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viernes, marzo 04, 2022

CLEMENCIA HOMICIDA



Pocas veces me he alegrado tanto de haberme equivocado. La semana pasada escribí sobre la impunidad con la que el hijo de la señora Putin estaba arremetiendo contra Ucrania, y la pasividad en que se enfrascarían los distintos organismos, organizaciones y naciones. No quiero contar los pollos antes de nacer y celebrar el reverdecimiento de la solidaridad, y demás acciones conexas, o el despertar de la conciencia. Más bien creo que ha habido aquello de que han visto las bardas de sus vecinos arder y han corrido a poner las suyas en remojo antes de que la candela se las vuelvan carbón. Sin embargo, la pasividad no ha sido la que anticipaba el jerarca ruso.

Vladimir, seguramente, se veía entrando a Kiev como Hitler a París, como el coloso triunfante a cuyo paso se rendiría la plebe. Tal vez, este abogado hijo de Leningrado no está al tanto de lo furtivo que fue el recorrido que hizo su héroe Adolfo por la capital francesa. Fueron apenas tres horas, y estuvo rodeado de tanto misterio que a estas alturas todavía no se ponen de acuerdo si fue el 24 o el 28 de junio de 1940, cuando el zarandajo austríaco la recorrió. Con certeza se sabe que llegó de madrugada, cuando no había gente en las calles, y a las 6 de la mañana entró a la Ópera de París. De ahí fue a la Iglesia de la Madeleine, porque había sido erigida como un templo seglar, para homenajear a Napoleón.  El siguiente paso fue a la Plaza de la Concorde, el paseo de rigor por los Campos Eliseos, el Arco del Triunfo y Plaza del Trocadero. Allí posó, así como quien no quiere la cosa, con la Torre Eiffel al fondo. Más tarde visitó la tumba de Napoleón, siguió por el Panteón, Montparnasse, Notre Dame, el Louvre, el Palacio de Justicia y finalizó su ronda en la iglesia del Sagrado Corazón.

En cambio los ucranianos le han mostrado los dientes y le han hecho pagar, a costa de la suya, una inesperada cuota de sangre. El mundo occidental no envió soldados, han –ojo, con  excesiva timidez– enviado algunas armas y medios de defensa, y han impuesto una serie de sanciones que golpean duro donde más le duele a los dictadores: en el bolsillo. Ya lo veremos como un Fidel de las estepas, o un Maduro siberiano, clamar contra las medidas que ahogan al digno pueblo ruso. Como si a él le importarán mucho sus paisanos, como si no fuera trajinada costumbre de los déspotas rusos acabar con pueblos enteros, mientras ellos, los miembros de la secta dirigente, viven como zares.

El desaguisado es de tal magnitud que hasta los amarillos han marcado distancia y con su proverbial ambigüedad leímos que el ministro de Relaciones Exteriores Wang Yi llamó a su homólogo ucraniano y manifestarle que “China está extremadamente preocupada por el daño a civiles en Ucrania.” Por otra parte los militantes de esa izquierda exquisita, pero llena de casposos y mal bañados, ya andan entonando su cantinela habitual en contra de la guerra.  Con su cara habitual, de concreto armado, tratan de señalar a Ucrania como la agresora. Ni de vaina son capaces de entender que su ídolo de turno puso la gran torta. Con sus acciones de macho envalentonado el mandamás ruso hizo que la patria ucraniana dejara de ser una idea y se convirtiera en una realidad defendida con uñas y dientes por sus hijos; mientras que por otro lado unificó a la OTAN y a la no menos díscola Unión Europea. Es la manifestación por excelencia de los santones inútiles y carismáticos que los “progresistas” suelen elevar a los cielos…

Ya veremos, cuando se ajusten las tornas, a muchos clamando de rodillas por empinadas escaleras un poco de clemencia para el bachiller Putin. Y será hora de replicar: Verdugo no pide clemencia… También será bueno recordarles una breve frase de Romeo y Julieta, donde Shakespeare pone en bocas del personaje El Principe, al anunciar el destierro de Romeo luego de matar a Teobaldo. El mandatario, adelantándose a eventuales solicitudes de perdón, cierra su decisión con estas palabras: “La clemencia que perdona al que mata, asesina.”

