miércoles, abril 21, 2021

AVOCAMIENTO Y AHORCAMIENTO


               Caracas es una aldea con pretensiones citadinas, y tal vez en ello está el secreto de su encanto. Estoy patológicamente orgulloso de haber nacido en ella, y de haber sido bautizado en la pila bautismal de su catedral. Más de una vez me han enrostrado dicha vanidad, pero así somos los caraqueños. En 1972, la capital venezolana era aún más aldea y La Pastora, una de sus parroquias emblemáticas, solía amanecer llena de neblina. Entre sus esquinas Santa Ana y Coromoto, en dos casas seculares, número 8 y 12, funcionaba el noviciado de la Compañía de Jesús bajo el mando del imborrable Ignacio Huarte, Iñaki. Eran días en lo que esa institución era una suerte de centro abierto de formación al que acudían todos los vecinos interesados de la zona. En esa misma calle vivían, ese par de eternos tortolos que ya son uno, José Pulido y Petruska Simme, quienes habían recalado por allí luego de una experiencia no muy grata en Maracay. También estaba allí con frecuencia ese entrañable afecto que es Wilmer Suárez, quien acababa de abandonar el Seminario Interdiocesano de Caracas y tenía un grupo musical que ensayaba en una casa que estaba de San Vicente a Medina, donde Pulido y Suarez compusieron varias canciones.

                En una de esas casas que mencioné antes, en la número 12, estaba la biblioteca del noviciado y en uno de sus estantes grises encontré una tarde un libro cuyo título me absorbió: La Casa Verde. Así descubrí a los 15 años a Mario Vargas Llosa, el hereje al que “los progresistas” no han podido opacar pese a todos los intentos habidos y por haber.  Para muestra les cito dos trozos de la tesis doctoral de su paisano Julio Roldán: “Mario Vargas Llosa como poeta, dramaturgo, cuentista o actor no tiene la calidad, tampoco la fama, que ha ganado como periodista y, particularmente, como novelista. En el rubro de los denominados géneros menores, su producción, siendo respetable cuantitativamente, es insignificante cualitativamente.” Este ahora doctor de una universidad alemana concluye en su trabajo: “El ser un mestizo, provinciano, pequeño burgués, intelectual y crítico es para Vargas Llosa un gran problema en un determinado aspecto de su vida. Estos son los hechos objetivos que generaron su pesimismo, inseguridad y constante frustración, hasta el extremo de intentar auto eliminarse.”  Todavía pretenden cobrarle su deslinde de la dictadura cubana.

                Desde aquel tiempo hasta ahora he sido un consecuente lector de todo cuanto produce el autor peruano. Cada una de sus piezas las he disfrutado con fruición, las he leído con una puta envidia a su virtuoso manejo de nuestro idioma, he entendido un poco más el rompecabezas hispanoamericano, me he sorprendido por su manejo del reportaje para configurar sus obras. La última pieza suya que leí fue Tiempos Recios, en la que aborda el golpe de estado contra el presidente guatemalteco Juan Jacobo Árbenz en 1954, así como el posterior ascenso de Carlos Castillo Armas, “Cara de Hacha”, y su asesinato en las propias instalaciones del palacio de gobierno. Vargas Llosa rescata en el tercio final de esta novela el episodio vivido en 1954 por el embajador de México ante Guatemala, Primo Villa Michel, quien hizo una protesta formal porque, cuando fue a reclamar por algunos exiliados, el ministro de Educación del coronel “Cara de Hacha”, Jorge del Valle Matheus, le respondió: “Somos una dictadura y hacemos lo que nos la gana.”

                Estaba terminando de leer este libro cuando me llegó la copia del “avocamiento” de la sala de casación civil del tribunal supremo de justicia (por favor corrector respéteme las intencionales minúsculas con los que me refiero a esas “instituciones”), mediante la cual el “magistrado” Yvan Darío Bastardo Flores, “a los dieciséis días del mes de abril de dos mil veintiuno. Años: 210º de la Independencia y 162º de la Federación” (y 20 º  de la Peste Roja), decide que El Nacional, le pague “DOSCIENTOS TREINTA Y SIETE MIL PETROS (237.000,00 PTR)”, por concepto de “daño moral gravísimo” a cierto bojote mal hecho. El delito: haber reproducido lo que la prensa seria asegura, Urbi et orbi, que es el capo de todos los capos de cierto cartel resplandeciente. 

Pienso en el demandante y el sicario judicial que firma tal adefesio jurídico y me parece escuchar a Antonio Estévez, quien tildaba, con palabras precisas y corrosivas, a ciertos personajes y funcionarios de cerebros de gallina enana. Lo que no entiendo es por qué no tienen los reaños de llamar las cosas por su nombre, y decir como lo hizo Matheus en 1954 que están emitiendo no un avocamiento sino un ahorcamiento de El Nacional.  Si en algo se especializan los “revolucionarios” es en hacer que la ley se le ajuste a sus caprichos, por ello son expertos en fusilamientos, pero sobre todo en linchamientos.

 

© Alfredo Cedeño 
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miércoles, abril 14, 2021

DE ÁCAROS Y OTROS BICHOS


                 Cuando niño tuve un perro del cual no recuerdo qué “marca” era, seguramente, un animalito de turbio árbol genealógico y oscuro pelaje al cual llamé Terry. Con él comencé a adquirir el sentido de la responsabilidad, a tomar conciencia de la importancia de cuidar a quien está a tu cargo. Lo primero que me enseñó mi padre fue a estar pendiente de su limpieza, de  que no le cayeran animales. Cuando oí aquello lo primero que pensé fue en los tigres y leones de los que papá poblaba sus cuentos que cada tarde me decía con ceño adusto y voz engolada.  Al preguntarle por tales fieras, me miró con risa contenida y dijo: “Estás oyendo mucha novela carajito.”

                Varios días más tarde él me llamó con el animalito cargado y me dijo: “Mire mi llave, no ha cumplido la tarea, a éste le cayeron los bichos…” Yo, como bien pueden imaginar, abrí los ojos al máximo y cuando abrí la boca, él alzó su mano libre y bajó la otra donde tenía el perro y me mostró lo que en principio me pareció era una verruga pequeña. Así conocí a las garrapatas.  Al preguntarle qué hacer, se limitó a decirme que íbamos a hacer una prueba y que no la tocáramos. Mi asombro fue mayúsculo cuando vi al día siguiente lo que había sido una pequeñísima protuberancia convertida en algo así como media arveja, y mayor lo fue al tercer día cuando ya aquello me pareció que era un morrocoy lo que portaba Terry en el lomo.

                Finalmente, papá le arrancó al perrito el bicho y lo aplastó y la boca se me abrió cual compuerta de un ferry cuando le aplastó y saltó sangre por todos lados. Me explicó que estos animalitos se alimentaban de la sangre y que eran peligrosos porque podían llegar a matar a los perros y también tenían la posibilidad de pegarse a los humanos.   Fue toda una larga lista de cosas que todavía recuerdo y con las cuales no les voy a aturullar. Lo cierto es que hoy escribo en medio de mil recuerdos de quien hoy cumple 45 años de haber abandonado este mundo, y al que todavía echo de menos.  Tuve el privilegio de tener un padre lleno de tinos y desaciertos, que me amó a veces con torpeza pero con una genuina integridad que todavía añoro. 

                Al evocarlo me viene a la memoria el episodio de Terry al recorrer las omniscientes redes sociales y saltarme una imagen del “prócer” Timoteo Zambrano, y la contrasto con la de él a fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970 cuando era un desgarbado estudiante del Jesús Obrero. Sigo escarbando en el teclado y la pantalla me trae una foto del innombrable hijo de Monagas en su época de teniente, y les juro que no tiene nada que ver con ese de aspecto de bojote mal amarrado que ahora se exhibe obsceno y prepotente, mazo en mano, cual Trucutú mediático. ¿Acaso no recuerdan al comandante intergaláctico en su época de candidato a mediados de la década de 1990? ¿Tampoco recuerdan su aspecto en sus días finales?  Lo cierto es que garrapatas como esas las hay a montones, el país está cundido de manera tal que lo inexplicable es que Venezuela aún exista.

