domingo, septiembre 16, 2012

CURIEPE

El 22 de agosto de 1711, José Francisco Cañas y Merino, gobernador de la Provincia de Venezuela –personaje que se hizo famoso por sus numerosos desmanes mientras ocupó la representación real española en estas tierras, entre muchos de ellos está que en 1713 mandó talar todos los árboles de Caracas…–, confirió el título de capitán de la Compañía Miliciana de Morenos Libres de Caracas a Juan del Rosario Blanco. 
En 1715, este mismo hombre, Juan del Rosario, junto a la oficialidad de su compañía, dirigió un Memorial al rey Fernando II de Aragón y V de Castilla, solicitando se le otorgue la gracia de fundar un pueblo de negros libres.
           Él pretendía crear una población tal como se había hecho en la provincia mexicana, a barlovento de Veracruz, y la cual se llamó San Miguel de la Antigua.
           Blanco y su gente, amén de enviar al rey su Memorial, hablan de su proyecto con el cabildo caraqueño y con Alberto Bertodano, quien para ese momento había reemplazado a Cañas y Merino como gobernador de la Provincia.  El negro Blanco fue recibido a cajas destempladas. Seguramente consideraron una impertinencia eso de crear un pueblo de negros.
           Juan del Rosario y sus oficiales asumen una actitud paciente. Hay cambio de gobernador, asume Marcos de Betancourt y Castro, ante quien acuden a presentar de nuevo sus requerimientos. Betancourt los recibe condescendientemente, aunque luego ha de cambiar su actitud.  Pero sigamos.
In illo tempore los negros siguieron esperando. En un gesto, que habla de un excelente ojo político,   Blanco aprovecha que la provincia de Venezuela es adscrita al Virreinato de Santa Fe para acudir directamente al Virrey, que si no me equivoco era Jorge de Villalonga. A pesar de que la solicitud hecha por el capitán ante el Virrey no llenaba todos los requerimientos del caso, el funcionario concede en un decreto de que el gobernador de la Provincia de Venezuela, informase sobre las pretensiones de los negros libres. 

Un tanto para Blanco. Éste, inmediatamente saca provecho a este decreto y lo utiliza como si de un decreto fundacional se tratara. Solicita, y logra, en mayo de 1721, que se haga un reconocimiento de las tierras donde pretendía fundar el pueblo. El informe se elabora, pero en él no se favorecía la petición de los negros, puesto que eran tierras no aptas para vivir. 
              Juan del Rosario, quien tenía el pendejo muy lejos y sabía muy bien lo que tenía entre manos, y no trataba de poner en guardia a los amos del terreno que realmente quería, solicita permiso para ir al frente de diez de sus hombres a reconocer el terreno. Esto se le concede, y sin mucho protocolo, Juan del Rosario funda junto con sus acompañantes lo que pomposamente bautizarán Nuestra Señora de la Altagracia y San Joseph de la Nueva Sevilla de Curiepe, Cabo de Codera y Ensenada de Higuerote.
En Caracas, los mantuanos ponen el grito en el cielo. Seguramente los tildaron de negros parejeros  y otros desplantes por el estilo. Empiezan los reclamos y el 22 de septiembre de 1722 –justo dentro de seis días se cumplirán 290 años– el gobernador Diego de Portales y Meneses, ordena la demolición de Curiepe. Un tanto contra Blanco. La orden se cumple, pero sus habitantes no abandonan los alrededores de su población. Blanco hace una serie de reclamaciones de orden legal y nada pasa.
Juan del Rosario lleva su caso ante la Real Audiencia de Santo Domingo… nada pasa. Llega el año de 1730 y Juan del Rosario muere sin ver logrado su sueño. Siguen las peleas y los intentos por destruir el pueblo, sus habitantes se resisten, los dueños manipulan y mueven cielo y tierra para desalojarlos. Son fintas de bando y bando, pero ninguno anota.
Así llega el año 1763 y los negros de Curiepe se organizan y recogen un reducido caudal para que dos de sus paisanos acudan a Madrid a entrevistarse con el Rey. El anciano Juan Pedro Barreto y Joseph Antonio Colmenares empiezan el viaje, para intentar presentar directamente ante la corte el caso de su pueblo.  Comenzando su traslado el navío donde navegaban fue apresado por los ingleses y son despojados del escaso caudal que llevaban consigo; más no así de una carta que llevaban y que era enviada por un moreno de Caracas a un familiar suyo quien trabajaba de sirviente en la casa de un Duque. 
Fin de fines que los negros de Curiepe logran entrevistarse con Carlos III en persona, quien los oye con atención. Ellos regresarán a Venezuela con una Real Cédula en las manos, del 26 de julio de 1763, la cual no les otorgaba la propiedad de sus  tierras, pero les reconocía sus posesiones y ordenaba atenderlos y hacerles pagar sus pertenencias. ¡Tanto para el equipo de Blanco!
Sin embargo, los intentos de expulsión no cesaron, y entre dimes y diretes llega otra Real Cédula. Carlos IV, el 23 de enero de 1792, emite otro decreto que da cierto aire a los negros y permite que Curiepe se consolide aún más. ¡Nuevo tanto, y definitivo, para el equipo moreno!
 
