sábado, noviembre 17, 2012

POST-ESTÍO


Sangre y cielo de otoño
se arrebujan uno en el otro
con suaves mohines pardos,
es una sensación agridulce
de hermosa melancolía
que anuncia adiós y pérdida.

© Alfredo Cedeño

jueves, noviembre 15, 2012

IMPÚDICO


Me preguntaron sobre la vergüenza
y no supe de qué me hablaban,
me dijo uno de los de afuera:
es lo debes sentir al hacer lo malo.
Quise saber por qué debía sentirla
y no supieron cómo explicarme,
tampoco pudieron saber decirme
cómo me va ayudar a navegar mejor.

© Alfredo Cedeño

martes, noviembre 13, 2012

domingo, noviembre 11, 2012

CAPAYA

           En la orilla norte de su río homónimo está Capaya, otra de las tantas cuentas del hermoso rosario de comunidades que se han constituido en Barlovento. 
           Explico a propios y extraños: Barlovento es una de las regiones naturales que conforman la denominada Región Norte Costera, del estado Miranda, a menos de cien kilómetros al este de Caracas, la capital venezolana; las tierras de esta zona fueron asiento de vastas y reputadas haciendas de cacao durante el llamado periodo colonial.

           Su población en la actualidad apenas rebasa los seis millares de habitantes, cifra que me llama la atención al contrastarla con los datos demográficos que a fines del siglo XVIII, ese chismoso insigne que fue el obispo Mariano Martí, asentó en el libro personal de su celebre "Visita Pastoral a la Diócesis de Caracas": Este pueblo consta de 1.212 almas entre indios, blancos, negros, mulatos, libres, esclavos, sambos, mestisos y de todas castas, y de éstos hay 240 indios y 714 esclavos y los demás, blancos, y de otras castas.

          Y ya que lo menciono, les copiaré lo que dijo Su Eminencia en lo que tiene que ver con la aparición de este sitio: en el dicho pueblo de Araguata havía dos Caciques, los quales discordaron, y el uno con su gente se quedó en dicho pueblo de Araguata, el qual pueblo de Araguata fue trasladado al sitio de Capaya o Marasma cerca del año 1712, y desde entonces empezó el pueblo de Copaya o Marasma…

          Al revisar los documentos del obispo Martí de su mencionada jornada pastoral se consigue variada información respecto a este pueblo mirandino al cual arribó el “Día primero de marso de 1784” donde “llegamos a las diez y media de la misma mañana a este pueblo de Capaya o Marasma,…” 

            Venezuela es un amplísimo campo de gestos, hechos y fantasías que se entretejen en un, a veces, delirante panorama que nos ha ido configurando como país. Aquí las alucinaciones son la fuente que nos inspira cual látigo que estimula de manera permanente. Por eso, no es motivo de asombro nada de lo que pueda ocurrir o ser planteado al analizar  cualquier hecho o acontecimiento, por irreverente que pueda aparentar.

 
          La historia –esa anciana de aires dignos y humilde empaque, a la cual los historiadores se empeñan en disfrazar de señorona presumida y altanera–, asegura que Simón Bolívar nació en Caracas el 24 de julio de 1783; y así ha quedado asentado en todos los textos habidos y por haber. Sin embargo, recuerdo vagamente en mi infancia haber oído decir a mi abuela paterna que eso no era así y que El Libertador en realidad había nacido en Capaya…
 
          Hace hoy cinco días, es decir el martes 6 de este mes de noviembre, de este año de 2012, estuve en esa población y el recuerdo de la vieja Elvira, mi abuela, y sus divagaciones sobre el nacimiento de Bolívar retoñaron más vividas que nunca.  Al apenas comentar con una señora, de buen ver por cierto, y cuyo nombre si no me traiciona la memoria es algo como Kun Raquel, en los alrededores de la iglesia me repitió, casi al calco, lo que había escuchado medio siglo atrás.
 