© Alfredo Cedeño  


miércoles, abril 07, 2021

TIGRE QUERIDO

 

La primera vez que dejé la casa paterna fui a dar a El Tigre, estado Anzoátegui, en el oriente venezolano. Eran días en los que aquel pueblo giraba sobre los polos petrolero y agrícola; tiempos cuando la principal fuente de diversión era ir a bañarse en el río Caris. No era extraño encontrarse a cualquier abuelo que te contara porque el 3 de febrero de 1933 era el día de su fundación, porque fue cuando los americanos, que andaban recorriendo la zona en búsqueda de petróleo, iniciaron la explotación del pozo OG-1. Ese día una cuadrilla de trabajadores de la Gulf Oil Company, procedentes del estado Zulia, habían comenzado a plantar las bases de la ahora urbe oriental.  En breve se asentaron alrededor de aquel campamento las primeras familias: Salazar, Meza, Sotillo, Guarapano, Sulbaran, Mogollón, Camauta, Manzanares, Abreu, son algunos de aquellos apellidos iniciales.

Ahora bien, es necesario dejar asentado que siglos antes en la zona se llevaron a cabo algunos intentos fundacionales; como fue la fundación de la misión Nuestra Señora del Socorro de El Caris, llevada a cabo por un grupo de frailes Franciscanos pertenecientes a las Misiones Observantes de Píritu, quienes se ubicaron a orillas del mentado río a mediados del siglo XVIII. Años más tarde también se fundó la de San Máximo de El Tigre, y a fines del mencionado siglo fue el turno para Santa Gertrudis de El Tigre.  Fray Iñigo de Abad visitó la misión del Caris el 17 de octubre de 1773 y dejó escrito que eran tierras fértiles y, que los indios se mantenían de la caza y la pesca, el pueblo tenía 32 familias con unos 120 habitantes.  Otro cronista que por esos años estuvo allí fue el Oidor don Luis Chávez quien dejó asentado que se trataba de “un pueblo relativamente grande de indios Caribes, pues tenía 511 habitantes, divididos en 116 familias y alojados en 42 casas embarradas [o de bahareque] y, 21 sin embarrar [ranchos de palma], y tenía una iglesia”.   A comienzos del siglo XIX, especificamente el 13 de julio del 1800 la misión recibió la vista de Alejandro de Humboldt, y de su paso por esos lares se puede leer: “En el pueblo habían más de 500 indios de la nación Caribe, que se distinguían de los demás por su fuerza física e inteligencia y, tenían una estatura colosal”.

Como pueden darse cuenta hay muchísima tela por cortar en cuanto a los orígenes de esta querida población.  Lo cierto es que allí fui recibido de brazos abiertos por su gente, en particular las familias Azócar y Mata Cabello. Los primeros vivían en la calle Sucre, a un lado de la iglesia Nuestra Señora del Valle, donde una muy amorosa matrona, Melania de Azócar, nacida en Soro, estado Sucre, y migrada temprano a La Mesa de Guanipa, levantó una numerosa prole vendiendo empanadas y arepas dulces. Melania me abrió las puertas de su casa sin ningún tipo  de reservas, y en uno de los cuartos de su casita viví los primeros  meses de mi estadía allá. Los Mata, encabezados por Eleuterio Mata, Tello Mata, y su inseparable Amanda Cabello de Mata, me recibieron sin medidas; Tello me enseñó la magia de Cruz Salmerón Acosta, y me hizo amar su Sucre natal, hablaba sin parar de las playas de su tierra, de la magia de Araya, de la necesidad de la organización sindical para los trabajadores petroleros, de su devoción a prueba de bombas por el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa. En las calles de El Tigre me encontré con el imperecedero poeta Jorge Chirinos Mondolfi, quien me llevó al mundo de la cultura institucional y en el ateneo tigrense pudimos organizar intensas jornadas culturales hasta que la policía política nos hizo salir en volandas de aquellos predios.

Escribo estas líneas de memoria, y sin tiempo para contrastar algunas de ellas, todavía sacudido por la detención en esa localidad de los escritores Milagros Mata Gil y Juan Manuel Muñoz. Hasta ahora las noticias que me llegan es que cierto funcionario de parpadeante virilidad y dudosa calidad poética, el “vate” que funge como esbirro judicial del régimen, me refiero al hijo de El Tigre Tarek William Saab, ordenó la detención de este par de creadores por osar escribir una reseña de su presencia en un sarao de alto coturno, junto a otros “turcos” en Lecherías, sin ninguna medida preventiva  y que luego produjo una lamentable ola de contagios y muertos por COVID.

En este reino de No-me-da-la-gana, el bigote bailarín condena al país a muerte con la tranquilidad de saber que nadie hará nada, que unos pocos dirán alguna formalidad recriminatoria, y que será aplaudido por la manada de garrapatas que le rodean, anuncia que él ya se vacunó.  Mientras tanto el país se muere.  Las cuentas que hago es que, de manera muy conservadora, hay solo en Caracas más de 400 muertes diarias gracias a la peste china. Conozco casos de gente que ha perdido su cónyuge y ha debido pasar la noche en absoluta soledad con el cadáver de su pareja porque no hubo quien sacara a la victima de su hogar. En El Poliedro de Caracas, los médicos están totalmente desbordados y uno de ellos me reconoce que no hay cupo para un afectado más, y que están limitándose a dejar que se muera un paciente para poder ingresar a otro de los que están a la espera de tratamiento. En Vargas la situación no puede ser más desoladora. Todo el país está postrado y esta horda de alimañas, con la alcahuetería de gran parte de la casta política criolla, solo está buscando cómo sacar provecho de tan penosa situación.  ¿Qué se puede sentir por esta fauna?

 

© Alfredo Cedeño  



miércoles, marzo 31, 2021

TIEMPO DE JUDAS


Hay un pasaje en el evangelio de Mateo que siempre me produjo una mezcla de asombro, asco e impotencia. Es aquel que reza: “Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata.” Creo no recordar mal de haber oído dicho pasaje por primera vez en la voz del cura Arteta, quien lo leyó desde el púlpito de la iglesia San Pedro Apóstol de La Guaira.  Sin intenciones blasfemas, debo confiarles que esa primera vez al oír lo de treinta piezas de plata, en mi cabeza, propia de los seis años, llena de musarañas pensé si serían medios, o bolívares, o fuertes, que eran en aquellos días nuestras monedas hechas de plata sonante y altanera. En todo caso, fueran las que fueran me parecían que era un precio ridículo en el que habían tasado la vida de Jesús; amén de parecerme insólito que eso hubiera podido pasar.

En esa oportunidad, al llegar a casa, y como solía hacer con todas mis dudas, le pregunté a mi papá por ese monto. Él me miró largo y con su habitual socarronería me dijo: “No te extrañe que ni lochas le hayan dado, ese era tan bolsa que la envidia se lo comía y hasta de gratis lo debe haber entregado, por eso fue que después se ahorcó. Eso de las piezas de plata son vainas de los curas para hacer creer que dieron mucho por Él, como si una vida pudiera tener más valor que la de cualquier otro…”

Crecí con la obsesión de esas monedas, o piezas, de plata que, se supone, Judas recibió para besar e identificar a Jesús. La pregunta que siempre me hice fue: ¿A cuánto equivaldría hoy lo que recibió el Iscariote? Y hace un par de años el economista argentino Fausto Spotorno asomó una posible respuesta a la bendita interrogante. Asegura él que partiendo del valor de la plata, y jugando con las diferentes monedas que existían en aquel tiempo, el discípulo entregó al maestro por una cifra que estaría en estos días entre… ¡60 y 300 dólares!

Yo me imagino que los miembros de nuestra casta política, de una y otra banda, se parten de risa ante semejante cifra.  Por ejemplo, el honorable Pedro Carreño que tanto gusta de las corbatas Louis Vuitton apenas podría comprarse entre una y dos corbaticas. El no menos ínclito Diego Salazar Ramírez, que gustaba de regalar relojes Rolex y Cartier, apenas hubiera podido regalar unos Seiko, y apuradito tal vez llegaría a un Bulova; absolutamente descartado que se le hiciera posible darse el gusto de gastar 42.398 euros en menos de 10 kilos de jamón ibérico Joselito. ¡Dígame el ilustre preso de Cabo Verde!, ese que compraba las cajas CLAP en 8 dólares y las cobraba en 60… ¿Y qué decir de aquellos “exiliados” que alquilan o adquieren humildes residencias en los barrios de más tronío de España, Colombia, Panamá, Estados Unidos?

