domingo, agosto 11, 2013

ESTADO MÉRIDA


            Venezuela es crisol y alambique, cacerola donde se ha cocinado y cocina la tan cacareada identidad nacional –casal de palabras a cuya vera innumerables parásitos han medrado y desarrollado sus feudos–, casa de mil rincones donde se puede encontrar hasta lo que a uno no se le ha perdido.
 
            Casi 500 kilómetros en línea recta al suroeste de Caracas, en medio de las montañas andinas, pero con un brazo extendido hasta el sur del algo de Maracaibo, está el estado Mérida, una de las 24 regiones territoriales en las cuales está segmentado mi país.  Esta entidad federal cuenta con 11.300 km², que equivalen al 1.23% de nuestro espacio territorial y el pasado censo revela que tiene 828.592 habitantes.
 
            El nombre le proviene de su capital, la cual se ha conocido con varias denominaciones: Tatuy, Guazábara, El Realejo, Ranchería Vieja, Mérida, Ranchería de San Juan de las Nieves, Ranchería de las Sierras Nevadas, Santiago de los Caballeros. Los libros aseguran que el primer intento fundacional ocurrió el 9 de octubre de 1558, por parte del expedicionario español Juan Rodríguez Suárez, de Extremadura por más señas, y de cuya ciudad natal escribí algunos años atrás (http://textosyfotos.blogspot.com/2008/01/mrida-espaa.html), pero no será hasta el 12 de julio de 1559, cuando otro hispano, Juan de Maldonado, realice la fundación definitiva en la ubicación actual.
 
            En cuanto estado Mérida surge el 23 de noviembre de 1863, cuando el entonces presidente venezolano Juan Crisóstomo Falcón, emite el decreto que formaliza su creación.  En enero de 1868, junto con el estado Táchira pasa a formar parte del estado Zulia, del cual se separa en noviembre de 1869. En 1874, en una de las tantas genuflexiones que han pretendido imponerle al país hacia los caudillos de turno, se le cambió el nombre por el de estado Guzmán, en supuesto homenaje a Antonio Leocadio Guzmán, padre del que en aquel momento era presidente venezolano.
 
            Las variantes nominales no cesaron allí, y fue así como en 1891, junto con Táchira y Trujillo, formó el llamado Gran Estado Los Andes, división que duró hasta 1899 cuando disuelven el mentado gran estado. Hasta que finalmente en 1909 surge lo que hoy conocemos como el estado Mérida.
 
            Como bien pueden suponer esto es un muy ligero recuento de las fuentes historiales merideñas, de las cuales puedo citar como breve ejemplo lo que a fines del siglo XVI Juan de Castellanos en su Elegías de Varones Ilustres de Indias escribió:
“Es la ciudad de Mérida postrera,
Do el dicho nuevo reino se termina,
En saber tales nuevas la primera,
Ya la que por acá las encamina:”.
 
           Cuando cierro los ojos y evoco a Mérida la imagen que acude es una gruesa cobija de neblina que cubre al hombre de la montaña cuando cae la tarde y que con él se levanta para despedirse cuando el sol calienta. Páramos, nieve y picos majestuosos.  También calor apabullante del lago como el que se siente en Nueva Bolivia, Muyapá, Agua Azul, Santa Clara y Palmarito. Digo Mérida y nombro Timotes, Mucuchíes, Bailadores, Santa Cruz de Mora, La Azulita, Santo Domingo, Canagua y Guaraque
 
Allí encontré seculares casas de piedra y paja como las de Gavidia, zona de la cual escribí el año pasado (http://textosyfotos.blogspot.com/2012/03/gavidia.html). Anduve hasta Piñango entre piedras y tierra, entre siembras y ríos, desgarrando nubes con la suave palabra de su gente, contemplando las murallas que terracean la montaña tal y como las sabían fabricar los antiquísimos habitantes de las cumbres.
 
Mérida es una gran colcha de retazos, igual a aquellas que hacían nuestras abuelas, donde cada trozo va encajando en el preciso lugar que le corresponde.  En cada pequeño jirón, que se mira con detenimiento, aparecen hadas y duendes,  historias que han ido cosiendo cada cuadro de tierra, que paulatinamente fabricaron eso que ahora han dado por llamar “identidad cultural”, pero que para el merideño es algo tan elemental como el pan nuestro de cada día.
 
            Por estas tierras Juan Félix Sánchez erigió sus predios y sus capillas, en un devoto alarde de fe, capaz de generar envidia en Bernini.  Igualmente aparecieron Mucuchíes y su San Benito, el santo negro que un día migró a las escarpadas tierras para poder estar más cerca del cielo.
 
