domingo, agosto 23, 2026

STONER



          Terminaba la década de los años 70, o comenzaba la de los 80, del siglo pasado cuando el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) logró un convenio con el centro de enseñanza de traductores de la Compañía Anónima Teléfonos de Venezuela (CANTV), para que los afiliados de nuestra organización sindical pudiéramos tomar clases de inglés en su sede de la avenida Libertador.  Entre los primeros que acudimos estábamos el siempre recordado negro Olivares y yo.

          José Luis vivía obsesionado por aprender ese idioma, comparaba libros que cargaba junto con un diccionario bilingüe e iba palabra a palabra, página tras página descifrándolos. Un día me llegó con una novela: Stoner, de John Williams. Confieso que comprendí en una primera lectura algo así como menos de la mitad del texto, pero me encantó su aparente simplicidad.

          Hubo una frase que me cautivó casi al comienzo, en que William Stoner, el personaje central, habla con su profesor Archer Sloane sobre su decisión de dedicarse la literatura y la enseñanza. El docente cierra la conversación haciéndole percibir su relación con el mundo de las letras y la instrucción: “Usted está enamorado. Así de sencillo”.

          Aquel ejemplar, que él había comprado en las irremplazables librerías callejeras del lado oeste del Congreso Nacional en el centro de Caracas, terminó regalándomelo. Volví a él una y otra vez con leves mejorías en mi capacidad comprensiva del bendito idioma.  Me llamaba la atención que de ella no apareciera ninguna traducción. Raúl Betancourt en Suma y Sergio en Divulgación me mandaban de paseo cada vez que les iba a preguntar por ella.  En diversas publicaciones especializadas de Estados Unidos con el nuevo siglo comenzaron a aparecer varias referencias a su calidad, lo cual me hizo tratar otro par de veces de leerla sintiendo que me perdía de lo medular.

Pasarían más de 40 años, hasta que, ¡finalmente!, en 2011 llegó a mis manos la traducción que hizo en las Islas Canarias la editorial Baile del Sol. Lo que intuía era una pieza prodigiosa me lo ratificó su lectura en mi lengua natal. Las frases que fui encontrando me lo confirmaban renglón a renglón. En otra conversación con Sloane, este le dice a Stoner: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”. Esa plática el profesor la cierra diciéndole: “Debe recordar lo que es, lo que ha elegido ser y el significado de lo que hace. Hay guerras, derrotas y victorias de la raza humana que no son militares”.

Otro pasaje sobrecogedor es la cruda reflexión que sostiene con sus compañeros Dave Masters y Gordon Finch, en un bar de las cercanías de las aulas. Allí el primero de ellos les suelta: “Es para gente como nosotros por lo que existe la universidad, para los desposeídos del mundo; no para los estudiantes, ni para la altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por ahí. Nosotros distribuimos el raciocinio y permitimos el acceso a él a algunas personas comunes, a aquéllos que encajarán mejor en el mundo. Pero se trata solo de un barniz protector. Al igual que la Iglesia en la Edad Media, a la que le importaba un bledo los seglares e incluso Dios, también nosotros sobrevivimos gracias a nuestros engaños”.

Este libro, al que regreso con frecuencia, permite entender el “reino” académico de manera excepcional. ¿Cómo no evocarlo al ver el bochornoso caso del “profesor” Jason Arday en la muy flemática universidad británica de Cambridge? Este lamentablemente fallecido impostor, al que los “progres” tratan de elevar a los altares de la dignidad, es un ejemplo patético de impostura desde sus propios comienzos. Ahora sus plañideros y acólitos braman por la inocencia del angelito. El comodín para justificar lo que no puede ser hablan de “linchamiento” y responsabilizan a la derecha de lo que fue su entera responsabilidad. Un plagiario de tomo y lomo que elevan al Olimpo académico por tener el perfil ideal de las estrellas woke: negro, analfabeto hasta los 18 años, autista, sociólogo, maratonista, y paremos de contar.

No sobra recordar que apenas llegar a catedrático en Cambridge, Dave Harris, profesor emérito de Plymouth Marjon University, alertó sobre un artículo del ahora finado que coincidía mucho con uno anterior, obra del epidemiólogo Anjum Memon. Harris se comunicó con la Universidad y el propio Arday, así como con las revistas implicadas. El nuevo beato de lo correcto se limitó a exigirle a Harris que dejara de acosarle, y le achacó que actuaba por racismo. Pero la revista Social Sciences debió rectificar el artículo. La Universidad de Cambridge renunció a investigar.  Más tarde el periodista Jack Grove, del Times Higher Education, escudriñó la tesis de Arday, encontró evidencias de plagio y le escribió. Su respuesta llegó a través de un bufete de abogados, y lo acusó de acoso, mientras se victimizaba y le achacaba responsabilidad por su salud mental. La alcahuetería con el moreno llegó al punto que la mismísima Metropolitan Police intervino. 

El caso siguió evolucionando y fue así como Nathan Cofnas, quien fue profesor de Cambridge, pero por estos días en la Universidad de Gante, hizo la tarea a fondo y produjo un largo artículo donde desnudaba al señor copista. Nadie pudo seguir tapando las malas mañas del ilustre profesor. Hasta que él decidió inmolarse por el resguardo de su honorabilidad y ahora está en franca vía a la inmortalidad. Uno de los primeros pasos posteriores lo dio la Universidad de Gante suspendiendo a Cofnas y comenzando una investigación disciplinaria. Por lo visto tratarán de manejar todo como si de una pulpería se tratara, vendo lo que me da la gana y cobro lo que se me antoja.

Todo este escándalo, donde se pretende santificar a cierto bribonzuelo con habilidades de prestidigitador, me hace regresar a la memoria una y otra vez la frase de Sloan: “A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida construir”.

 

© Alfredo Cedeño  


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