Nuestros Judas han vendido alma, país y futuro. Ellos nos han obligado a comprar boletos para viajar al propio infierno. Ahora nos miran con aires muy ufanos y nos exigen que nos traguemos la postración a que nos han conducido, y procedamos a alabarles cual si fueran reencarnaciones del propio Jesús.

 

 

© Alfredo Cedeño  


jueves, marzo 25, 2021

FENICIOS CONTEMPORÁNEOS



                Se estima que los fenicios comenzaron a establecerse como grupo social a comienzos del segundo milenio antes de Cristo. Las duras condiciones geográficas de su entorno y la riqueza de sus bosques les llevaron a desarrollarse como excelentes constructores de embarcaciones y, por ende, a ser excelsos navegantes. Ellos llegaron a ser los amos y señores del Mediterráneo, fueron pioneros en aquello de la talasocracia.  Inicialmente, se autodenominaban canaaneos o hijos de Canaán, quien, según la Biblia, era nieto de Noé. lo cierto es que ellos eran llamados “los rojos” por los griegos, y se supone que tal apelativo se lo endilgaron gracias a los tintes púrpura que comerciaban; esa palabra de los hijos de Atenas era phoínikes, la cual derivó a fenicios. Ojo, para algunos investigadores el término en realidad es una derivación del etnónimo pōnīm, nombre dado a los oriundos de Pūt, así llamaban la región costera de Canaán, y muchos de sus nativos lo empleaban como gentilicio.

                No voy ahora a saturarles con la historia de los fenicios, pero si considero necesario precisar que aquellas tierras cruzaron  los siglos hasta que en 1943 se convirtieron en Líbano, lar natal del padre del hampón barranquillero que en estos días permanece alojado en prisión preventiva en Cabo Verde. Alex Saab, haciendo gala de sus ancestros, logró pasar de vender llaveros por las calles de su ciudad natal a ser dueño de aviones, empresas, edificios, constructoras, minas y cuanta cosa podamos imaginar, debe tener insomne desde hace meses a la élite cleptócrata que sufre Venezuela.  Ellos conocen como nadie al futuro huésped de un calabozo estadounidense, saben de sus habilidades como vendedor, están conscientes de su virtuosismo como mercader de todo aquello que pueda ser objeto de una transacción para obtener pingües beneficios. A fin de cuentas, los negocios suelen estar exentos de escrúpulos cuando de obtener ganancias se trata. ¿Se pueden imaginar lo que significa velar por el bienestar propio? Es el punto donde la lealtad comienza a gesticular cual sacristán borracho.

                Y por aquello de que las cabras echan al monte, y regresando a los griegos que bautizaron a los ancestros del ahora embajador Saab como “los rojos”, ¿hay en estos tiempos unos más emblemáticos que la élite cubana? Ellos han demostrado ser unos fenicios contemporáneos insuperables. Han traficado con su “revolución” de manera impecable, la han transformado en una marca que cuidado si ya no supera en valor a Coca Cola, y con la anuencia, aplausos y vítores del mundo entero. Llegado aquí, es bueno precisar cuál ha sido el valor, en términos morales, que la Cuba revolucionaria ha inculcado a su ciudadanía. Usted es premiado si entrega a su madre, papá, hijo, hermano, amiga, esposo, quien sea, por llevar a cabo actividades contrarrevolucionarias; es decir la traición es premiada y exaltada, la lealtad es una rémora pequeño burguesa que en nada contribuye a la construcción del hombre nuevo.

                Maduro y su combo sabe perfectamente que están ante una horda de vividores de oficio para quienes la única fidelidad es a ellos mismos. Saab y Cuba son pájaros de igual plumaje.  A los rojos rojitos los imagino recordando aquella carta de Fidel a Carlos Andrés Pérez a raíz del intento de golpe del 4 de febrero de 1992: “Estimado Carlos Andrés: Desde horas tempranas del día de hoy cuando conocimos las primeras informaciones del pronunciamiento militar que se está desarrollando, nos ha embargado una profunda preocupación que empezó a disiparse al conocer de tus comparecencias por la radio y la televisión y las noticias de que la situación comienza a estar bajo control. En este momento amargo y crítico, recordamos con gratitud todo lo que has contribuido al desarrollo de las relaciones bilaterales entre nuestros países y tu sostenida posición de comprensión y respeto hacia Cuba. Confío en que las dificultades sean superadas totalmente y se preserve el orden constitucional, así como tu liderazgo al frente de los destinos de la hermana República de Venezuela. Fraternalmente, Fidel Castro Ruz”

 

© Alfredo Cedeño  

miércoles, marzo 17, 2021

¿TONTOS? EMPODERADOS



              Mi abuela, como suelen serlo todas, era una mujer sabia, y de una lengua afilada que ya hubiera querido para su navaja Joaquín, el barbero que tenía su establecimiento en la Cruz Verde de La Guaira. Ella me transmitió una serie de valores y enseñanzas que, mucho más tarde logré entender, solía enseñarme por medio de reflexiones y refranes que algunas veces explicaba, otras simplemente los soltaba. Hubo unos cuantos que reiteraba, uno a más sabroso que el otro, eso sí. Creo que uno de sus preferidos era: “Alfredo Rafael nunca vaya con un zoquete (en realidad empleaba una palabra altisonante) ni a recoger mangos, porque ese bueno para nada va a agarrar los piches; esos son los que nunca aprenden en cabeza propia y mucho menos en cabeza ajena.”

                He de reconocer que, de un tiempo a esta parte, vengo pensando si no será que muchas veces tales tontos en realidad son unos magos en el arte del disimulo y fingen ser lo que no son. Soy un fanático de la historia, creo que es una disciplina en la que todos debemos sumergirnos, en mayor o menor medida, porque ella es la que nos permite evitar la recurrencia en los viejos errores. Tal vez esa sea la causa por la que las castas políticas, la de un bando y la del otro, siempre se empeñan en reescribirla.  Ambas tendencias solo admiten aquellas versiones que les favorecen, la foto tiene que ser hecha desde sus mejores ángulos, y cuando surge quien los retrata tal y como son suelen contratar sus respectivas agencias de relaciones públicas para que vendan la imagen que a ellos les interesa. Pero eso es harina de otro costal que ya cerniré en otra ocasión. Sigamos a lo que voy.

                El querido y siempre recordado Daniel de Barandiarán me dijo en infinidad de ocasiones: “Si no sabemos de dónde venimos, ¡jamás!, vamos a saber cuál es el mejor destino,  y mucho menos vamos a tener la claridad necesaria para arribar al lugar que necesitamos llegar. Existe ahora mucho zángano haciéndose el virtuoso, y uno no tiene por qué callárselo, así lo vean a uno feo hay que llamar las cosas por su nombre, a fin de cuentas no estamos cuidando puesto ni buscando un ascenso de esos que tanto les gusta a esos pícaros”.

                Y pienso que simulan ser tontos para terminar haciendo lo que les sale de sus entrepiernas. En estos días he estado escarbando libros de todo tipo sobre lo que significó para España el reinado caótico de Isabel II a mediados del siglo XIX. Fue una época de total inverosimilitud en la cual pasaba cualquier cosa, tiempos de lisonjas y ditirambos y denuestos y golpes fallidos, fueron días de licencia para el desastre.  La mejor descripción de aquel tiempo la hizo el entonces embajador británico John Hobart Caradoc, Lord Howden, en una carta que envió el 15 de marzo de 1854 al Ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña. En su misiva le narra a su superior la respuesta de un ministro español ante el cuestionamiento que hace el gobierno británico a la perversión del sistema político peninsular: “La Constitución en este país ha sido una ilusión, un mito, algo de lo que la gente habla pero que nunca ha visto, con la que ningún gobierno ha gobernado, ni puede gobernar jamás, que tanto los moderados como los progresistas han violado y que por tanto parece estar hecha para ser rota”.  ¿Acaso no es lo mismo que han hecho y hacen nuestros líderes cada vez que les toca el turno?

