El
viernes 23 de noviembre de 1492 el Almirante Cristóbal Colón asentó en su
diario: “Y sobre este cabo encavalga otra tierra o cabo que también va al
Leste, a quien aquellos indios que llevaban llamaban Bohío, la cual dezían que
era muy grande y que había en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros
que se llamaban caníbales, a quien mostravan tener gran miedo.”
Casi
tres meses después, el miércoles 15 de febrero de 1493, el navegante genovés en
carta “fechada en la carabela, sobre la
Isla de Canaria”, escribía: “Así que monstruos no he hallado,
ni noticia, salvo de una isla (de Quarives), la segunda a la entrada de las
Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy
feroces, las cuales comen gente humana”. El favorito de la reina Isabel I de
Castilla, y quien sabe si el otorgante de la cornamenta del caso a Su Majestad
Fernando de Aragón, puso así a dar tumbos por la historia la palabra Caribe, y
la relacionó con ferocidad ya que esos eran los mismos caníbales a que hacía
referencia en su diario. El impacto y permanencia de ello lo vemos hoy en el diccionario
de la Real Academia
de la Lengua donde
se lee la siguiente acepción: “1. adj. Se dice del individuo de un pueblo que
en otro tiempo dominó una parte de las Antillas y se extendió por el norte de
América del Sur.”
Esos
feroces señores de las costas, consumados navegantes que desde tierra firme
habían ido ocupando muchas de las islas que había en nuestro mar interior fue
lo que hizo que los exploradores españoles bautizaran como Mar Caribe. Es bueno
decir también que el cronista italiano Pedro Mártir de Anglería lo bautizó como
Mar de las Antillas, por asociar aquellas islas con la legendaria Antilia a la
que se refirió en sus textos Aristóteles, y que en mapas europeos de la segunda
mitad del siglo XIV aparecía ubicada entre la Península Ibérica
y Asia.
Ahora
bien, para llegar donde nos interesa, vuelvo ahora a otro cura, aunque este que
ahora refiero fue excomulgado en la década de los 70, del siglo pasado, gracias
a su labor pastoral en distintas localidades mirandinas y aragüeñas, pero particularmente
en Turmero donde era párroco en el momento de su expulsión. Escribo del
antropólogo Filadelfo Morales, por largos años profesor de la escuela de
Antropología en la Universidad Central
de Venezuela. Cito a Morales porque él en su libro Del Morichal a la sabana afirma: “Los Kari´ña son los descendientes
de la nación indígena llamada “Caribe” por los cronistas españoles, lo cual
está corroborado hasta el día de hoy.”
Este
grupo indígena del cual escribo hoy, y apegándome a las cifras del XIV censo de
población y vivienda 2011 llevado a cabo por el Instituto Nacional de Estadística,
está integrado por 33.824 individuos, lo cual les hace el tercer grupo indio
más numeroso de los que sobreviven en Venezuela. Ellos están distribuidos ahora por los
estados Anzoátegui, Monagas, Bolívar y Sucre; amén de diferentes grandes
centros urbanos donde muchos han migrado y se les puede ver en faenas de
mendicidad. Paradójicamente sus tierras ancestrales están llenas de vastos
yacimientos petroleros…
Los
Kari´ña, o Caribe, eran famosos por las piraguas y canoas que fabricaban. Las
piraguas medían de 14 a
17 metros
de largo por 1,5 de ancho, hechas de una sola pieza de caoba, cuyo tronco
ahuecaban y ensanchaban con candela; una de estas naves podía transportar entre
cincuenta y sesenta hombres. Las canoas eran de menor dimensión, de fondo
redondeado y con menos estabilidad que las piraguas. Todo ese antiguo señorío ha desaparecido,
poco queda de aquellos a quienes Alejandro de Humboldt en Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente describe:
“Estos Caribes son hombres de una estatura casi atlética, y nos parecieron
mucho más esbeltos que los indios que hasta entonces habíamos visto.”
Igualmente
escribió Humboldt: “Los Caribes, pueblo comerciante y guerrero, recibían de los
portugueses y holandeses, cuchillos, anzuelos y pequeños espejos y toda clase
de bujerías de vidrio.” Su evidente fascinación por ellos se lee en el tomo
final de su obra donde asienta: “diferente de todos los otros indígenas por su
fuerza física e intelectual. No he visto en ninguna parte una raza entera de
hombres más alta (de 5 pies
y seis pulgadas a 5 pies
y diez pulgadas) y de estatura más colosal. (…) difieren de los otros indígenas
no solamente por su elevada talla, sino también por la regularidad de sus
rasgos. Tienen la nariz menos larga y menos aplastada en la base, los pómulos
menos salientes, la fisonomía menos mongola. Sus ojos que son más negros que
entre otras tribus de la
Guayana , anuncian inteligencia, y podría decirse, casi el
hábito de la reflexión. Los caribes tiene gravedad en las maneras y algo de
triste en la mirada…”. El control que ejercían sobre los demás grupos indígenas
era terrible, según la tradición oral Ye´kwana los Kari´ña hacían prisioneros a
sus antepasados para venderlos como esclavos.