Los datos y detalles de las peripecias alrededor del surgimiento de esta población dan para escribir miles de páginas.  Seleccioné al alimón algunos aspectos para poder darles una idea de lo que fue su génesis. Es la historia de una menuda población mirandina, esa misma que, cuando vamos hacia las muy atiborradas playas de Higuerote, vemos su entrada a mano izquierda. 
Es la misma que al caminarla hoy, siglos después, vemos llena de mil detalles adorables, con gente que anda y trabaja con la raigambre de la digna altivez que les legara Juan del Rosario Blanco, al que nada –ni nadie– pudo parar en su sueño de darle a sus hermanos de color su propio pueblo.

© Alfredo Cedeño
 

sábado, septiembre 15, 2012

BOLLOS


Condimentados con cariño
y horneados con amor
así van mis panes
oliendo muy despacio,
llenos de amor de niño
endulzados con mi candor
y graduados de capitanes
dueños de mares y espacio.
Llevan migas de dulce aliño
rellenos de trozos de estupor
con el corazón como el armiño
y reventándose del sabor,
no piensen en dejarlos fríos
llévenselos ya de prisa
y junto a los sueños míos
les regalaré mi sonrisa.

© Alfredo Cedeño

jueves, septiembre 13, 2012

SOMBRA


Los bordes de la hoja tallaron su huella en la piedra
y su sombra se plantó arrogante en el aire
mientras los hilos del otoño se balanceaban ágiles
a regar rebaños estólidos de imperturbable argamasa.

© Alfredo Cedeño

martes, septiembre 11, 2012

PEJES

Entre las piedras vi brotar peces y caminé absorto
con los brazos cruzados para abrazarme el asombro,
tal vez debí enrollar con esa cuerda mis pisadas 
hasta que la corriente me lavara la adolescencia,
quizás esta soledad rabiosa que nadie comprende
es una tempestad de centellas dormidas que me arrulla.

© Alfredo Cedeño

lunes, septiembre 10, 2012

CINCUENTA Y SEIS


Hoy que llego a medio siglo y seis años en nuestro mundo
reivindico mi desplante ante la vida y ratifico mis votos:
celebraré cada día la bendición de tener el hijo que tengo
abandonaré los dolores sin más recompensa que la luna
he de seguir haciendo de mi corazón una pera que devoren.

Calzaré las botas del Sieteleguas para encontrar a Pulgarcito
encontraré en el fondo de mi miseria el goce de vivir
fallaré eternamente para poder disfrutar de empezar siempre
buscaré mil pies a las escolopendras sin tratar de calzarlas
habrá de buscarme el consuelo cada vez con más frecuencia.