 

© Alfredo Cedeño  


miércoles, marzo 10, 2021

DE TIN TÁN A RICHELIEU



                Tenía yo siete años y estudiaba en la escuela que estaba al lado de la iglesia san Pedro apóstol, hoy flamante catedral del estado Vargas, en el mero centro del casco histórico de La Guaira.  Los recuerdos de aquellas aulas ya comienzan a hacérseme vagos, pero hay uno en particular que se niega a menguar, al contrario cada vez creo que reluce más. Una vez al mes iba alguien con un proyector, que presumo debía ser de 16 mm y nos “pasaba” una película, en hermoso blanco y negro ¡por supuesto!  Era un poco más de una hora en la que aquella alborotada horda de muchachos sudorosos  guardaba un silencio sepulcral, que ni en las misas del cura Arteta en el vecino templo se lograba. En la pared que servía de pantalla veíamos las danzas inverosímiles de Resortes, el mago mexicano de las contorsiones, en películas como Al son del mambo, que me resultó muy familiar porque aparecían las mismas canciones que oía los sábados en el picó que ambientaba las fiestas en la casa de mi tía Petra. Tampoco faltaban entre esas proyecciones las de Cantinflas, el inmortal Mario Moreno.  Ahí está el detalle, Abajo el telón, Caballero a la medida, El señor fotógrafo, Si yo fuera diputado, El bombero atómico,  Romeo y Julieta y Ni sangre ni arena, son algunos de los tantos títulos que recuerdo.

                Dejo para el final no al último de ellos, sino al que me abrió un mundo de emociones que iba mucho más allá de los otros: Tin Tán, el inolvidable Germán Valdés, quien casi nos hacía orinar con sus peripecias y locuras sublimes. Sin embargo, hubo de él una en especial que me marcó como ninguna otra de todas ellas: Tres mosqueteros y medio.   Cierro los ojos y veo el propio comienzo: La silueta de una mujer, arco en manos, que gira al compás de una fanfarria de trompetas; de ahí saltó a una escena en la que Tin Tán está con los mosqueteros y un grupo de bailarinas que danzan en el interior de una taberna hasta que él de repente se incorpora y, con la música de El Bodeguero, comienza a cantar: “El mosquetero / En guardia está / Y con su espada / Lo probará…”. Y el final es un cuadro con toda la corte francesa bailando un  cha cha chá donde, el rey que se menea al compás del ritmo caribeño…, es un verdadero delirio. Esa cinta me introdujo al mundo de Dumas, al poco tiempo estaba leyendo por primera vez, la he leído no menos de diez veces, ¡y las que faltan!, Los Tres Mosqueteros. Ahí aprendí a amar a París y Londres. Esa obra también me hizo detestar con fervor al Cardenal Richelieu, personaje nefasto que le hacía la vida imposible a todo aquel que no fuera de los suyos.

Pasarían muchos años hasta que pude entender la dimensión real de Armand-Jean du Plessis, cardenal y duque de Richelieu, así como su impacto en la Francia del siglo XVII. Su concepción de una nación fuerte y de política exterior agresiva sentó las bases de los Estados modernos; sus teorías fueron fundamentales para la llamada Paz de Westfalia, nombre con que se conocen  los tratados de paz de Osnabrück y Münster, firmados el 24 de octubre de 1648 por el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, Holanda, España, Suecia, Dinamarca y Suiza; y de los cuales derivan las actuales nociones de Estado, soberanía nacional e internacional.  

Hay una obra de este estadista y hombre de la iglesia que muestra su vuelo, me refiero a  Testamento político del Cardenal Richelieu, editado por primera vez en español en Madrid en el año 1696 por el legendario editor Juan García Infanzón. Las citas de lo allí asentado son infinitas, pero hoy quiero compartir con ustedes esta, de la cual conservo la grafía original de fines del siglo XVII: “Muchos fon Juftos en la apariencia fola;pero en la realidad injuftifsimos. Cubren fus Injufticias enormes con la Capa hermofifsima de la Jufticia,que extienden. Se valen de las finrazones agenas para afeitar,y ocultar las proprias. Dàn à entender,que ellos obran bien , con defcubrir , que otros obran mal.” ¿Más vigente?


© Alfredo Cedeño 

miércoles, marzo 03, 2021

MIENTAN, QUE NADA DEJAN

                Manipuladores, narcisistas, mitómanos, desleales, negadores de la realidad, incapaces de reconocer su responsabilidad, arrogantes, cínicos… No estoy enumerando patologías propias de cualquier sala de tratamientos siquiátricos, son algunas de las virtudes que exhiben los miembros de nuestra casta política. Y es una condición de vieja data, es una herencia que arrastramos desde nuestros propios comienzos republicanos. Al decretarse la independencia de Venezuela una de las primeras acciones del Congreso Nacional fue elegir un triunvirato para que se ocupara del poder ejecutivo, y ese primer trío estuvo integrado por Juan Escalona, Cristóbal Mendoza y Baltasar Padrón; al año siguiente renuevan autoridades, y entonces el turno fue para Fernando Rodríguez del Toro, Francisco Javier Ustáriz y Francisco Espejo.  En aquellos días Francisco de Miranda estaba en Caracas realizando distintas labores políticas y organizativas, como bien pueden ver por los nombres acotados, él no fue tomado en cuenta.

                Como era de esperarse, la corona española no iba a dejar impune la declaratoria independentista y organizó una fuerza invasora para acabar con la insurrección, y para ello comenzó a organizar sus tropas en Puerto Rico bajo el mando del nativo de Tenerife y entonces capitán de fragata Domingo de Monteverde. El veterano de las Guerras Napoleónicas llegó a Coro en marzo de 1812, con unos doscientos soldados, un sacerdote apellidado Torellas, un cirujano, diez mil cartuchos, un obús de a cuatro y diez quintales de galletas. El oficial realista llevó a cabo una serie de acciones militares que le fueron dando control del espacio rebelde. Y fue ahí cuando los republicanos se acordaron de Sebastián Francisco, que para ese momento ya era un sexagenario, y lo nombran jefe de las fuerzas patriotas, también le otorgaron plenos poderes para que detuviera al enviado peninsular.

                El guerrero curtido en batallas tales como las que lideró contra las fuerzas de Sidi Muhammed ben Abdallah, sultán de Marruecos, o la planificación de la batalla de Pensacola o la reconquista de las islas Bahamas al imperio británico, que participó en los combates de la revolución francesa, el amigo de George Washington, de la zarina de Rusia, el admirado por Napoleón, aceptó el encargo. Una tarea a la que le enviaron atado por la intolerancia, la imprevisión y el caciquismo de quienes debían subordinársele. La sucesión de derrotas de sus oficiales, la incapacidad manifiesta de ellos para enfrentarse a las fuerzas restauradoras, lo hizo pactar con el enemigo una capitulación que él pensó sería caballerosa.

                En un memorial que dirigió el 8 de marzo de 1813 a la Real Audiencia de Caracas, desde las bóvedas del Castillo de Puerto Cabello, se puede leer: “ratifiqué con mi firma un tratado tan benéfico y análogo al bien general, estipulado con tanta solemnidad y sancionado con todos los requisitos que conoce el derecho de las gentes: tratado que iba a formar una época interesante en la historia venezolana: tratado que la Gran Bretaña vería igualmente con placer por las conveniencias que reportaba su aliada: tratado, en fin, que abriría a los españoles de ultramar un asilo seguro y permanente, aun cuando la lucha en que se hallan empeñados con la Francia terminase de cualquier modo. Tales fueron mis ideas, tales mis sentimientos y tales los firmes apoyos de esta pacificación que propuse, negocié y llevé a debido efecto. Pero ¡cuál mi sorpresa y admiración al haber visto que a los dos días de restablecido en Caracas el gobierno español, y en los mismos momentos en que se proclamaba la inviolabilidad de la capitulación, se procedía a su infración, atropellándose y conduciéndose a las cárceles a varias personas arrestadas por arbitrariedad o por siniestros o torcidos fines!”

                Bien sabemos todos el final del generalísimo, de Puerto Cabello lo trasladaron a El Morro en Puerto Rico, para luego llevarlo al penal de las Cuatro Torres del arsenal de la Carraca, en Cádiz donde permaneció hasta su muerte.

