domingo, mayo 21, 2017

¿PONER LA OTRA MEJILLA?


                Hace varios días se viene hablando, particularmente en las redes sociales, sobre el “escrache” al que han sometido a algunos representantes de la oligarquía roja, o a sus descendientes, en diferentes sitios de Venezuela así como en varias localidades extrafronteras como Miami, Madrid, Australia, Suiza, México y muchos otros lugares.
No está de más informar que el término ha sido utilizado en Argentina, Uruguay, Paraguay y España para denominar a determinadas actividades en las cuales un grupo de activistas acude al hogar, o sitio de empleo de algún fulano al cual se quiere denunciar. El Diccionario del Habla de los Argentinos, de la Academia Argentina de Letras, lo define como “denuncia popular en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos o de corrupción, que se realiza mediante actos tales como sentadas, cánticos o pintadas, frente a su domicilio particular o en lugares públicos”. Algo de eso es lo que hemos venido viendo de manera semiclandestina, ya que pocos –y honrosos– medios venezolanos han informado adecuadamente al respecto.  
La temida autocensura es hasta cierto punto entendible en aquellos en que en el más rancio y crudo sentido de los negocios no quieren arriesgar sus inversiones en el campo mediático. Tristes tiempos estos en los que la información es una mercancía a la que no se quiere exponer a embargo oficial. Lo que es duro de digerir es que “comunicadores” y “políticos” se alcen con altisonantes golpes de pecho para condenar dichas prácticas por respeto a las familias de los afectados.
¿Cómo se puede reprobar a quiénes manifiestan su rabia e impotencia ante los que les robaron su país y ahora quieren gozar de lo robado con inmunidad e impunidad en territorios imperiales? ¿Cómo compensar la amarga tristeza de quienes no pueden despertarse cada día viendo su icónico Ávila? ¿Quién paga por el dolor de llevar ya años sin poder contemplar el cielo intenso de enero en Venezuela? ¿Cómo pedir a quienes lloran a menudo cuando evocan país, amigos, calles y familia que permanezcan impávidos ante quienes fueron sus verdugos?
Por lo visto hay algunos que prefieren sentirse cual Gilberto Correa animando una de aquellas multitudinarias bailantas que saturaban las principales avenidas caraqueñas. Más de una docena hay de quienes quisieran aparecer cual Rafael Orozco entonando desde una grúa telescópica el Chan-cun-chá y animando a la asistencia a que se apechuguen en medio de las nubes de gases lacrimógenos. ¿Será que también necesitan un Joaquín Rivera?

© Alfredo Cedeño

domingo, mayo 14, 2017

CAMPEONATO DE BELLACOS


                Es imposible mantener ecuanimidad y compostura cuando uno ve a los asnos rojos, o sus sacristanes, regurgitar con aires de sabios salamanquinos la primera imbecilidad que les viene al hocico para argumentar lo injustificable.  ¿Cómo no preguntarse de dónde sacan tanta deshonra y tal cara tan dura para exhibirla sin inmutarse?
                Ver a Pedro Carreño con su cara de vermífugo en acción es poco menos que nauseabundo, sensación que se intensifica cuando abre sus belfos para rebuznar a  conciencia, para luego callar y mantener la postura del que espera una salva de aplausos por lo atinado de su intervención. 
                ¿Qué decir de ese monaguillo con pretensiones de cardenal llamado José Gregorio Vielma Mora?  Jamás pudo imaginarse nadie que un tachirense, ex alumno del Liceo Jáuregui de La Grita, fuera capaz de mostrar el sadismo del que ha hecho gala contra sus coterráneos. Ni Juan Vicente Gómez llegó a tanto, y no es poca cosa lo que escribo.
                ¿Cómo procesar lo que masculla Ramón Alexis Ramírez, flamante gobernador de Mérida? Vale la pena resaltar que se hace llamar Alexis Ramírez en claro intento de hacerse relacionar con el beisbolista de igual nombre. Este indigno hijo de Santa Cruz de Mora, geógrafo egresado de la Universidad de Los Andes,  y paisano de Simón Alberto Consalvi, ha hecho lo que nadie había hecho hasta ahora para desdecir y avergonzar el gentilicio merideño.
                ¿Acaso hay alguno que pueda superar a esa bestia llamada Jorge Luis García Carneiro, que no cesa de dar coces, con manifiesto goce en sus gestos, contra el muy maltratado estado Vargas? Lo más doloroso es que al escarbar en su currículum se puede leer: “Orden Bicentenaria de la Ilustre Universidad de los Andes”.
¿Y dónde dejar a esas jumentas con aires de pitonisa en trance llamadas Cilia Flores, y su compinche Iris Varela? Ambas presumen, para vergüenza de ese gremio, del título de abogadas, y miran con gesto avieso a quien se dirige a ellas sin anteponer a sus nombres el título de doctoras.
                Es infinita la lista de bellacos, y demás especímenes de similar tenor, que hozan en los predios revolucionarios, donde el estandarte mayor lo porta, sin que quepa discusión alguna al respecto, ese matarife con pretensiones de bailarín apellidado Maduro Moros.
                Es un verdadero torneo donde todos y cada uno de los que en ese redil cohabitan hacen méritos para demostrar su petulancia desbocada contra un pueblo indefenso al que no se cansan de maltratar. Lo peor es que semejante comandita hinca sus fauces a diestra y siniestra bajo el amparo de las armas que debían velar por la tranquilidad de la ciudadanía.  
Los veré refugiándose bajo la pirámide rosa que en el kilómetro 0, a un lado de la Autopista Valle-Coche, levantaron en tiempos de otro burgomaestre babeante, y en el que aseguran han depositado ellos sus mantos protectores.  Igual surcarán el cielo.