Brincaré sobre cada precipicio que halle para sentirme volar
haré que cada noche me entregue la certeza de la madrugada
beberé ansioso en cada boca de hembra que me soliviante
alzaré con piedad aquello que ciertamente lo merezca
me habré de empeñar en masticar cada hoja que encuentre.

Impediré que las lastimaduras de amor me impidan andar
insistiré en creer en los demás por más reveses que reciba
arrojaré por la borda todo cuanto me quiera confinar
seguiré buscando impedir que me abandone el niño perpetuo
voy a continuar en mi implorar de delirios a la concupiscencia.

Encontraré la paz pese a mis derrotas reiteradas al creer amar
saltaré sin reposo dentro de los volcanes de mi soledad
abrigaré una esperanza perpetua de paz, justicia e igualdad
escribiré y cantaré a todo lo que Dios y la vida me brindan
y juro que siempre batiré las alas hasta derretir el hielo y la nieve.

© Alfredo Cedeño

domingo, septiembre 09, 2012

NEW YORK, NEW YORK

            ¿Quién no reconoce esa canción cuando oye el tañir del platillo de la batería que da paso inmediato a los metales donde saxo, trompeta y oboe hacen una sinuosa senda para dar entrada a la voz de Frank Sinatra?  Él deja caer esa primera estrofa que es el himno de la Babel de Hierro:   
Start spreadin' the news,
I'm leavin' today
I want to be a part of it,
New York, New York...
(Empiecen a regar la noticia:
me largo hoy mismo,
quiero formar parte de ti,
New York, New York...)

 
 
 
            El muy querido y recordado Luis Vizcaya me decía: “¡Es que tú aquí consigues hasta huecos para hacer ojales!” Nunca los he buscado, les confieso, pero seguro que es así.  Con el también muy querido Héctor Contreras anduve sus calles más de una vez, y su voz de niño eterno -de risas y alegría sempiterna- comentaba: “¡Cuidao con vaina que aquí hasta Lindbergh se pierde Alfredo  Rafael!” 
 
 
 
            ¿Cómo no sentir propia la estrofa de la canción escrita por John Kander y Fred Ebb, y a la que le pusiera música Leonard Bernstein, para que fuera inmortalizada por La Voz?
These vagabond shoes
are longing to stray
right through the very heart of it,
New York, New York...
(Estos zapatos vagabundos
extrañan errar
por el propio corazón de
New York, New York...)

 
 
 
            No oculto mi “derretimiento” por esta ciudad que exhibe riqueza y miseria sin pudor, que se asoma a las ventanas de sus edificios en las mangas de un ejecutivo que husmea entre la muchedumbre al visitante que lo fotografia. Esta ciudad de sonambulismo perpetuo hace que todos
I wanna wake up in a city
That doesn't sleep
And find I'm king of the hill,
Top of the heap...
(Quiero despertarme en una ciudad,
que no duerme,
y darme cuenta que soy el rey
en el tope del montón...)


 
 
 
Por lo pronto, y por ser mañana lunes 10 de septiembre mi cumpleaños 56 me regalo este post por mi ciudad favorita; lo cierro escuchando y con un inútil intento por acompañar a Sinatra en aquello de
I want to wake up in a city
That never sleeps
And find I'm A-number-one,
Top of the heap,
King of the hill,
A-number-one..
NEW YORK, NEW YORKKK.
(Quiero despertarme en una ciudad,
que nunca duerme,
y darme cuenta que soy número Uno,
en el tope del montón,
el Rey de la montaña,
el número Uno...
NEW YORK, NEW YORKKK)

© Alfredo Cedeño

 
 

sábado, septiembre 08, 2012

ESTRATAGEMA


Con un bombardeo de hojas los árboles
ganaron la batalla del otoño
los radios arroparon la cureña
y una mendiga atrapó la luz en sus fardos.

