jueves, septiembre 18, 2014

FLOR EN FUEGO

En mi Caracas las flores escupen fuego
y sus mujeres pelean con la soldadesca,
los muchachos enseñan a hacer dignidad
y las calles son un cielo de esperanzas.
Mi Caracas es un espejo de nuestro país
y su anhelo infinito de libertad castrada,
su gente no entiende de echarse a morir
y dejar que nos dejen con las alas rotas.


© Alfredo Cedeño

martes, septiembre 16, 2014

RED

Delicado encaje de hojas
para iluminar la mañana,
borde claro de inocencia
que cabalga la mirada,
réplica de nuestros niños
asomados a las calles,
ilusión que no nos deja
pese a los maltratos ferales,
esperanza siempre verde
que no deja de avivarnos,
ternura ahíta de coraje
para rescatarnos la vida…


© Alfredo Cedeño 

domingo, septiembre 14, 2014

MUJERES (Nersa Aguilera)

            “Yo pienso que nuestro Señor ya tiene previsto qué vas a hacer, qué vas a ser, y ya vienes inserto con todo aquel talento, lo que hay que hacer es explotarlo.” Ella se llama Nersa del Valle Aguilera Contreras, y vive en Seboruco, localidad tachirense a la cual dediqué este espacio la semana pasada.  El día antes de regresar a Caracas le conocí y confieso que fue una suerte de experiencia mística que hoy comparto con ustedes.
 
            Ella es una artista en la acepción más vasta de la palabra, pero cuya actividad plástica en su entorno me hizo sentir al recorrer su casa, en el 3-15 de la carrera 7 de la citada población, que estaba en la de un Armando Reverón con faldas.  Pero dejo que siga hablando ella: “Desde muy niña me gustaba jugar con el barro allá en la finca de mamaíta, luego lo poníamos al sol y con eso jugábamos. Yo hacía la gallina, y hacía el nido con los huevos; posteriormente esto se fue afianzando.”
 
Su padre, Alejandro Aguilera, era de Irapa, estado Sucre, y su madre, Matilde Contreras de Aguilera, seborucense, por ello en su típico tono cantarino de las montañas andinas se cuelan modismos muy orientales. Estudió en su pueblo la escuela primaria, luego en La Grita en el Liceo Militar, y finalmente obtuvo la licenciatura en Letras en el núcleo de la ULA en San Cristóbal. “Cuando estuve en la universidad llegaba de clases y me encerraba en el apartamento, y empezaba a dibujar, a pintar, a leer. Pintaba con óleo pero no tenía ninguna formación de escuela con ese elemento, fue enteramente innato. El Espíritu Santo es quien le otorga a uno todo este conocimiento, aparte de ello coso, bordo, cocino, y lo que me rodea: la naturaleza, las plantas, el paisaje, todas esas manifestaciones que enaltecen el espíritu.”
 
La oía mientras me enseñaba una vasija rota que conserva en un nicho de su casa porque "ahí llegan las abejitas menuditas y hacen sus panales", y recordaba los versos de Fernando Rielo:
Tú has visto mi ciudad, paraíso perdido, que nunca volviera
a la tierra ingrata con sus mariposas
que cantan nanas a las hojas
Nersa le hace nanas a las hojas en todo cuanto le rodea, enfrascada en eso que algunos llaman “intervenciones”. No hay pieza que le rodee que no goce de sus juegos cromáticos. Desde un rígido archivador metálico (con el que soñé para guardar mis cerros de papeles garabateados) hasta un humilde aripo, o budare de barro, se llenan de las ramas que no parecieran cesar de salir de sus manos menudas y de cortas uñas. 