          En los alrededores de Capaya la familia materna de Simón Bolívar era propietaria de la hacienda Palacios.  Les recuerdo que su nombre completo era Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco. 
 
          Entre los hijos de Capaya se ha transmitido de generación en generación que  el 22 de julio de 1783 en el libro de Bautizos de la iglesia de nuestra señora de la Iniestra de Capaya, aparecía el nombre de María Concepción Palacios, la madre de Bolívar, como testigo de un bautizo.
 
          Este martes pasado, la ya mencionada señora me aseguraba: “¿Tú sabes cuál era un viaje jodido? Ir de aquí a Caracas, porque eso era una travesía que se echaba sus dos o tres días fácilmente. ¿Cómo es que ella iba a estar aquí el 22 en un bautizo y el 24 ya estaba pariendo allá en Caracas?  Pero la gente que manda siempre hace lo que se le da la gana y cambia y pone lo que se le antoja. Ella parió aquí y en lo que se alentó, agarró su muchacho y su perolera para irse a presentar al muchacho allá en Caracas. ¿Quién le iba a decir que no?”
 
           No puedo dejar de recordar que el “real y auténtico” lugar de nacimiento de Cristóbal Colón se lo disputan alrededor de una treintena de pueblos europeos. Con Bolívar pasa algo semejante, y debo decir que, al igual que Capaya, se oyen historias similares en San Mateo, El Consejo, La Victoria, y San Francisco de Yare, localidades en las cuales  la familia Bolívar tenía vastas propiedades.
 
            En todo caso, cuna o no de Bolívar, Capaya permanece al lado de la larga lengua de cacao que semeja su río. En sus calles se ven restos de casas señoriales que se están desmoronando ante la implacable desidia de autoridades y lugareños.  Su iglesia, la más antigua de la zona, es un extenso catálogo de abandonos: apenas diez bancos desolados permiten a una feligresía cada vez más escasa dejar caer ocasionales oraciones maltrechas.

© Alfredo Cedeño


sábado, noviembre 10, 2012

CHINESCO

Fui dueño de tapices y nubes
mientras las sombras se alzaron
desde el borde de mis mangas
a espantar dolores y quebrantos
enredados en la red macilenta
de los ataques ruines y alevosos
que trataron de picotear mi camino…

© Alfredo Cedeño

jueves, noviembre 08, 2012

HISTORIA DE UN SEÑOR QUE APRENDIÓ A SER PAPÁ

Para Alfredo Rafael
-Felo-, mi maestro particular.



          Una tarde tu mamá llegó corriendo y con calor diciendo:
- Alfredo me va a crecer la barriga...
- Ya lo sabes, no comas más como una vaca.
Ella me vio no como la madre de un ternero sino como el padre: igualita a un toro.  Después me dijo:
- Ya que vas a tener un hijo mira a ver si terminas de ponerte serio.
Y así fue como empecé a aprender a ganarme el derecho a que me digas papá.

           Al comienzo me dio mucho miedo y después me fui alegrando como se ponen los pájaros cuando andan comiendo fruticas por la montaña. Y la panza de tu mamá se fue poniendo más y más y más grande, parecía un globo de esos que se usan para volar.  Pero… teníamos un problema: tú creías que la barrigota era una pelota, y no te dabas cuenta que estabas adentro, y dabas patadas y patadas y patadas. ¡Ah!, cuando íbamos donde un medico que revisaba a ver como estabas creciendo te quedabas calladito como un viejito mala mañoso, pero el corazón te denunciaba y se oía corriendo como un caballito loco que se había perdido entre las nubes.
          Papá se volvió loco, más de lo que siempre ha sido, y empezó a celebrar que tu venías y agarró la lipa de tu mamá para tocar tambor y jugar contigo. Te hablaba y tú pateabas, daba palmadas por donde te movías y pateabas, te ponía música y pateabas. Y mamá se desesperaba porque tú pateabas,  y te estirabas, y ella se ahogaba.
          Nunca supe como hizo el tiempo para pasar como los cohetes: volando. Y un lunes el doctor nos dijo que ya estabas muy grandote y que la barriga de tu mamá ya no se podía seguir estirando y que había que sacarte.  Así fue como el viernes 8 de noviembre mamá y papá se fueron muy temprano a la clínica y a las diez de la mañana tú saliste a conocer el mundo.
Desde entonces, hoy cumplo dieciséis años con la felicidad a cuestas.  ¿Cómo no darte las gracias por haberme enseñado a ser papá?

