´l techo de la escuela en Guardatinajas”, o “consígame un cupo al muchacho que no hay manera de que me le salga el puesto en la universidad”.

Todo el aparato educativo se fue preparando para su derrumbe. Pese a ello, es necesario decir que tuvimos varias generaciones de técnicos y profesionales de excelente perfil; pero eran individualidades que se esmeraron en formarse y sacar el máximo provecho de la formación que se impartía. Pero, ¿era la regla general?  Por supuesto que no, y eso fue lo que permitió que el chavismo llegara al poder, ya que no hubo formación de ciudadanos, con mente crítica y verdadera capacidad de análisis. Se fueron formando nutridas manadas de borregos dispuestas a seguir al primer iluminado que les llegará a encandilar, y llegó Chávez.

La consagración del acabose llevado a cabo por el héroe de Sabaneta y sus discípulos son esas deprimentes imágenes de un imbécil corpulento que patea a un compañero en el suelo, en las instalaciones del colegio Loyola de Puerto Ordaz. Y lo hace como se hace ahora todo en el país, a mansalva y sin pudor, sin que ninguno de los que merodean por ahí sea capaz de intervenir. Somos una tierra donde cada cual vela por sus asentaderas; a los demás que se los lleve Diosdado, o Tareck, o Cilia, o cualquiera de los setenta mil satanases que ahora conducen el país. Y eso no es obra de un día, es producto del abandono al cual fue sometida nuestra formación ciudadana.

 

© Alfredo Cedeño

domingo, febrero 05, 2017

DESINTEGRACIÓN


                Apenas comenzábamos a caminar erguidos cuando los hombres descubrimos la importancia del trabajo en equipo, fue así como nuestros antepasados aprendieron que a un solo cazador se le hacía bastante cuesta arriba dar caza a un animal mediano.  Cuando entendieron la importancia de unir esfuerzos llegaron a darle muerte hasta a los mamuts, animales que podían llegar a las ocho toneladas de peso y algo más de cinco metros de altura.  Las maneras eran precarias, no habían otras, con los naturales riesgos inherentes, pero eficaces. Una de ellas era abrir en el piso un hueco de grandes proporciones, cubrirlo con ramas, y luego provocar al animal para conducirlo hacia allá; una vez caído en el agujero lo atacaban con lanzas y piedras, luego lo destazaban y daban uso a todas sus partes. Carne para alimento, grasa para lámparas, piel para vestuario, y huesos para armas y estructura de las viviendas.
                El sentido de congregación dio lugar a grupos más grandes, o más organizados, o más ambiciosos, que otros. Y así surgieron los intentos de dominación de vecinos o semejantes, fue cómo se originaron las guerras. Las estructuras militares se desarrollaron según las propias retículas sociales en las cuales se enmarcaban. En Grecia, por ejemplo, a partir del siglo VII a.C. se creó la temible falange, que era la formación de combate habitual de ellos.  Los romanos desarrollaron la legión cuya legendaria estructura fue fundamental para la creación y consolidación de su imperio. Cada “civilización” desarrolló su propia manera de matar a sus vecinos.
                 En paralelo se fue consolidando la necesidad de evitar la matazón perpetua, apareció el diálogo, y también la política, como mecanismo para que todos participaran y se establecieran acuerdos en torno a los objetivos comunes a todos. Mi abuela Elvira solía decir que en realidad esa actividad nació cuando el diablo metió sus pezuñas para enredarlo todo.  
                Lo cierto es que, para bien o para mal, esa disciplina es la que ha terminado por signar la mayoría de nuestras actividades. En ella se apoyan Raimundo y Segismundo cuando tratan de alcanzar acuerdos en asuntos de interés colectivo, por ejemplo, los sindicatos pelean, mediante discusiones de todo orden, por alcanzar beneficios y reivindicaciones para sus afiliados, y tratan de evitar relaciones inequitativas entre los trabajadores y los patrones. Caso similar, con diferentes matices, es el de las asociaciones y colegios de profesionales que amparan a los egresados de las instituciones de estudios superiores.
Las manifestaciones del ejercicio político en nuestras vidas son infinitas. Sin embargo, se supone que ello siempre ha estado subordinado a un objetivo, o bien, común. A fin de cuentas, ¿de qué sirve luchar por determinados derechos si ello no va a repercutir de manera tangible en la vida del resto de la ciudadanía, para, por ende, hacer que la colectividad haga suyo ese beneficio que exijo para mi grupo?  Es el caso de una asociación de trabajadores en una empresa comunicacional que pelea por mejoras salariales para sus miembros, para mediante ello poder transmitir más y mejor información a la colectividad. ¡Por supuesto que todos los apoyarán! Lo mismo ocurre cuando las organizaciones de trabajadores de la enseñanza exigen mejores pagas. ¡Todos queremos que nuestros hijos reciban una educación de primer orden!
 Pero… ¿Cómo pedirle solidaridad a mi entorno por mis luchas particulares si sus condiciones de vida están sumergidas en la miseria? ¿Cómo puedo pensar que mis vecinos van a ver siquiera con simpatías mis exigencias, por demás justificadas, cuando ellos están enfrascados en una lucha por la mera sobrevivencia? ¿Cómo voy a esperar siquiera comprensión, y mucho menos solidaridad militante, a quienes naufragan diariamente en una vorágine desinformativa perfectamente orquestada desde un gobierno crápula?  ¿Quién puede dar apoyo al incremento del pasaje, si ello va a contribuir a mermar aún más unos bolsillos ya vacíos?   ¿En qué cabeza puede caber que las reivindicaciones particulares deben anteponerse a lo que debe ser el único objetivo  en este momento que es desalojar del gobierno a esta horda inescrupulosa que no está dispuesta a renunciar a sus privilegios?
Provoca una infinita tristeza ver mentes lúcidas y guerreras malbaratando esfuerzos, propios y ajenos, en escaramuzas fútiles. Mientras tanto se pierde la oportunidad de articular una oposición real donde se reivindique el auténtico ejercicio político. Con jugadores aislados es imposible dominar el juego, que en diferentes oportunidades se ha podido ganar. No es con una sumisión absoluta a una dirigencia política arrogante y malquerida, gracias a sus retirados desbarres, como se puede convertir en un río inapresable la ira infinita de un país destrozado. La desintegración, muchas veces provocada desde nuestras propias filas, no es la mejor manera para terminar de espantar a la roja manada de burros malamañosos.