Al comienzo pintaba con lápiz, creyón, tiza. “Yo dibujaba rostros, figuras,  abstracto no, no me gustaba ­–¡nunca!–, bodegones, mariposas, iba a una iglesia y observaba muchos los rostros, los niños. Estuve trabajando algo de pintura ingenua, que luego la abandoné y me sometí a la restauración de los muebles de madera y a pintarlos, que también fue un proceso autodidacta porque nadie me dijo usted debe hacer esto así, así y asao. A lo largo del tiempo y la experiencia y me encontraba sola yo decía bueno al estar sola tengo que yo misma ir saliendo a flote como tengo que reestructurar cada pieza, qué debo hacer.”
 
No le tiembla la voz suave, pero muy decidida, para reconocerse: “Nosotras las mujeres  tachirenses somos muy conservadoras en todo el sentido de la palabra, queremos conservar el novio de la infancia, el matrimonio, los hijos que nunca se nos vayan del lado y cada pieza para mí es muy importante. Conservar todo tipo de manifestaciones, todo tipo de objeto, procedentes del bambú, de la madera, del hierro, conservar un árbol, conservar en todo el sentido de la palabra.”
 
Este delirio que ahora la rodea en su casa de Seboruco comenzó hace cerca de quince años. “Empecé con ese baúl porque fue la primera pieza que me llegó a la mano, pero cualquier pieza que caiga a mis manos pues obviamente es restaurada, esta mesa es restaurada, esas sillas son restauradas, esas las conseguí en una tienda en San Cristóbal. Es decir lo importante es conservar quizás para darle a las generaciones venideras qué se hizo en ese momento histórico, qué elementos se emplearon y a lo mejor al cabo del tiempo se sustituirán por otro elemento, por otra madera, por otro elemento pero que en ese momento ya no están.”
 
            Como toda persona genial carga con su buena dosis de incomprensión, que a la postre termina convertida en admiración. Luego de hablar con ella y comentarlo con uno de sus paisanos, éste me comentó: “La verdad que uno muchas veces no sabe ni lo que tiene, uno veía a Nersa cargando en su carro unos pereques viejos, y yo me dije: ¿Será que se metió a chatarrera? ¡No puede ser que la hija del Negro Aguilera haya caído en eso! Cuando a los días pasé por su casa y miré lo que ella había hecho con esos trastos… ¡No lo podía creer! Esa mujer es una maravilla...”
 
Ella está más allá de todo eso y sigue en su trabajo incesante: “Hay personas que se inclinan mucho hacia el minimalismo, personalmente no me gusta, en ningún sentido de la palabra, lo encuentro muy frío, muy distante. Uno llega a una casa, un hogar y no encuentra aquel calor. El minimalismo es algo muy hermético, muy frío y ahí queda, es sólo una pieza que la tienes allí, muy calculador y no más. Y con el paisajismo es lo mismo: un poquito de zona verde, un arbolito, mientras que la naturaleza nos ha proporcionado tanto… Aquí al frente tengo el cerro de San Diego y veo tantísima naturaleza que cualquier minimalista llegaría y lo talaría y lo quemaría. En base a esa naturaleza que me rodea por los cuatro puntos cardinales, y que he sido una mujer muy observadora, soy lo que hago. A mí nadie me dio una clase de pintura, de dibujo, nada, solamente que he sido muy observadora, muy conductista y los conductistas esa es una de las características que poseemos: observar mucho para luego plasmar.”
 
La oigo embelesado por su voz cantarina y sus gestos rápidos. “Tenía una pareja y creo que más bien con él me sentía muy absorbida, lo sigo manteniendo como amigo, pero hasta ahí. Ahora en este momento, con mi plenitud, con mi florida madurez, no me siento sola.”  Sus palabras se dejan rodar como las quebradas andinas y van entregando su vida, así llega al dolor y con los ojos a flor de llanto confía: “Lo más duro que me ha tocado vivir es la pérdida de mi hija, fue devastadora, pero me enseño muchísimo. Me enseñó a ser más espiritual, a fortalecer el altruismo, a tener compasión con la persona que no tiene; me ha hecho ser más humana y eso es un logro muy importante porque son los mandamientos…”
 
Al escucharla no pude dejar de recordar los versos de santa Teresa:
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
 