                No se nos olvide que en la madrugada del 31 de julio de 1812 un grupo de sus subalternos, encabezados por Simón Bolívar, Miguel Peña y Manuel María de las Casas, fueron quienes arrestaron a Francisco de Miranda en La Guaira para entregarlo al español Francisco Javier Cervériz. Un nexo del que poco se ha hablado, salvo en algunos espacios académicos, es el vínculo familiar de Monteverde con José Felix Ribas, quien era su primo…   El propio Ribas dejó escrito: “Al Señor Domingo de Monteverde. Caracas y agosto 5 de 1812. Mi apreciado primo y señor:…”.  Bien dijo Ángel Grisanti que la guerra de independencia de Venezuela no sólo fue una guerra civil, sino también “una guerra de familia”.  

                Aquellas redes han mutado y permanecen, los apellidos han cambiado pero las intrigas han sobrevivido. Aquellos Judas rehabilitados han involucionado, y se han metamorfoseado en ornitorrincos como Timoteo Zambrano, Diosdado Cabello, Claudio Fermín, Jorge Rodríguez, Henry Falcón, por nombrar apenas una muestra de nuestros días. La barbarie, el hálito caudillesco, las redes de familiares y cómplices siguen marcando la pauta. Entre Miranda y Bolívar, optamos por Simón José Antonio, los resultados aquí los tenemos.  


© Alfredo Cedeño 

miércoles, febrero 24, 2021

Y VOLVER, VOLVER, VOLVER…


                Atribuyen a Marx haber corregido la plana a Hegel en aquella frase de que la historia siempre se repetía.  En su libro El 18 brumario de Luis Bonaparte, dejó asentado: “Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”.  No obstante, el barbudo pensador germano nada dijo de cuando la repetición es un verdadero rosario lleno de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, sin olvidar a los luminosos, decretados como tales por Juan Pablo II en el 2002. Tal vez son casos cuya recurrencia es propia de manifestaciones nada normales. Ahora mismo pienso en situaciones y sus posteriores manipulaciones para tratar de hacer ver determinadas situaciones como pautadas por los dioses del Olimpo.

                ¿Cómo ocurrió la invasión musulmana a la península ibérica? La épica de la llamada Reconquista nos ha vendido que al comienzo los malvados musulmanes invadieron dicha peñíscola con una descomunal fuerza que trató de sembrar de maldad y oscurantismo tales territorios. La verdad es que la tal invasión no fue tal como se ha ido permeando por los siglos de los siglos. En realidad lo que ahora conocemos como España era un saco de gatos donde sobraban reinitos, reyezuelos y aspirantes, y escaseaban feudos donde establecerse cada cual a hacer lo que se le antojara. Pese a los tira y afloja los visigodos se habían asentado allí, era el tiempo del llamado Reino Visigodo. Debe explicarse que entre ellos la monarquía no era un don divino, y menos hereditario, sus reyes eran electos; por la aristocracia, que estaba formada por las élites seglar y eclesiástica del reino.

                Así llega el siglo VIII y el entonces rey, Witiza, muere y deja a su hijo a cargo del cotarro. ¡Y ardieron hasta los clavos de la cruz! El heredero en dicha ocasión fue Agila, y la rebelión de aquellos náufragos, como tal vez los bautizaría la querida Mirtha Rivero, nombró como soberano a Don Rodrigo. Agila, como bien pueden suponer, no iba a dejar que le quitaran su reino así nada más y pide ayuda a los musulmanes. Eran tiempos cuando la capital del reino estaba en Toledo, y abundaban personajes como salidos de las plumas de Garmendia, Cabrujas y la misma señora Fiallo. La tradición oral habla de un obispo Oppas, tal parece que también hijo del monarca difunto, que siendo prelado de la propia capital se ocupó de redactar la carta a los hijos de Mahoma.  Para terminar de enredar el barullo, y siempre según la tradición, porque son escasos los documentos que como tal avalen lo que narro, hubo una dama de hermosa estampa y carnes macizas llamada Florinda la Cava.  Ella era hija del conde de Ceuta, Don Julián, quien la había enviado a la corte toledana de Toledo para su formación y consecución de un buen marido.  Tal parece que don Rodrigo, que no sabía mantener su bragueta en paz, ejerció su derecho de pernada sobre esa moza, y su padre al enterarse la llevó de vuelta a casa. Pero, como bien han de suponer, no pretendía dejar así el mancillado honor de su hija…

La carta que Agila envió, vaya Dios a saber cómo y por qué, pasó por sus manos y aseguran que fue él, Don Julián, el que entabló conversaciones con Musa ibn Nusair, quien era gobernador y general del califato en el norte de África, actual Túnez, y este general, que contaba con 71 años, encargó a uno de sus hombres de confianza, Táriq ibn Ziyad, a que fuera con 7.000 bereberes a ver qué podía hacer. La cosa fue que el 30 de abril del 711, desembarcó en el punto ahora llamada Gibraltar y llegó hasta Cádiz y, bien en Barbate o en Medina Sidonia, en las adyacencias del río Guadalete se produjo la batalla de igual nombre. Todas las voces aseguran que Don Rodrigo, cuyo cadáver, por cierto, nunca apareció, fue traicionado por sus propios paisanos, que vieron en los musulmanes la oportunidad dorada para echarlo del poder y repartirse la torta. Las crónicas narran que tomó a los musulmanes siete años tomar control de todo este territorio que se les ofrecía en bandeja de plata. Las cuentas de la élite aristócrata salieron tan erradas que tardaron casi ocho siglos en verlos salir de tierras hispanas. Como ven, los cálculos de los políticos de viejo cuño eran tan míseros y miopes como los de los actuales.

Es justicia dejar asentado que aquella invasión llevó a la actual España sabiduría y avance, a diferencia de las actuales hordas que pugnan por arrasar con el actual modelo social.  Pero sigamos, aquellos musulmanes convirtieron a la Hispania romana en uno de sus centros intelectuales, y actuaron con auténtica tolerancia hacia cristianos y judíos. Puedo citar como ejemplo de tal convivencia la ciudad de Córdoba donde los tres grupos religiosos y culturales vivían en total concordia. Todo esto terminó el el 2 de enero de 1492, cuando los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, tomaron Granada y expulsaron al rey Boabdil. El fin de la armonía cultural se expresó rotunda con la expulsión de judíos y musulmanes ese mismo año.

Este proceso que me arriesgo a resumir volvió a ocurrir con la caída de los diferentes dominios prehispánicos en territorio americano. Aztecas, Incas y demás grupos de poder cayeron ante un reducido grupo de aventureros gracias al apoyo incondicional de los nativos, quienes veían a los recién llegados como sus aliados para zafarse del control despótico que se ejercía sobre ellos. Sin embargo, de eso poco, mejor dicho: nada, se dice al respecto. Pongo un ejemplo, en muy pocas ocasiones se habla en el mundo azteca de los tlacotli, personas que por haber contraído deudas o haber cometido algún delito, trabajaban para un amo sin recibir pago alguno, y a los reincidentes los utilizaban para ser sacrificados a los dioses. Solo se vende la idea de un ejército invasor que llegó a imponerse a sangre y fuego, en medio de una escabechina como nunca antes hubo. Nada de las traiciones y cálculos liberadores de quienes estaban en medio de una opresión sanguinaria y despiadada. Tampoco se habla de la letalidad de los virus que los recién llegados portaban y para los que los nativos no tenían anticuerpos. Sólo se insiste en un genocidio impune, al que ahora muchos juzgan y condenan derribando estatuas.

Ahora bien, si la frase del chivudo alemán es cierta, ¿cuándo ha sido tragedia y cuando farsa? ¿Qué pasa cuando la repetición es recurrente y, por lo visto, infinita? ¿Cómo definir cuando se insiste en recrear las condiciones de un momento que fue inútil? ¿Acaso insistir en un diálogo o unas elecciones o unas negociaciones, que sólo favorecen a una de las partes, es más bien una tragicomedia?  ¿Será que la ignorancia supina, principalmente de la historia, hace que los aristócratas contemporáneos repitan la farsa una y otra vez, que solo favorece a sus intereses de casta, mientras la antítesis musulmana de trece siglos atrás se eterniza? Por lo visto nos esperan siglos de dominación roja. 


