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domingo, julio 21, 2013

ORO

           Es el símbolo de una plegaria perpetua que todos, de una manera u otra, elevamos y no dejamos de entonarla para buscarlo en todo momento. Emblema de la riqueza por antonomasia que, sin embargo, nace en medio de las miserias más inimaginables.    
 
            Justo se hace mañana un año escribí sobre la explotación artesanal aurífera y de diamantes en el país (http://textosyfotos.blogspot.com/2012/07/oro-y-diamantes.html). Hoy me dedico solo al metal que desde el título menciono.
 
            Es milenaria la devoción a su búsqueda. En Bulgaria, específicamente en la denominada Necrópolis de Varna, descubierta hace apenas 40 años, se encontró lo que aseguran es “el primer oro trabajado del mundo”.  Este yacimiento arqueológico funerario fue datado entre 4600 a 4200 antes de Cristo, es decir a finales del Calcolítico, nombre que se le da también a la Edad del Cobre. Algunos estudiosos del tema aseguran que allí está la cuna de la civilización europea.  Pero eso es harina de otro saco, así que sigo en lo que respecta al tema de hoy.
 
En el mentado cementerio búlgaro destacó la sepultura 43 donde fue encontrado un varón de 40 a 50 años y de aproximadamente 1,75 metros de estatura. En dicha tumba hallaron 990 piezas de oro, que totalizaron kilo y medio de peso. Esto hace suponer que el sujeto en cuestión era de elevada jerarquía, ya que amén de un cetro, un mazo que empuñaba y muchísimas otras cosas, también encontraron una funda de oro para su miembro viril… Un pinga de oro, hubiera resumido la vieja Elvira, mi abuela paterna.
 
            Se le considera “el metal más maleable y dúctil que se conoce”, ya que con 31,10 grs., que corresponden a una onza, se puede extender de manera tal que se podría realizar una lámina que cubra 28 m². Bien sabemos, ustedes y yo, que son infinitos los cuentos que se pueden echar respecto al tema de hoy. Si abordara sólo lo que respecta al ámbito histórico en nuestro país, tendría que llenar alrededor de diez Enciclopedias Británicas. ¿Se imaginan el esfuerzo ciclópeo de leer semejante mamotreto? ¡Dios me ampare de pretender echarles semejante vaina!
 
            Sin embargo, por aquello de la cultura general, de la que tanto predica el erudito profano Humberto “chácharo” Márquez, cito al historiador estadounidense Earl Jefferson Hamilton, quien en su obra El tesoro americano y la Revolución de los precios en España, 1501–1659, revela que en los siglos XVI y XVII, a partir de 1503 y hasta 1660 llegaron al puerto de San Lúcar de Barrameda, 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata desde América.
 
            Explica Hamilton en su libro que el siglo XVI vivió una revolución de los precios a raíz del arribo de semejantes remesas, lo cual produjo una inflación que perjudicó gravemente la economía productiva de la Monarquía Hispánica, en especial la de la corona de Castilla. Seguro estoy de que no ha de faltar algún “analista”, que afirme con su cara muy lavada, la militancia en alza y la objetividad a rastras que esa en realidad fue “la venganza póstuma de las clases expoliadas por la voracidad del Imperio que les arrebató sus riquezas”…
            Sigo de largo y  me meto de cabeza en las selvas guayanesas a mostrarles cómo se hace hoy en día para extraerlo, el oro por supuesto, de las minas artesanales. Allí niños, mujeres y hombres, en un ambiente casi infernal, se dedican a una tarea que no me atrevo a calificar.  Anduve por las que funcionan a cielo abierto y por unas atemorizantes  galerías a más de cincuenta metros bajo el suelo, donde se llega por medio de una cuerda que dos hombres, polea y maniguetas mediante, operan. 
 
            Calor, humedad, riesgo de derrumbes, un sorteo permanente de vicisitudes donde el premio siempre es un día más de vida.  En este ambiente puedes perder ante una mordedura  de serpiente o una picadura de zancudo que te inocula la malaria con la rapidez propia de un aletear evanescente, a veces es un machete o una escopeta quienes actúan en manos de los que quieren acortar el camino a la posesión dorada.  Sin embargo, lo habitual es una rutina que va moliendo voluntades y salud al compás del picotear el terreno para llenar sacos de tierra que irán a molinos donde, con la ayuda del azogue (mercurio), se aglutinarán los casi microscópicos granos del mineral. Luego, soplete mediante, se volatiliza el otrora llamado hidrargirio y queda en el envase el oro en bruto.
 
