Somos lo que Grecia sembró hace 28
siglos. La habilidad de sus creadores, divinos intérpretes de la condición
humana, para escudriñar en lo que luego Jung definió como arquetipos o
tendencias instintivas, se mantienen incólumes sin deconstrucción que valga,
por más que los “progres” se esfuercen. Lo que natura no da, Salamanca –ni la
Complutense–presta.
Este archipiélago, a caballo entre
Asia, África y Europa, fue un crisol del que manó Occidente. Sus mitos hechos
dioses son lecturas diáfanas de nuestras miserias y virtudes. Hay una de esas
deidades que no ha gozado de la popularidad de Zeus, su hermana y esposa
Hera, Poseidón, Apolo, Eros, Atenea, Hades
o Perséfone, por mentar unos pocos. Me refiero a Ate. Ella
encarnaba la ceguera del entendimiento, el extravío y la ruina.
Su influencia y malas artes fueron capaces de engañar al
propio Zeus, quien al darse cuenta de ello, narra Homero: “un agudo
dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ate
por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan
funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola
con la mano, la arrojó del cielo”.
Otro exégeta de nuestra emocionalidad, Shakespeare, en su Rey
Lear muestra las consecuencias de las tretas de Ate. El dramaturgo
inglés nos presenta a un rey anciano que va a repartir su reino entre sus hijas
de acuerdo con la intensidad del amor que le profesen. Goneril y Regan se deshacen en elogios y
zalamerías; por su parte Cordelia, la única sincera, no cae en tal trampantojo y
es repudiada. Tiempo después al darse
cuenta de su traspié, que expulsó de su lado la lealtad para premiar la falsedad. Al reconciliarse con ella le dice: “Te ruego
ahora que olvides y perdones. Soy un viejo necio”. Pero ya había perdido el reino…
Ate soberana de la ceguera, el
extravío, la ofuscación y la ruina debiera ser la patrona de las castas
dirigentes de Venezuela. No es difícil imaginarlos entonando, cual el título de
esta nota, “¡Alégrate Ate! Mientras sigue avanzando sobre la tierra
yerma. Se pasean cual dignos hijos del caballo de Atila, cada vez los
sembradíos ceden más espacio a la desolación. Los terrones y despojos son mudos
testigos de una ruina que han provocado con su ceguera selectiva. No ven
aquello que no les conviene y que no dejan su respectiva huella en sus
bolsillos. Al sacar las cuentas son dueños de faltriqueras que no tienen fondo.
© Alfredo Cedeño

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