Yo sigo profundamente
enamorado de mi país pese a la mala hora que, con visos de eternidad, vive
desde hace casi dos décadas. Mi Venezuela adorada es un manantial de esperanzas
a la que ningún zángano podrá nunca secar. La he recorrido de un lado al otro
una y otra vez, sin que el asombro haya encontrado fondo en alguna ocasión. Mi país es un torneo de sorpresas y gestos que
cautivan con sus actos maravillosos. Por eso es que el espectáculo que se
empeñan en dar nuestros políticos, los que mandan y quienes dicen adversarlos,
me tiene sin cuidado. Maduro, Cilia, Luisa Ortega, Ramos, Borges, Capriles y
todos los demás se pueden ir muy largo al carajo porque nuestro país está
sobradamente por delante de todos ellos.
Hoy escribo
conmovido por un gesto mínimo, un grano de arena en medio de este vasto mar
desolado en que parecemos a punto de naufragar. En Maracay, capital del estado
Aragua, dos niñas que bien podrían andar jugando a hembras fatales, o cualquier
otra zoncería de similar tenor, andan empeñadas en dar de comer a los más
necesitados. Yenia Martinez tiene 22
años y estudia medicina en la Universidad Nacional Experimental Rómulo Gallegos,
junto con Fany Ramos, de 20, quien estudia comunicación social en la
Bicentenaria de Aragua. Ellas, quienes aseguran que no pueden “ser indiferentes
ante la necesidad que están pasando nuestros hermanos”, se dedicaron a poner en
marcha lo que llamaron sopapatimcy.
No se plantearon
tumbar el muro de Berlín, ni asaltar el cuartel Moncada o entrar con una
tanqueta al Palacio Blanco; nada de esos gestos épicos y rocambolescos a los
que son tan adictos muchos. Ellas solo querían dar un plato de sopa caliente a personas
con hambre. Nada más. Como buenas estudiantes de milagro tenían su mesada, pero
no se quedaron en el lamento. Y salieron a patear la calle y a pedirle a la
gente que las ayudaran a “luchar contra la indiferencia que hoy en día nos
invade como víctimas de la crisis”.
Así fue como
consiguieron reunir verduras, aliños, proteínas, envases, y todo lo necesario
para que cada quince días, por los momentos, cocinar más de centenar y medio de
raciones de sopa que luego es repartida por las calles de Maracay entre los
vendedores informales que regularmente están en los principales semáforos, así
como a niños, ancianos y enfermos. Ellas saben: “No somos una solución
permanente, pero tampoco somos parte de la indiferencia.”
Estas dos venezolanas
son el vivo ejemplo de una ciudadanía que va miles de pasos por delante de una
dirigencia cada vez más desorientada y miope. Ellas son el vivo retrato de los
caminos nuevos que se están pavimentando, con cariño y talento, respeto y solidaridad,
ingenio y sensibilidad. ¡Qué difícil la van a tener los patulecos de siempre a
la hora del rescate! Ay de aquellos que quieran jugar a engañarnos nuevamente. El tiempo de la ingenuidad, y la impunidad, fue superado hace un rato largo.
© Alfredo Cedeño
