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viernes, junio 03, 2022

OÍRLA PARA ENTENDERLA


Londres arrastra una fama injusta de ciudad fría, gris y eternamente nublada. En realidad, la capital británica es una de las ciudades más humanas que recuerdo, es una urbe pensada para el hombre. Sus monumentos, calles y jardines son una fiesta de la que siempre cuesta un montón salir. Es cierto que la niebla londinense suele arropar la ciudad de una manera feroz, y hay días en que ni hasta la próxima esquina se puede mirar, aunque eso no suele ser la regla.

Por siglos la imagen de una ciudad arropada por la neblina se ha establecido como su arquetipo.  A ello contribuyeron autores de todo orden y concierto, desde cronistas hasta creadores. Me viene a la mente una obra de Charles Dickens, La casa desolada, en la que describe: “Niebla por todas partes. Niebla río arriba, donde mana entre verdes islotes y praderas; niebla río abajo, donde ondula viciada entre las hileras de embarcaciones y por la contaminada ciudad, grande y sucia, que se extiende al borde del agua”. A este, uno entre miles y miles, ejemplo se une el trágico episodio conocido como “La gran niebla de Londres” que entre el 5 y 9 de diciembre de 1952 produjo la muerte de unas 12 mil personas. Sin embargo, es necesario asentar que en esa ocasión se mezclaron una serie de factores que desencadenaron esa tragedia.

En 1952 la calefacción de la ciudad era a base de carbón, al igual que numerosas fábricas que funcionaban en ella, y que igualmente alimentaban sus maquinarias con el combustible mencionado. Ese año se vivía un invierno particularmente rudo, por lo que sus habitantes trataban de mantenerse en calor con un  consumo extraordinario del mineral. A esta situación, para terminar de completar el caos, se añadió la entrada de una masa de aire frío, la cual generó el fenómeno llamado de inversión térmica, que impidió la renovación del aire en la ciudad, lo cual unido a la típica niebla produjo la enorme cantidad de víctimas por causas respiratorias.

Sin embargo, pido excusas por la divagación porque lo que quería escribir hoy era sobre una de sus edificaciones más emblemáticas: La Abadía de Westminster, templo que ha sido escenario de coronaciones, bodas y funerales a lo largo de los siglos. Es un espacio que deslumbra, pese a su atmósfera sombría, pero a mí hay un lugar en particular que siempre me ha emocionado de manera particular, la llamada Esquina de los Poetas (Poets' Corner) donde están sepultados, por citar solo a cinco, Dickens, Kipling, Chaucer, Newton y Darwin.  También está allí la de Samuel Johnson, autor del que serían necesarias varias entregas para poder hacer un escuálido boceto de su trabajo.  Hoy solo quiero quedarme con una de sus frases: “Para poder enseñar a todos los hombres a decir la verdad, es preciso que aprendan a oírla”.

¿Será que los ilustres miembros de la cofradía política venezolana nunca aprendieron a oír lo cierto?

© Alfredo Cedeño 


 