Nersa está convencida de que su trabajo “es una manifestación mística, porque yo no he tenido jamás una persona, un guía que me llegue a decir, que me diga, o que yo pregunte cómo se hace esto, cómo se hace lo otro, no, sencillamente tengo testimonios espirituales. Un día fui para la iglesia de Santa Ana, y cuando entré le dije a mi compañero, a Eduardo, “yo soñé con estos tonos y esto que está aquí”. ¡Eran unos tonos! ¡Yo lo había soñado, un sueño que definitivamente era un sueño de lo alto, eso vino de Jesucristo! Eran unos tonos que no hay explicación alguna. Le hice una vez un nicho a una señora de Caracas y emplee esos tonos, no quiero pasar por petulante, pero era algo sobrenatural, algo muy hermoso. Esta casa y la naturaleza son las indicadas para yo hacer este tipo de trabajo, donde me aparto, me encierro y puedo hacer esto.”
 
            Si algún día anda por Seboruco al pasar por la plaza Bolívar párese, pregunte por ella, cualquiera le dirá donde es, y sumérjase en esa casa delirante que esta  mujer preciosa ha ido convirtiendo en una morada de la que no se puede salir sin hacer un esfuerzo inmenso.  Cada día mis dudas son menos: Venezuela es una Tierra de Gracia donde Dios dejó escondidos un montón de ángeles hacendosos en cientos de lugares privilegiados; Nersa es uno de esos seres, Seboruco es uno de tales sitios.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, septiembre 13, 2014

SETAS

El talle quebrado no impide su gracia
hojas secas que se pudren y dan vida
delicados bastones casi transparentes,
el suelo es un cosmos de amor y daño
la tierra entrega besos o da mordiscos
así como hace por estos días Venezuela…

© Alfredo Cedeño 

jueves, septiembre 11, 2014

ACUARELA

Sufrimos un rojo que parece arroparlo todo
pero hay amarillo que enceguece a tontos
verde esperanza que nunca nos abandona
giros de ágil evolución que saltan y bailan
mar ululante de silencios que mucho dicen,
así van las calles de esta comarca nuestra…

© Alfredo Cedeño 

martes, septiembre 09, 2014

MONARCA

Un rosario de limpios lunares
llenó las alas de mis calles:
muchachas risueñas sin miedo
muchachos entregando la vida
mujeres con ovarios de acero
hombres de plante sin doblez
vuelo de un país cimarrón…

© Alfredo Cedeño 

domingo, septiembre 07, 2014

SAN PEDRO DE SEBORUCO

            Regreso de tierras tachirenses las cuales recorrí gracias al patrocinio generoso de Hilda Pérez Rondón, quien además fue una cicerone excepcional.  Es justicia también confesarles que a estas tierras las veo con particular cariño gracias a la tutela del querido gocho, y lustrado, Humberto Márquez, quien me llevó a su Táriba natal varias décadas atrás y me hizo ver con ojos filiales estos espacios donde el horizonte es un quebradero de barrancos. 
 
            Doy comienzo a esta serie de trabajos con Seboruco, población con la cual tenía una deuda moral, ya que en oportunidades anteriores la había cruzado sin detenerme por ir rumbo a La Grita. Tonto que fui, porque ahora sé de lo mucho que me había perdido al no pararme a caminar por sus calles, oír su gente y llenarme de ellos, en particular de comer los panes y quesadillas de la panadería La Torre de Seboruco, en la calle 3, donde Diógenes Torres y Efigenia del Carmen de Torres hacen milagros para conseguir la materia prima en estos tiempos de tantos controles y seguir alegrándole el paladar a la gente.
 
Seboruco, cuyo nombre oficial es el que uso para titular esta nota, es llamado por sus hijos Seboruquito lindo y querido. Frase que nació, como me contó Pedro Rafael Contreras Galvis, excelente conversador y mejor anfitrión, a mediados de los años cuarenta del pasado siglo cuando su tío Felipe Galvis, “que ya se había bebido su michito bajaba al pueblo, se abrazaba a un poste y decía a voz en cuello: “Como yo soy mío Seboruquito lindo y querido...” Así que son ganas de hablar de quienes andan por ahí endosándole esa frase al primero que se les ocurra, porque la verdad de su origen es esta que le estoy diciendo.”
 
