sábado, noviembre 05, 2016

IMPACIENTE

                 Creo en Dios pese a mí mismo, estoy absolutamente convencido de su existencia. Suelo refugiarme en Él para rogarle me de luz y conocimiento a la hora de sentarme a escribir, ello lo hago tanto cuando estoy rindiéndole culto a la poesía, o desarrollando una de mis historias por momentos truculentas, y cuando trato de interpretar la voz de una ciudadanía a la que cada vez las castas dirigentes oyen menos. La fe ciega en Él, en la cual algunos buenos amigos se apoyan para hacer befa de mí y acusarme de cándido, me ha salvado de la oscuridad en no pocas oportunidades y me ha hecho perseverar en aquello que considero es lo correcto, pese a los múltiples errores cometidos en muchas ocasiones.
                Me ha ocurrido que las imprecaciones han sido la válvula de escape ante las situaciones que considero injustas e inaceptables de que ocurran por aparente voluntad divina. La pregunta que siempre me formulo en esos casos: ¿Este es tu amor para con tus hijos? El tiempo, aliado suyo por norma general, termina haciéndome ver el porqué de lo que en su momento no entendí, y me maravillo ante lo intrincados que suelen ser esos caminos que a Él le gusta trazar para hacer cumplir su voluntad.
                La paciencia ha sido una virtud que no me fue otorgada, y la poca que he logrado adquirir ha sido producto de un duro esfuerzo contra mi impertinencia imperecedera. Sin embargo, algo he logrado en esos terrenos a veces movedizos.  Desde el pasado domingo he hecho lo indecible para evitar que la ira me domine y mis escasas entendederas sean vapuleadas a gusto por eso que Ibsen Martínez en su artículo Tejemaneje que publicó en El País de España así como en El Nacional en días pasados definió a cabalidad: “El hecho es que en la masa opositora ha cundido algo más grave que el mero desconcierto: el sentimiento general ante los vaivenes de la MUD respecto del llamado ´diálogo´ con el Gobierno es lo que en Venezuela llamamos, sin rodeos, estupefacta ´arrechera´. ´Arrechera´, entre nosotros, es ira pura y dura, mezclada en muchos casos con indignación moral.”
                Yo debo reconocer que mi escasa paciencia se volatiliza ante una casta política tracalera, absolutamente incapaz de hablar con claridad en ningún momento; cobarde, que nunca aborda con valentía y decisión las cosas; desleal, pues suele abandonar a su suerte a quienes les siguen; y avara, puesto que es capaz de hacer cualquier operación que sólo le signifique beneficios a ellos y sus pequeños cenáculos de adulantes. Por ello es que había preferido esperar a que se calmaran las aguas encrespadas a raíz de la imbecilidad de la MUD de sentarse a “dialogar” con el gobierno que estuvo representado por el inepto mayor: Gofiote Maduro.  Lo hice con la muy remota esperanza de equivocarme en mis recelos. 
Los días han ido demostrándome que fue un vano esfuerzo. Junto a los desbarres de una dirigencia que cada vez luce más desconectada del alma nacional, comenzó una verdadera campaña de sus acólitos tratando de defender lo que no es defendible por donde quiera que se le vea. Perdí la cuenta de la cantidad de mensajes de toda laya que me llegaron por WhatssApp, por twitter, por correo, creo que hasta por señales de humo, y todos comenzaban invariablemente con una advertencia en mayúsculas que rezaba así: DE OBLIGATORIA LECTURA. El bendito letrero venía acompañado de análisis y reflexiones muy fecundas y facultas, abundaron como gorgojos en celo dedicados a reproducirse sin clemencia.