miércoles, abril 15, 2020

PODEROSA PESTE


                Pocas cosas son tan seductoras para los hombres, y mujeres, como el poder. La historia está llena de ejemplos que ilustran lo que escribo, la gran mayoría de ellos por mero ejercicio del más puro y simple narcisismo que podamos imaginar. Así lo vimos con los sacerdotes mesopotámicos, los patriarcas hebreos, las dinastías chinas, los faraones, los griegos, los sacerdotes romanos, los católicos,  los Incas suramericanos, la nobleza azteca, la realeza europea, los terratenientes, los industriales y en nuestros días con los políticos. Su búsqueda y ejercicio siempre ha sido descarnada, por lo general escasa de ética; la cual, a  su vez, fue planteada como mecanismo de defensa del más débil frente al poderoso de turno.
                No obstante, fue en vano.  Las ansias de dominación de paisanos y vecinos siempre ha sido el gatillo que hace detonar el más voraz de los controles. Pareciera que las ganas de imponerse son atávicas, casi instintivas y la perversidad, también inherente a nuestra especie, ha creado rebuscadas sendas  enmascaradas de racionalidad para justificar la dominación. Desde vida después de la muerte hasta la obligación moral de velar por los que menos tienen, han  sido  las varillas del abanico con que han tratado, la más de veces con éxito, de aplacarnos. Ha sido la naturaleza, acrisolada en sus creadores, la que ha generado las respuestas más sólidas a los sátrapas de turno.
                La moraleja con la que cierra Esopo su fábula El águila y el escarabajo es de una precisión excelsa: “No desprecies nunca al pequeño y al que parece insignificante, porque no hay ningún ser tan débil que no pueda alcanzarte.”  Otro creador que antes de la era cristiana que alertó sobre los desmanes del poder fue Esquilo, él abre su pieza Agamenón con un guardián que recita: “el miedo, en vez de sueño, me acompaña y no me deja cerrar sólidamente los párpados de sueño- cuando, digo, quiero cantar o silbar y conseguir así con el canto un remedio contra el sueño, entonces lloro lamentando la desgracia de esta casa, no dirigida sabiamente como en el pasado. ¡Ojalá venga ahora una feliz liberación de estos trabajos, apareciendo en la noche el alegre mensaje de fuego!”  ¿Cómo no recordar a Sófocles? El dramaturgo pone en boca de Antígona mientras dialoga con Creonte: “Se podría decir que esto complace a todos los presentes, si el temor no les tuviera paralizada la lengua. En efecto a la tiranía le va bien en otras muchas cosas, y sobre todo le es posible obrar y decir lo que quiere.”
                Podría pensarse que eran usanzas de la Antigüedad, pero encontramos un milenio después a Shakespeare poniendo en boca de uno de sus personajes de Como les guste: “El mundo es un gran teatro, y los hombres y mujeres son actores. Todos hacen sus entradas y sus mutis y diversos papeles en su vida.” Muestras de lo escrito por Quevedo y Cervantes al respecto son infinitas. Más tarde sería el turno de Dickens  y Víctor Hugo, entre muchísimos otros que siempre fustigaron con su talento a las élites de sus momentos.
                No se trata de justificar, es un ejercicio para tratar de entender las satrapías contemporáneas. Se habla de evolución del pensamiento cuando más bien debiéramos abundar sobre su involución, en cuanto agente de control de la humanidad. Tratan de realizar torneos maniqueos donde los ciudadanos corrientes y molientes debemos ser espectadores impávidos, con el único derecho a celebrarles sus sainetes malhechos, cualquier descontento es penado de manera fulminante. Esas pretensiones han sido más cínicas cuando provienen  del llamado campo del pensamiento “progresista” donde gustan ser ubicados socialistas, comunistas y demás zarrapastrosos de similares istas. Si vemos el caso que hoy nos mantiene secuestrados en nuestras casas, la bendita Peste China, podremos entender mejor lo que aquí escribo.
                Su origen fue claramente identificado en la nación asiática, por más que los juegos retóricos del ya citado progresismo han tratado de endosarle la paternidad, maternidad y toda su parentela, a Occidente, más específicamente al malévolo imperio estadounidense.  Pero, nada más del gusto de los adelantados de nuestra era que negar todo lo real y jurarnos que estamos en Narnia. Es vergonzoso, por decir lo menos, debiéramos hablar de responsabilidad criminal, de lo ocurrido con las raquíticas estadísticas de contagio y muertes en Rusia, México, Venezuela y Cuba; así como las, a todas luces, poco serias cifras dadas a conocer por China y España. En el país amarillo no se podía esperar otra cosa, pero lo que ocurre en la península ibérica, espejo de nuestro país, es de antología. Un gobierno incompetente en manos de un grupete de ignaros que juega a evadir sus responsabilidades, mientras trata de achacar las consecuencias de su ineptitud a sus antecesores.  Por algo escribí que son espejo nuestro, no les extrañe ver ponto por las calles peninsulares brigadas en denodada lucha contra la pandemia: irán rociando con cal clorada la calle real.
                Bien puso Shakespeare en boca del Duque, en la obra ya citada, justo antes del parlamento que antes les transcribí: “Ya ves que en la desdicha nunca estamos solos. Este gran escenario universal ofrece espectáculos más tristes que la obra en que actuamos.”  Sin embargo me resisto a presenciar impertérrito semejante puesta en escena y no rechiflar a semejante elenco de mamarrachos y titiriteros de baja estofa. Es hora de que aporten, si es que son capaces de hacerlo, o de apartarse. 


