En el último año
del siglo XV el parlamento Inglés eligió
a Henry de Láncaster como rey con el nombre de Henry IV de Inglaterra. Él llegó
a dicho trono luego de comandar a la facción que se enfrentó a su primo hermano
el rey Richard II de Inglaterra. Las crónicas revelan que el nuevo soberano
dejó morir de hambre a su pariente en la prisión. En este personaje histórico
se inspiró William Shakespeare para escribir su pieza Henry IV, que se ha
traducido al castizo español como Enrique IV. El autor inglés comienza su pieza
haciéndolo entrar junto a sus amigos sir Walter Blunt y el conde de Westmoreland
mientras dice este parlamento: “Estremecidos, pálidos aún de inquietud,
permitamos respirar un instante a la paz aterrada y en breves palabras dejen
que les anuncie nuevas luchas que van a emprenderse en lejanas orillas”.
¿Cómo hace uno
para no pensar en su propio Henry vernáculo? Guachamarón él, pico de plata como
decía mi abuela la vieja Elvira, pero al ver su actuación uno más bien termina
pensando en otro personaje del mismo drama de Shakespeare al que muchos tienden
a tildar del verdadero protagonista de la pieza que es sir John Falstaff. Este
rol algunos consideran que era más digno de una comedia que de una tragedia, y
hay quienes dicen que la gente iba al teatro para llorar con Julieta y reírse con Falstaff. En la segunda parte de
esta obra teatral él se autodescribe así: “Hombres de todo tipo se toman como
un orgullo hacer chanzas sobre mí. El cerebro de este necio compuesto de
arcilla, el hombre, no es capaz de inventar nada que provoque risa como no sea
lo que invento yo o se inventa sobre mí.
No sólo tengo ingenio, sino que soy la causa de que otros tengan ingenio”.
Este parlamento
pareciera haber sido versionado por Su Majestad Henry I de Valencia, que más
parece por estos días rey de carroza de carnaval, ya que no hay sitio por donde
no se asome, cuando días atrás aparece con su falsete característico proclamando:
“El primero de septiembre que nadie se quede en su casa, todos a la calle. Viva
Venezuela”.
Es imposible
evitar la indignación de ver cómo se sigue jugando en nuestro destruido país a
que no ha pasado nada y que todo se puede seguir arreglando a la vieja usanza. La memoria me trae de nuevo a la ya citada
pieza y recuerdo al conde de Warwick decir: “Se encuentra siempre en la vida de
los hombres algún acontecimiento que representa el estado de los tiempos
extinguidos”. ¿Acaso alguien representa mejor
los tiempos que creíamos muertos y enterrados en Venezuela? Por lo visto los
cogollos y las engañifas de toda laya mantienen su plena vigencia, no estaban
muertos, andaban de parranda aprendiendo nuevas maromas con las cuales seguir
jode que te jode al país entero.
Hasta hace poco
los números de todas las investigaciones colocaban a Leopoldo a la cabeza de
las simpatías del electorado, pero ahora aparece, vaya usted a saber a cuenta
de qué, al frente de las simpatías el ya citado locuaz presidente de la
Asamblea Nacional. Semanas atrás me
preguntaban en una larga conversación cómo explicar la jugada de Timoteo
Zambrano articulando el llamado Dialogo Merenguero, que se realizó en Santo Domingo
con la presencia de ese ectoplasma ibérico que se llama Rodríguez Zapatero y
otras joyas de similar pelaje. Ahora aparece
don Timo prohijando la candidatura del ilustre Ramos, vemos al bigote bailarín anunciándolo
como el vocero de la oposición que
considera interlocutor válido; mientras que él anuncia su disposición a
sacrificarse en los altares de la patria para acomodar sus nalgas en la silla
de Miraflores.
Me imagino que el
hijo de Valencia, a todas estas, estará pensando igual que su tocayo Enrique de
Borbón, quien aspiraba al trono de Francia, con el pequeño inconveniente que
por ser protestante era imposible que se le otorgara el reinado, ante lo cual
abjuró de su religión originaria y se convirtió al catolicismo el 25 de julio
de 1593 y, supuestamente, pronunciando su célebre: París bien vale una misa. Me imagino que el monarca nuestro lo parafraseará
y lo convertirá en: Mi presidencia aunque los deje sin camisa.
© Alfredo Cedeño