© Alfredo Cedeño  

miércoles, agosto 16, 2017

HIDALGUÍA Y COLABORACIONISMO


                Es posible que Philippe Pétain al dirigirse al pueblo francés, con mensaje radiofónico el 30 de octubre de 1940, en el cual hacía un llamado a sus compatriotas a que colaboraran con el invasor nazi, no tuviera idea de que estaba acuñando una definición que más tarde se haría de uso amplio en la jerga política contemporánea. El mariscal Pétain, quien había participado brillantemente en la Primera Guerra Mundial, donde se le otorgó el título de "El vencedor de Verdún", que fue jefe del Estado Mayor, y tuvo un gran prestigio ante toda Francia hizo entrar el término colaboracionismo por la puerta infame de la historia.
                El otrora héroe galo fue convertido por el régimen en una suerte de Fidel o Chávez, y sus fotos aparecieron en todos lados, el intento por aprovechar su prestigio fue rocambolesco. La historia ya lo ha colocado en su lugar.
                La Ciudad Luz debió esperar hasta agosto de 1944 cuando una sublevación de la Resistencia francesa, a la que luego se unió una parte de la Segunda División Blindada francesa, y otra de la Cuarta División de Infantería estadounidense, hizo caer la malhadada Francia de Vichy.
                Pienso en ello mientras veo nuestro escenario actual. Una Venezuela ahogada por la  invasión cubana, a la que muchos han criticado con guante de seda, mientras ahora sobran quienes se dan rabiosos golpes de pecho ante "la vil amenaza gringa".
                A la par de eso, pienso en  la no poco sesuda discusión en el ámbito académico sobre la novela caballeresca y los libros de caballería. Los últimos, aseguran, se distinguen por la presencia de elementos fantásticos, tales como potingues milagrosos, dragones, monstruos, ogros, hechiceras, y demás sabandijas de similar pelaje; se considera Amadís de Gaula el ejemplo por excelencia. En lo que a las primeras refiere, en sus páginas están presentes personajes de tal verosimilitud que terminaron por hacerse históricos, como ocurrió con El Quijote, y en modelo de conducta para algunos.
                Las acciones de hidalguía de esos personajes han sido replicadas en gestos que no siempre se entienden. Es el caso del respetado profesor Francisco "Morocho" González Cruz quien estaba llevando a cabo una ejemplar campaña por la gobernación del estado Trujillo. La semana pasada sin muchos aspavientos, pero con su firmeza característica, anunció: “Debo honrar mi palabra, en dictadura no me presto para ser candidato”.  Mientras tanto los colaboracionistas criollos, y su corte  de encopetado celestinaje, no cesar de aupar sus candidaturas a un proceso electoral hecho a la medida y gusto de la satrapía roja.

