domingo, julio 16, 2017

¿ÁRBOL CAÍDO?

 
                Reconozco que me esperaba una solidaridad casi clandestina y frases fementidas de cierto grupete a raíz de la libertad condicional de Leopoldo López. Comenté con varias personas esa mañana que no pasaría una semana para que viéramos como empezarían a pujar para, por lo menos alguno de ellos, parir un piano de cola. 
                Junto a la ola de alegría que recorrió al país por su semi liberación, casi simultáneamente comenzó a ejercitarse el juego nacional de la especulación. Muy pocos lo aceptaban y celebraban, y hablo de gente inteligente, muy seria, cuya reacción inicial fue hasta de poner en duda la información que desde el ABC de España empezó a sacudir el sábado 8 de julio. “Pero es que fulanito, su hermano del alma y mugre con uña de Lilian, no me ha dicho nada”, me dijo una de las primeras voces a las que consulté.  De allí en adelante lo que preveía sería una ola de ánimo se convirtió en una inmensa nube negra de peores presagios.
                 A media mañana las acusaciones de entreguismo, negociación, torvas manipulaciones y demás zarandajas de igual ralea eran una tolvanera que vapuleaba la salida de Leopoldo de Ramo Verde. 
Pero donde todos los demonios se desataron fue cuando Lilian Tintori, la guerrera, la que puso la situación de Leopoldo y de los presos políticos venezolanos en los principales escenarios políticos del mundo, la que nunca dejó de recibir desplantes y desaires de quienes debían darle su apoyo incondicional, la que no soltó la presa en ningún momento, habló el domingo 9 de julio.
Pero, ¿qué dijo ella? Nada que no fuera cierto y a lo que esa jauría de mastines enanos que actúan como correveidiles le cayó tratando de hacer leña. Lilian, no sé si con ingenuidad o con jugada sibilina, y me inclino por esto, le mató al gobierno una de sus cartas que guardaban para usar en el momento menos pensado: el acompañamiento de los hermanitos, no sé cuál es peor que el otro, Rodríguez a su casa. Para mayor escándalo de la guardia pretoriana de la limpieza ética, ella informó: “Les dije que no puede existir más tortura en Venezuela, que no deben existir presos políticos en Venezuela y que si tenemos que trabajar en conjunto para lograr entendernos, lograr concordia y lograr una solución inmediata a la crisis que vive Venezuela, cuentan conmigo como activista de derechos humanos, como esposa de Leopoldo y como mujer”.
Los mismos que han entonado el mantra del diálogo como bálsamo de fierabrás de todos nuestros males, fueron los primeros en vapulearla y pedir su cabeza en una pica en la plaza Bolívar. Fue canallesca la manera como se pretendió hacer leña de una mujer que ha sido un roble en esta mala hora que vivimos. Como diría mi querido sobrino Ángel Alfredo: ¿Por qué no se meten la lengua atrás de la oreja?