© Alfredo Cedeño

jueves, septiembre 06, 2012

martes, septiembre 04, 2012

DESNUDA

Sin más ropa que una mano de pintura
fue plantada entre los maderos desnudos,
sus brazos abiertos falsamente piadosos
serán martirio para quien en ella se ampare,
la roca a  sus pies anuncia que ni una hoja
podrá moverse una vez que en ellos caigas.

© Alfredo Cedeño

domingo, septiembre 02, 2012

PUEBLO BARÉ


            Escribo con el corazón en la mano.  Hay cosas que a veces redacto sin tener la menor gana de hacerlo.  Me pregunto, en una suerte de autoflagelación, si tiene sentido tratar cosas como esta que hoy abordo. Cuando empiezo a revisar las libretas de viajes, transcribir testimonios de los declarantes y consultar cifras  estadísticas de diferentes fuentes confieso que dan ganas de mandar todo ya saben donde… 
            Las últimas cifras oficiales de las que habla el Censo Nacional de los indígenas venezolanos son del año 2001, y aseguran que para aquel momento había 2.815 individuos de la etnia Baré, de los cuales apenas 305 continuaban habitando sus comunidades tradicionales, los restantes 2.510 estaban afincados en zonas urbanas.
           Este grupo humano pertenece a la familia lingüística Arawak, y es integrante del área cultural denominada Noroeste Amazónico.  Ellos han sido considerados como uno de los más aculturados del estado Amazonas, puesto que desde el primer contacto que tuvieron con extraños adoptaron otros modelos culturales en detrimento de la propia.  
Hasta bien entrado el siglo XVIII, me refiero al año 1737, ellos vivían en el actual Brasil. A partir de esa fecha, empezaron a ser sometidos a la  esclavitud por parte de los colonizadores portugueses. Las crónicas de entonces relatan episodios en los cuales fueron cazados como animales para ponerlos a labrar la tierra.  Esto fue el gatillo que disparó una oleada migratoria que los hizo adentrarse en territorio de la actual Venezuela, luego de remontar el río Negro hasta ocupar ambas márgenes del mismo, así como los ríos Guainía, Casiquiare y sus afluentes Baría, Siapa y Pasimoni.

Ellos fueron recreando esos nuevos espacios, e incluso su cosmovisión fue modificándose. En sus mitos más antiguos,  los Baré  nacían en una gran  piedra en la cual se originó el río Izana, en Brasil, por obra del dios Mapiluli.  En la actualidad, los sobrevivientes han generado la leyenda de La Piedra de Kurimakare, según la cual en dicha formación rocosa, ubicada  en la comunidad homónima, en Río Negro, del Amazonas venezolano, están dos hermanos que se enamoraron y el guardián Baré los castigó. Todo empezó en ese cerro cuando el hermano le dio a su hermana a beber pusana –un preparado de raíces que crecen en la zona– y ella consintió en hacer el amor con él. Ahora permanecen convertidos en piedra. 

Sin embargo, es historia conocida, y más que sabida, la inacabable letanía de abusos a los que siempre han estado sometidos los pobladores originarios de este continente. En 1838, Agustín Codazzi escribió sobre lo visto en esa área una carta que dirigió al entonces gobernador de Guayana: “El “Cantón Río Negro” se puede llamar una República distinta de la de Venezuela; allí no impera la ley, y sólo el capricho del jefe político y de sus subalternos alcaldes, que se dicen racionales, criaturas suyas, y que son otros tantos satélites…” No necesito extenderme en consideraciones o especulaciones del trato que deben haber sufrido ellos en aquellos tiempos.

Otro hecho  que contribuyó al casi exterminio de los Baré, fue la época de  explotación del caucho (Hevea S.P.), fundamentalmente de las especies Hevea brasiliensis y la H. benthamiana; iniciada  en la amazonía venezolana por el francés Auguste Trouchon  hacia el año 1860 en los territorios de Solano y el Bajo Casiquiare.

