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miércoles, agosto 10, 2016

LETANÍA


Rastreé su señal con terca desazón y alguna desesperanza
hasta aparecérseme de estampa sinuosa y al desgaire:
en la leve huella fresca de una gaviota sobre el barro
con el rastro iridiscente de un caracol agonizante al sol
sobre el compás de las gotas de lluvia golpeando el lago
como las caléndulas mecidas por un viento fresco y seco
abajo de los pasos perdidos de los mendigos desdeñados
entre los incansables garfios de los abrojos del camino
desde la voz desbocada de los anónimos cantores populares
encima del lomo de un arcoíris derramándose matutino 
hasta en los bordes de las hojas de los plátanos de verano
en los entresijos de las veredas acordonadas por el estío
con quince fulgores de las rosas comenzando a marchitarse
sobre el milagro del beso que sepulta las cuitas de amor
como los abedules desnudos al borde de lejanas serranías
abajo de las carretas que todavía atraviesan los caminos
entre los dedos de los ancianos que desgranan el maíz
desde la espuma que saluda incansable sobre las olas
encima del quejido hermoso de los amantes al consumirse
hasta en la orilla de historias que narran los abuelos
en el fondo de las lagunas arropadas por mantas verdes
con la dulce agonía de la parturienta que se hace madre
sobre el costado abierto de las penas de quienes pecan
debajo de las piedras donde se guarecen los saltamontes
como las madrugadas arreboladas de los recién desposados
entre los cántaros llenos de leche fresca y espumeante
desde la ternura del niño que roza el lomo de su perro
encima de las carcajadas dolorosas del verdugo borracho
hasta los costados de las casas con paredes enjalbegadas
en el albur desquiciado de un tahúr que nunca supo ganar
con los relinchos de las quebradas entre las montañas
sobre las jícaras rebosantes de agua dulce del manantial
abajo de las huellas decoloradas en los arenales de Waikiki
como las capas que en mis sueños de niño me hacían volar
entre las espinas de un rosal alborotado por las ninfas
desde los ruegos elevados con ilusión en cruda alabanza
encima de las citas tronchadas en las aceras lloviznadas.

Una ringlera de parpadeos que me sacudieron sin piedad
hasta que el balbuceo de las estrellas en la madrugada
con raudas maniobras agitaron el fondo de mi lodazal,
todos se confabularon, desbarataron mi majadería de ser ateo
e hicieron salir las dudas en larga y tendida carrera.

© Alfredo Cedeño


domingo, septiembre 14, 2014

MUJERES (Nersa Aguilera)

            “Yo pienso que nuestro Señor ya tiene previsto qué vas a hacer, qué vas a ser, y ya vienes inserto con todo aquel talento, lo que hay que hacer es explotarlo.” Ella se llama Nersa del Valle Aguilera Contreras, y vive en Seboruco, localidad tachirense a la cual dediqué este espacio la semana pasada.  El día antes de regresar a Caracas le conocí y confieso que fue una suerte de experiencia mística que hoy comparto con ustedes.
 
            Ella es una artista en la acepción más vasta de la palabra, pero cuya actividad plástica en su entorno me hizo sentir al recorrer su casa, en el 3-15 de la carrera 7 de la citada población, que estaba en la de un Armando Reverón con faldas.  Pero dejo que siga hablando ella: “Desde muy niña me gustaba jugar con el barro allá en la finca de mamaíta, luego lo poníamos al sol y con eso jugábamos. Yo hacía la gallina, y hacía el nido con los huevos; posteriormente esto se fue afianzando.”
 
Su padre, Alejandro Aguilera, era de Irapa, estado Sucre, y su madre, Matilde Contreras de Aguilera, seborucense, por ello en su típico tono cantarino de las montañas andinas se cuelan modismos muy orientales. Estudió en su pueblo la escuela primaria, luego en La Grita en el Liceo Militar, y finalmente obtuvo la licenciatura en Letras en el núcleo de la ULA en San Cristóbal. “Cuando estuve en la universidad llegaba de clases y me encerraba en el apartamento, y empezaba a dibujar, a pintar, a leer. Pintaba con óleo pero no tenía ninguna formación de escuela con ese elemento, fue enteramente innato. El Espíritu Santo es quien le otorga a uno todo este conocimiento, aparte de ello coso, bordo, cocino, y lo que me rodea: la naturaleza, las plantas, el paisaje, todas esas manifestaciones que enaltecen el espíritu.”
 
La oía mientras me enseñaba una vasija rota que conserva en un nicho de su casa porque "ahí llegan las abejitas menuditas y hacen sus panales", y recordaba los versos de Fernando Rielo:
Tú has visto mi ciudad, paraíso perdido, que nunca volviera
a la tierra ingrata con sus mariposas
que cantan nanas a las hojas
Nersa le hace nanas a las hojas en todo cuanto le rodea, enfrascada en eso que algunos llaman “intervenciones”. No hay pieza que le rodee que no goce de sus juegos cromáticos. Desde un rígido archivador metálico (con el que soñé para guardar mis cerros de papeles garabateados) hasta un humilde aripo, o budare de barro, se llenan de las ramas que no parecieran cesar de salir de sus manos menudas y de cortas uñas. 