                Debo confesar que los leí en su totalidad tratando de tomar de ellos algo que me sacara a flote del pozo de escepticismo. Naiboa. Ninguno de ellos, al mejor estilo de nuestra escuela política, tocó la desesperanza del país. Sucede que Venezuela está hasta las narices de los negociadores que de negociación en negociación nos han hundido en el tremedal en el que ahora estamos a punto de morir asfixiados.  Y una vez más se acude a negociar con el triunfo en la mano para salir más que trasquilados, y cuidado si sodomizados por el combo rojo rojito.
                El colmo de todas las jaculatorias a la incapacidad me llega con un artículo titulado DIÁLOGO Y CALLE, a cuyo autor prefiero no referirme, quien arranca diciendo: “La presión de los ´valientes del chat´ llevó a Acción Democrática a retirar sus candidatos a la Asamblea Nacional el 28 de noviembre del 2005. Le siguieron COPEI, Primero Justicia y Proyecto Venezuela.  El resultado fue catastrófico…”. Este caballero, demuestra una mala intención muy bellaca o una ignorancia supina, quiero inclinarme por la última y creer que fue sorprendido en su buena fe para escribir semejante pendejada.
                Meses atrás en entrevista que le hice al querido y respetado Eddie Ramírez, me contaba lo que a continuación copio textualmente: “Te cuento, tuve la oportunidad de conversar con todos los principales líderes de los partidos, no a título personal sino como miembro de la Mesa de Reflexión Democrática, que coordinaba Alberto Quirós. Ahí estábamos Alberto Quirós, Pompeyo Márquez, Gustavo Tarre Briceño, el almirante Huizi Clavier, Adolfo Salgueiro, Fernando Gerbasi, Marco Tulio Bruni Celli, el más bisoño era yo. Lo que no puedo recordar es en qué fecha decidimos conversar con todos los líderes, nos reunimos con Henry Ramos, con Julio Borges, con la gente de Copei, con los principales partidos, pero sí tengo muy nítida la conversación que tuvimos con estos tres, especialmente con AD y Primero Justicia, en aquel entonces Voluntad Popular no existía. La reacción de todos ellos cuando empezamos a conversar sobre las elecciones, los partidos estaban de capa caída, a raíz del referéndum, lo máximo que ellos pensaban que podían sacar de diputados eran 11, si mal no recuerdo Henry Ramos dio una cifra de 7 y Julio Borges de 11, pero de 11 no pasó nadie, entonces ante esa circunstancia ir a unas elecciones era ocasionar una gran desmoralización entre la gente…”.
Es decir que esos señores, con su proverbial comodidad, decidieron echarse a un lado y servirle en bandeja de plata la Asamblea Nacional a Chávez y su pandilla de malvivientes. No es como el autor del mentado “artículo” asevera con su cara muy lavada que fue la presión de los valientes del chat. No voy a abundar en mis observaciones sobre la mano santa del Papa Francisco, y así evito el riesgo de ser excomulgado por la horda de tinterillos que aplauden y celebran cuanta barrabasada se le ocurre a nuestros “honorables” políticos.  Ya lo haré en otra oportunidad, porque no deja de llamarme la atención sus innumerables audiencias a la Cristina de Kirchner, y su piedad remolona para recibir a Macri; por lo visto hay unos presidentes más dignos de ser atendidos que otros, pero insisto es agua de otra  tinaja que ya agitaré más adelante.
                El autor que se ocupa con tanta facundia de los “valientes del chat” hace gala de una gran caballerosidad y concluye: “Quienes intentan desprestigiar a la MUD, al Secretario General de la OEA y al delegado pontificio ¿Qué les queda? ¿Traerse de Miami a Patricia Poleo para que dirija la batalla final?”  Palabras infelices de quienes prefieren seguir correteando cual conejos hambrientos tras esas versiones melifluas del flautista que en Hamelin hizo salir a las ratas para ahogarlas en el río Weser.