© Alfredo Cedeño 

miércoles, diciembre 04, 2019

TODA COINCIDENCIA NO ES CASUALIDAD



                A mediados del siglo XIX París vio nacer los folletines, modalidad que algunos estudiosos consideran en realidad nacido a comienzos de ese siglo cuando Bonaparte llegó al poder, y para burlar la censura los periódicos crearon los suplementos culturales. Quiero dejar en claro que varias décadas más tarde fueron los periódicos La Presse y Siècle los primeros en dedicarse a publicar por entregas obras de escritores ya consagrados o que se consagraron gracias a estas publicaciones. El primer gran éxito le correspondió a Los misterios de París, de Eugène Sue; quien luego fue aclamado por El judío errante.  La Presse publicó entre 1837 y 1847 las novelas de Balzac a razón de una por año, así como otras de Eugenio Sue. Siècle publicó las de Alejandro Dumas, entre las que sobresalió la infaltable Los tres mosqueteros. Dumas siguió su saga de entregas con El Conde de Montecristo publicado por Journal des Débats.
                Ante la ventura del género surgieron revistas especializadas en dichas publicaciones por entregas como fueron los casos de Revue des deux mondes y Revue de Paris. En ellas publicaron autores de la talla de Balzac.  Víctor Hugo publicó a esta guisa Los miserables; y Gustave Flaubert, su Madame Bovary en Revue de Paris desde octubre de 1856; también Alejandro Dumas hijo publicó así La dama de las camelias, luego inmortalizada en el mundo operístico como La traviata, de Giuseppe Verdi, para citar solo algunos de los más conspicuos autores galos.  Pero este no fue un fenómeno editorial circunscrito al territorio francés, en Inglaterra Robert Louis Stevenson, publicó en 17 entregas en el periódico Young Folks su novela La flecha negra; lo mismo hicieron Charles Dickens, Arthur Conan Doyle y William Wilkie Collins.  En Italia dicha forma fue empleada por Emilio Salgari, quien  publicó sus piezas sobre Sandokán, y Carlo Collodi, con Las aventuras de Pinocho. Más al este, en Rusia, Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov, así como Guerra y paz fueron publicadas en El Mensajero Ruso.
                Las peripecias de tal modalidad no se limitaron a los medios impresos y es manida la historia de cómo en 1865 comenzaron a leerse diversas obras literarias a las operadoras de las fábricas de habanos en La Habana, Cuba.  De ahí pasaron a la radio, y surgieron las radionovelas, hasta que mucho después dieron origen a los culebrones con la aparición de las telenovelas.  En Venezuela ambas disciplinas, radial y televisiva, fueron cultivadas por Salvador Garmendia, Boris Izaguirre y José Ignacio Cabrujas, para citar a los mejores, quienes revistieron de dignidad un oficio que era visto con no poco desdén por ciertas élites “ilustradas”.   Cabrujas se reía socarrón cuando oía, o leía, algunas reflexiones y solía decir: “Es que somos una novela en pleno desarrollo, mi estimado jenízaro”.
                Recuerdo mucho a nuestro dramaturgo cuando veo la puesta en escena más reciente de ese elenco de malandrines, matachines y pícaros, que conforman la casta política venezolana. He sido muy duro con dicha cofradía, y debo confesar que alguna vez me he autoflagelado porque al revisar lo publicado llegué a pensar que se me había pasado la mano. Ante las escenas de los últimos días entiendo que me había quedado corto.  Es que son peores…
                Hoy estamos ante los capítulos de la consagración de San Humberto de Boconó para unos, o la aparición de la versión andina del Anticristo para otros. Vemos que Guaidó virgen y mártir es un profeta capaz de desatar pasiones que ni Gardel cuando llegó a Caño Amarillo.  El coro de arcángeles de la Comisión de Contraloría de la muy honorable Asamblea Nacional es un puñado de heroicos guardianes del orden que fueron a Europa a derrotar a los bellacos villanos que nos oprimen, en Cúcuta los actos de corrupción nunca existieron y todo ha sido obra de los ocultos mensajeros de Maduro.  Todo esto recibiendo los ensalzamientos de rigor por parte de celestinos de académico plumaje.
                Ya la entrega de nuestro folletín está llegando al punto en que algunos actores, actrices tampoco faltan, con gestos y maneras entre altaneros y guapachosos proclaman su inocencia y  exigen sumisión ciudadana.  Estamos casi en el momento cuando, en magistral contrapunto, han de clamar: “A mí no me señalen”, “Exijo mi derecho a réplica”, “Yo no fui, ni sé nada de eso porque había salido a comprar una locha de kerosen”, “Qué asco, ¡fuchi!”. En todo caso los capítulos de hoy se revelan en algunos diarios y medios digitales como ArmandoInfo y PanamPost. La diferencia es que esta no es una tragedia de ficción,  es nuestro país día a día y sin héroes a la vista.  Tal parece que terminaremos siendo, parafraseando a Dumas hijo, conocidos con el nombre de algo así como Las aventuras de cuatro necios y un loco.