            Aquí llegó a los 4 años Antonio Spinetti Dini, de su natal San Piero in Campo, en la Isla de Elba, Italia. Tonino, tal como le llamaban, a trazar su gran obra poética que anunciaba sin pudores su búsqueda de nuevas manera de expresarse:
Yo no quiero subir por los senderos
por donde tantos ya, han ascendido,
quiero pasar mi espíritu altanero
por un camino aún desconocido.
 
            La Parroquia y sus Vasallos de La Candelaria, San José, Los Nevados, Mistantí, Llano del Hato, Mitivibó, Chachopos, Apartaderos, El Potrero,  Misteque, Torondoy, El Tisure, Tucanizón, Mucuchachí, Mucutuy, Chiguará y tantos centros poblados como ríos hay en las serranías.   Todos entre valles grandiosos e inmaculados, rodeados de gargantas azules que, por momentos, hacen creer que el horizonte nunca ha existido.
 
            Montaña y cielo se juntan... Y no se sabe dónde empieza uno y dónde termina la otra.  Azul de firmamento y azul de rocas que debe haber usado el Creador como materia prima para templar el espíritu  de su gente.  Y las palabras se enredan tratando de explicar lo que sólo los ojos pueden entender tras horas, días, semanas, meses y años de contemplación.
 
            Esto es Mérida: Un torbellino de pueblos, gente y parajes que sacian al más exigente.  Estrechos senderos que van hacia más nunca y miradas que vienen del corazón llenas de asombro.   Miradas que hacen entender que no se sabe nada; miradas que abren en el alma una colección de sentimientos tan altos  como los picos de las montañas.  Amores que van sembrando en cada quien estos recónditos e irrepetibles parajes.  Enormes tapias, con la blancura de los huesos, que sirven, más que para resguardar, para abrirnos al sentimiento y generosidad del andino.  Un pueblo lleno de ilusiones, que fabrica futuros con la misma suavidad que cosecha las milenarias papas que los Mucumbás, los Timotes, los Táribas, los Jajó, los Tabay y los Mucujún cultivaban en las faldas de los cerros.
 
            En Chachopos dos ancianas hablan y ríen en una pequeña ventana, es domingo y la ropa les huele a limpio y ramitos de albahaca.  En pico El Aguila, o a los pies del monumento a la Loca Luz Caraballo, son los muchachos que piden “un bolivita”, cuando no un lápiz o un cuaderno.  Por aquellos lados son unos barbechos que revientan llenos de repollos, remolachas, nabos, cebollas, zanahorias, alcachofas y toda la hortaliza que alguien se pueda imaginar.  Por éstos son Laguna El Cristo, Laguna La Estrella, Laguna Negra, Laguna Blanca y otras tantas rebosantes de truchas.  Eternos frailejones que se adornan vistiendo la yerma tierra; peludos burritos  en los que Platero resucita cada día. Y el silencio -ese mutis que sólo estas montañas tienen-, que hace sentir que el mundo tiene muchas otras dimensiones, traslada las almas para permitir comprender la manera de vivir y soñar de la gente de estos lugares.
 
“Juan-María-Espinoza-un-servidor”, dice la voz suave, casi a la carrerita, del cordillerano, cargada de la proverbial gentileza de la gente de por estos lados.  Y así como él también lo dicen Honoria, Alipio, Josefa, Carlina, Rosario... Nombres resonantes y gestos donde los Timoto-cuicas permanecen junto al ibérico.  Una Paradura de Niño Jesús donde hojitas de romero y pétalos de cayenas, azucenas, nomeolvides, geranios y siemprevivas van cayendo sobre los que, de hinojos, patentan su devoción al Hijo del Hombre.  Una taza humeante de chocolate y una arepa hecha del trigo que se cultivó en el huerto cercano, un trozo de queso ahumado y mantequilla recién batida, un plato de pisca, un vaso de Díctamo Real, una paledonia,  una jícara llena de agua de panela para calmar el sofoco, mistela, mute, palabras que van anunciando el cotidiano acto eucarístico de esta gente, ante los muy prominentes altares que el suelo ha hecho despegar de sí mismo.
 
            Como quien dice en lo más hondo de estas tierras, en Canaguá, nació la poetisa Margarita Belandria, jurista y filósofa, a la que el espacio académico hace malgastar su talento creativo. Ella es autora de estos versos:
Algo me convoca
a descifrar los presagios,
pero yo sólo conozco
los bramidos
de las calles descalzas.
 