© Alfredo Cedeño  



miércoles, febrero 17, 2021

ENTRE CUENTOS Y VERDADES


                La tradición se forja muchas veces al compás de los intereses de cada vocero, a fin de cuentas los cronistas somos una suerte de chismosos con un cierto barniz de cultura general, lo cual nos permite ir pintando los hechos según nuestros gustos o, en muchos casos, los intereses propios o alquilados. Es lo que hacen, por ejemplo, aquellos que hoy en día llaman asesores, por eso suelen decir lo que a su contratante le conviene. Es así como se generan las llamadas matrices de opinión. Cuando eres de los que llaman las cosas por su nombre, describes lo ocurrido sin adornos ni remilgos, o alertas sobre lo poco ético, o errado, de cierta propuesta te condenas a un nivel infecto-contagioso que ni los murciélagos de la Peste China. Y, al decir de muchos “expertos”, como hay que comer pues, en su gran mayoría, ejercen la venta de sus habilidades con una alegría y desenfado que ya hubieran querido tener las meretrices romanas en sus buenos tiempos.

                Debo escribir que la preocupación por transmitir las cosas, tal y como han sido, son de vieja data. En el siglo V antes de Cristo, el llamado padre de la historia, escribió como primer párrafo de su obra  cardinal: “La publicación que Herodoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros.”  Él siempre trató de mantener la ecuanimidad, y pongo por ejemplo lo que escribe al referirse a la isla Ciraunis: “Muchos olivos hay en ella y muchas vides, y se halla en la misma una laguna tal, que de su fondo sacan granitos de oro las doncellas del país, pescándolos y recogiéndolos con plumas de ave untadas con pez. No salgo fiador de la verdad de lo que se dice, solamente lo refiero.”

                Se podrán imaginar el cribado que debió llevar a cabo este hombre a la hora de redactar su texto, en un tiempo cuando la principal, por no decir la única, forma de transmitir los hechos era de forma oral, con el consabido aliñado que cada narrador iba poniendo.   El nativo de la actual Turquía sentó las bases de esta disciplina, más no siempre logró transmitir a sus seguidores la pulcritud requerida al transmitir los hechos. Por supuesto, es mucha el agua que ha corrido bajo los puentes, y por las cañerías, en casi dos milenios y medio desde que él colocó aquellos cimientos. La retórica ha permitido dar más vueltas que un perro para echarse a los militantes de la conveniencia. ¡Ay, bendito sesgo!

             

© Alfredo Cedeño  



miércoles, febrero 10, 2021

¿DE QUIÉN ES?


                 Todas las dictaduras se caracterizan por su estructura modular. Una banda se dedica a la tortura, otra se ocupa de robar a mansalva a todo aquel que pueden expoliar, unos compran propiedades o empresas a precios de gallina flaca, los otros convierten a los organismos estatales en sus fincas particulares. Por lo general todos rinden tributo, de hinojos preferiblemente, al caudillo de turno, o, en su defecto, a la corte de lambiscones que habitualmente pululan alrededor de ellos.  Todo esto configura una suerte de sucesión de círculos infernales que tienen el común denominador de saberse impunes a cualquier barbaridad que se le ocurra cometer a alguno de ellos. Por algo son el poder.

                El cesarismo venezolano no es la excepción. Es así como se ve al ahora “jurista” Maikel Moreno, encompinchado con cualquier malviviente que tenga acceso a él, despojar de su vivienda a una profesional a través de documentación forjada, para luego oficiar a un gobierno extranjero ordenando su extradición a Venezuela por estafa. Bien decía mi padre: Se tragan un burro sin quitarle la silleta y ni siquiera echan un eructo. ¡Ah!, y ese es uno de los interlocutores con lo que se pretende llevar a cabo negociaciones para un tránsito democrático. Lo más terrible de todo, si es que cabe, es que supe de un picapleito ampuloso, enquistado en la comunidad exiliada, trató de avergonzar públicamente a la despojada por haber “robado” a una humilde mujer…

                También hemos visto claudicar a familias con larga tradición en el escenario financiero ante los corsarios madurescos que encabeza el ahora preso caboverdiano. Hemos escuchado más de una versión sobre el encarcelamiento, sin juicio ni condena previa, de generales, diputados, ex hombres –y mujeres- fuertes del régimen, y por ahí siga enumerando los casos que le vengan a la memoria.  En muchas de esas detenciones irregulares la respuesta bajo cuerda ha sido: Ese es un preso de Fulano, o de Mengano, o de Perenceja; cuando no se oye: de Diosdado, Nicolasito o Cilia.

                En todo caso la pregunta que me hago ante esta pandilla de Buenos Para Nada, salvo para robar, abusar y asesinar a lo que sus reales ganas le den, es: ¿Quién es el carcelero de Roland Carreño? Lo acusan de complicidad con la fuga de un  personaje que estaba más vigilado que el propio Maduro y cuya evasión era un escape anunciado, y al hijo de la zoqueta es al que le cobran la gallina que otros se robaron para su sancocho. ¿A quién le van a decir que nadie sabía nada? A todas luces uno de los “jerarcas” se sintió traicionado por sus compinches y pagó su calentera con el primero que tenía a mano. Es la única explicación para entender la prisión de este muchacho Roland Oswaldo, al que en su natal Aguada Grande siguen llamando Oswaldo, u Oswaldito.  ¿Qué le cobran? ¿Qué ha desnudado con gracia y altura, como pocos, las miserias de esa plaga que nos azota desde fines del siglo pasado? Su columna Gritos y Susurros, en esta casa, marcó pautas al reseñar compra de casas fastuosas, llegada en carrotes a los restaurantes, damas con carteras de 2.000 y 3.000 dólares, mientras estaban pregonando el socialismo, la solidaridad y la justicia social.  Repito: ¿Qué le cobran? ¿Quién aprovechó la coyuntura para encerrarlo? Si utilizaran su capacidad para hacer daño en otras cosas capaz que hasta algo se le podría reconocer a esta gavilla de inútiles con poder. Suelten a ese muchacho de una buena vez.

 © Alfredo Cedeño  



miércoles, febrero 03, 2021

29 Y 22, TAL VEZ 100 Y 93


                 Hoy 4 de febrero se cumplen 29 años del intento frustrado, encabezado por el “comandante galáctico” y su tropa bufa, del golpe de estado contra el entonces presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. También se cumplen 22 del desfile militar realizado en Los Próceres en su honor por haber asumido dos días antes la primera magistratura. Es bueno recordar que la juramentación presidencial se había llevado a cabo ese día luego de vanos intentos por parte del gobierno entrante para realizar dicho acto el propio 4 de febrero. Ya las costuras de la mojiganga reinterpretativa empezaban a verse a simple vista. Sin embargo, todas las señales de alarma en vez de sonar fueron opacadas, muchas veces de manera intencional porque se pensaba que el militar retirado sería otra marioneta de los acostumbrados sainetes criollos. Hasta que, como bien decía mi padre, y tarde se dieron cuenta de ello, entendieron que les había salido respondona la sirvienta.

                Son contados los que asumen su cuota de responsabilidad en la llegada al poder de esta gavilla de zarrapastrosos. Yo mismo tuve parte en ello, y lo escribo avergonzado. En mi descargo he de hacer saber que en el seno de uno de los tantos grupos de alborotados que le apoyaron, hice claros señalamientos sobre los desbarres. Largos cruces de miradas entre mis contertulios me hicieron entender que hablaba con las paredes; meses más tarde supe, gracias a publicaciones –nunca desmentidas– de la prensa tan vituperada por la godarria rojita, de unos cuantos “negocitos” y “cargos” de varios de los allí presentes. Y estoy tocando un caso que conocí de primera mano. ¿Se imaginan ustedes eso mismo multiplicado por X cantidad de ocasiones de similar tenor? La hemorragia ha sido letal.

                Son casi tres décadas de oprobio que sólo se pueden entender al escarbar por atrás de los distintos escenarios de nuestro país. Apenas quedan pecios de la que fuera la tacita de oro de Suramérica, y en medio de tales escombros  la casta política pelea, cual jauría rabiosa, por nuestros posos. Son insaciables en su búsqueda de cuotas; su gula, patología al fin, no les permite ver el daño que hacen y se hacen. Poco les importa automutilarse y tratan de remediar todo despertando una compasión a la que están muy lejos de merecer.