En
la actualidad los principales grupos residenciales de los Kari´ña están en La Mesa de Guanipa, al centro
del estado Anzoátegui, a menos de 300 kilómetros en
línea recta al sureste de Caracas. Tascabaña, Bajo Hondo, Mapiricure, Kashama son
algunas de ellas. Más adentro de los llamados Llanos Orientales, en territorios
del estado Monagas la mas destacada comunidad es la de Aguasay, donde se
dedican a elaborar chinchorros de curagua, planta de la familia de la bromeliáceas y cuyo
nombre científico es Ananas erectifolius.
Pese a los procesos aculturativos
que han hecho perder muchos de sus rasgos culturales a los Kari´ña, todavía las
mujeres al casarse permanece viviendo en la casa materna, es lo que los
antropólogos denominan matrilocalidad, o cerca de ella, lo cual se define como
matrivecindad; dicho patrón de comportamiento es llamado por los científicos
sociales como uxorilocalidad ya que es la mujer quien fija el lugar de
residencia.
El
pueblo Kari´ña, pese a los avatares mantiene numerosas manifestaciones de su
cultura secular, una de ellas es su tradición oral. Entre sus tantos mitos el de “los morochos
(mellizos o gemelos)” siempre me ha parecido conmovedor: Cuando empezaron los
tiempos, Vedú, el sol, estaba muy enamorado de una mujer Kari´ña y se la llevó
al cielo una vez para amarla. Las nubazones, las trojas de agua, se hicieron
para servir de lecho a sus amores, a sus copulaciones de estrellas, a sus
jugueteos en el espacio, hasta que llegó el día de la separación. A mi casa
debo irme, le dijo Vedú a su amor. ¿Y donde está?, le preguntó ella. Él le
contestó: Por ahí, al llegar al cruce de caminos de las dos plumas, la roja de
guacamaya te llevará a mi caney y la
otra de paují negro, a un sendero donde
vive pura gente malosa, ése no lo debes andar nunca, le dijo perdiéndose en el
follaje de sus propios llamarones. Ella
había quedado preñada de dos soles, y nacieron dos de aquellos ardimientos y
muy habladores eran ellos.”
Kari´ña
de Mare-Mare y de Akatoompo. El primero es una danza
festiva que se ejecuta para celebrar la reunión de las familias, dar la
bienvenida a visitantes o marcar el final del luto por un muerto. Generalmente
el baile se acompaña con una música de tambor y maracas, a la que ahora se le
ha agregado el cuatro, acercando su ritmo al joropo. La coreografía, formada
básicamente por dos filas de bailadores sugiere una serpiente que avanza y
retrocede, en actitud amenazante para luego enrollarse y desenrollarse. Es
necesario explicar que en el mundo Kari´ña la culebra tiene un significado
especial, ya que según su mitología son originarios del hueso de la serpiente.
En cuanto al Akatoompo, este se celebra el 2 de noviembre, día en el cual la comunidad
kariña celebra rituales en memoria de sus difuntos. Entre ellos subsiste la
creencia de que los difuntos desde el dos al tres de noviembre regresan a
visitar a sus familiares, quienes les esperan y, para recibirlos, preparan
reuniones en las cuales se mezclan música, cantos y bailes. Los participantes,
acompañados por cuatros y guitarras, originalmente era con flautas de caña,
danzan entrelazados por la cintura, con giros y movimientos hacia adelante y
hacia atrás. Entonan cantos espontáneos en los que se evocan acontecimientos
importantes en la vida de los difuntos y destacan su recuerdo dentro de la vida
del grupo.
Restos de una civilización otrora
poderosa que parece conservarse infinita. Las palabras del sabio Humboldt
comenzando el siglo XIX me resonaban en el recuerdo una tarde mientras los
retrataba en Tascabaña: “Como tiene el cuerpo teñido de onoto sus grandes
figuras de un rojo de cobre y pintorescamente vestidas, parecen de lejos, al
proyectarse sobre la estepa contra el cielo, antiguas estatuas de bronce.”
© Alfredo
Cedeño
3 comentarios:
Buenos dias , hermoso reportaje e historal de la vida real . Lo felicito , que un merecedor domingo .
Hola Buenos días: muchas gracias por este interesante y valioso artículo, el próximo mes, aquí en Caigua habrá un reencuentro: Kariñas y Caigûeros. Saludos
Como siempre andando por esos mundos de Dios ya te pareces al Don Quijote , No se si admirar a esa gente ,nuestros hermanos porque aun no se han contaminado del todo , sin embargo creo que llegará el momento que tambien desaparecerán como tantas otras etnias en el país, ojala que se hagan respetar asi como lo hacían antes y sigan poblando esa regiones ,Da lástima como muchas veces los miramos con desprecio, como si fueran seres inferiores , Gracias Alfredo por toda esa investigacion, ojala quede algo por ahí para hacer historia .
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