© Alfredo Cedeño

domingo, julio 09, 2017

EN DOS PLANOS


 No hay especulación más lacerante que la que uno vive cuando escribe en el marco de la destrucción de la tierra natal. Esa meditación se hace más dolorosa cuando evalúas los actores involucrados y encuentras dos planos que no terminan de articularse. Hay un plano político en el que claramente participan gobierno y “oposición”, ambiente del cual nadie en su sano juicio denigraría si los agentes opositores allí presentes mostraran más sintonía con la población.
El segundo plano al que hago referencia es aquel en el que junto a los antes mencionados está la  poco nombrada, pero muy viva, calle, la misma a la que apeló con visión zahorí Leopoldo López en su momento. Y llamo calle a la gente anónima, a la ciudadanía huérfana y desesperada que ha comenzado a organizarse de manera espontánea y rudimentaria, pero no menos eficaz. Expresión de ello son los cada vez más atomizados grupos que no cesan de vocear su descontento contra Maduro pese a la presencia cada vez más agresiva y descontrolada de los bochornosos colectivos a los cuales se enfrentan de manera cada vez más eficaz, por lo que no pocos de ellos han sido debidamente azotados. Otras  muestras son las tanquetas y patrullas que hemos visto quemadas en distintos lugares del país.
En la Antigüedad, los griegos no conocían el azul en cuanto a su definición. El ex primer ministro británico William Gladstone, un fanático empedernido de la obra de Homero, en el siglo XIX detectó que en la Ilíada y la Odisea no aparecía mencionado dicho color por ninguna parte. Luego Gladstone se dedicó a leer otros textos de los antiguos griegos y confirmó que nunca aparecía referida esa  tonalidad.
Los discípulos tropicales y subdesarrollados de George Steiner juegan a cumplir su frase: “Lo que no se nombra no existe”, creen que al no mencionar la calle, ni articularse junto a ellos y los inagotables muchachos, para enfrascarse en diálogos vacuos con el necio bigotudo y su corte de mutilados mentales, ya la realidad es otra, la que a ellos les interesa y gusta.
¿Cuándo se articularán esos dos planos? Nadie lo sabe, pero si la presión fáctica de la subestimada calle se mantiene, esa dirigencia Shakira –ciega, sorda y en ocasiones muda– tendrá que supeditarse a esa voluntad multitudinaria que cada vez les acompaña menos en sus convocatorias, lo cual les suele generar angustias y no pocos vahídos existenciales.
Espero que más temprano que tarde esa sintonía entre los dos planos se produzca, a partir de ahí comenzaré una jubilosa reflexión sobre ese hermoso azul de nuestro cielo que siempre hemos sabido vivir al contemplar. Cielo que se despejará aún más con Leopoldo ahora en su casa, pese a las cada vez más flácidas fauces rojas.  No poca ventaja le llevamos a los griegos.

© Alfredo Cedeño

domingo, julio 02, 2017

DECENCIA FRENTE A MAQUINARIA

Foto: Omar Véliz

Los ideales no conocen al miedo, ni hay cosa alguna que los detenga, los ideales son el combustible sagrado que siempre ha alimentado a la libertad por los siglos de los siglos. Los ideales son los que sostienen, con proverbial entereza, a los jóvenes venezolanos; ellos no se cansan de hacer ofrendas ante la vida para darnos democracia, por rescatar la libertad que, en no lejanos tiempos, gozaba Venezuela.
Vergonzosos sacristanes tampoco se cansan de operar contra ellos, los hay de todo pelaje. Hay aquellos que ahora pretenden achacar la responsabilidad de la llegada del difunto al poder en 1998 a la votación masiva de la clase media. Nada dicen del descrédito de la dirigencia de las organizaciones políticas con sus propios regentes. Ahora nadie quiere evocar aquella imagen del otrora todopoderoso caudillo adeco Luis Alfaro Ucero, convertido en un mendigo harapiento al que su propio partido dejó a la intemperie, provocando con ello que la militancia de base se volcara a votar por Chávez.  Menos quieren recordar a Miss Irene dejada al pairo por los honorables socialcristianos que después de engalanarla y alborotarla, la dejaron plantada en medio de la plaza.
Nuevamente los cabezas de los benditos partidos juegan sus cartas de siempre. Otros hacen el trabajo sucio y ellos luego llegan de traje y corbata a “poner al servicio de los intereses nacionales sus mejores esfuerzos”. Con velocidad asombrosa brotan plañideras que justifican cualquier gesto indigno de ellos que rebaja la majestad de los cargos otorgados por la votación universal, mientras una nutrida nube de corifeos persisten en su inútil tarea de jugar a desmovilizar a un país macilento que está en la calle y de la cual no quiere salir, y ni por asomo parece dispuesto a ello.
Son los ideales democráticos y de libertad los que han convertido a esa muchachada irredenta, que mantiene a sus padres y madres con el alma en vilo, en la punta de lanza del país. Una minoría cínica pretende descalificarlos por su bisoñez. ¿Acaso ignoran que José Antonio Páez, de 31 años recién cumplidos, se ganó el rango de general en jefe en pleno campo de la batalla de Carabobo? ¿Tampoco saben que Martín Luther King a los 25 años inició su gesta que acabó con la discriminación racial en Estados Unidos?
Venezuela está harta de jugarretas y bochornos de una casta política que nunca ha sabido estar a su altura. Estos son tiempos de vorágines que pondrán cada cosa donde le corresponde.

© Alfredo Cedeño