sábado, agosto 18, 2012

EXTREMOS



Una a una fueron colgadas sus escamas de madera
hasta formar una armadura grácil de tacto leñoso,
piel de pimiento desbordado en su madurez
que se acerca sensual a la punta de los dedos,
juego de texturas de luna que arman palabras
dulces y majestuosas como un beso de madrugada.

© Alfredo Cedeño

jueves, agosto 16, 2012

SANTUARIO


Sus vetustas campanas repicaron lo suficiente
hasta clavetearme de fe los tímpanos,
bajo su tejado maltrecho aprendí rezos
que manaban de los sabios labios de mi abuela,
a la sombra de su cúpula descubrí el temor
pintado en una tela enorme del infierno,
entre sus paredes tachonadas de manchones
adquirí dogmas con los que perdí la inocencia,
y desde ese maltrecho pero imponente templo
busqué sin hallar un distante camino al cielo.

© Alfredo Cedeño

martes, agosto 14, 2012

CORCEL


En sus cascos de noche brilló el sol del galope
y hendió el camino con mil chispas y centellas,
sus remos se hicieron flejes de vuelo perenne
para que el jinete se ganara la libertad del viento,
sobre el pellejo las manchas de leopardo marcaron
el salto feroz del vuelo entreverado a ras de suelo,
y en el lomo portó al heraldo embriagado de tolvanera
que fue remolino, y regó relinchos sobre el llano.

© Alfredo Cedeño

domingo, agosto 12, 2012

LA CASA VENEZOLANA

            Afirman los amigos historiadores, fabuladores por antonomasia, que el nombre de esta tierra viene de la similitud que encontraron entre las casas construidas por nuestros indígenas y las que en aquel entonces se podían ver en Venecia.  Aseguran que la degeneración del nombre se convirtió en Venezuela.
 
 
 
Al parecer, fue el viernes 24 de agosto de 1499 el día cuando Alonso de Ojeda llegó a orillas del Lago de Maracaibo.  Américo Vespucio debe haberlo acompañado ya que le escribirá desde Sevilla a Pier Francesco de Medicis, que se encontraba en Florencia, el 18 de julio de 1500:
“...encontramos  una grandísima población que tenía sus casas construidas en el mar como Venecia, con mucho arte,...”

 
 
 
                        De esa manera comenzamos a rodar por el mundo, ya Venezuela no sería más una realidad innominada, un grupo desarticulado de gente.  Comenzaba la conquista y colonización, la integración, el mestizaje, dándole organicidad a un pueblo, haciendo brotar un país.
 
 
 
            Debo apuntar a esta altura que, como bien sabemos, si algo nos caracteriza  a los venezolanos es la irreverencia desparpajada, rayana en la insolencia, que suele bajar de los pedestales hasta al más pintiparado.  Digo esto porque hay quienes han dicho que en español la partícula “zuela” está asociada a lo despectivo, y llaman en su auxilio como ejemplo el término mujerzuela, así como bestezuela, bribonzuela, ladronzuela, indezuelo, y paro aquí; tampoco se trata de hacer un catálogo de desfachateces. Así que sigo con lo que quiero abordar hoy: la llamada arquitectura popular venezolana.
 
 
 
            Y junto al nombre comenzaron a brotar las moradas. Se produjo la fusión de estilos que convirtió la argamasa en barro y lo incorporó a la paja nativa: surgió el bahareque, amalgama amorosa que hace surgir las paredes con la suave caricia que solo se reserva para los seres amados. ¿Qué más digna de ser amada y hacer sagrada que la vivienda para protegerse de la naturaleza?

 
 
            Las casas de piedra de los indios montañeros de Mérida, dieron sólidas piedras sillares para las altivas casas de herencia andaluza que retoñaron por todos nuestros rincones. También llegaron aires holandeses desde las vecinas islas de Aruba, Bonaire y Curaçao. 
 
 
 
 
            La fe no estuvo ausente y así surgieron templos modestos, otros pomposos, pero todos uno en la búsqueda de la calma para las culpas que azotaban inclementes sus vidas salpicadas de insipidez.  
 
 
 
En esta tierra de colores infinitos los pigmentos no podían estar ausentes, y fue el turno de los colores arrebatadores, de mezclas ingenuas con la fuerza de la inocencia en sus paletas.  Y se armó la fiesta de nuestra arquitectura tradicional y popular. Ritmo, cadencia y paredes martillaron la soledad para hacerse rebaño de techos y almas, abrieron las faldas de la oscuridad para colocar un reloj de tiempo astillado a brillar con riesgos de sincopas en un pentagrama alborotado. 

© Alfredo Cedeño

 
 


sábado, agosto 11, 2012

RETOZO



Las piedras retoñaron entre mariposas
con un revolotear de nalgas libres
que desconocen las culpas,
alas de roca con la libertad en el corazón
y un bronce en la piel que retumba
en el alma de una entelequia llamada patria.

