domingo, septiembre 07, 2014

SAN PEDRO DE SEBORUCO

            Regreso de tierras tachirenses las cuales recorrí gracias al patrocinio generoso de Hilda Pérez Rondón, quien además fue una cicerone excepcional.  Es justicia también confesarles que a estas tierras las veo con particular cariño gracias a la tutela del querido gocho, y lustrado, Humberto Márquez, quien me llevó a su Táriba natal varias décadas atrás y me hizo ver con ojos filiales estos espacios donde el horizonte es un quebradero de barrancos. 
 
            Doy comienzo a esta serie de trabajos con Seboruco, población con la cual tenía una deuda moral, ya que en oportunidades anteriores la había cruzado sin detenerme por ir rumbo a La Grita. Tonto que fui, porque ahora sé de lo mucho que me había perdido al no pararme a caminar por sus calles, oír su gente y llenarme de ellos, en particular de comer los panes y quesadillas de la panadería La Torre de Seboruco, en la calle 3, donde Diógenes Torres y Efigenia del Carmen de Torres hacen milagros para conseguir la materia prima en estos tiempos de tantos controles y seguir alegrándole el paladar a la gente.
 
Seboruco, cuyo nombre oficial es el que uso para titular esta nota, es llamado por sus hijos Seboruquito lindo y querido. Frase que nació, como me contó Pedro Rafael Contreras Galvis, excelente conversador y mejor anfitrión, a mediados de los años cuarenta del pasado siglo cuando su tío Felipe Galvis, “que ya se había bebido su michito bajaba al pueblo, se abrazaba a un poste y decía a voz en cuello: “Como yo soy mío Seboruquito lindo y querido...” Así que son ganas de hablar de quienes andan por ahí endosándole esa frase al primero que se les ocurra, porque la verdad de su origen es esta que le estoy diciendo.”
 
            El mencionado Felipe fue autor también de una copla que todavía recuerdan en su lar nativo:
Si en la tierra estamos: ¡bebamos!,
y si el cielo vemos: ¡bebemos!
En Seboruco confirmé una vez más el muy agudo sentido del humor del cual hacen gala los tachirenses. En una comida que se realizó en la secular casa de los Contreras Galvis, luego de la misa en honor a Santa Rosa de Lima, patrona del pueblo, recordaban como una mañana de 6 de enero dejaron toda la noche encaramado en un zarando (nombre que dan a una especie de tirolina usada para cruzar ríos o precipicios) a “un toche que quería pasar de una banda a otra del río y le trancaron la cuerda de un lado y otro, y ahí amaneció.” 
 
Nabor Aguilar, cronista de esta población, afirma: “De Seboruco no hay actas, porque Seboruco fue un acto. No hay escrito legal,  nada, nada. Se ha ocurrido a la Universidad de Los Andes, a los archivos en Bogotá, inclusive a España han ido representantes del pueblo en comisión y no hemos logrado conseguir el nombre de Seboruco.”
 
Al rastrear a Seboruco bibliográficamente encontramos que el 5 de noviembre de 1577 el Rey Felipe II otorga en encomienda a Baltasar de Artigas los territorios que rodeaban La Grita, y en dicha Cédula de otorgamiento se lee: “como quiera que se llamaren, que alinda con los CIBURUCOS y si allí no las hubiere paso a contar las dichas diez casas hacia  los CIBURUCOS,…”; de ello también hace referencia Lucas Guillermo Castillo Lara en su obra La Grita. 
 
Se sabe que en 1825 el señor Rafael Rojas hizo un censo en el que da una población de 312 personas a Seboruco. En 1845 se dice allí misa por primera vez. El 9 de noviembre de 1852 pasa a ser Parroquia Civil o Municipio según revela Luis Gilberto Santander Ramírez en Historia Eclesiástica del Táchira, donde asevera: “La población de Seboruco desde tiempo inmemorial, cuando en dicha meseta se encontraban asentados los indios Seborucos eran atendidos por los Padres Franciscanos del Convento de La Grita.”
 
            Otro autor consultado fue Marco-Aurelio Vila, quien en su Geografía del Táchira, publicada en Caracas, 1957, incluye un mapa etnográfico prehispánico del Táchira en el cual muestra como habitantes originarios de esta zona a los indios Kenikeas. En dicha obra Vila reproduce dos mapas, uno originalmente publicado en Madrid, 1787, por Juan López donde no aparece esta población; y el segundo un fragmento del mapa Carta del Departamento del Zulia que publicó en París J.M.Restrepo, año 1827, donde tampoco aparece. 
 