            El mencionado Felipe fue autor también de una copla que todavía recuerdan en su lar nativo:
Si en la tierra estamos: ¡bebamos!,
y si el cielo vemos: ¡bebemos!
En Seboruco confirmé una vez más el muy agudo sentido del humor del cual hacen gala los tachirenses. En una comida que se realizó en la secular casa de los Contreras Galvis, luego de la misa en honor a Santa Rosa de Lima, patrona del pueblo, recordaban como una mañana de 6 de enero dejaron toda la noche encaramado en un zarando (nombre que dan a una especie de tirolina usada para cruzar ríos o precipicios) a “un toche que quería pasar de una banda a otra del río y le trancaron la cuerda de un lado y otro, y ahí amaneció.” 
 
Nabor Aguilar, cronista de esta población, afirma: “De Seboruco no hay actas, porque Seboruco fue un acto. No hay escrito legal,  nada, nada. Se ha ocurrido a la Universidad de Los Andes, a los archivos en Bogotá, inclusive a España han ido representantes del pueblo en comisión y no hemos logrado conseguir el nombre de Seboruco.”
 
Al rastrear a Seboruco bibliográficamente encontramos que el 5 de noviembre de 1577 el Rey Felipe II otorga en encomienda a Baltasar de Artigas los territorios que rodeaban La Grita, y en dicha Cédula de otorgamiento se lee: “como quiera que se llamaren, que alinda con los CIBURUCOS y si allí no las hubiere paso a contar las dichas diez casas hacia  los CIBURUCOS,…”; de ello también hace referencia Lucas Guillermo Castillo Lara en su obra La Grita. 
 
Se sabe que en 1825 el señor Rafael Rojas hizo un censo en el que da una población de 312 personas a Seboruco. En 1845 se dice allí misa por primera vez. El 9 de noviembre de 1852 pasa a ser Parroquia Civil o Municipio según revela Luis Gilberto Santander Ramírez en Historia Eclesiástica del Táchira, donde asevera: “La población de Seboruco desde tiempo inmemorial, cuando en dicha meseta se encontraban asentados los indios Seborucos eran atendidos por los Padres Franciscanos del Convento de La Grita.”
 
            Otro autor consultado fue Marco-Aurelio Vila, quien en su Geografía del Táchira, publicada en Caracas, 1957, incluye un mapa etnográfico prehispánico del Táchira en el cual muestra como habitantes originarios de esta zona a los indios Kenikeas. En dicha obra Vila reproduce dos mapas, uno originalmente publicado en Madrid, 1787, por Juan López donde no aparece esta población; y el segundo un fragmento del mapa Carta del Departamento del Zulia que publicó en París J.M.Restrepo, año 1827, donde tampoco aparece. 
 
            Ahora bien, no olvidemos que en el siglo XVI estos territorios formaban parte de la Provincia de Mérida, que a su vez terminaría formando parte integral de la Real Audiencia de Santafé de Bogotá, por ello di un vuelo rápido por algunas obras de la llamada hermana república. Es así como encontré en la edición del 1º de julio de 1885 del Papel Periódico Ilustrado de Bogotá (considerado por algunos como la más grande y hermosa aventura del periodismo colombiano y llevada a cabo por Alberto Urdaneta) un trabajo del etnólogo Liborio Zerda donde se lee: “En un sitio denominado “Seboruco,” seis leguas distante de la ciudad de Neiva , y sobre las orillas del Magdalena, hay una piedra enorme con una inscripción de 120 figuras grabadas á la altura de veinte varas sobre el nivel actual de las aguas ; en medio de ellas se encuentran cinco figuras humanas, de las que una es de mujer, y cuatro están cogidas por las manos;”. También lo menciona Vicente Restrepo en su obra Los Chibchas antes de la conquista española, publicado en la Imprenta de la Luz, Bogotá, 1895: “En el sitio de Seboruco, situado a seis leguas de Neiva y orillas del río Magdalena, hay una enorme piedra con figuras grabadas a una altura considerable, y que se desarrollan en una extensión de diez y seis metros.”  Si unimos a esta referencia geográfica en suelo colombiano, la existencia de petroglifos en los alrededores del Seboruco venezolano, no luce desacertada la tesis que vincula la procedencia de su nombre a un vocablo indígena.
 