© Alfredo Cedeño

domingo, mayo 07, 2017

DIGNIDAD Y CORAJE


La dignidad es un ave en extinción, ella aparece ocasionalmente y solo se posa en el hombro de unos pocos. El coraje es otro pájaro de similar tenor, y anda en las mismas. Hay ocasiones en que ambos habitan el espíritu de algunos, y aparecen los maestros. He tenido el privilegio de conocer a varios de ellos, uno fue Antonio Estévez.
Director y Compositor del cual se ha dicho que ha sido el mejor que hemos tenido, sin pretender restarle méritos –que los tienen a montones– a ningún otro de sus colegas en uno y otro ámbito.  Él nunca hizo concesiones en su apoyo a la libertad. Cuando Venezuela era asolada por Pérez Jiménez terminó preso en la Cárcel Modelo de Pro Patria junto con los hermanos Sucre Figarella: Leopoldo, Kiko y Guillermo; así como Antonio Lauro, Manuel Adrianza, Guillermo García  Ponce, entre otros. Al poco tiempo, con sus compañeros de calabozo, junto a Lauro, había formado un orfeón que entre sus primeras piezas montadas estuvo una parodia de María Moñito.
A los pocos días una de las piezas que versionaron fue la de la guatireña Parranda de San Pedro y entonaban:
Si Pedro Estrada se muriera
todo el mundo se alegrara
por lo menos los espías
los cabellos se arrancaran.
Con la alpargata
dale al cabrón
vuélvelo polvo
sin compasión.
¡Genio y figura!
                Años más tarde, primeros tiempos de la democracia, la Digepol, que dependía del temido ministro de relaciones interiores Carlos Andrés Pérez, allanó su casa en Las Minas de Baruta y destrozó su estudio por completo. Antonio regresó al país y la ola de repudio al atropello fue su coraza, y la temida policía política lo dejó en paz.
                Pasó el tiempo y un amigo de él, Héctor Santaella, era presidente de la Cámara de Diputados del otrora Congreso Nacional, y lo invitó a una recepción en el Círculo Militar de Caracas. Por aquellos días ya Pérez no era ministro, sino jefe de la fracción parlamentaria del partido de gobierno. El hecho fue que al llegar el maestro Estévez a la recepción fue recibido por Santaella, y en breve llegó alguien por su espalda y el anfitrión le dijo a Antonio: "Mira vale, para que conozcas al diputado Pérez". Carlos Andrés, con su efusividad característica, abrió los brazos mientras decía: "Mi querido maestro, si yo fui su alumno en el liceo Andrés Bello…"
                El Músico lo miró de arriba abajo y volteándose hacia Santaella le dijo: "¡Este carajo y sus policías fueron quienes me destrozaron mi casa!Y les dio la espalda.
Imposible dejar de preguntarme: ¿Antonio hubiera dirigido la orquesta que celebraba la clausura de RCTV?  Dignidad y coraje es la diferencia.

© Alfredo Cedeño