            Ahora bien, no olvidemos que en el siglo XVI estos territorios formaban parte de la Provincia de Mérida, que a su vez terminaría formando parte integral de la Real Audiencia de Santafé de Bogotá, por ello di un vuelo rápido por algunas obras de la llamada hermana república. Es así como encontré en la edición del 1º de julio de 1885 del Papel Periódico Ilustrado de Bogotá (considerado por algunos como la más grande y hermosa aventura del periodismo colombiano y llevada a cabo por Alberto Urdaneta) un trabajo del etnólogo Liborio Zerda donde se lee: “En un sitio denominado “Seboruco,” seis leguas distante de la ciudad de Neiva , y sobre las orillas del Magdalena, hay una piedra enorme con una inscripción de 120 figuras grabadas á la altura de veinte varas sobre el nivel actual de las aguas ; en medio de ellas se encuentran cinco figuras humanas, de las que una es de mujer, y cuatro están cogidas por las manos;”. También lo menciona Vicente Restrepo en su obra Los Chibchas antes de la conquista española, publicado en la Imprenta de la Luz, Bogotá, 1895: “En el sitio de Seboruco, situado a seis leguas de Neiva y orillas del río Magdalena, hay una enorme piedra con figuras grabadas a una altura considerable, y que se desarrollan en una extensión de diez y seis metros.”  Si unimos a esta referencia geográfica en suelo colombiano, la existencia de petroglifos en los alrededores del Seboruco venezolano, no luce desacertada la tesis que vincula la procedencia de su nombre a un vocablo indígena.
 
            Igualmente debo señalar que unos años antes a esta última publicación, en 1889, se publicó en la capital colombiana Un viaje a Venezuela, de Isidoro Laverde Amaya, donde se lee: “La Grita es hoy Distrito Guzmán Blanco, capital ó cabecera en lo civil y judicial de las parroquias Seboruco (Entrena de), El Cobre (Vargas), Pregonero y de las aldeas Yegüines y San Simón. Es de advertirse que de estas parroquias la más rica es la de Seboruco, por la mayor feracidad de sus terrenos y porque tiene minas de cobre.” Otro autor que escribió de esta localidad fue el general Pedro Sicard Briceño, quien publicó en 1922 Geografía Militar de Colombia, donde asentó: “Seboruco. Está situado en una mesa pequeña, pero completamente plana; a uno de sus costados corre el río Grita, y dista tan sólo cinco leguas de La Fría, estación del ferrocarril del Táchira. Con 4628 habitantes, buena iglesia, dos plazas y varios establecimientos mercantiles.”
 
            Esta comunidad tachirense, capital del municipio homónimo y al que el último censo de 2011 dio una población global de 10.243 habitantes, ha sido cuna de gente excepcional, y algunos de presencia en hechos trascendentales para nuestra historia política y social de los últimos cien años.  Son numerosos los ejemplos y les voy a citar sólo cinco de ellos, y tengan por cierto que son una infinidad de casos similares los que ha habido -y hay- en esta laboriosa comunidad andina, que hasta mediados de los años 40 del siglo XX todavía tenía las calles empedradas.
 
            En las afueras de Seboruco, en la aldea Altos del Niño, nació Ángel Biaggini, quien en 1945 era ministro de Agricultura de Isaías Medina Angarita, el cual ante el desastre de la locura de Diógenes Escalante opta por proponerlo como candidato presidencial. Esa candidatura nació con plomo en el ala, pese a que ofrecía en su programa, entre otras cosas, el voto de la mujer y la elección de los cuerpos deliberantes para las elecciones prontas a realizarse, así como la del Presidente de la República por votación universal, directa y secreta una vez que entrara en vigencia la nueva Constitución. Lo que desató un infierno que acabó con su candidatura y precipitó la crisis que terminó por estallar fue que en su postulación el 30 de septiembre de 1945, un bisoño periodista de Últimas Noticias, Nelson Luis Martínez, se le acercó y le pidió una declaración autógrafa para los lectores de ese medio. El candidato escribió un amplio agradecimiento que fue publicado por dicho diario en la última página de la edición del 1 de octubre de 1945: “La confianza que me ha otorgado la máxima representación de mi Partido, en extremo obligante a mi profunda gratitud, me comunica tal fuerza y tal entuciasmo como para poder afirmar –enfáticamente– que no defraudaré al pueblo venezolano en su constante aspiración de ampliar y consolidar cada día las conquistas democráticas que ha alcanzado. Así me place exponerlo por intermedio del popular vocero Últimas Noticias.”  La diatriba armada en aquella Venezuela pueblerina fue de tal magnitud que ese entuciasmo, escrito con c, desembocó 17 días más tarde en el golpe de estado contra Medina Angarita.
 
