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miércoles, octubre 14, 2020

CAE EL TELÓN


                Nada nos ha ocupado más a los seres humanos que el pensamiento. Esa unidad abstracta, en cuanto a la imposibilidad de palparse, ha sido génesis y sepultura de culturas enteras. Imperios y comunidades paupérrimas han brotado a la sombra del bosque etéreo que de allí ha surgido.  Él ha hecho la gloria y la ruina de civilizaciones y héroes, de villanos y déspotas, de genios y fantasmas. Este unigénito del pensar ha sido un procreador de fertilidad inverosímil, ha sido prolífico hasta el delirio, como nadie.  Sin embargo, entre sus virtudes no ha estado precisamente la equidad, más bien se ha terminado convirtiendo en un agente de dominación, para emplear algunas palabras de las que usó el muy barbudo Marx; o se justificó en cuanto ejercicio de poder a través de las prácticas religiosas, para usar lo manejado por otros sesudos pensantes.

                Diciéndolo en buen criollo, todo esto ha desencadenado un atajaperros, para no emplear aquello de un agarra asentaderas, en el cual la fuerza, bruta o madurada, siempre se ha impuesto. Son escasas, casi que aseguro ninguna, las ocasiones en que las ideas han servido para producir una transformación de un escenario humano. Son los conceptos de Aristóteles, maestro de Alejandro Magno, donde la lógica de la expansión lleva al macedonio a controlar el mundo conocido de aquellos días. Se trata también de la guía del impulso de Colón por extender las fronteras del naciente reino español, así como la codicia de reyes y banqueros, al lado de judíos perseguidos, galeotes en busca de la regeneración y tunantes de toda ralea que perseguían la riqueza, las que hicieron América.

                Los ejemplos jalonan la historia humana,  podrían llenarse varias ediciones del periódico, unas cuantas, y no se alcanzaría a mencionarlas todas. La contradicción y el control son congénitos en el acto pensante. Las ideas están supuestas a evitar nos despedacemos mutuamente, sin embargo lo hacemos en función de imponer nuestra manera de elaborar nuestros conceptos vitales.  La igualdad, la justicia, la moral, la integridad se miden según la capacidad de imponerse del que la pregona. La igualdad chavista es destruir modelos productivos, como fue el caso de pequeñas, medianas y grandes empresas, para “construir el hombre nuevo”; ha sido un lamentable concepto que ha amparado la destrucción de nuestro país. La justicia revolucionaria ha sido la que sin juicio, ni probatoria de tipo alguno, mantienen encarcelados a Otoniel Guevara –el nuestro, no el poeta salvadoreño–, Rolando Guevara, Juan Bautista Guevara, Luis Enrique Molina, Arubel Pérez, Erasmo Bolívar, y Héctor Rovain, entre muchísimos otros más. La moral madurista es la que hace a “intelectuales y creadores” hacerse de la vista gorda ante las sucesivas violaciones a los derechos más elementales de todo un país. La integridad roja rojita se mide en función de la capacidad de asumir como santa palabra cuanta imbecilidad atinen a pronunciar los funcionarios de turno que se mantienen plegados a la sombra del cogollito en ejercicio.

                Repito: todo se resume a la imposición de un modelo que se aplica a sangre y fuego. Las ideas son las grandes excusas para justificar delitos de todo orden y concierto. El amor a las preguntas, a la curiosidad, a la sorpresa, al escarbar lo que somos, ha degenerado  en una lucha feroz por el control sobre los otros. Bien lo ha dicho Humberto Maturana: “la mariposa no necesita ninguna teoría para vivir, la bacteria no necesita ninguna teoría para vivir, el elefante no necesita teoría para vivir y nosotros hacemos teorías que terminan por marcar nuestra vida y vamos a actuar en consecuencia.”  Son las benditas teorías que nos balcanizan en este momento, las que nos impiden formar un frente  común para salir de la peste roja. Las ideas son las que se revuelven autofágicas y nos laceran sin vacilaciones. Es la idea de la corrección, que una minoría altisonante ha impuesto con la fuerza de sus gritos destemplados en los escenarios de este siglo, la que ahora hace que todo luzca tan oscuro como el Medioevo. Hegel escribió en Fundamentos de la filosofía del Derecho, comenzando el siglo XIX: “Cuando la filosofía pinta gris en el gris ya una figura de la vida ha envejecido y con el gris en el gris no se deja rejuvenecer, sino sólo conocer; el búho de Minerva inicia su vuelo a la caída del crepúsculo”.  Tal vez llegó el final y no lo hemos sabido entender.

