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domingo, octubre 25, 2026

¿CUÁLES ZAPATOS?



          Tan allá como en 1955 el boricua Ángel Flores publicó su ensayo El Realismo Mágico en la ficción Hispanoamericana. Fue la primera vez que el término se aplicó al ámbito literario. Él consideraba a Borges, Jorge Luis, no Julio, no vayan a mezclar chicha con limonada, por favor, el maestro bonaerense no merece tal ofensa, con su Historia universal de la infamia el arranque de lo que luego sería el celebrado Boom latinoamericano. En realidad el gran negocio de las editoriales a ambos lados de la mar océano, y otras latitudes del planeta.

Es pertinente apuntar que eso del Realismo Mágico nació en el siglo XV con el descubrimiento de nuestro continente. Cristóbal Colón asentó en su diario del primer viaje, el miércoles 9 de enero de 1493: “En toda esta tierra hay muchas tortugas, de las cuales tomaron los marineros en el Monte-Cristi que venían a desovar en tierra, y eran muy grandes como una grande tablachina. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río de Oro, dijo que vido tres serenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara”.

          Siempre he leído con no poca compasión, quiero evitar la cruel lástima, a todos quienes han volcado su enjundia en desentrañar y explicar lo común y corriente en nuestro día a día en tierras americanas. El sesudo Emil Volek publicó en la Revista de literatura hispánica: “el hilo continuo de trabajos críticos que siguen apareciendo sobre el tema, algunos ya de una envergadura y solidez insólita en comparación con los tiempos cuando el realismo mágico estaba en boga, nos convence de que los problemas suscitados por la mencionada discusión persisten y que se necesitan trabajos aún más audaces y radicales”.

          Para el profesor Volek, catedrático en Phoenix, Arizona, el delirio de lo que muestran las crónicas latinoamericanas debe resultar inasible, por decir lo menos. ¿Cómo puede él entender la mezcla de locura, fantasía, alucinación, que es nuestro día a día? No quiero irme muy lejos.

          Pasé el final de mi infancia y adolescencia en Caraballeda, mi inolvidable cantera de emociones y creación, donde lo que muchos tildan de insólito era, ¡y sigue siendo!, algo tan natural como respirar.

          Hubo allá dos señores minusválidos, así dicen ahora, a los que llamábamos mochos, cuyos nombres no vienen al caso en esta ocasión. A uno le faltaba el pie derecho y al otro el izquierdo. El primero vivía en Punto Fijo y el segundo en las cercanías de la plaza Francisco Fajardo. Como es de suponer ellos terminaron siendo amigos, era común verlos conversando de lo humano y lo divino.

Debo decir, en honor a la verdad, que terminaron convirtiéndose en buenos amigos, al punto que decidieron unir desgracias. Habían descubierto que ambos tenían la misma talla de calzado, por lo que acordaron que lo más sabio era comprar solo un par para que cada cual agarrara el que le correspondía a su miembro sobreviviente. La paz duraba hasta que llegaban a la zapatería y escogían el modelo que iban a llevar.

–Ese no me gusta, mejor aquel.

–Uh, uh, eso parece una alpargata, más representa ese negro de patente.

–¡Qué va! Voy a lucir como el policía de Tarigua.

–¿Y qué quieres tú, unas chancletas con faralaos?

          El duelo retórico era que ni los radioteatros de Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor. Evocar a los dos señores de Caraballeda se me hace imposible cuando veo las imágenes de los encuentros entre Jorge Jesús Rodríguez y la oronda Dinorah Jaxilda Figuera. Una cosa es lo que ellos permiten que sepamos, pero ¿quién conoce los reales diálogos de esos dos seres?

–Ay mana, yo creo que ese azul te queda es-pec-ta-cu-lar…

–¡Gracias, chico! Pero tú no te quedas atrás con ese pañuelo en el paltó, te ves que ni Osmel en sus buenos tiempos.

Ella con cara de pujido contenido, él con sonrisa de Sade en florescencia. Ambos solo tratan de ponerse acuerdo en cuáles zapatos van a elegir.

     

 © Alfredo Cedeño  


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