Se escribe rápido y se lee más rápido, pero ese proceso final conlleva un arriesgadísimo coqueteo suicida. El mercurio es un mineral pesado que a partir de los 40º comienza a generar vapores tóxicos que al ser inhalados dañan permanentemente el cerebro, los riñones y al feto en desarrollo. Afecta el funcionamiento del cerebro y produce: irritabilidad, timidez, temblores, cambios en visión, audición, y memoria. Exponerse por breve lapso a altos niveles de vapores de mercurio también puede causar daño a los pulmones, náuseas, vómitos, diarrea, aumento de la presión arterial o del ritmo cardíaco, erupciones en la piel e irritación ocular…
 
Preñados de ignorancia a veces, y otras de temeridad, lo manipulan y cargan encima con absoluto desenfado. Desde el muchacho que apenas ayer era un niño y de un cartón viejo de bebida pasteurizada lo vierte en la palma de  su mano, hasta el otro adolescente que, con todos sus aperos a la espalda, porta cual escapulario mortal un pequeño frasco lleno de mercurio. Todos aseguran que sin él no pueden hacer nada.
 
            Un solo circuito que parece encerrar los nueve círculos del Infierno de Dante se dan la mano en estos parajes. Las paredes metálicas piden el cese al hostigamiento recurrente que viven esta gente que lo que hace es ganarse la vida en buena lid.
 
            Lo he dicho otras veces: se puede mirar con ojos éticos o pedir que se actúe apegados a la más rancia deontología a quienes se dedican a estos menesteres, y no se dejará de caer en el mismo pontificar de la dama bienintencionada que mientras juega canasta condena a la “putica” que anda haciendo la calle.
 
            No propongo, ni dispongo; no sugiero, ni recomiendo. Sólo digo que he visto entre ellos el relampaguear implacable de la rudeza que exige se cumpla lo prometido, y también el resplandor de la ternura. Vi las manos extendidas de una gente que le arranca el oro a la tierra, mientras se juegan la vida de una y cien maneras, para también mostrarlo y ofrecerlo con la generosidad del que se quita el pan de la boca para entregarlo en alegre comunión al que lo necesita.

© Alfredo Cedeño

 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, julio 11, 2013

martes, septiembre 18, 2012

ASTRO

Oro en la hoja que se derrumba mansamente
en el envés de un rayo de la tarde,
brote de sombras que se vencen en el reflejo
de un destello que navega apurado,
brillo repentino del tiempo que llega cansado
como el galope póstumo de un reloj,
agonía inevitable de un pájaro que se desploma
y sus vuelos persiguen otras alas.