 © Alfredo Cedeño 

miércoles, junio 03, 2020

ÉTICA PATÉTICA


                Pocas palabras han tenido, y tienen, la carga interpretativa que posee ética. A partir de ella se han escrito tratados de todo color; y se han formulado variaciones con cualquiera sea el sabor que a usted se le pueda ocurrir, algo así como la célebre heladería Coromoto en Mérida, donde usted podía encontrar sorbetes que iban desde camarones al vino, pasando por guama y fororo, hasta la muy vernácula caraota. Como reza la manida frase: Hay para todos los gustos.
                Si nos ponemos a ver, dicha locución es un recurso para evitar que nos matemos unos a otros, es la cerca que el ser humano creó para colocar elementos de contención frente a la barbarie de la fuerza bruta. Vano intento. A ella le pasó como a su compañera historia, la termina escribiendo el que vence.  Poco valen las buenas intenciones, los derechos ancestrales, el  uti possidetis juris (que terminó por ser traducido: Como poseías, así te quitaré), y todos los otros vocablos de similar especie. El que gana impone y dispone, y olvídense de igualdad, libertad y fraternidad, esas son menudencias galas que desde el siglo de las Luces andan por ahí dando saltos, por algo lo mismo se les usa como lema oficial tanto en Francia como en Haití.
                Se habla de ella según la conveniencia de cada cual, no hay un acuerdo con respecto a su uso y aplicación, no hay ISO 9000 que valga para ella, sus estándares son tan variopintos como patanes de turno nos podamos imaginar. Se ha hablado y escrito de éticas normativa, aplicada, religiosa, utilitarista, epicúrea, estoica, empírica, cívica, profesional, militar, y hasta de una metaética se han establecido cánones.
                El secular tejado que se ha tratado de colocar para protegernos siempre está en reparación, nunca calza cada pieza en su lugar porque nunca falta un gamberro que le arroja lo que le provoque. Después de todo bien saben que no habrá quien les reclame o haga pagar los daños causados. La ética se define según el que empuñe la batuta. Puede ser la de Castro o la del Dalai Lama, la de Mandela o la de Stalin, la de Antonio Estévez o la de Dudamel, la de Juana Sujo o la de Mimí Lazo, la de Almagro o la de Maduro, y por ahí podemos seguir hasta el horizonte o más allá.  
                Repito, todo concluye en un mero torneo de fuerza, y  olvídense de Pedro Calderón De La Barca y aquello de “No hay razón donde hay fuerza”, porque termina al mando el viejo refrán: Cuando la fuerza manda, la ley calla.  Tal vez el patetismo de la frase está condensado en una canción, La Chiva, que grabó Johnny Pacheco en 1977 en su disco The Artist, donde la voz de Héctor Casanova entona: Una chiva ética, pelética, peluda y perintancuda…
A la larga, ética es una excusa, un recurso decadente donde ampararnos cuando queremos hacer lo que se nos antoja, una floritura hecha palabra  que podemos convertir en escudo y salvoconducto para burlarnos del mundo entero. Maduro y su combo han demostrado que en tales vericuetos de la filosofía son verdaderos expertos, qué san Agustín de Hipona y santo Tomás de Aquino ni que niño muerto. 

© Alfredo Cedeño 

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