miércoles, agosto 05, 2026

EL TIMO DEL MITO



          El mito, en cuanto al concepto que hoy tenemos de él, es todavía un vocablo joven. Hay muchos que, pretendiendo revestir su ignorancia enciclopédica con pinceladas del Libro Gordo de Petete, le achacan al mismísimo Homero su paternidad. Otros del mismo tenor se desmelenan y braman que el padre de la criatura fue Hesíodo. Hay los que la reclaman para Platón y los que se baten por Aristóteles. Es el eterno devenir humano, donde hay dos surgen no menos de siete versiones de cualquiera sea el tema.

          Es bueno asentar, antes de que María Ventana o Pedro Remilgos salten, que ellos si utilizaron tal significante, pero no con el significado que ahora tiene.

          En realidad lo que hoy conocemos con tal acepción se perfila a mediados del siglo XIX. Los investigadores europeos empiezan a descubrir no pocas similitudes en las leyendas de Grecia, India, Persia, Escandinavia y Egipto, entre otras, y comienzan a generar un vasto catálogo de teorías. Primero Edward Burnett Tylor publica su libro Cultura Primitiva en la que asienta: “La mitología es el producto de la razón humana actuando sobre los hechos de su experiencia”. Poco después aparece la obra de Friedrich Max Müller Introducción a la ciencia de la religión en la que dice: “La mitología es, en efecto, una enfermedad del lenguaje”. Luego Sir James George Frazier publica La Rama Dorada donde establece: “El mito es con frecuencia la explicación que los pueblos dan del ritual que practican”. Casi media centuria después Ernst Cassirer en Ensayo sobre el hombre, afirma: “El mito es, por su propio sentido y esencia, no teórico. Desafía y contradice nuestras categorías fundamentales de pensamiento”. Los que han tratado de explicarlo son infinitos.

          Bien podemos distinguir que hay tantas definiciones como cuentos en Las mil y una noches.  También abundan los que se han aprovechado del concepto para crearlos nuevos. No debe extrañar que los pioneros en tales menesteres han sido aquellos que se proclaman vanguardia de las transformaciones y demás zarandajas de similar tenor, que van desde la lucha por el proletariado hasta la defensa de las minorías segregadas, pasando por la denuncia del “fachismo”, el heteropatriarcado y la salvación de las crías de iguana en Pernambuco ante el crecimiento desmesurado de la emisión del CO2.

          Una de esas primeras fábulas fue el triunfo de la revolución rusa y el advenimiento del marxismo a esos territorios. ¿Cómo es la vaina? Marx predicaba que la revolución socialista debía ocurrir en un país altamente industrializado, pero se produce en uno donde más del 80% habitaba las zonas rurales. Ellos siempre expertos en “cabalgar contradicciones”, sino que le pregunten a los zarrapastrosos Pablo –Iglesias y Echenique–, para terminar imponiendo lo que les salga de sus entrepiernas.

          Otro ejemplo es el de la guerra civil española y el bochornoso bombardeo a Guernica en el País Vasco. 26 de abril de 1937 el gobierno éuscaro sostuvo que hubo 1.645 fallecidos; sin embargo, autores como Antony Beevor en La Guerra civil española, afirma: “los muertos no pasaron de 300”. Por supuesto que los bombardeos de la aviación republicana, entre julio y agosto de 1936, a Zaragoza, Córdoba, Granada y Oviedo, nanai nanai.

          Las muestras de especie parecida han sobrado. ¿Quieren uno más longevo que el de la revolución cubana? Una estafa que poco tiene de heroica, por más que corifeos, plañideras y beneficiarios traten de ensalzarla. Como decía mi abuela, la vieja Elvira, ni que me la bañen en leche de coco. ¿Es necesaria alguna referencia al socialismo del siglo XXI y su revolución bonita?

          Uno de los más recientes que tratan de acuñar es sobre la dictadora encargada y sus capacidades supra naturales para conducir a Venezuela. Ahora su padre es rival de José Gregorio Hernández y ella es la reencarnación de la madre Teresa. Poco importa que el país sea el erial en que lo han convertido, un despoblado donde sus paisanos deambulan sin tener siquiera una sombra para guarecerse. En realidad todos estos mitos contemporáneos son timos de maromeros mal bañados.

 © Alfredo Cedeño  




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