            Igualmente debo señalar que unos años antes a esta última publicación, en 1889, se publicó en la capital colombiana Un viaje a Venezuela, de Isidoro Laverde Amaya, donde se lee: “La Grita es hoy Distrito Guzmán Blanco, capital ó cabecera en lo civil y judicial de las parroquias Seboruco (Entrena de), El Cobre (Vargas), Pregonero y de las aldeas Yegüines y San Simón. Es de advertirse que de estas parroquias la más rica es la de Seboruco, por la mayor feracidad de sus terrenos y porque tiene minas de cobre.” Otro autor que escribió de esta localidad fue el general Pedro Sicard Briceño, quien publicó en 1922 Geografía Militar de Colombia, donde asentó: “Seboruco. Está situado en una mesa pequeña, pero completamente plana; a uno de sus costados corre el río Grita, y dista tan sólo cinco leguas de La Fría, estación del ferrocarril del Táchira. Con 4628 habitantes, buena iglesia, dos plazas y varios establecimientos mercantiles.”
 
            Esta comunidad tachirense, capital del municipio homónimo y al que el último censo de 2011 dio una población global de 10.243 habitantes, ha sido cuna de gente excepcional, y algunos de presencia en hechos trascendentales para nuestra historia política y social de los últimos cien años.  Son numerosos los ejemplos y les voy a citar sólo cinco de ellos, y tengan por cierto que son una infinidad de casos similares los que ha habido -y hay- en esta laboriosa comunidad andina, que hasta mediados de los años 40 del siglo XX todavía tenía las calles empedradas.
 
            En las afueras de Seboruco, en la aldea Altos del Niño, nació Ángel Biaggini, quien en 1945 era ministro de Agricultura de Isaías Medina Angarita, el cual ante el desastre de la locura de Diógenes Escalante opta por proponerlo como candidato presidencial. Esa candidatura nació con plomo en el ala, pese a que ofrecía en su programa, entre otras cosas, el voto de la mujer y la elección de los cuerpos deliberantes para las elecciones prontas a realizarse, así como la del Presidente de la República por votación universal, directa y secreta una vez que entrara en vigencia la nueva Constitución. Lo que desató un infierno que acabó con su candidatura y precipitó la crisis que terminó por estallar fue que en su postulación el 30 de septiembre de 1945, un bisoño periodista de Últimas Noticias, Nelson Luis Martínez, se le acercó y le pidió una declaración autógrafa para los lectores de ese medio. El candidato escribió un amplio agradecimiento que fue publicado por dicho diario en la última página de la edición del 1 de octubre de 1945: “La confianza que me ha otorgado la máxima representación de mi Partido, en extremo obligante a mi profunda gratitud, me comunica tal fuerza y tal entuciasmo como para poder afirmar –enfáticamente– que no defraudaré al pueblo venezolano en su constante aspiración de ampliar y consolidar cada día las conquistas democráticas que ha alcanzado. Así me place exponerlo por intermedio del popular vocero Últimas Noticias.”  La diatriba armada en aquella Venezuela pueblerina fue de tal magnitud que ese entuciasmo, escrito con c, desembocó 17 días más tarde en el golpe de estado contra Medina Angarita.
 
            En la Seboruco de comienzos del siglo XX existió un personaje del cual todavía se habla con respeto y admiración entre su gente: la terciaria franciscana Petra Salgar de Moncada “Mana Petra” quien fue comadrona de amplia labor en el pueblo y las aldeas de sus alrededores.
 
