La Guaira comenzó a finalizar el siglo
XX en medio de una tragedia que pensamos insuperable. Aclaro que cuando escribo
La Guaira me refiero a esa franja que va desde Puerto Cruz hasta Los Caracas,
así crecimos llamándola y así vamos a morir. Un cuarto de siglo más tarde otra
desgracia se ceba en sus espacios con una furia de la que todavía sus hijos no
terminan de recuperarse. El estupor se mantiene feroz sobre las antaño playas
de sueños desplegados. El cinturón de montañas que le rodea son testigos inmutables
de un largo rosario de tristezas y penas.
En medio de esa amada lengua de tierra
ganada a la serranía y al mar, Caraballeda siempre ha ocupado un lugar
especial. Su diminuta iglesia, que desde el siglo XVII ha estado en La Bajada
de los Indios, ha brindado consuelo a sus feligreses a lo largo de los siglos.
También ha sido inspiración de gigantes como Armando Reverón que en 1924 pintó
su “Fiesta en Caraballeda” representando un festejo a las puertas del templo.
Pero esta población, en los dos
infortunios citados, ha sido protagonista de episodios en los que sus vecinos
no merecían estar en relación con tales miserias.
En diciembre de 1999, poco después del
deslave, el comandante galáctico visitó su calle Tarigua. La incursión se debió
al escándalo de “Robertico”. Les explico. En aquellos trágicos días ciertos
personajes se aprovecharon de la tragedia para pasar facturas internas a
quienes estorbaban a sus propios intereses. Fue así como el caso del mencionado
sujeto se empleó para decapitar al jefe de la DISIP, Jesús Urdaneta
Hernández.
Se aseguró que agentes del cuerpo policial, que dirigía el
compañero de conspiraciones de Chávez, habían ejecutado a Roberto Hernández
Paz, nombre completo del “angelito” desvanecido. No sobra dejar saber que el
desaparecido hizo gala en vida de cuanta mala maña y costumbre se pueda usted
imaginar; sin que ello justifique lo que haya sido que pasó con él.
En esos días era común escuchar la sorna con que los vecinos
de ese laberinto de veredas y callejones se referían a “san Robertico”. Un
testigo de la reunión de Hugo Rafael en la vivienda con los deudos, en la que
le atiborraban de las bondades del querubín, asegura que en medio de la
cháchara y, por lo visto, un tanto harto de lo que sabía era una compungida
representación, exclamó: “Bueno, no me vengan con cuentos de honestidad y
limpieza, porque estas sillas en las que estamos sentados son robadas del
Macuto Sheraton”.
Igual defenestraron a Urdaneta
Hernández y la revolución siguió su camino.
En este nuevo episodio de destrucción
surge otro personaje en el mismo barrio, ahora de la mano de la dictadora
encargada. Esta oportunidad protagonista es Lalo, un vecino con un vasto
historial que lo enrumba al altar del santoral rojito. Este galán en el año
2003 le dio un balazo en la cabeza a Rina, quien entonces era su esposa. Ella
sobrevivió, aunque perdió la visión. Transcurrido algún tiempo se pavoneaba de
nuevo por las calles de Caraballeda con andar de Pedro Navaja.
En estos días, el ilustre vecino de
Tarigua, volvió a saltar a la boca de sus compoblanos cuando apareció al lado
de la dictadora encargada. Se le ve en los videos y fotos del evento recibiendo
una vivienda como damnificado del sismo del pasado 24 de junio. Es necesario
enfatizar que su casa no fue afectada en nada durante el desastre que acabó con
La Guaira.
La aparición de este caballerito, al lado de los ilustres
hermanos Rodríguez, como receptor de un apartamento por afectado incendió a
todo el pueblo. Al punto que a las pocas horas envió un audio en el que se le
oye con voz compungida decir: “Buenos días, señoras y señores, por aquí les
habla Lalo. Esto es con el fin de hacer una aclaratoria…” y por ahí sigue un
rosario de gimoteos en los que explica que su actual pareja, médico de un
hospital local, fue la que recibió el inmueble y que él solo fue a acompañarla,
pero que en el ínterin lo arrastraron para aparecer cual damnificado. Asegura:
“Yo no tengo ningún beneficio, yo no tengo la necesidad, porque yo estoy, en la
casa donde yo vivo no pasó nada”. Al cabo de los dos minutos se despide dando
las buenas tardes…
Acostumbraba decir mi padre: primero agarran a un embustero
que a un mocho. No hay episodio de este bodrio que nos gobierna desde hace ya
27 años que no sea una escena cargada de bochorno superlativo. Todo cuanto llevan a cabo es una maroma para
aprovecharse de manera deleznable de lo que puedan manipular. Son una imagen
patética embarrada en una vileza que no logra detener el paso decidido de una
ciudadanía que siempre encuentra camino y soluciones.
© Alfredo Cedeño

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