            En la Seboruco de comienzos del siglo XX existió un personaje del cual todavía se habla con respeto y admiración entre su gente: la terciaria franciscana Petra Salgar de Moncada “Mana Petra” quien fue comadrona de amplia labor en el pueblo y las aldeas de sus alrededores.
 
            Ya cité en párrafos anteriores a Pedro Rafael Contreras Galvis, quien es hoy por hoy el patriarca de la familia que formaron don Victoriano Contreras y doña Gregoriana Galvis de Contreras a comienzos del siglo XX. Él abrazó la vida militar y formó parte de la última promoción de cadetes de la Escuela Militar que funcionaba en La Planicie, Caracas. En los años 60 siendo oficial del ejército venezolano, estaba destacado en El Tocuyo, estado Lara, y en diciembre de 1964 le ordenaron se trasladara al centro médico del pueblo donde habían abandonado el cadáver de un hombre. Contreras se trasladó al lugar y procedió a tomar las huellas dactilares del difunto y comprobó que eran los restos de Argimiro Enrique de La Santísima Trinidad Gabaldón Márquez, el jefe guerrillero Argimiro Gabaldón también conocido como Comandante Carache o Chimiro, quien había sido herido en las montañas larenses en un poco claro incidente con su compañero de armas Jesús “Chucho” Betancourt.
 
            Y ya que hablo de los Contreras Galvis es justo nombrar a otro de esos hermanos: el economista Pablo Andrés, quien en los años 80 del siglo pasado sostuvo en Maracaibo, donde desempeñó diversos cargos en la administración pública, una casa en la cual numerosos estudiantes universitarios de Seboruco fueron acogidos sin pagar por ello ni un centavo. Narra una de las beneficiarias de dicha residencia: “Pablo nunca pidió una puya, y él se ocupaba de pagar la luz, el agua y una señora que nos cocinaba; nosotros todos no tenemos cómo pagarle a él lo que hizo sin ningún interés, y muchas veces ni las gracias le dábamos sin que eso fuera freno para que siguiera tendiéndonos la mano.”  En la actualidad cuando alguno de los beneficiados de su labor lo recuerda, él se limita a encogerse de hombros y decir: “¿Cómo no iba a hacerlo, si uno sabía el esfuerzo que muchas veces estaban haciendo sus familias para darle una buena educación a esos paisanos? Si Dios nos dio los medios para ayudar a los demás sería bien triste no hacerlo.”

            Y ahora que escribo de ayuda a los otros, dejé de último el caso de una mujer a quien el ya desaparecido Ramón Elías Camacho en La Grita Bautizó como Santa Medardita de Seboruco. Les cuento el caso de esta, por ahora, Sierva de Dios nombrada como tal por el papa Juan Pablo II en su visita a México, en julio de 2002. Ella nació en la aldea Caricuena en las afueras de La Grita a las 8 de la noche del 13 de octubre de 1885. Al ser inscrita ante las autoridades civiles lo hicieron como María Geralda Guerrero García, nombre que le puso un tío a quien habían solicitado la presentara; y a él le pareció que Medarda no era el nombre adecuado y se lo cambió, sin embargo entre sus familiares siempre fue llamada Medardita, con el cual fue conocida por todos. Ella era la sexta de diez hermanos.
 
En 1897 su padre y una hermana mueren a causa de una epidemia de viruela que hubo en La Grita por lo que su madre decide abandonar la población para escapar del mal y llega a Seboruco, donde encuentran que la epidemia también hacía de las suyas. La familia Guerrero García se refugió en su casa donde hoy es la carrera 2 de Seboruco. Una vez superada la peste ellos se quedaron en el pueblo. A los 15 años ella se enfermó y quedó paralítica, revela el cura Oswaldo García, quien fuera su confesor, ante lo cual ella hace la promesa de dedicarse a cuidar a los enfermos y desposeídos de por vida si se curaba. Se recuperó, y esta mujer que no sabía leer ni escribir, no sólo cuidaba a los enfermos sino que era la comadrona de Seboruco y todas las aldeas de sus alrededores, dedicándose a cumplir con su labor de buena samaritana.  Su familia terminó migrando y ella se quedó en Seboruco trabajando como mujer de servicio en diversas casas, hasta que a los 29 años casó con José Piñero, un nativo de Cúa, estado Miranda, que había pagado servicio militar en el cuartel de El Cobre y fue por lo que empezó a ser conocida como Medardita Piñero.
 
