domingo, julio 22, 2012

ORO Y DIAMANTES

Venezuela nació con el estigma de la riqueza. Todos cuantos han llegado a estos territorios han estado convencidos de que basta con levantar las piedras para que aparezcan tesoros inmarcesibles. Así ha sido siempre. No en balde fue acá donde se centraron las primeras búsquedas de El Dorado.  
En el siglo XVI el explorador español Diego de Ordás, conocido también como Diego de Ordaz o de Ordax, oyó hablar de esa meca aurífera y se dirigió para acá. En 1531 llegó al Delta del Orinoco y en junio de ese año remontó su cauce.  Narra fray Pedro de Aguado en su Recopilación Historial de Venezuela que en “una de las barrancas del río” entablaron comunicación con uno de los naturales y, dejó escrito Aguado: “le vinieron a mostrar una sortija o anillo de oro que el gobernador traía en el de4do, y mirándola el indio, y conociendo que era oro después de haberle entregado y olido, dijo que de aquello había mucho atrás de una cordillera que a mano izquierda del río se hacía, donde había muy muchos indios, cuyo señor era un indio tuerto muy valiente, al cual si pretendían, podrían henchir los navíos que traían, de aquel metal; …” 
Ordás no llegó, por supuesto, pero dejó plantada la semilla insidiosa que fue determinante para que a fines de ese siglo, en 1595, Sir Walter Raleigh redactara su mentadísimo informe The Discovery que trataba de “El Descubrimiento del Vasto, Rico y Hermoso Imperio de la Guayana…” 
El aventurero inglés escribió en dicho documento: “El imperio de la Guayana está situado directamente al este del Perú en dirección al mar, debajo de la línea equinoccial, y hay en él oro en más abundancia que en cualquier parte del Perú.”  Debo también aclarar que Raleigh estaba engolosinado porque él había colectado muestras de rocas en Guayana y: “De esos trozos se han hecho muchos ensayos y en Londres fue Master Westwood, un refinador que vive en Wood Street, el primero que lo realizó, quien halló un contenido de 12 o 13.000 libras por tonelada”. 
Les juro que podría continuar citando cronistas y fabuladores que hablaron del preciado mineral hasta llenar el espacio que me corresponde en este blog, pero no se trata de aburrirles el domingo de manera tan vil. Quiero  nombrar uno más y prometo que no les jodo más la paciencia al respecto.
El jesuita Felipe Salvador Gilij, quien vivió durante 18 años y medio en el Orinoco, escribió a fines del siglo XVIII: “Me parece sin embargo que en los relatos del Dorado hay muchos enredos procedentes del desconocimiento de las palabras indias, y por consiguiente poco o nada de sólido hay en ellos.” 
Gilij, al igual que todos los que le antecedieron, no sabía que El Dorado estaba allí bajo las plantas de todo aquel que se paraba sobre estas tierras de la Guayana.   La fuerza telúrica que de ella emana no deja de cautivar a todo el que la anda y contempla, de una u otra manera va encadenando al que allí llega.  
         En 1849 y a menos de 300 kilómetros al sureste de la entonces recién rebautizada Angostura, devenida en la actual Ciudad Bolívar, se descubrió una de las minas de oro más ricas del mundo; así comenzó a gestarse  el nacimiento de una de las poblaciones más ricas de este país, en lo que a lo material, humano y folklórico se refiere: El Callao.  
         Todo empezó a orillas del río Yuruari donde se descubrieron los primeros vestigios auríferos.  La misma Guayana  se encargó de darle un rotundo mentís a Gilij. En 1853 los centros económicos mundiales fueron sacudidos por la noticia: Las minas de El Callao, un insignificante y desconocido pueblito, de la  no menos ignorada Venezuela, tenían un rendimiento  de ¡50 onzas de mineral por tonelada!   En aquel momento se consideraba extraordinaria una  mina cuyo rendimiento alcanzara las 4 onzas de oro por tonelada.  La vorágine fue absoluta.   Han escrito que la situación fue igual o mayor que la desatada con el hallazgo de la Quebrada Sutter en California, Estados Unidos. 
Entre 1874 y 1888, tales tierras  produjeron  CINCUENTA Y CINCO MIL KILOS de oro.  Leen bien: 55 toneladas de oro… En 1910 los filones  de oro es poco lo que podían dar y El Callao comenzó a marchitarse, a vivir de sus glorias pasadas.  Hasta 1936 la educación primaria se impartió en inglés, su población básicamente negra, emigrada de Trinidad y otras islas caribeñas, fue conformando sus propias expresiones como grupo humano.  Con  el descubrimiento aurífero  también se gestó la expresión folklórica  por excelencia de la zona: El Calipso.
            Insisto: podría seguir manejando cifras y datos hasta el mareo. Pero no quiero dejar por fuera otra fuente, al parecer inagotable, de riquezas en tierras guayanesas.  Me refiero a los diamantes. Esta palabra proviene del griego adamantos, que significa indomable, duro.  Pero sigamos en nuestra majestuosa Guayana.
El hallazgo de las reservas diamantíferas en la Gran Sabana, se debe al doctor Lucas Fernández Peña, que en 1924, se estableció a 20 Km., de la frontera con el Brasil en el cerro Acurimá, cerca del río Uairén y fundó Santa Elena de Uairén en 1927. Pero no sería hasta 1931, cuando él descubrió oro y diamantes en las inmediaciones del cerro Paratepuy, en las cercanías del cerro Surukum, 40 Km al oeste de Santa Elena.
          Dejaré de lado datos y cifras al respecto.  La explotación de ambas riquezas ha sido motivo de numerosas reseñas en distintas publicaciones de todo orden. Yo mismo en septiembre del año pasado escribí acá sobre la Mina El Polaco (http://textosyfotos.blogspot.com/2011/09/mina-el-polaco.html). 
 