© Alfredo Cedeño

sábado, octubre 29, 2016

A PROPÓSITO DE UNAMUNO


                Hay figuras emblemáticas para quienes moramos en el mundo de las ideas y las palabras. Una de ellas es el bilbaíno Miguel de Unamuno. Narrativa, poesía, teatro y ensayo fueron abordados por él con limpia sencillez, sus personajes son descritos físicamente de manera escasa, lo que importaba era dar a conocer sus debates internos. Él se empeñaba en conseguir en sus piezas lo que definía como “una lengua seca, precisa, rápida, sin tejido conjuntivo.” Más no ligera de sentidos.
                Fue defensor a ultranza de España y acerbo critico de las divisiones con las que por largos años se han empeñado en disgregar a su país. En una intervención ante las Cortes el 2 de julio de 1932, al hacer alusión a Cataluña, dijo: “Hablar de nacionalidades oprimidas, perdonadme la fuerza, la dureza de la expresión, es sencillamente una mentecatada; no ha habido nunca semejante opresión, y lo demás es envenenar la Historia y falsearla”.
                De sus gestos el más memorable fue el del 12 de octubre de 1936. Ese día se celebraba  en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, de la cual era rector el propio Unamuno, la entonces llamada Fiesta de la Raza, en honor al descubrimiento de América; en dicho acto estaba previsto intervinieran los profesores José María Ramos Loscertales y Francisco Maldonado de Guevara, así como el escritor José María Pemán. En el estrado del recinto estaba el rector, la señora Carmen Polo de Franco, el obispo Enrique Pla i Deniel, así como el general José Millán Astray.
                El acto se había ido desarrollando con la normalidad del caso, y en honor a  la verdad debo escribir que don Miguel no le hizo precisamente ascos a las fuerzas franquistas, incluso había sido destituido como rector de la universidad salmantina por el propio presidente de la República Manuel Azaña debido a sus simpatías con los rebeldes; y fueron ellos quienes lo reincorporaron a la rectoría de esa universidad al apenas controlar esa zona. Lo cierto del caso es que el evento se llevaba  a cabo sin mayores bemoles. Y así fue hasta que, según refiere Salvador López Arnal, Millán Astray, quien cojeaba de una pierna, le faltaba un brazo y un ojo, se dirigió a la audiencia: “Catalunya y el País Vasco son cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí”. Terminó sus palabras voceando junto a un auditorio exaltado: “¡Viva la muerte!”
Unamuno, relatan las crónicas, quien no estaba contemplado que hablase en el programa, se incorporó de su asiento y se dirigió al auditórium: “Todos estáis pendientes de mis palabras y todos me conocéis y me sabéis incapaz de callar. Callar significa a veces mentir, porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia. Yo no podría sobrevivir a un divorcio entre mi consciencia y mi palabra. Seré breve y la verdad es más verdad cuando se expone desnuda. Quisiera, pues, comentar el discurso, por llamarlo de algún modo, del general Millán Astray… Dejemos aparte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes. Yo nací en Bilbao, en medio de los bombarderos de la segunda guerra carlista. Luego me casé con esta ciudad de Salamanca, tan querida, pero jamás he olvidado mi ciudad natal. El obispo quiéralo o no, es catalán, nacido en Barcelona… Acabo de oír el grito necrófilo y carente de sentido de ¡Viva la muerte! Me suena lo mismo que ¡Muera la vida! Y yo, que he pasado la vida creando paradojas, he de deciros, como autoridad en la materia, que esa ridícula paradoja me repugna… El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Desgraciadamente hay hoy demasiados inválidos en España. Y pronto habrá muchos más. Me aterra pensar que el general Millán Astray pueda dictar normas de psicología de masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era simplemente un hombre, y no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como digo, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo cómo se multiplica el número de mutilados alrededor de él”.
                Por supuesto que el chafarote Millán Astray, quien estaba sentado en el extremo de la mesa presidencial, la golpeó repetidamente con su única mano, se alzó, e interrumpió a Unamuno con su muy célebre: “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!”
Unamuno, sin amilanarse ante la canalla concluyó: “Estamos en el templo de la inteligencia y yo soy aquí su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando un sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Y ahora os digo: venceréis pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y el derecho en la lucha. Me parece inútil deciros que penséis en España. He dicho.”
                Al día siguiente el intelectual fue destituido y sometido a arresto domiciliario hasta su muerte que ocurrió pocos meses más tarde.  Escribo esto mientras, por supuesto, lo que vivimos en estos días los venezolanos es un ave carroñera que planea sobre cada palabra y pensamiento.  Las palabras de don Miguel, aquellas de: “Venceréis pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y el derecho en la lucha”, no cesan de resonarme en la memoria. Y al lado de ellas, cual ave luminosa me empiezan a repicar otras no menos acertadas para nuestros duros momentos: “Jamás desesperes, aún estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”.

© Alfredo Cedeño

sábado, octubre 22, 2016

¿CUÁNTO ES DOS Y DOS?