            Ya cité en párrafos anteriores a Pedro Rafael Contreras Galvis, quien es hoy por hoy el patriarca de la familia que formaron don Victoriano Contreras y doña Gregoriana Galvis de Contreras a comienzos del siglo XX. Él abrazó la vida militar y formó parte de la última promoción de cadetes de la Escuela Militar que funcionaba en La Planicie, Caracas. En los años 60 siendo oficial del ejército venezolano, estaba destacado en El Tocuyo, estado Lara, y en diciembre de 1964 le ordenaron se trasladara al centro médico del pueblo donde habían abandonado el cadáver de un hombre. Contreras se trasladó al lugar y procedió a tomar las huellas dactilares del difunto y comprobó que eran los restos de Argimiro Enrique de La Santísima Trinidad Gabaldón Márquez, el jefe guerrillero Argimiro Gabaldón también conocido como Comandante Carache o Chimiro, quien había sido herido en las montañas larenses en un poco claro incidente con su compañero de armas Jesús “Chucho” Betancourt.
 
            Y ya que hablo de los Contreras Galvis es justo nombrar a otro de esos hermanos: el economista Pablo Andrés, quien en los años 80 del siglo pasado sostuvo en Maracaibo, donde desempeñó diversos cargos en la administración pública, una casa en la cual numerosos estudiantes universitarios de Seboruco fueron acogidos sin pagar por ello ni un centavo. Narra una de las beneficiarias de dicha residencia: “Pablo nunca pidió una puya, y él se ocupaba de pagar la luz, el agua y una señora que nos cocinaba; nosotros todos no tenemos cómo pagarle a él lo que hizo sin ningún interés, y muchas veces ni las gracias le dábamos sin que eso fuera freno para que siguiera tendiéndonos la mano.”  En la actualidad cuando alguno de los beneficiados de su labor lo recuerda, él se limita a encogerse de hombros y decir: “¿Cómo no iba a hacerlo, si uno sabía el esfuerzo que muchas veces estaban haciendo sus familias para darle una buena educación a esos paisanos? Si Dios nos dio los medios para ayudar a los demás sería bien triste no hacerlo.”

            Y ahora que escribo de ayuda a los otros, dejé de último el caso de una mujer a quien el ya desaparecido Ramón Elías Camacho en La Grita Bautizó como Santa Medardita de Seboruco. Les cuento el caso de esta, por ahora, Sierva de Dios nombrada como tal por el papa Juan Pablo II en su visita a México, en julio de 2002. Ella nació en la aldea Caricuena en las afueras de La Grita a las 8 de la noche del 13 de octubre de 1885. Al ser inscrita ante las autoridades civiles lo hicieron como María Geralda Guerrero García, nombre que le puso un tío a quien habían solicitado la presentara; y a él le pareció que Medarda no era el nombre adecuado y se lo cambió, sin embargo entre sus familiares siempre fue llamada Medardita, con el cual fue conocida por todos. Ella era la sexta de diez hermanos.
 
En 1897 su padre y una hermana mueren a causa de una epidemia de viruela que hubo en La Grita por lo que su madre decide abandonar la población para escapar del mal y llega a Seboruco, donde encuentran que la epidemia también hacía de las suyas. La familia Guerrero García se refugió en su casa donde hoy es la carrera 2 de Seboruco. Una vez superada la peste ellos se quedaron en el pueblo. A los 15 años ella se enfermó y quedó paralítica, revela el cura Oswaldo García, quien fuera su confesor, ante lo cual ella hace la promesa de dedicarse a cuidar a los enfermos y desposeídos de por vida si se curaba. Se recuperó, y esta mujer que no sabía leer ni escribir, no sólo cuidaba a los enfermos sino que era la comadrona de Seboruco y todas las aldeas de sus alrededores, dedicándose a cumplir con su labor de buena samaritana.  Su familia terminó migrando y ella se quedó en Seboruco trabajando como mujer de servicio en diversas casas, hasta que a los 29 años casó con José Piñero, un nativo de Cúa, estado Miranda, que había pagado servicio militar en el cuartel de El Cobre y fue por lo que empezó a ser conocida como Medardita Piñero.
 
