miércoles, mayo 16, 2018

¿SE VOTA O SE BOTA?




                Los principales dogmas de la Iglesia católica son 44, yo, pese a mi catolicismo confeso, al pesar de los pesares, solo tengo uno: mi país. Los versos finales del emblemático poema Adherido a ti Venezuela de Antonio Arráiz, son mi credo particular:
Aunque seas mala madre, / estaré adherido a ti, Venezuela, / adherido de amor; / y subirme sentiré, de ti, buena o mala, /tu vida propia, como savia.
                Adoro hasta el llanto y la ternura y la euforia y la impotencia y el dolor a mi tierra. He tenido el privilegio de poder dedicar mi trabajo a conocer y dar a conocer lo que es ella y sus gentes. He gozado de mojarme en las nacientes del Orinoco y revolcarme en las aguas del Delta Amacuro, me embadurné de nieve en el pico Bolívar y de arena y nácar entre las ruinas de Cubagua, tirité de calor en las sabanas de Apure y me ahogué de frío en los páramos tachirenses. Y su gente, ¡mi gente!, mis amados paisanos, cuanto amor recibí de ellos. 
                Por todo eso, ver ahora el estercolero en que me la han convertido me sume en una profunda tristeza que casi inmoviliza. Los demonios rojos han sido eficaces en su labor tetánica, poco a poco, pero con suma eficacia, han desmantelado el vasto tejido social de solidaridad y luchas que tanto nos caracterizaba. La perversión, heredada de los tiempos de una democracia defectuosa, ha permeado con ritmo vigoroso toda la estructura nacional. Unas fuerzas armadas inutilizadas por unos comandos rapaces que se han entregado con furor uterino a las mesnadas cubanas, mientras que los honestos son maltratados inclementemente por una dirigencia opositora celestina y una ciudadanía ignara.
                Esa mencionada "dirigencia" ha sido pródiga en fabricar mesías de ineficiencia proverbial. Primero fue Arias Cárdenas, que, con voz de sacristán malamañoso y una gallina bajo el brazo, llenó de falsas ilusiones a medio país. Más tarde el turno fue para Ismael García, quien de ser el creador de la Lista Maisanta, ¡que no se olvide nunca su actuación nauseabunda!, pasó a ser una versión contemporánea de Negro Primero.  Los ejemplos sobran, y lo que vino a poner la tapa al frasco es esa vergüenza hecha gente llamada Henri Falcón que ahora cual flautista de Hamelín, ataviado con ropajes de arlequín marginal, convoca a celebrar el carnaval ideado a la medida del bigote bailarín.
                ¿Votar este domingo, o algún otro que cohoneste el desastre que vive nuestro país y botar otra oportunidad de ejercer un sufragio real? Y eso hay que preguntarlo hasta que entre en las cabezas huecas de quienes presumen de encabezar el rechazo que ha capitalizado la pandilla gobiernera. Mientras tanto y para que no quede duda repetimos a Arráiz: Quiero quedarme aquí, firme y siempre, / sin un paso adelante, sin un paso atrás. / He de amarte tan fuerte que no pueda ya más, / y el amor que tenga, Venezuela, me disuelva en ti.
                            