                En mi artículo anterior hice referencias al “ilustre” presidente de nuestra Asamblea Nacional y su vocabulario exuberante que rivaliza y, algunas veces, supera a los vocingleros rojos. Un querido amigo, cuyo nombre no viene al caso ya que fue en privado como se dirigió a mí, me dijo: “Siempre te las ingenias para aprovechar cualquier tema para disparar con capacho verde a Ramos”. Me limité a contestarle: “¿Acaso miento en lo que digo?”  Hoy quiero de nuevo tocar al vociferante presidente del poder legislativo a raíz de sus declaraciones el pasado viernes a propósito de la decisión del Consejo Nacional Electoral de postergar la recolección de firmas para activar el referéndum revocatorio.
                Fueron más de diez minutos de verbo picaresco revestido de ilustración, una verdadera representación de lo que es un bellaco talentoso.  Faltándole poco para concluir su intervención con no poco asombro le escuché decir: “Que todo el mundo participe activamente sin necesidad de convocatorias especiales y de explicaciones que ya no son menester hacer, todos sabemos lo que está pasando, y todos tenemos que salir en defensa de nuestros propios derechos. Y si bien la dirigencia, por razones específicas de la coyuntura, tiene que asumir las principales responsabilidades, esta es una responsabilidad colectiva de todos los venezolanos que quieran tener país”. Es decir que, una vez más, el desastre en que permanece sumergido el país por obra y gracia de la casta política venezolana se pretende endosar, por santa voluntad de sus altaneras majestades, a la colectividad.
                El desaforado legislador con sus palabras se echó al coleto a sus compañeros de dirigencia, y los hizo quedar como una especie de gerencia de asuntos sin importancia. Sin olvidar que sus palabras son una peligrosa arma de doble filo que, como ya es costumbre en nuestros políticos, será empleada en el momento menos indicado contra la propia ciudadanía. No pasará mucho tiempo para que aparezca diciendo que fue la no participación de la gente la que hizo imposible que la inmaculada estrategia ideada por ellos fuera exitosa. ¿Por qué será que la gente no les hace el más mínimo caso? ¿Acaso no está “el pueblo” harto de esa troupe deslucida y mañosa que gusta de hacer lo que le da la gana cada vez que se le antoja sin consulta alguna a nadie?
                Por si todo esto fuera poco, nuestro diputado Henry Lisandro remata sus palabras pidiendo, con voz de buhonero del mercado guajiro de su Valencia natal, que para la sesión ordinaria del día domingo 23 de octubre de 2016 a las 11:00 am, convocada por el secretario Roberto Eugenio Marrero Borjas, donde se lee: “1. Debate sobre la restitución de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el orden constitucional y la democracia.”, se compre refrescos y cotufas. En pocas palabras: Compren el pan que nosotros les daremos el circo.  
                Todo esto ocurrió mientras pasaba a un segundo plano noticioso la libertad condicional del excandidato presidencial Manuel Rosales, que fue otorgada el miércoles en horas de la noche. Por lo visto el gesto oficial fue debidamente agradecido por su esposa, la alcaldesa marabina Eveling Trejo de Rosales quien apareció el jueves firmando junto a los también alcaldes opositores de Lagunillas, Francisco Javier Pulgar, La Cañada, Valmore Rodríguez y Catatumbo, un documento en el cual deciden avalar el presupuesto nacional presentado por Gofiote Maduro ante el TSJ y: “Acatar la orden de la Presidencia de la República, en beneficio de las comunidades que representamos.”
                Mientras tanto el señor Rosales disfruta de su casa por cárcel en un “modestísimo” apartamento que está ubicado en la “humilde” barriada caraqueña Los Palos Grandes.  Los vecinos de la zona no salen de su asombro por la no vigilancia de tipo alguno que tiene este caballero en su lugar de reclusión, al mejor estilo de los pranes por lo visto. Abunda mi informante: “No hay SEBIN, no hay policías, no hay guardias, aquí no hay nadie, lo que hay es una entradera y salidera de amigotes empezando por el tal Timoteo Zambrano. Está a cuerpo de rey con tragos y catering incluidos.”
                De este apartamento donde este digno representante de la satrapía política purga su pena se ha dicho que pertenece a Heliodoro Quintero, dirigente del partido fundado por Rosales, UNT, y de quien se han señalado sus vínculos con el financista de los abogados de los narcosobrinos en New York, el inefable Wilmer Ruperti. No se olviden que Quintero fue el mismo que grabó en el año 2012 a Juan Carlos Caldera recibiendo 40 mil bolívares para su campaña a la Alcaldía de Sucre de manos de Luis Peña, el asistente de Ruperti.  
                ¿Cómo impedir las arcadas que provocan todos estos caballeretes? ¿Cómo no escribir de esta seguidilla de canalladas de un grupo de asaltacaminos que pretenden seguir saqueándonos a cara descubierta? Seguramente algún fanático de la “pulquérrima” MUD saltará a señalarme como asalariado del G2 cubano, nuevo apotegma con el cual pretenden hacernos callar a quienes no dejaremos de llamar cada cosa por su nombre.