Los recién casados se instalaron en una casa en la calle 5, número 54 de Seboruco y allí en la sala que medía cerca de 9 metros cuadrados la mujer siguió atendiendo a los enfermos. Antonio Sánchez en su obra Medarda Piñero (1885-1972) Caridad hecha mujer, asegura que ella albergaba de 5 a 10 enfermos en dicho espacio y que “se veía en la necesidad de albergar hasta de dos por cama”.  Medardita y José tuvieron 5 hijos, y él que había aprendido los rudimentos del oficio de carpintero, al comienzo era quien fabricaba unos cajones de madera que ella utilizaba para enterrar a quienes morían en su casa-hospital… Asegura Sánchez en su libro que la única ayuda que recibía era de diez bolívares mensuales que le daba la Junta Comunal de Seboruco. Sin embargo su confesor asegura que Juan Galeazzi, siendo gobernador de Táchira le asignó una ayuda de 120 bolívares mensuales.
Los vecinos de Seboruco recuerdan que veían como Medardita alimentaba, bañaba y cuidaba a los enfermos en su ranchito. Ella sufría bocio, lo cual simulaba con un pañuelo blanco que llevaba siempre alrededor de su cuello, de voz muy suave decía: “Por Dios, ayúdeme, una limosnita para mis hijitos”. Era menuda creen que medía 1,44 y la acompañaba Otilia una mujerona de 1,80 que llegó a su casa enferma y luego de curarse se quedó ayudándola. Otiliona, como también la llamaban, portaba un canasto enorme hecho de caña amarga que se acomodaba en la cabeza con un pretal e iba colocando allí las donaciones. Si alguien le decía que no podía ayudarla Medardita decía: “No importa mijito, cuando tenga me da”.
 
Cuentan en el pueblo que, ya viuda, infinidad de veces se ocupó de realizar los entierros y ambas mujeres subían la cuesta hasta el cementerio viejo de Seboruco en la parte alta de la ciudad en un cajón de tablas que compraba al señor Casimiro Pérez, los cuales adquiría con la colecta que hacía casa a casa por todo el pueblo. Otras veces buscaba a los borrachitos locales donde estuvieran y les decía: “vamos que tengo que enterrar un enfermito” Ella había recogido a los borrachitos del pueblo entre los que recuerdan a Luis “Morocotas”, a Vitico “Maravilla”, a Pedro Duque a quien todos conocían como Pedro “Miao” que había perdido una pierna siendo coronel mientras peleaba al lado del general Juan Pablo Peñaloza  contra Gómez, y ellos hacían de sepultureros para ayudarla.
 
            Escribo emocionado, conmovido de tanto amor al prójimo. Al principio oía escéptico a quienes me narraban todo esto que ahora les resumo, confieso que más de una vez dudé o achaqué a exageraciones de los habitantes de Seboruco las virtudes de esta mujer. Necesité de varios días oyendo sin variar las mismas narraciones, los testimonios de todos los grupos sociales del pueblo, del cronista y del biógrafo de ella, del propio obispo Mario del Valle Moronta, de la gente en la plaza, de libros y folletos que se han ocupado de la vida de esta mujer excepcional para que mi suspicacia se diluyera y poderles contar a ustedes de su vida. 
 
            Tal como he escrito en anteriores oportunidades: Venezuela es una caja infinita de sorpresas de la que no ceso de sentirme orgulloso. ¡Qué  privilegio poder decir que tenemos un pueblo como Seboruco lleno de gente hermosa y especial! Bendita la suerte mía de ser hijo de este país donde lo que sobra es corazón para entregarlo a quien nos necesita…

© Alfredo Cedeño