© Alfredo Cedeño

sábado, noviembre 14, 2015

QUÉ PARÍS NO MATE MIS FLORES


                Quienes me conocen me han oído decir más de una vez: París sin los parisinos. Nunca he ocultado mi animadversión por los hijos de la llamada Ciudad Luz, y es que debe decirse en honor a la verdad que suelen ser un poco menos que revulsivos los nacidos en esa amada ciudad. No quiero negar ahora que mi relación con ella ronda los terrenos esquizofrénicos. Si bien sus nativos son como el aceite de tártago, ella es adorable. Tal vez por eso siempre me ha encantado recorrerla casi al amanecer, cuando sus calles son encantadoras. Y sería injusto no amar y venerar esta ciudad a la cual le debemos tanto en Venezuela.
Sin París, por ejemplo, no hubiéramos tenido a Jesús Soto, ni a Carlos Cruz Diez, ni a Juvenal Ravelo, ni a Alejandro Otero, ni a Pascual Navarro. Tampoco hubiéramos disfrutado de esa segunda etapa de la magnífica obra de Antonio Estévez, quien luego de estudiar allá con Pierre Boulez, regresó a Caracas para crear el Instituto de Fonología y compuso Cromovibrafonía Múltiple, Cromofonía, Espectrofonía, Pranofonía y Cosmovibrafonía. Ciudad que maravilló a nuestro querido Chuchú Rosas Marcano, quien solía narrar arropado de emoción cómo habían sido sus clases de postgrado allá. Y no sólo Venezuela le debe a esta urbe. ¿Cómo no agradecerle el mundo entero que haya sido la madriguera de Julio Cortázar? Bendito lugar gracias al cual el maestro Hemingway escribió París era una fiesta y explicó con precisión cómo con su primera esposa, Hadley Richardson, eran “muy pobres, pero muy felices”. ¿Cómo dejar de mencionar a García Márquez, quien en el tiempo que yo nacía, septiembre de 1956, se alojaba en el entonces cochambroso Hotel de Flandre, en el número 16 de la rue Cujas, en el Barrio Latino?  
La lista es infinita. Su impacto  en nuestra cultura del siglo XIX y XX fue decisivo por donde se le quiera ver. A mediados del siglo XIX, Johan Jongkind y Camille Pissarro, entre muchos otros se refugiaron ahí; también llegaron Van Gogh, Renoir, Edgar Degas y Toulouse-Lautrec. Comenzando el XX allí empezaron Pablo Picasso, Modigliani, Pierre Brissaud, Alfred Jarry, Gen Paul, Jacques Villon (seudónimo de Gaston Émile Duchamp, hermano de Raymond y Marcel), Henri Matisse, Maurice Utrillo. En París nacieron las dos colecciones pictóricas más influyentes del siglo pasado y que ahora es cuando se proyectan con todo su peso en los ámbitos museísticos mundiales la de Marguerite "Peggy" Guggenheim, y la de Gertrude Stein. La primera fundó las bases de una serie que ahora se exhibe en el Salomon Guggenheim de New York y con frecuencia, partes de ella recorren los principales museos del mundo. Madame Stein, de origen americano también, impuso a comienzos del siglo XX en el número 27 de la rue de Fleurus: El Salón Stein. Atesoró una colección de arte verdaderamente colosal, y no sólo era una coleccionista empedernida sino también una socialité consumada. Fue celebre su fiesta en honor a Isadora Duncan donde asistieron Cocteau, Hemingway, Pound, Gide, Natalie Barney, Jules Pascin y Marcel Duchamp, entre otros. A sus aposentos eran frecuentes las llegadas de Pablo Picasso, el ya mencionado Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Sinclair Lewis, Ezra Pound, Gavin Williamson, Thornton Wilder, Sherwood Anderson, Francis Cyril Rose, René Crevel, Élisabeth de Gramont, Francis Picabia, Claribel Cone, Mildred Aldrich, Carl Van Vechten y Matisse.
Pero no sólo fueron cuna y refugio de la “burguesía decadente”, como gustan de vociferar los más encopetados miembros de la izquierda majunche. Es bueno puntualizar que hay otra versión de dicha corriente ideológica que es el llamado extremismo caviar, son los que aman New York, Londres y, por supuesto, la hoy lacerada París. Allí se le dio cobijo al mismísimo Ho Chi Minh, quien en diciembre de 1920, participó en el XVIII Congreso del Partido Socialista Francés, donde intervino para denunciar los crímenes de los colonialistas franceses en Indochina e hizo un llamado a los genuinos revolucionarios y al pueblo francés a apoyar la lucha de los pueblos colonizados.  También fue uno de los fundadores del Partido Comunista Francés; y en abril de 1922 fundó allí el periódico Le Paria. Un poco más de medio siglo más tarde le tocó el turno al iraní Ruhollah Hendi Mussaví, conocido más popularmente como el Ayatolá Jomeini. Este señor se instaló en el suburbio parisino Neauphle-le-Château, y el 13 de enero de 1979 el líder religioso constituyó en la llamada capital gala el Consejo de la Revolución Islámica.
                No puedo evitar ponerme quisquilloso y pensar en este último caso como ejemplo perfecto de cómo un país puede abrigar su Caballo de Troya. Y aquí necesito hacer otra consideración. Si bien es cierto que los parisinos son detestables, he llegado a creer que es una pose para tratar de evitar que les agarren la vega de potrero; por ello esa máscara de irascibilidad que esconde a una gente hospitalaria y respetuosa de los demás, aun a pesar de que ellos puedan ser quienes los asesinen como pasó este viernes 13 de noviembre.  No tengo que abundar en cómo el honorable embatolado Jomeini, con la excusa de su estado islámico, estimuló y prohijó diversas arremetidas verdaderamente fascistas contra la cultura occidental. Salman Rushdie que lo cuente, no es gratuito que todavía anda cuidando su pescuezo, ante la oferta que por él hiciera el ilustre religioso.
                La condena a este bochorno ha sido unánime, como tenía que ser. Sin embargo me llamaron la atención dos pronunciamientos en nuestro patio que no dejaron de estremecerme. Por un lado nuestro cuerpo colegiado opositor, que como bien sabemos suele con extremada calma fijar posición sobre cualquiera sea el punto que deben hacerlo.  Ellos van a su propio aire siempre, y ni que un tábano les pique las asentaderas son capaces de ir más rápido, por eso el asombro. El otro me resultó francamente indignante, hablo del que hizo el tío político de los dos angelitos atrapados en la capital haitiana por los agentes del imperialismo mismo.  Es insólito que ahora se pretenda hacer girar los reflectores por arte de birlibirloque hacia Europa, y que nos distraigamos del atentado permanente que debemos soportar estoicamente los venezolanos a todos los niveles. Ayer mismo los sicarios con credenciales del gobierno informaron que el kilo de pernil debía ser vendido a bolívares 586, y cómo me explicaba con voz apesadumbrada y preñada de desespero un alto ejecutivo de una cadena de expendio de alimentos: ¡Nuestro costo es de 890!
                Condeno lo sucedido en París, pero no le hago el juego a este gobiernucho. Los ciento y tantos muertos de allá, los hay en las calles de Venezuela cada semana. Es una masacre en cámara lenta que estamos viviendo desde hace años, y no podemos dejar que la parejería nos arrope para hacerle la tarea a Maduro, Cilia, Diosdado y todo ese grupete de malvivientes que padecemos como gobernantes.  Por favor, que la compasión no nos haga ser pendejos útiles al servicio de estos pícaros que ahora se dan golpes de pecho por las victimas en la capital francesa, y pretenden con ello distraernos de sus simpatías que han clamado urbi et orbi en reiteradas ocasiones; pero ni de milagro explican cómo fue que a sus parientes les pusieron los ganchos cuando trataban de negociar casi una tonelada de coca que sería llevada a Estados Unidos. Esa letrina cada vez arroja más detritus y no debemos ser ingenuos para ayudarlos a echarle cal para ocultar la peste que de ella sale. 

© Alfredo Cedeño


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