 
            No puedo dejar de insistir en el drama humano que hay atrás de la explotación minera. Se cuestiona con alegría y facilidad la manera en que estos hombres y mujeres se ganan la vida.  Se les acusa del daño a veces irreversible que ocasionan al medio ambiente. Es cierto. Ahora bien: ¿Qué hacemos?  ¿Cómo van a vivir ellos? ¿Qué opciones les ofrecemos para que sobrevivan?  Es un vasto y complejo drama humano al que no podemos despachar con una solución éticamente correcta concebida desde la comodidad de nuestros centros urbanos.
            El ahogo endemoniado del calor y la humedad, en medio de un paisaje lunar, donde las sombras se van alejando en la medida que la búsqueda de la suerte se hace cada vez más esquiva. La asfixia que se te atornilla en cada poro cuando estás a 60 metros bajo tierra en un socavón que no sabes si se te vendrá encima. La desesperanza que se hace cada vez más opresiva por haber hipotecado la vida a cambio de unas latas de sardinas y una botella de ron barato. Las ilusiones que parecen heredadas de los primeros aventureros que hollaron estos parajes buscando una ciudad de oro y riquezas sin medidas.
  
Estos parajes, cada uno de ellos, son otros trozos de este territorio divino, pese a todo, que es Venezuela.  Aquí cada cual pone su pedazo de esperanza e ilusiones para ganarse la vida. Tal vez de forma errada, pero… ¿quién puede lanzar la primera piedra? Yo no, sólo me queda escribir con el respeto que merecen quienes viven persiguiendo una quimera que tal vez nunca llegará, pero a la que se empeñan en perseguir con la limpieza de los sueños.  Y de esos guijarros tengo miles para lanzar y seguiré haciéndolo.

© Alfredo Cedeño

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesante tema, da mucho por escribir y narrar, pero como tú lo das a entender, equivocados o no, como solucionar todo eso? Tal cual lo escribiste: "¿quién puede lanzar la primera piedra? Yo no, sólo me queda escribir con el respeto que merecen quienes viven persiguiendo una quimera que tal vez nunca llegará, pero a la que se empeñan en perseguir con la limpieza de los sueños." ABBM

Anónimo dijo...

Buenas fotos.

Jaime Ballestas

Anónimo dijo...

Hola Alfredo,...muy bueno tu documento,..Las escenas de los buscadores de oro parecen repetirse en otros lugares, y parece mentira que la pobreza sea la compañera habitual de estos personajes,....lo cual se presenta como una ridiculez dado que estamos hablando de riqueza. Pero hay algo peor,....hoy en día, compañías extranjeras mediante artilugios, o corrupción, extraen el mineral, con un sistema destructivo del medio ambiente, La minería cielo abierto deja solamente a los habitantes de la zona un tremendo pozo de cientos de metros de profundidad, suelo ácido y destruido, y agua contaminada.Aquí luchamos contra ellos,...pero casi siempre la corrupción gana. Un abrazo. ELCRUZADO