© Alfredo Cedeño

martes, noviembre 06, 2012

CHUBASCO



La lluvia es un chorrear de melancolías que he lamido en Londres,
New York, Roma, Florencia, Washington, Madrid, Paris y Caracas.

La esquivé en Toledo con floritura acerada y la tasajeé en Lisboa,
Liverpool, Tampa, Ancona, Atenas, Maracaibo, Sicilia y  Panamá.

La gocé mientras andaba y jugaba al duende mientras regalé juguetes
por las aceras de Manhattan y un caramelo en el Viejo San Juan.

La sentí rodando por mi Venezuela con el corazón hecho pedazos
y en las manos de mil besos perdidos por las plazas de Venecia.

Ahora la veo sobre una hoja que me regala la luna llena de paz
y pongo mis manos entre estas líneas mientras vuelvo a volar…

© Alfredo Cedeño

domingo, noviembre 04, 2012

BILBAO

           De aquellos polvos vienen estos lodos, reza el refrán. Es manido el argumento que nos enrostra a los hijos de América la tendencia a la conducta anárquica, y a menudo “alegre”, cuando de ejercer el poder y respetar la institucionalidad se trata. Pero si nos damos un recorrido a vuelo de pájaro por la historia de nuestra llamada Madre Patria, veremos que hasta sanos resultamos ser ante las una y mil maromas, de todo orden y concierto, que en aquellos lares se llevaron a cabo.
           No pretendo remontarme a los tiempos de celtas, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, visigodos, moros y otros tantos más. Voy a darme una pequeña vuelta sobre una breve etapa de su historia, la que cabalga entre los siglos XIII y XIV. En aquellos tiempos, era rey de Castilla Sancho IV, quien había tenido por consorte a María de Molina quien le había parido la descendencia de rigor: siete muchachos entre hembras y varones… 
          Pero antes de seguir con lo formal, vamos con el chisme, que no por ello es menos historia. Resulta que doña María era tía de Sancho IV, algo así como la tía Julia del ahora Nobel Mario Vargas Llosa, y para ellos casarse debían haber tenido una dispensa papal que permitiera sus nupcias.  
          Por supuesto, la debilidad de la carne se impuso a la fortaleza eclesiástica, por lo que ambos fueron excomulgados… Bragueta, enaguas y continencia no suelen hacer buenas migas. Todo ello llevó a una serie de escaramuzas de todo tipo con los cuales no pienso darles la lata este domingo.
           Un buen día, el 25 de abril de 1295, Su Majestad Sancho IV murió –la palmó, diría en estos días el muy castizo hijo de Asturias don Pepe Rico–, y la reina María, quien tenía el pendeja bastante alejado de sus virtudes, reclamó la corona para su vástago, el futuro Fernando IV de Castilla.  El nuevo soberano apenas contaba con 10 años de edad, por lo cual fue su madre junto a Enrique de Castilla el Senador, al cual nombraron tutor del rey, quienes ejercieron el poder.
 