© Alfredo Cedeño

sábado, octubre 15, 2016

ULTRAJE


El lenguaje suele ser un redomado ejercicio de la ironía, allí hay ocasiones en las que el sarcasmo se manifiesta con todo su esplendor. Uno de mis ejemplos favoritos es el de la palabra cultura. El pensador y analista del fenómeno comunicacional galés Raymond Williams explicó en su libro Keywords, de 1976, “que en todos sus usos originales fue un sustantivo de proceso: la tendencia (o crecimiento) de algo, básicamente cosechas o animales”. Es decir que al comienzo se utilizó para referirse a dichos procesos y a quienes los ejecutaban, es decir a labriegos y pastores. Origen más humilde imposible.
No viene al caso ahora establecer el linaje o tronco genealógico del término, lo cierto es que hubo un largo trecho desde el comienzo, cuando en latín cultura era cultivo, o pedazo de tierra cultivada, labranza, hasta siglos más tarde. Se asegura que con La Ilustración en su apogeo, entre los siglos XVII y XVIII, es cuando comienza a ser aplicada metafóricamente para indicar el amor por la sapiencia o el conocimiento y es cuando empieza a decirse que Fulano se cultiva o Perencejo es cultivado. Y ahí entró cultura al mundo refinado.   
El Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana afirma que fue recién en el pasado siglo XX cuando nuestro amado español comenzó a emplearla con el significado del que hoy me ocupo, y afirma este mataburros que fue tomada del vocablo alemán kulturrell. 
Y ya que salió bailando la palabra significado no está de más añadir que para la semiótica ello es la imagen mental, es decir el concepto que este representa, y que varía según la cultura. Y volvamos a nuestro vocablo de hoy.
Se habla de cultura tópica, histórica, mental, estructural y simbólica, entre otras; pero también de culturas primitiva, civilizada, analfabeta y alfabeta.  Se han acuñado definiciones como cultura machista, cultura de la violencia, por supuesto de la paz también, religiosa, culinaria, gastronómica, musical, y así ad libitum. El sociólogo estadounidense Talcott Parsons escribió: “En la teoría antropológica no existe lo que podría denominarse un acuerdo generalizado respecto a la definición de cultura”. Bien pudo haber escrito también que en ninguna disciplina hay unanimidad en cuanto a lo que es o no es cultura. Un paisano de Parsons el antropólogo neoyorquino Oscar Lefkowitz, que fuera ampliamente conocido como Oscar Lewis, armó un zipizape de quinto patio cuando habló de subcultura de la pobreza. El debate sobre ello todavía salta en los escenarios antropológicos donde Lewis es tildado de todo menos de guapo.
Todo esto me ha venido a la cabeza a raíz de la experiencia que me relató días atrás una amiga de sus peripecias para comprar una batería nueva para su carrito chino.  Ella, que vive afanada y cargada de angustias, como todos los caraqueños, no puede quedarse sin vehículo porque no puede ir a laborar, ni llevar a su heredera a clases, ni ir a las terapias para que le enderecen la espalda ni muchas otras cosas que tampoco vienen al caso ahora ventilar.
Acortando el cuento: ella se levantó muy temprano y se fue a la sede de baterías Duncan en La Trinidad, llegó y tenía siete personas por delante. La doña en cuestión estaba feliz con su número 8, se dedicó a esperar, entre ruegos a los santos que no aparecieran unos malandros a querer joder a todos los que esperaban, a que fueran las 8 de la mañana. Era la hora prevista para que abrieran. Nuestra amiga llevaba consigo el fajo de documentos que ahora exigen, por instrucciones de los vagos rojos,  para algo tan elemental como es comprar un repuesto automotriz. Y empezó a llover. Y a las 8 de la mañana, hora en la que estaba previsto que comenzarían a atender, debido a la lluvia no fue así y la hora fue rodando hasta que casi a las 9, ante la persistencia de la lluvia, comenzaron a atender de uno en uno a los bateriadependientes.