                La sucesión de fuegos fatuos a las que pretenden sigamos, cual retorno del paráclito contemporáneo, es inacabable. No cesan de invocar las elecciones como teorema de la libertad. Andan muy afanados en estos días con los comicios regionales, y desde ya nos reclaman airados por la falta de participación. Usted y yo somos responsables de las meteduras de pezuñas que ellos han cometido una y otra vez, pese a las advertencias sobre el camino equivocado que se empeñan en transitar. Mientras tanto, y así como por no dejar, la corte que siempre les sonríe obsequiosa les rinden pleitesía y sacan unas cuentas, que ni Pitágoras, para demostrar que voto mata malandro.  A semejante paso se llegará a la celebración del siglo de la sarna roja…

 

© Alfredo Cedeño  

jueves, enero 28, 2021

CONCENTRADOS



         La iconografía soviética suele mostrar la imagen de un señor con aspecto casi clerical, sus lentes de montura al aire le dan aspecto de monaguillo tardío o sacristán caído en desgracia. Sin embargo, tan inofensivo aspecto maquilla a uno de los asesinos en serie; perdón, debo decir genocida, más artero que ha parido la tierra. Estoy escribiendo sobre Lavrenti Beria, el perro de presa de Stalin, no en balde fue su jefe de su policía política, el NKVD, durante 15 años; algo así como lo que fue Hugo “el Pollo” Carvajal para Chávez y parte de Maduro.

         Provoca escalofríos encontrar disertaciones que ensalzan a semejante personaje, amparándose en sus destrezas para conseguir que la Unión Soviética lograra tener la bomba atómica en 1949 y que la Unión Soviética desarrollara una vigorosa carrera en el ámbito científico.  Creo que su mejor autorretrato es este fragmento de su discurso pronunciado en junio de 1937: “Que nuestros enemigos sepan que cualquiera que levante la mano contra la voluntad del pueblo, y contra la voluntad del Partido de Lenin y Stalin será aplastado y destruido sin misericordia”.  Tales palabras son tomadas como manifestación de lealtad, cuando no de fidelidad revolucionaria.  Algunos alcahuetes disfrazados de solidarios ensalzan tal vesania con no poco fervor.

         Humanos somos, de errores estamos plagados y de aciertos escaseamos; pero, ¿qué necesitamos aprender para que personajes como este sean execrados de cualquier panteón que se pretenda erigir a semejante alimaña? ¿Dónde extraviamos el camino hasta llegar a este mar de disparates en que nos mantenemos sumergidos en aras de lo correcto y lo políticamente indicado? ¿Hasta dónde se debe llegar a consecuencia del resentimiento y frustración de las camarillas que nos “dirigen”?

         Los Beria de nuestro tiempo claman por la destrucción y aniquilación de todos aquellos que no comulguen con sus alucinaciones galácticas, porque ya el planeta les queda pequeño. Los vemos ofrecer el infierno de sus hampones con carnet, con las capas de tupamaros o de guardias nacionales o del FAES, para  mantener en vilo perpetuo a la ciudadanía inerme.  

         Los campos de concentración de ahora superan ampliamente a Dachau, Auschwitz-Birkenau, Belzec y Treblinka, para citar los peores entre los 39 centros de detención creados por los nazis para asesinar a la población judía. Hoy tales centros de internamiento se llaman Cuba, Corea del Norte y Venezuela. Cadenas herrumbrosas y candados en perfecto estado se mantienen a cara descubierta, saben que las redes de solidaridad les otorgan salvoconductos momentáneos.  ¿Será que para estos sátrapas también habrá su respectivo proceso de Núremberg?

© Alfredo Cedeño  

miércoles, enero 20, 2021

SANTONES TROPICALES

                  Porque dice Mateo 30, empezando el versículo 69, que cuando ellas iban de vuelta para el pueblo, por el camino unos guardias se les adelantaron para ir a decirle a los principales sacerdotes todo cuanto había acontecido. Ellos, reunidos con los ancianos, recibieron mucho dinero porque esa era la recompensa que habían anunciado en el propio templo.  Eso no lo digo yo, ¡eso lo dice La Biblia!

Y sigue contando Mateo que todo había empezado cuando los discípulos que habían venido de noche,  hurtaron el vino, estando los soldados dormidos. Y cuando esto lo oyó el gobernador, que era romano, y eso se los digo yo, no Mateo, porque él a veces no sabía echar bien el cuento y se le olvidaban esos detallitos que son importantes de saberlos,  para poder comprender los anales de la sagrada historia. Fin de fines que terminó pasando que un grupo de los discípulos agarró el camino a Galilea, al monte que Jesús les había ordenado. 

Pero, y bien lo dijo Él mismo, no sólo de pan vive el hombre, y en el camino observaron unas gallinas que se habían escapado de un corral y tomándolo como señal de los cielos, las agarraron por el pescuezo, rogándole a Dios les diera la suficiente fuerza para apretarlas y que no hicieran bulla y los fueran a acusar de ladrones, así fue como las pudieron echar en un saco y siguieron su camino hasta llegar donde pudieron prepararlas para recuperar sus fuerzas y poder continuar divulgando la palabra del Señor Nuestro Dios. Por eso es que yo cuando veo en los campos una gallinita que cruza mi camino, entiendo que es Él que me la pone  para poder seguir predicando sus enseñanzas entre todos ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

¿Cómo dices tú? ¿Que Mateo no llega sino hasta el 28? Esas son herejías tuyas y esa Biblia que me estás enseñando ¡seguro que le arrancaste esa parte para quererme hacer quedar como un robagallina! ¡Vade Retro Belcebú!

                Las líneas anteriores bien podrían ser una parábola contemporánea de nuestra casta política y su extensa corte de fanáticos empoderados, para los cuales no hay mejor senda para conseguir la paz de sus espíritus que jalear con fervor a sus “dirigentes”. No han sido escasas las voces que, con la más sana de las intenciones, han alertado por largo tiempo sobre los errores y peligros de ciertas acciones; la descalificación, en todas sus manifestaciones, ha sido la respuesta invariable. Descolocado, agente del G2, ignorante, guerrero del teclado, y por ahí siga sumando, y multiplicando, para tener un pálido panorama del escarnio al que hemos sido sometidos todos aquellos que tuvimos la osadía de rozar con una propuesta, una observación o un comentario, a cualquiera de los tantos desbarres cometidos por la casta en estas dos inacabables décadas de pesadilla roja-rojita.

                De no ser tan terrible el calvario que ha vivido, y vive, Venezuela podría ser risible la actuación de esta tropa de payasos bien hablados y dudoso gusto en el vestir. Engolan la voz, disertan con gesto de académicos apoteósicos, asumen pose de vestales ofendidas que defienden su virtud con heroicidad, van de tarima en tarima justificando bailantas que ni el finado Amador Bendayán en su buena época sabatina, llaman a la concordia con los hermanos chavistas honrados… ¡De vaina ofrecen la virtud de la morrocoya de Rosinés!

                Mientras tanto siguen, cual pájaros de mal agüero, posados en sus respectivas ramas, dale que te pego con sus plegarias citando a Mateo 33, y a Juan 28 y a Lucas 69. Después de todo, ellos siempre han dudado de la inteligencia de la audiencia y por eso nos irrespetan con sus aires doctorales de quincalla, para tratar de inundarnos con su basural retórico. Dios los perdone, porque el país sólo se ocupará, llegado el momento, de sentarlos ante la ley acompañando a sus amados hermanos rojitos.

 © Alfredo Cedeño  


miércoles, enero 13, 2021

LOS PUTOS AMOS


       

               Los milenios que lleva Londres encima, con exquisita gracia por demás, la hacen adorable. Es una ciudad pensada para el hombre, en ella cualquier ser humano se siente digno, no en balde ha sido una de las primeras metrópolis europeas donde han acudido masivamente asiáticos y africanos. Sus parques son una gloria que todos alguna vez en la vida debemos transitar. ¡Los rosales en primavera! Pareciera que no hay un rincón de la ciudad que no esté reventando de rosas de cualquier color que uno se pueda imaginar.

                Mi debilidad por esa ciudad es absoluta. Tuve el placer de habitarla por un tiempo, viví en Hendon, uno de sus barrios periféricos, y cada mañana iba a clases frente al Sunny Hill Park, lo cual era una tentación cotidiana para no entrar al aula y quedarme remoloneando por sus vericuetos. Muy cerca estaba la estación del metro Hendon Central Station, donde todas las tardes iba para trasladarme al centro de la ciudad. Un día, que había amanecido con una nostalgia infinita por mis comidas y soñaba con un sancocho de gallina, al lado de la entrada de la citada parada había una tienda de comestibles, una bodega para decirlo en buen venezolano, a la que entraba con frecuencia a curiosear. Ese jueves en particular al entrar vi un letrero inmenso anunciando Yam –¡ÑAME!–, y al lado ocumo. Como bien pueden suponer ese día no hubo paseo de museos o galerías o teatros en la City. Compré ñame y ocumo, me fui a Tesco, donde compré papa, auyama, yuca, y la bolsa más grande de gallina que había en la nevera. Pocas veces me he comido una sopa más sabrosa.