© Alfredo Cedeño

jueves, agosto 09, 2012

CASCAJO


Allá aquellos que se conformen con sus mañas
y no vean su vientre fláccido
ni su papada oscilante de largo temblor
que acompaña la retícula de arrugas labiales,
o la ondulante tersura de naranja de sus muslos
sacudida con cada uno de sus pasos de simulado garbo…

© Alfredo Cedeño


martes, agosto 07, 2012

ANHELO


Cuando los alambres se espinan y cercan las ventanas
siempre hay un fondo de luz donde el verde salta
como los venados volanderos por las montañas
o las perdices naciendo desde la mano de Dédalo
quizás en las alas sucias de tres garzas descarriadas
o las maderas que se astillan para burlar las sombras.

© Alfredo Cedeño

domingo, agosto 05, 2012

GRISES, NEGRO Y BLANCO…

          Innumerables veces, en diversas tribunas que he tenido a mi disposición he profesado mi amor incondicional por este territorio agraz y bendito por la mano de Dios que me tocó por tierra natal.  A veces rozando el chauvinismo, otras coqueteando con la amargura de verla desmigajarse en manos de cierta “dirigencia” que no atina a dirigir ni el tráfico, en ocasiones arañando el desconsuelo o la impotencia de ver cómo se nos desbarranca Venezuela.


            Mi padre me tildaba de “optimista insumergible” y, como casi siempre, tenía razón.  Tal vez por ello he terminado adquiriendo una serie de anticuerpos que me protegen contra esos hijueputas momentos.  Uno de ellos son los versos del poeta Alberto Arvelo Torrealba 
“…tierra
que hace sudar y querer,
parada con tanto rumbo,
con agua y muerta de sed,
una con mi alma en lo sola,
una con Dios en la fe ;
sobre tu pecho desnudo
yo me paro a responder”

 
 
 
             Tierra de dolores infinitos y tristes que se pierden rumbo al horizonte como un caballo que sucumbió en medio de la sabana.  País de alegría nunca más corta que sus pesares; heredad no de estrellas sino de luceros que relumbran en las crestas de sus olas donde los hombres se zambullen a entresacar los peces; lugar de sonrisas siempre cabalgantes en las caras amplias y querendonas de sus hombres, mujeres y niños.
 
 
            Esta Venezuela veleidosa; capaz de entronizar a un error estratégico, táctico y escaso en lo sintáctico a la presidencia de la República; también puede ser preciosa en las arrugas de una anciana que confecciona el “pan dulce” más adictivo que cualquier repostero catalán pueda imaginar.  Este país voluble igualmente sabe ser firme cuando de ganarse el derecho a tumbar los relámpagos de la tristeza se trata. 
 
            He dicho, redicho y repetido hasta el borde del cansancio que mi país es el territorio de las quimeras. Aquí es donde se han conjugado males y bienes para forjarnos. Este es el crisol y alambique donde se ha ido configurando un espeso, pero muy cristalino, sentido de pertenencia a un colectivo atormentado, feliz y delirante que busca sin cansancio convertirse en la verdadera Tierra Prometida donde los santos tutelares y las vírgenes milagrosas nacen al compás de los cuentos alucinados de cualquier abuelo.

 
          Entre los tantos anticuerpos que he ido adquiriendo, y a los que referí al comienzo, están, por ejemplo, Karl Ferdinand Appun, quien escribió a mediados del siglo XIX Unter Den Tropen donde asentó: “Entonces las criollas no tienen comparación y es difícil que un hombre al verlas guarde la temperatura normal de su sangre”. Por su parte, el sajón Antón Goering escribió a fines del siglo XIX  Venezuela, el más bello país tropical, donde nos dejó descripciones como estas: "Cuando los primeros rayos del sol rasgaron los cargados nubarrones, surgió el oquedal grandioso en toda su magnificencia; las copas multiformes de los árboles se movían animadamente al golpe fuerte del viento…”. 
 
 
Amén de ellos puedo citar también a la francesa Leontine Perignon de Roncajolo quien publicó en 1895 Au Vénézuéla, 1872-1892. Souvenirs, donde dejó descritas las selvas del Sur del lago de Maracaibo así: “Allí la vegetación exuberante nos llenó de admiración; los árboles alcanzan alturas extraordinarias; las flores y los pájaros tienen colores maravilloso y en algunos lugares vimos espléndidas mariposas…”

 

 
          Dejo para finalizar al galo Raymond E. Crist, quien bajo la tutela de Raoul Blanchard, redactó su tesis doctoral Etude Géographique des Llanos de Vénëzuéla Occidental  la cual concluyó escribiendo en el más rancio estilo del maestro Rómulo Gallegos: “Tierra ancha y tendida, toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad.”
 
¿Cómo no morir de amor de forma incondicional por este territorio agraz y bendito por la mano de Dios que me tocó por tierra natal?

© Alfredo Cedeño
 

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