© Alfredo Cedeño

domingo, abril 29, 2012

LA MAR


 Hoy escribo desde la nostalgia de mis años más felices: cuando fui un niño amparado por el cariño de mi casa y los vecinos de La Guaira, en aquel entonces un villorio de casas señoriales por donde la historia pasó con algarabía de sueños derrengados. 


Desde la casa se veía la mar, así la llamaba mi abuela Elvira, y se veían los barcos entrando al puerto con mecer de cascos que regaban perfumes de otras tierras desde sus bodegas. 



Al comenzar con la aventura escolar, devenida en tortura por la torpeza muy común en muchos de nuestros educadores, quienes convierten en siega feroz el amoroso acto de enseñar, mi primer asombro fue descubrir que aquel trozo de azul, el cual veía a toda hora, era parte del Caribe.  


Cuando le pregunté a la abuela, ella me enseñó en un viejo mapa, que atesoraba en un baúl, por qué la mar era una cobija que arropaba el norte de Venezuela, Centroamérica y todo el collar de islas  de las Antillas Menores y Mayores. “Por eso aquí nunca hace frío”, me decía ella con gesto pícaro, para rematar: “Y no pregunte más pendejadas que eso nos queda bien a los viejos”.





A la par de ello, recuerdo que cada navidad transcurrida en la Guaira, invariablemente estaba acompañada por un aguinaldo que interpretaban Los Tucusitos: Serena.  Cierro los ojos y puedo oír claramente los versos:
Ay que serena está la mar
y azul el cielo
que entre palmas
se halla el Mar Caribe
Años después supe que había sido compuesta por un cumanés de largo e ignorado talento, como fue el viejo Nicolás Rodríguez… 





Es la mar donde se amparó Rubén Darío para escribirle a Margarita Debayle:
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.







Es la mar, teta donde nos hemos amamantado por los tiempos de los tiempos.  Larga estela de quejidos donde las sirenas amanecieron para regar sueños en la mente delirante de quienes las seguimos buscando. Pequeño parpadeo de milenios que ola a ola ha estado repujando sueños, letras y espejismos.
            Al final, ya lo dijo Rafael Alberti:
El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

© Alfredo Cedeño



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