 
El horror de la explotación cauchera fue descrita  así por Lucien Bodard en su libro Masacre de indios en el Amazonas. “Epopeya espantosa en la cual se “sangraban” los árboles. Los “sangradores” eran mestizos subhumanos, a su vez sangrados por el trabajo de monotonía y fatiga inhumana, a quienes debilitaban todas las enfermedades y que morían en el abandono; sangrados también por los indios que a su turno los mestizos sangraban en masa en el matadero, en la matanza.” No creo necesario explicar que entre uno de los grupos diezmados por aquella masacre estuvieron los Baré. Fueron largos años de barbarie en la zona. 

Ello no impidió que estas comunidades subsistieran hasta bien entrado el siglo XX. En la década de los 70’ del citado siglo comenzaron a encenderse las alarmas sobre los riesgos de extinción del idioma de este grupo. En 1972 Rafael López Sanz, de la Universidad Central de Venezuela, realizó una investigación lingüística sobre la lengua baré; la cual sería utilizada luego, en 1982, por Esteban Emilio Mosonyi  y Omar González Ñáñez quienes comenzaron ese año una campaña de rescate de ese idioma. Para ello propiciaron la participación de hablantes ancianos de ese idioma, quienes transmitían su acervo lingüístico a sus nietos y bisnietos. Monsonyi y González  testimoniaron: “pudimos notar todavía la presencia de hábitos fonéticos (articulatorios) y morfosintácticas que reflejaban la presencia pasiva y subyacente del idioma materno indígena.”

Debo resaltar que antes de la llegada de este par de investigadores, también de la UCV, nadie tomaba en cuenta a los ancianos, pero con su labor desarrollaron “un trabajo de motivación e incentivación” a los abuelos y a los maestros indígenas de la zona quienes ya no usaban su lengua materna, y eso hizo que comenzara a recobrar prestigio la lengua ancestral. 

             Lamentablemente el esfuerzo de estos amigos antropólogos no recibió apoyo de ninguna institución. Como amargamente se quejara años después Gonzalez Ñañez “la gran cultura baré de Río Negro sólo quedó en algunas bibliotecas especializadas de trabajo de antropólogos y lingüistas pero la lengua baré en si se olvidó… se extinguió.”
 
Bajando desde Maroa por el río Guainía, esta el caserío Comunidad, una de las escasas poblaciones baré que aún pueden encontrarse en el fondo del territorio venezolano.  Sus típicas viviendas techadas de palos y palma aún se yerguen dignas  al lado de las paredes de cemento y techos de zinc, que ese animal feroz y omnívoro llamado progreso ha ido imponiendo por todos los rincones. 

Allí en Comunidad todavía se celebran las Fiestas de Dabukuri, una ceremonia sagrada de ellos en la que consumen yaraque, yucuta de seje, manaca, comen frutas y cabezones; realizan cacerías y pescan. Son tres días durante los cuales un grupo de hombres ejecutan los instrumentos musicales sagrados, escondidos en la selva y en curiaras que se desplazan por el río.  Al terminar se despiden con cantos ceremoniales como el kamalaladáni.


Por qué escribía al comienzo que a veces dan ganas de no seguir? Porque presenciar la agonía de un grupo humano como este, que ha resistido vicisitudes de todo tipo, deja un amarguísimo sabor en la boca. Saber que se es testigo de lo que tal vez sean las ultimas expresiones de manifestaciones culturales que tomaron siglos en conformarse, también es triste.  Te deja una pregunta en la piel que tal vez sea mejor no tratar siquiera de buscarle respuesta: ¿Será que vale la pena seguir tratando de regar estas raíces que nos han conformado para que algún día retoñen?

© Alfredo Cedeño

sábado, septiembre 01, 2012

PUPILAS



Quise enseñar a mis ojos para que no me vendieran
pero más pudo la melancolía de mi boca dormida
que se hizo ala ancha donde guarecer mi languidez.

© Alfredo Cedeño

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