© Alfredo Cedeño

miércoles, mayo 09, 2018

DANZA Y LEYES


                La danza fue la partera del lenguaje humano, fueron los movimientos corporales el primer modo de comunicar lo que se sentía, lo que se anhelaba, lo que se admiraba. Y luego de aprender a comunicarse el hombre inventó las normas, que después se hicieron leyes, para ayudar a que conviviéramos sin que el más fuerte, y por lo general el menos dotado de cualidades racionales, impusiera sus antojos a los más débiles; tiempo más tarde aparecieron los abogados. Fue como las gentes de leyes y danzas se hicieron líderes de belleza y justicia.
                Escribo hoy de danza y derecho con el corazón arrugado, con una profunda tristeza que no sé cómo manejar de la manera más adecuada. Un inmenso tanque de agua helada se me vino encima cuando los amigos de Foro Penal me hicieron llegar los datos de Melanye Carolina Alvarez, bailarina, y de Manuel Cotiz Castro, estudiante de derecho. Ambos tienen 25 años. A ella la mantiene secuestrada en el SEBIN desde el pasado 24 de enero, a él lo tienen en Ramo Verde desde hace ya un año. El delito de ellos fue creer en nuestro país y en su derecho constitucional de manifestar su descontento con una dictadura que luce infinita.
                Melanye y Manuel fueron parte de aquel grupo de muchachos hermosos e irredentos que en abril del 2014 montaron ante la sede en Caracas del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) un campamento "para exigir el retorno de la justicia y la libertad a Venezuela". Semanas más tarde, el ahora endiosado por unos cuantos maromeros, pero que en aquellos días era ministro del Interior, Miguel Rodríguez Torres, encabezó el desalojo y detención de esos muchachos porque "de esos sitios estaban saliendo a cometer hechos terroristas".
                Para Manuel y Melanye su detención fue un acicate para continuar en sus labores de denuncia de la ruindad que padecemos como gobierno, y antes que atemorizarse, dieron más por nuestro país. No es necesario detallar el abandono al que fueron sometidos ellos y todos los otros detenidos esa madrugada, solo los miembros de Foro Penal, liderados por Alfredo Romero y Gonzalo Himiob se dedicaron en cuerpo y alma a pelear por los derechos de estos quijotes de nuestro milenio.
                Manuel ha sido torturado en diferentes oportunidades, Melanye languidece sin poder consumar su pasión por la danza. Mientras tanto una tropa de monigotes baila, con el mequetrefe de Henri Falcón al frente, al son de las elecciones que el bigote bailarín ha impuesto a su gozo y medida. Romero, así como no ha vacilado para defender a los presos políticos, tampoco lo ha hecho para anunciar que no validará con su voto el proceso del próximo 20 de mayo. No son gratuitas las amenazas que los impresentables le han  hecho y hacen, él y Himiob son de las pocas voces que todavía insisten en pregonar que la justicia existe y debe ser impartida a cabalidad. Por eso Melanye y Manuel son emblema de los cientos de presos de la dictadura roja que muchos se desviven por legitimar con sus votos.

© Alfredo Cedeño

miércoles, mayo 02, 2018

GRACIAS CARPENTIER


                Hay autores con los que uno adquiere deudas vitales, nunca puedes saldarlas. Una frase puede ser el gatillo para un pagaré que uno hace suyo sin vacilación, dos líneas y algo más pueden ser suficientes para sentir que quien armó dichas palabras tiene el don divino de decir todo con la sabiduría de la brevedad. Es mi caso respecto a Alejo Carpentier.
                El suizo más cubano que ha existido, no se olvide que nació en Lausana, precursor de lo que escritores y ensayistas dieron en llamar "realismo mágico", mientras que a él pretendieron encasillarlo en el neobarroquismo, hizo de nuestro país su gran cantera; Los Pasos Perdidos es la mejor demostración de ello.  No puede dejar de mencionarse que en El Nacional, su columna Letra y Solfa, marcó una pauta para muchísimos periódicos iberoamericanos de lo que era una inédita manera de realizar la crítica musical.
                Aunque nací en Caracas, mi infancia transcurrió en La Guaira, en sus calles coloniales aprendí a caminar y en sus escarpados callejones supe imaginar que al cielo se podía llegar pese al calor a veces agobiante. La primera vez que hice un viaje aéreo fue a la isla de Margarita, y cuando regresamos al ver el puerto y el laberinto de caminos guaireños en su totalidad, la palabra se me hizo un galimatías donde no atiné a describir lo que contemplaba mudo de emoción.
                Esa maraña me duró hasta que leí El siglo de las luces de Carpentier. Casi al final de ese libro encontré: "Doblóse un promontorio que parecía tallado en un bloque de cuarzo, y apareció el puerto de La Guaira, abierto sobre el océano como un anfiteatro colosal en cuyas gradas se escalonaron los tejados". ¿Cómo describir mejor a la cuna de mis sueños?
                En estos días que tanto se habla de elecciones, y pululan como la verdolaga quienes las enaltecen, me confieso desbordado por un escenario donde los que pretenden encarnar héroes son una comparsa de payasos en desgracia.  Y el mencionado autor me lanza un cable que me permite entender a cabalidad el momento que vivimos, triste sainete con pretensiones dramatúrgicas donde vemos lo inimaginable: gente talentosa y capaz sirviendo de cortejo a un mequetrefe como Henri Falcón. En las páginas finales de su novela Carpentier pone en boca de Víctor Hugues, en conversación postrera con una desencantada Sofía, unas palabras con las que su pluma zahorí supo retratar con meridiana franqueza lo que estos personajes y sus acólitos son: "Lo siento. Pero yo soy un político. Y si restablecer la esclavitud es una necesidad política, debo inclinarme ante esa necesidad."

© Alfredo Cedeño