© Alfredo Cedeño

domingo, julio 22, 2012

ORO Y DIAMANTES

Venezuela nació con el estigma de la riqueza. Todos cuantos han llegado a estos territorios han estado convencidos de que basta con levantar las piedras para que aparezcan tesoros inmarcesibles. Así ha sido siempre. No en balde fue acá donde se centraron las primeras búsquedas de El Dorado.  
En el siglo XVI el explorador español Diego de Ordás, conocido también como Diego de Ordaz o de Ordax, oyó hablar de esa meca aurífera y se dirigió para acá. En 1531 llegó al Delta del Orinoco y en junio de ese año remontó su cauce.  Narra fray Pedro de Aguado en su Recopilación Historial de Venezuela que en “una de las barrancas del río” entablaron comunicación con uno de los naturales y, dejó escrito Aguado: “le vinieron a mostrar una sortija o anillo de oro que el gobernador traía en el de4do, y mirándola el indio, y conociendo que era oro después de haberle entregado y olido, dijo que de aquello había mucho atrás de una cordillera que a mano izquierda del río se hacía, donde había muy muchos indios, cuyo señor era un indio tuerto muy valiente, al cual si pretendían, podrían henchir los navíos que traían, de aquel metal; …” 
Ordás no llegó, por supuesto, pero dejó plantada la semilla insidiosa que fue determinante para que a fines de ese siglo, en 1595, Sir Walter Raleigh redactara su mentadísimo informe The Discovery que trataba de “El Descubrimiento del Vasto, Rico y Hermoso Imperio de la Guayana…” 
El aventurero inglés escribió en dicho documento: “El imperio de la Guayana está situado directamente al este del Perú en dirección al mar, debajo de la línea equinoccial, y hay en él oro en más abundancia que en cualquier parte del Perú.”  Debo también aclarar que Raleigh estaba engolosinado porque él había colectado muestras de rocas en Guayana y: “De esos trozos se han hecho muchos ensayos y en Londres fue Master Westwood, un refinador que vive en Wood Street, el primero que lo realizó, quien halló un contenido de 12 o 13.000 libras por tonelada”. 
Les juro que podría continuar citando cronistas y fabuladores que hablaron del preciado mineral hasta llenar el espacio que me corresponde en este blog, pero no se trata de aburrirles el domingo de manera tan vil. Quiero  nombrar uno más y prometo que no les jodo más la paciencia al respecto.
El jesuita Felipe Salvador Gilij, quien vivió durante 18 años y medio en el Orinoco, escribió a fines del siglo XVIII: “Me parece sin embargo que en los relatos del Dorado hay muchos enredos procedentes del desconocimiento de las palabras indias, y por consiguiente poco o nada de sólido hay en ellos.” 
Gilij, al igual que todos los que le antecedieron, no sabía que El Dorado estaba allí bajo las plantas de todo aquel que se paraba sobre estas tierras de la Guayana.   La fuerza telúrica que de ella emana no deja de cautivar a todo el que la anda y contempla, de una u otra manera va encadenando al que allí llega.  
         En 1849 y a menos de 300 kilómetros al sureste de la entonces recién rebautizada Angostura, devenida en la actual Ciudad Bolívar, se descubrió una de las minas de oro más ricas del mundo; así comenzó a gestarse  el nacimiento de una de las poblaciones más ricas de este país, en lo que a lo material, humano y folklórico se refiere: El Callao.  
         Todo empezó a orillas del río Yuruari donde se descubrieron los primeros vestigios auríferos.  La misma Guayana  se encargó de darle un rotundo mentís a Gilij. En 1853 los centros económicos mundiales fueron sacudidos por la noticia: Las minas de El Callao, un insignificante y desconocido pueblito, de la  no menos ignorada Venezuela, tenían un rendimiento  de ¡50 onzas de mineral por tonelada!   En aquel momento se consideraba extraordinaria una  mina cuyo rendimiento alcanzara las 4 onzas de oro por tonelada.  La vorágine fue absoluta.   Han escrito que la situación fue igual o mayor que la desatada con el hallazgo de la Quebrada Sutter en California, Estados Unidos. 
Entre 1874 y 1888, tales tierras  produjeron  CINCUENTA Y CINCO MIL KILOS de oro.  Leen bien: 55 toneladas de oro… En 1910 los filones  de oro es poco lo que podían dar y El Callao comenzó a marchitarse, a vivir de sus glorias pasadas.  Hasta 1936 la educación primaria se impartió en inglés, su población básicamente negra, emigrada de Trinidad y otras islas caribeñas, fue conformando sus propias expresiones como grupo humano.  Con  el descubrimiento aurífero  también se gestó la expresión folklórica  por excelencia de la zona: El Calipso.
            Insisto: podría seguir manejando cifras y datos hasta el mareo. Pero no quiero dejar por fuera otra fuente, al parecer inagotable, de riquezas en tierras guayanesas.  Me refiero a los diamantes. Esta palabra proviene del griego adamantos, que significa indomable, duro.  Pero sigamos en nuestra majestuosa Guayana.
El hallazgo de las reservas diamantíferas en la Gran Sabana, se debe al doctor Lucas Fernández Peña, que en 1924, se estableció a 20 Km., de la frontera con el Brasil en el cerro Acurimá, cerca del río Uairén y fundó Santa Elena de Uairén en 1927. Pero no sería hasta 1931, cuando él descubrió oro y diamantes en las inmediaciones del cerro Paratepuy, en las cercanías del cerro Surukum, 40 Km al oeste de Santa Elena.
          Dejaré de lado datos y cifras al respecto.  La explotación de ambas riquezas ha sido motivo de numerosas reseñas en distintas publicaciones de todo orden. Yo mismo en septiembre del año pasado escribí acá sobre la Mina El Polaco (http://textosyfotos.blogspot.com/2011/09/mina-el-polaco.html). 
 
 
            No puedo dejar de insistir en el drama humano que hay atrás de la explotación minera. Se cuestiona con alegría y facilidad la manera en que estos hombres y mujeres se ganan la vida.  Se les acusa del daño a veces irreversible que ocasionan al medio ambiente. Es cierto. Ahora bien: ¿Qué hacemos?  ¿Cómo van a vivir ellos? ¿Qué opciones les ofrecemos para que sobrevivan?  Es un vasto y complejo drama humano al que no podemos despachar con una solución éticamente correcta concebida desde la comodidad de nuestros centros urbanos.
            El ahogo endemoniado del calor y la humedad, en medio de un paisaje lunar, donde las sombras se van alejando en la medida que la búsqueda de la suerte se hace cada vez más esquiva. La asfixia que se te atornilla en cada poro cuando estás a 60 metros bajo tierra en un socavón que no sabes si se te vendrá encima. La desesperanza que se hace cada vez más opresiva por haber hipotecado la vida a cambio de unas latas de sardinas y una botella de ron barato. Las ilusiones que parecen heredadas de los primeros aventureros que hollaron estos parajes buscando una ciudad de oro y riquezas sin medidas.
  
Estos parajes, cada uno de ellos, son otros trozos de este territorio divino, pese a todo, que es Venezuela.  Aquí cada cual pone su pedazo de esperanza e ilusiones para ganarse la vida. Tal vez de forma errada, pero… ¿quién puede lanzar la primera piedra? Yo no, sólo me queda escribir con el respeto que merecen quienes viven persiguiendo una quimera que tal vez nunca llegará, pero a la que se empeñan en perseguir con la limpieza de los sueños.  Y de esos guijarros tengo miles para lanzar y seguiré haciéndolo.

© Alfredo Cedeño

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