Algo tan sencillo como ir a reponer el acumulador de tu carro en la Venezuela de mis tormentos permite que se manifieste con absoluto vigor la cultura del maltrato.  El ultraje comienza con la cola que debe hacerse de madrugada para comprar lo que hasta hace poco tiempo se adquiría en cualquier estación de gasolina en todos los rincones del país, sigue con la amenaza latente de que cualquier malviviente empistolado decida pasar por allí a pasar raqueta entre los que esperan puesto que no hay un agente del orden público ni para evitar que le mienten la madre a Gofiote Maduro y mucho menos para evitar sus desmanes contra la ciudadanía inerme, continúa con el irrespeto del horario de atención a quienes aguardan y culmina con la discrecionalidad del que los atiende y que bien puede decidir que no necesitas el acumulador para tu vehículo.
Esa cultura del maltrato es la que nos ha ido permeando de manera total, mientras el sadismo para con los ciudadanos es cada día más patente y descarado. Nadie teme las consecuencias de la humillación que infiere, saben que la impunidad es una ley no escrita pero perfectamente observada en todos los escenarios y niveles. Nadie es responsable de ningún atropello que cometa, por grave y continuado que sea.  Las arbitrariedades oficiales son inacabables, se ejecutan con desparpajo y sevicia; pero ¿qué se puede esperar de semejante recua? Lo que no puede nadie entender en su sano juicio es que es el mismo esquema que se sigue como patrón en las filas de la mal llamada oposición.
¿Cómo llamar el trato que dispensan los “dirigentes” democráticos a la ciudadanía? ¿Acaso hay alguna diferencia entre el lambiscón que aparece recibiendo dinero del financista de la defensa de los narcosobrinos en New York y el asaltacaminos que le lanza un micrófono a su colega diputado en plena sesión del cuerpo legislativo? ¿Son muy diferentes los que tildan de escuálidos a los otros,  de aquellos que tildan de aliado del chavismo a quienes osan señalar los desbarres de una dirigencia errática? ¿Ustedes pueden distinguir entre un altisonante Ramos diciendo de Maduro: “Un tarúpido que nunca ha pisado una universidad no puede quererla ni comprenderla”; y un no menos vociferante Maduro ripostando: “Ramos Allup, deja el tiemble”.
A ese torneo de baja estofa es a lo que han llevado la política nacional, y sobran escuderos de ambos bandos que se desbaratan apasionados por la defensa de uno o el otro. Maduro, para decirlo en lengua franca, me importa un soberano carajo, de él puedo esperar cualquier imbecilidad. Pero el presidente de la Asamblea Nacional sí me importa y mucho. No puedo callar ante quien presume de su vasta cultura, y gustaba de ir a cada sesión del Congreso con un libro diferente, salvo que no sea más que otro sobaco ilustrado de los que tanto abundaban en la universidad, porque siempre cargaban un libro que nunca abrían bajo el brazo; así no señor Ramos, déjese de vainas y al menos compórtese como lo que parece ser, no como lo que por lo visto es.
Esa extendida y ya “posicionada” cultura del maltrato debe ser desterrada, y eso solo se podrá a través de exigirle a tirios y troyanos, a gringos y cubanos,  a chavistas y escuálidos, que nos respeten como ciudadanos. No hay ninguna diferencia entre los choros que roban a los que esperan en la cola frente a la Duncan, los que atienden en la fábrica de baterías y  los políticos que pretenden que les demos un cheque en blanco porque ellos son los que saben cómo es que se debe conducir el país. ¿Con qué autoridad moral pretenden una fe ciega que no se han sabido ganar? ¿O creen que ser dirigente es una lotería a lo Chávez que les entrega el poder para hacer exactamente lo que a su real gana se les antoje?

© Alfredo Cedeño


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