© Alfredo Cedeño

domingo, diciembre 02, 2012

MISERIA


          Como bien saben, me siento profundamente orgulloso de ser hijo de Venezuela, pero hay días en los que también me siento extremadamente avergonzado. Eso me ocurre cuando constato en directo los niveles de miseria en la cual vive un amplísimo número de mis paisanos.
            ¿Cómo entender que en mi país, y en cualquier otro lado, existan estas desigualdades? No puedo dejar de indignarme cada vez que las encuentro.
 
 

 
 
            Sé bien que es agua que lleva milenios rodando por distintos molinos. Desde antes de La Biblia la pobreza extrema ha estado presente en las reflexiones de una larguísima lista de autores. Terminando el siglo XII, algunos especulan que rondando el año 1195, el entonces cardenal Lotario dei Conti di Segni, quien luego sería Sumo Pontífice con el nombre de Inocencio III, escribió De miseria humanae conditionis.  Más adelante, a fines del siglo XVI, fue el turno de Bernardo Pérez de Chinchón, autor de: Espejo de la vida humana.
 
           Podría decir que en el siglo XIX sobrevino el boom "culto" del tema, me vienen a la memoria una sucesión de autores que desde distintas disciplinas lo abordaron. En octubre de 1846 Pierre Proudhon publicó Filosofía de la miseria; obra en la que suelta cosas tales como: “en la sociedad actual, el progreso de la miseria es paralelo y adecuado al progreso de la riqueza, lo cual anula completamente los méritos de la economía política.”
           Otra perla de monsieur Proudhon fue: “La teoría de una igualdad pacífica fundada en la fraternidad y la abnegación, no es más que una falsificación de la doctrina católica, que nos manda renunciar a los bienes y placeres de este mundo; no es más que el principio de la indigencia, el panegírico de la miseria.”

 
          Ante la repercusión que tuvo la pieza del francés Proudhon, el alemán Karl Marx respondió al año siguiente con Miseria de la filosofía, donde asentó: “a fin de acabar para siempre con las injusticias y las miserias existentes, es preciso subvertir totalmente el estado actual de la sociedad. . .”
 
          En el mundo de la creación literaria también comienzan a aparecer piezas que abordan el tema desde distintas vertientes. Fue Charles Dickens en 1839, con Oliver Twist, quien comenzó a sacudir el ambiente creativo; luego su pluma entregará Nicholas Nickleby, su melodramática Almacén de antigüedades y Tiempos difíciles, entre muchas otras que se me escapan ahora. En Estados Unidos la pauta fue marcada por La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe, publicada en 1852.  En Francia se necesitarán diez años más para que -en 1862- aparezca Los Miserables  de Víctor Hugo. 
 
           Reconozco que me estoy yendo por lo seguro y disparando al piso y que necesitaría un tiempo que bien merecen ustedes como lectores, pero del cual no dispongo, para investigar y encontrar muchísimos más ejemplos al respecto.  
 
           Han habido otras disciplinas más recientes que han abordado el tema, como es el caso de la antropología, donde un practicante de dicha ciencia social, el estadounidense Oscar Lewis, acuñó el concepto de cultura de la pobreza, el cual mencionó por primera vez en 1959 en su libro Cinco familias: estudios de casos mexicanos en la cultura de la pobreza. 
 
          Lewis asentó en una de sus obras, que debe ser, si mal no fiché en su momento, La cultura de la pobreza: “Cuando los pobres adquieren conciencia de clase o se vuelven miembros activos de organizaciones sindicales o cuando adoptan un punto de vista internacionalista sobre el mundo, dejan de pertenecer a la cultura de la pobreza aunque pueden seguir siendo desesperadamente pobres”.
           Es tan fácil pontificar o establecer asertos cuando de mirar el mundo desde nuestro propio Olimpo se trata…  Lo cierto es que no es literatura, ni investigaciones sociales, o argumentos económicos-filosóficos los que se viven en los arrabales del mundo entero. Es dureza de vida y guiños a la ternura los que se van colocando alrededor de las vidas de quienes la padecen. 
 
           Hoy entrego mi trabajo dominical con profunda vergüenza, como asenté al comienzo, por las duras condiciones de millones de venezolanos a quienes no llega la tranquilidad que debería aportarles nuestra renta petrolera, pero también con un conmovido respeto ante su incansable búsqueda de la alegría y la dignidad. Son las mismas emociones que he tenido al presenciarla en cualquier otro lugar donde me ha tocado presenciarla.

© Alfredo Cedeño

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