Los recién casados se instalaron en una casa en la calle 5, número 54 de Seboruco y allí en la sala que medía cerca de 9 metros cuadrados la mujer siguió atendiendo a los enfermos. Antonio Sánchez en su obra Medarda Piñero (1885-1972) Caridad hecha mujer, asegura que ella albergaba de 5 a 10 enfermos en dicho espacio y que “se veía en la necesidad de albergar hasta de dos por cama”.  Medardita y José tuvieron 5 hijos, y él que había aprendido los rudimentos del oficio de carpintero, al comienzo era quien fabricaba unos cajones de madera que ella utilizaba para enterrar a quienes morían en su casa-hospital… Asegura Sánchez en su libro que la única ayuda que recibía era de diez bolívares mensuales que le daba la Junta Comunal de Seboruco. Sin embargo su confesor asegura que Juan Galeazzi, siendo gobernador de Táchira le asignó una ayuda de 120 bolívares mensuales.
Los vecinos de Seboruco recuerdan que veían como Medardita alimentaba, bañaba y cuidaba a los enfermos en su ranchito. Ella sufría bocio, lo cual simulaba con un pañuelo blanco que llevaba siempre alrededor de su cuello, de voz muy suave decía: “Por Dios, ayúdeme, una limosnita para mis hijitos”. Era menuda creen que medía 1,44 y la acompañaba Otilia una mujerona de 1,80 que llegó a su casa enferma y luego de curarse se quedó ayudándola. Otiliona, como también la llamaban, portaba un canasto enorme hecho de caña amarga que se acomodaba en la cabeza con un pretal e iba colocando allí las donaciones. Si alguien le decía que no podía ayudarla Medardita decía: “No importa mijito, cuando tenga me da”.
 
Cuentan en el pueblo que, ya viuda, infinidad de veces se ocupó de realizar los entierros y ambas mujeres subían la cuesta hasta el cementerio viejo de Seboruco en la parte alta de la ciudad en un cajón de tablas que compraba al señor Casimiro Pérez, los cuales adquiría con la colecta que hacía casa a casa por todo el pueblo. Otras veces buscaba a los borrachitos locales donde estuvieran y les decía: “vamos que tengo que enterrar un enfermito” Ella había recogido a los borrachitos del pueblo entre los que recuerdan a Luis “Morocotas”, a Vitico “Maravilla”, a Pedro Duque a quien todos conocían como Pedro “Miao” que había perdido una pierna siendo coronel mientras peleaba al lado del general Juan Pablo Peñaloza  contra Gómez, y ellos hacían de sepultureros para ayudarla.
 
            Escribo emocionado, conmovido de tanto amor al prójimo. Al principio oía escéptico a quienes me narraban todo esto que ahora les resumo, confieso que más de una vez dudé o achaqué a exageraciones de los habitantes de Seboruco las virtudes de esta mujer. Necesité de varios días oyendo sin variar las mismas narraciones, los testimonios de todos los grupos sociales del pueblo, del cronista y del biógrafo de ella, del propio obispo Mario del Valle Moronta, de la gente en la plaza, de libros y folletos que se han ocupado de la vida de esta mujer excepcional para que mi suspicacia se diluyera y poderles contar a ustedes de su vida. 
 
            Tal como he escrito en anteriores oportunidades: Venezuela es una caja infinita de sorpresas de la que no ceso de sentirme orgulloso. ¡Qué  privilegio poder decir que tenemos un pueblo como Seboruco lleno de gente hermosa y especial! Bendita la suerte mía de ser hijo de este país donde lo que sobra es corazón para entregarlo a quien nos necesita…

© Alfredo Cedeño
  
 
 
 
 
 
 

sábado, septiembre 06, 2014

PASARELA

Cada gota pesa,
poco pero lo hace
y todas juntas
doblan la palma
y se hacen puente
uniendo llantos
hasta ser victoria.


© Alfredo Cedeño 

jueves, septiembre 04, 2014

COLLAR

Gota a gota se engarza la libertad,
lagrimear de pequeñas perlas
y abanico feroz donde revolotear.
Nadie dijo que era fácil tenerla
o bañarse entre sus chispas
y salpimentarse la vida con ella.
Unos pocos vacuos tratan de negárnosla,
y una sólida mayoría sigue en la calle
para seguir pavimentando nuestra vía.


© Alfredo Cedeño 

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