Al comienzo pintaba con lápiz, creyón, tiza. “Yo dibujaba rostros, figuras,  abstracto no, no me gustaba ­–¡nunca!–, bodegones, mariposas, iba a una iglesia y observaba muchos los rostros, los niños. Estuve trabajando algo de pintura ingenua, que luego la abandoné y me sometí a la restauración de los muebles de madera y a pintarlos, que también fue un proceso autodidacta porque nadie me dijo usted debe hacer esto así, así y asao. A lo largo del tiempo y la experiencia y me encontraba sola yo decía bueno al estar sola tengo que yo misma ir saliendo a flote como tengo que reestructurar cada pieza, qué debo hacer.”
 
No le tiembla la voz suave, pero muy decidida, para reconocerse: “Nosotras las mujeres  tachirenses somos muy conservadoras en todo el sentido de la palabra, queremos conservar el novio de la infancia, el matrimonio, los hijos que nunca se nos vayan del lado y cada pieza para mí es muy importante. Conservar todo tipo de manifestaciones, todo tipo de objeto, procedentes del bambú, de la madera, del hierro, conservar un árbol, conservar en todo el sentido de la palabra.”
 
Este delirio que ahora la rodea en su casa de Seboruco comenzó hace cerca de quince años. “Empecé con ese baúl porque fue la primera pieza que me llegó a la mano, pero cualquier pieza que caiga a mis manos pues obviamente es restaurada, esta mesa es restaurada, esas sillas son restauradas, esas las conseguí en una tienda en San Cristóbal. Es decir lo importante es conservar quizás para darle a las generaciones venideras qué se hizo en ese momento histórico, qué elementos se emplearon y a lo mejor al cabo del tiempo se sustituirán por otro elemento, por otra madera, por otro elemento pero que en ese momento ya no están.”
 
            Como toda persona genial carga con su buena dosis de incomprensión, que a la postre termina convertida en admiración. Luego de hablar con ella y comentarlo con uno de sus paisanos, éste me comentó: “La verdad que uno muchas veces no sabe ni lo que tiene, uno veía a Nersa cargando en su carro unos pereques viejos, y yo me dije: ¿Será que se metió a chatarrera? ¡No puede ser que la hija del Negro Aguilera haya caído en eso! Cuando a los días pasé por su casa y miré lo que ella había hecho con esos trastos… ¡No lo podía creer! Esa mujer es una maravilla...”
 
Ella está más allá de todo eso y sigue en su trabajo incesante: “Hay personas que se inclinan mucho hacia el minimalismo, personalmente no me gusta, en ningún sentido de la palabra, lo encuentro muy frío, muy distante. Uno llega a una casa, un hogar y no encuentra aquel calor. El minimalismo es algo muy hermético, muy frío y ahí queda, es sólo una pieza que la tienes allí, muy calculador y no más. Y con el paisajismo es lo mismo: un poquito de zona verde, un arbolito, mientras que la naturaleza nos ha proporcionado tanto… Aquí al frente tengo el cerro de San Diego y veo tantísima naturaleza que cualquier minimalista llegaría y lo talaría y lo quemaría. En base a esa naturaleza que me rodea por los cuatro puntos cardinales, y que he sido una mujer muy observadora, soy lo que hago. A mí nadie me dio una clase de pintura, de dibujo, nada, solamente que he sido muy observadora, muy conductista y los conductistas esa es una de las características que poseemos: observar mucho para luego plasmar.”
 
La oigo embelesado por su voz cantarina y sus gestos rápidos. “Tenía una pareja y creo que más bien con él me sentía muy absorbida, lo sigo manteniendo como amigo, pero hasta ahí. Ahora en este momento, con mi plenitud, con mi florida madurez, no me siento sola.”  Sus palabras se dejan rodar como las quebradas andinas y van entregando su vida, así llega al dolor y con los ojos a flor de llanto confía: “Lo más duro que me ha tocado vivir es la pérdida de mi hija, fue devastadora, pero me enseño muchísimo. Me enseñó a ser más espiritual, a fortalecer el altruismo, a tener compasión con la persona que no tiene; me ha hecho ser más humana y eso es un logro muy importante porque son los mandamientos…”
 
Al escucharla no pude dejar de recordar los versos de santa Teresa:
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
 
Nersa está convencida de que su trabajo “es una manifestación mística, porque yo no he tenido jamás una persona, un guía que me llegue a decir, que me diga, o que yo pregunte cómo se hace esto, cómo se hace lo otro, no, sencillamente tengo testimonios espirituales. Un día fui para la iglesia de Santa Ana, y cuando entré le dije a mi compañero, a Eduardo, “yo soñé con estos tonos y esto que está aquí”. ¡Eran unos tonos! ¡Yo lo había soñado, un sueño que definitivamente era un sueño de lo alto, eso vino de Jesucristo! Eran unos tonos que no hay explicación alguna. Le hice una vez un nicho a una señora de Caracas y emplee esos tonos, no quiero pasar por petulante, pero era algo sobrenatural, algo muy hermoso. Esta casa y la naturaleza son las indicadas para yo hacer este tipo de trabajo, donde me aparto, me encierro y puedo hacer esto.”
 
            Si algún día anda por Seboruco al pasar por la plaza Bolívar párese, pregunte por ella, cualquiera le dirá donde es, y sumérjase en esa casa delirante que esta  mujer preciosa ha ido convirtiendo en una morada de la que no se puede salir sin hacer un esfuerzo inmenso.  Cada día mis dudas son menos: Venezuela es una Tierra de Gracia donde Dios dejó escondidos un montón de ángeles hacendosos en cientos de lugares privilegiados; Nersa es uno de esos seres, Seboruco es uno de tales sitios.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 

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