          No quiero ponerme creativo y suponer ciertas posibilidades extra regencio- tutoriales entre ambos. Si bien la Molina andaba en la treintena, o sea: en edad de más que merecer, Enrique de Castilla era un sexagenario que venía de haber estado preso casi treinta años en las cárceles papales por haber estado jodiendo y soliviantando a los círculos de poder en Roma.  Así que, es elevada la probabilidad de que la castidad campeara entre los augustos personajes; aunque se han visto casos…
           Dirán ustedes: ¿Y a este qué le pasa hoy?, ¿se fumó una taza de tallarines o se olió un frasco de trementina con creolina? Nada de eso, y tengan paciencia, que la prisa es plebeya y hoy andamos de temas reales, por muy arrabaleros que sean los procederes de aquellos quienes los protagonizaron.  Mi abuela Elvira decía: “las peores son las que tienen carita de yo no fui…”. Santas palabras, puedo dar fe de ello. Pero sigamos.
          María de Molina y Enrique de Castilla ejercieron de regentes hasta 1302. Para no dejarles a medias el chisme de fustanes y sotanas les diré que en 1301, mediante la respectiva bula de rigor, el papa Bonifacio VIII legitimó el matrimonio de la de Molina con el difunto rey Sancho IV de Castilla. Y se resolvió retroactivamente el problema sucesoral. (Si París bien vale una misa... ¿Se imaginan cuánto de gordo debe haber sido el arreo de mulas cargadas de oro o plata que llegaron a El Vaticano?)
          Pero vayamos a lo que nos interesa de todo este jaleo. Doña María y don Enrique, en su versión medieval de Falcon Crest, encargaron desde Valladolid, el 15 de junio de 1300, a Don Diego López de Haro V, fundar la villa de Bilbao mediante una carta fundacional, o Carta Puebla.  
          López ejecutó la tarea y estableció la nueva villa en la orilla derecha de la ría del río Nervión, y en la carta fundacional de Bilbao proclama:
“En el nombre de Dios y de la virgen bienaventurada Santa María: Sepan por esta carta quantos la vieren y oyeren como yo Diego López de Haro, señor de Vizcaya en uno con mio fijo Don Lope Diaz y con placer de todos los Vizcaynos, fago en Bilvao de parte de Begoña nuevamente población y villa qual dicen el puerto de Bilvao.”

           Es decir que esta ciudad, de la cual muestro esta ronda de imágenes, nació bajo el reinado de Fernando IV y por la voluntad de las trapisondas y voluntades de la Molina y el Enrique.  Es justicia decir que el tesón vizcaíno no es de nuevo cuño y en breve la localidad naciente se convirtió en paso obligatorio de todo el comercio de Castilla hacia el mar. 
 
Fue así como el puerto de Bilbao se convirtió en un eje comercial que comerciaba con los puertos de Flandes y Gran Bretaña; así como con los de Francia, Portugal, Italia, Castilla y Aragón. 
          ¡Qué de hechos no podría narrarles! A esta ciudad llegó la primera imprenta en 1577, y fue aquí donde en 1596 se editó el primer libro en euskera,  Doctrina Christiana en Romance y Bascuence del Dr. Betolaza. Esta es la cuna de Miguel de Unamuno y de Pedro Arrupe; la de Blas de Otero y de Gabriel Aresti, la de Casilda de Iturrizar y Anselma de Salces, quienes emplearon sus fortunas para apuntalar obras culturales, benéficas y hospitalarias.
            Bilbo, como pronuncian en la lengua vasca, es la ciudad que ahora abriga al querido Mikel de Viana; la que se pavonea por la costa cantábrica con su sede del Guggenheim; es la urbe que alberga a  355.731 habitantes y a la cual Singapur otorgó el Lee Kuan Yew World City Prize, considerado el Nobel del urbanismo. 
          De ella dijo el pintor onubense Daniel Vázquez Díaz: ¿Qué es lo que tiene Bilbao que tan hondo se metió en mi alma? Bien lo dijo Unamuno: Bilbao… mientras yo viva, vivirá conmigo….. y no pienso morirme nunca del todo, porque él no puede morir del todo y en él espero vivir.

© Alfredo Cedeño



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