                Esa urbe, denostada por muchos como cuna del imperialismo, ha sido un imán para todos. No en balde fue allí donde el mismísimo Marx se asentó a escribir El Capital.  Son inacabables las sorpresas que encierran sus calles y suburbios, se necesitan años para encontrarlas todas, y siempre aparece una nueva. En una de mis andanzas por sus espacios llegué al borde noreste de Hyde Park, muy cerca de la estación del metro Marble Arch, y allí estaba el Speakers' Corner, que bien puede traducirse como Rincón del orador.  En 1855 sus predios presenciaron disturbios en protesta contra la Sunday Trading Bill, una ley que prohibía comprar y vender los domingos, el único día libre de la semana que había en aquel tiempo. Aquellas protestas fueron celebradas por un entusiasmado Karl Marx, quien las describió como el inicio de la revolución del proletariado inglés.​ En 1872 un decreto sobre los discursos públicos hizo que este punto se convirtiera en un lugar tradicional para discursos públicos y debates como también el principal sitio de protestas y reunión en Gran Bretaña. Este punto es una suerte de santuario al que acude todo aquel que considere tiene alguna idea o propuesta que formular a plantearla abiertamente. Hay algún  policía de mirada tolerante por allí rondando, que sólo interviene cuando recibe quejas o se utiliza lenguaje ofensivo.

                Todo esto me viene a la cabeza cuando leo la tormenta informativa alrededor del señor Trump y las muy diligentes acciones de los gigantes tecnológicos en su contra. Uno de los que ha explicado su decisión son los de la llamada plataforma del pajarraco azul, twitter, quien publicó: “Después de una revisión detallada de los tweets recientes de la cuenta @realDonaldTrump y el contexto que los rodea, hemos suspendido permanentemente la cuenta debido al riesgo de una mayor incitación a la violencia”. Muy bien, le agradezco a tan bondadosos caballeros, tan pendientes del bienestar de la humanidad, su preocupación por nosotros, comunes mortales, pero, me pregunto: ¿Eso mismo lo han hecho con los ayatolas iraníes y cuanto santón embatolado pulula por ahí llamando a la yihad contra el mundo occidental? ¿Acaso se han tomado medidas similares contra los jerarcas chinos que han arremetido contra Hong Kong y sus instituciones democráticas cada vez que les ha salido de la entrepierna? ¿Acaso un dictador manifiesto y confieso como el cubano Miguel Díaz-Canel, @DiazCanelB, no merece ser sancionado? ¿Los llamados a “jarabe democrático” convocados por don Pablo Iglesias, @PabloIglesias, tampoco merecen reconvención alguna?

Tampoco puedo dejar de pensar en numerosas cuentas criollas a las que veo rozagantes y plenas de vigor en sus amorosos mensajes, como es el caso de la comandante fosforito, @irisvarela, o la del teniente Diosdado Cabello, @dcabellor, ni hablar del venerable y multiuso Jorge Rodríguez, @jorgerpsuv, o el enjundioso Maikel Moreno, @MaikelMorenoVEN, y –¿Cómo dejarlo por fuera?– la del honorable Nicolás Maduro @NicolasMaduro. Por lo visto la preocupación de los amos del mundo no llega al tercer mundo, somos menudencias con las que no hay que perder el tiempo.

Hoy sobran los que celebran el acoso contra el aparentemente árbol caído. En 2016 fueron los mismos que celebraron con larga anticipación el triunfo de la señora Hilaria, la befa contra el todavía presidente estadounidense fueron de todo calibre, todas las cadenas de noticias, medios “serios”, y demás especímenes de similar pelaje lo daban por perdedor. Puedo estar en total desacuerdo con su estilo y algunas de sus decisiones, más no puedo celebrar la ejecución, por no decir linchamiento, de alguien sin los debidos procesos del caso. La pregunta que todos debemos hacernos es: ¿A mí cuando me va a tocar? ¿También será derogada Speakers' Corner?

 © Alfredo Cedeño 

miércoles, enero 06, 2021

SACO DE GATOS

                Este año, y comienzo de década, augura tiempos de colisiones permanentes. Todos aquellos escenarios que se analizan presagian tormentas, por decir un cataclismo menor. Son choques de trenes aparentemente inevitables, y ello, como reza la frase papal, Urbi et Orbi. Demócratas, republicanos, cristianos, musulmanes, correctos, anarquistas, Guaidofollowers, Madurolovers. Hay de todo y en todas partes, escoja usted donde y con quien quiere entrarse a pescozones que hay para todos los gustos. Vivimos inmersos en una tragedia con eventuales visos de comedia, un saco de gatos rabiosos del que es imposible salir lleno de hondos rasguños y no leves raspaduras, los zarpazos son arteros aun cuando usted pretenda mantenerse fuera de dicho talego.

                Las heridas, cuando no mordazas, a fin de cuentas variaciones de una misma intención, pueden llegar de cualquier lugar, y con cualquiera sea la razón. La maldición contemporánea de lo “correcto” es como el conejito de la batería que dura y dura y dura y dura y dura y dura y se hace cada día más dura. Por ejemplo, confieso que ya me asusta hablar de la querida negra Lucy Gómez o el también muy querido negro Wilmer Suárez, porque podría ser sancionado por cualquiera de los inquisidores de estos tiempos, tal como le pasó al futbolista uruguayo Edinson Cavani, quien juega como delantero del equipo de fútbol Manchester United. Este jugador fue multado la semana pasada con  100.000 libras esterlinas, y suspendido durante tres partidos por responder a las felicitaciones de un seguidor en su cuenta de Instagram: “gracias, negrito”.  ¡Se cayó el puente de Londres! La muy flemática Asociación del Fútbol  de Inglaterra  consideró dicho mensaje “insultante, abusivo e impropio”, y le impuso la sanción que mencioné.

Los muy correctos hijos de la Gran Bretaña provocaron reacciones de todo tenor, al punto que hasta la impasible Academia Nacional de Letras de Uruguay se pronunció en la tarde del propio primero de enero con el “más enérgico rechazo” a la sanción, y aprovechó para echarles en cara a la organización sajona la “pobreza de conocimientos culturales y lingüísticos que  esa federación pone de manifiesto al fundamentar tan cuestionable resolución”.  Los académicos declararon que Cavani usó la voz negrito para dirigirse a @pablofer2222, con cariz cariñoso, “dado el contexto en que se escribió, la persona a que fue dirigido y la variedad de español que se usó, el único valor que puede tener negrito ―en particular por su índole de diminutivo― es el afectivo”.

Ejemplos similares hay a paletadas, y todo en aras de una supuesta equidad que suele ser poco justa en la realidad. Por ejemplo, si usted exige que la casta política deje las musarañas y actúe con transparencia será despedazado fulminantemente por los adoradores de dicha cofradía. Si en Venezuela a alguien se le ocurre  cuestionar la gestión de los rojitos o de los malandrines unitarios, será tildado de enemigo del proceso o de agente del G2, depende de a quien se ose siquiera rozar con alguna aspiración ciudadana.    En el caso de solicitar a los caudillos de turno que se aparten y dejen de jorobar la paciencia, el linchamiento será instantáneo, más rápido que un Decaf, y las hordas cibernéticas elevarán sus manos al cielo clamando por la pureza de los magnos “dirigentes”; así como la solidez de sus organizaciones.

En todo caso, ante el ambiente que vive mi país, me viene a la memoria un fragmento de la carta que  John Hobart Caradoc, Lord Howden, quien era embajador británico ante el reino español, le dirigió el primero de enero de 1854 a George Villiers, duque de Clarendon y Ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña: “nada es tan difícil como fijar los límites de los partidos políticos, especialmente en la actualidad, cuando están rotos por todas partes y rotos en mil pedazos vagos, impalpables y, yo diría, ininteligibles”.

 

© Alfredo Cedeño  

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