            En Mérida nace el viento y el sol se duerme alborotado por un trago de miche.  La luna chorrea aguamiel.  Los niños salen cargados de ternura a pasear entre ríos cristalinos.  Y los ancianos, sin saber lo que es languidecer, van macerando la sapiencia que sólo la montaña sabe dar, para luego germinar de entre sus blancas barbas en historias, cuentos y fábulas que dormirán a los nietos.  Pájaros y nieve, trigo y olores de calabazas tiernas, cobijas y nubes, miles de cosas y una sola que, a  fin de cuentas, es lo que termina siendo la cordillera: La Paz hecha Tierra.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


sábado, agosto 10, 2013

PARAGUAS

Dulce sombrilla de merengue y amanecer
pálido amparo para las penas realengas
un rezo alzándose entre el feroz naufragio


© Alfredo Cedeño

jueves, agosto 08, 2013

CONTADOR

Si contara las hojas y las estrellas
detallaría la arena y las olas
abriría ventanas y olería las postales
sabría como saben tu boca y dedos
caminaría por el borde del cielo
y vería en cada vacío uno de tus orgasmos.


© Alfredo Cedeño

martes, agosto 06, 2013

VERDURA

El otoño corrió a esconderse
y corazones hechos tréboles
redondos platos de clorofila
alanceados y ovalados signos
saltaron al ruedo a tomarlo
y hacer la primavera perpetua.


© Alfredo Cedeño

domingo, agosto 04, 2013

ESPERANZA

            Mi padre, quien fue un enamorado de la vida que no cesaba de reír ante todo y de todos, a veces tenía sus normales “bajones”. En esas ocasiones le oía decir: La esperanza era verde y se la comió un burro que venía muerto del hambre... Al instante se recuperaba y solía terminar: menos mal que ella siempre retoña.
 
 

            Pasé casi toda la semana dando vueltas y vueltas sobre lo que iba a escribir para este domingo y apenas el viernes yendo hacia Los Teques, donde ha estado dictando un taller de fotografía desde tres semanas atrás, mientras divagaba al mirar por la ventana del tren comencé a idear estas notas de hoy. Lo primero que hice fue acudir al mataburros y buscar su definición, y leí: Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.
 
 

            Como era de esperarse, la digresión no me soltó así nada más y de ahí enlacé con las llamadas virtudes teologales o sobrenaturales en las que, junto a la fe y el amor, la esperanza a menudo es la luz que se hace faro para tirios y troyanos. Lo es para quien juega el Kino con el anhelo goloso de la opulencia. También para la que espera el aumento postergado, o el que necesita seguir haciendo andar la noria, o la que ruega para que la visita mensual no se siga retrasando porque lo menos necesario es quedar preñada…
 
 
            La esperanza es la certeza de los caminos que se han de recorrer pese a los rastrojos, es la gota que se balancea en el borde la hoja seca  y el garabato que se enrosca a una pared sin terminar de caer en los escaques que la vida suelta con alevosa intención que sólo el futuro dejará la posibilidad de entender.
 
 
            Virtud o fanatismo, ilusión o evidencia, confianza o resquemor, juego de un purgatorio del que pocos logran escapar. ¿Presencia inútil del fuego que después de muerto no podrás apagar, aún cuando navegues con gracilidad perpetua? ¿Habrá quien pueda decirnos exactamente qué es y para qué realmente nos habita? Tal vez al final sólo nos quede un templo reducido a escombros donde una cruz desnuda sobreviva para seguir llenándonos de  la nada que termina siendo la esperanza, pero que no deja de hacernos sentir ahítos de ella…

© Alfredo Cedeño

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, agosto 03, 2013

CHISPEAR

Las gotas percutieron el manto que será hojarasca
luego fueron breve retícula de venas enamoradas
y un largo laberinto sin cenizas pentescostales,
pasos deslizantes con garbo de sirena embarrotada
juego con delirios de ansiadas pieles sudorosas
y el entresacar alevoso de un aguacero de querencias…


© Alfredo Cedeño

jueves, agosto 01, 2013

CERRAMIENTO

Acero y astillas arman el cerrojo
duendes alucinados ahogan pesares
yuntas de flejes vencidos que saltan
un duelo que se cumple y ahoga
las migajas de una acacia derrotada
certezas de acres agravios gratuitos
un candado que se ahorca solo
y un vuelo que no cesará aletea sobre su herrumbre…


© Alfredo Cedeño


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