martes, octubre 21, 2014

CELOSÍA

Vivimos tiempos de vileza
donde cada quien otorga
lo que exige ser socorrido.

A pocos les interesa
dejar escuchar su voz
y se arropan de vil afonía.

Cada cual aguarda y acecha
en esta mala hora
escudado en tules dorados.

Ayúdame a abrir la persiana
y que la luz entre
para encandilar esta noche.


© Alfredo Cedeño 

domingo, octubre 19, 2014

ESPÍRITU SANTO DE LA GRITA

            Si la memoria no me falla, debo haber conocido esta población hace cuarenta años largos, muy cerca de los 50 más bien, y recuerdo las mismas calles empinadas. Ahora vuelvo y trato de localizar puntos de referencia que la memoria se empeña en querer encontrar, pero ese señor ambivalente que llaman progreso ha ido podando recintos históricos y abriendo paso a moles de todo orden y concierto en el seno de estas montañas que siguen impertérritas rodeando a La Grita.
 
Rodrigo del Río, el 14 de septiembre de 1558, desde el cerro Las Lagunas, fue el primer europeo que vio estos espacios. Del Río era soldado de una expedición que encabezaba Juan Rodríguez Suárez, la cual había sido enviada por el cabildo de Pamplona, supuestamente para pacificar los indígenas de Cúcuta, pero en el fondo lo que se buscaba era que dominara y sujetara la región andina al Nuevo Reino de Granada.
 
Rodríguez Suárez, boquiabierto ante la resistencia de los nativos que, como explica Pedro Pablo Paredes en su libro Pueblos del Táchira: “Humogría llamaron los naturales, mucho antes de la fundación de la ciudad, éste su valle. El nombre debe envolver, sin duda alguna, afecto, fervor sin límites”; y quienes no sólo se le enfrentaban sino que acompañaban sus acciones bélicas con roncos gritos y ulular de voces, bautizó esta localidad como Valle de La Grita.  Lucas Guillermo Castillo Lara en La Grita, una ciudad que grita su silencio, historia del Espíritu Santo de La Grita escribe: “Lo cierto es que en aquella fluvial terraza, que vista desde los costados parece la quilla de un barco navegando entre montañas, el capitán aragonés Don Francisco de Cáceres, fundó la ciudad del Espíritu Santo de La Grita. Era a fines de Abril o a principios de Mayo de 1576”.
 
El cura franciscano Esteban de Asencio en su Memorial de la fundación de la Provincia de Santafé del Nuevo Reino de Granada del orden de San Francisco, 1550 también se ocupó de reseñarla: “Pasado algún tiempo se fundó en medio de estas dos Provincias de el Nuevo Reino y Venenzuela, la Provincia del Espíritu Santo de la Grita, siendo Provincial de el Nuevo Reino Fray Pedro de Azuaga, en cuyo tiempo fue desde España Fray Antonio de Maqueda, de la Provincia de Toledo, con siete frailes, enviados por Fray Francisco de Guzmán, Comisario de las Indias, para fundar la dicha Provincia de la Grita, a instancia de el Gobernador de aquella tierra, que es distrito de la Provincia de el Nuevo Reino.”
 
Otro autor que abunda en los orígenes de esta ciudad es Tulio Chiossone, y en Historia del estado Táchira afirma: “Revistió tanta importancia la fundación de esta ciudad del Espíritu Santo que fue cabeza de gobernación y constituyó la Provincia de Mérida y también el Corregimiento del mismo nombre.”  La importancia que pronto tuvo esta comunidad se aprecia en la visita que le dispensara Fray Pedro Simón a mediados de agosto de 1612.
 
Igualmente se ocupó de ella en el siglo XVII  Juan Florez de Ocáriz quien en su obra Genealogías del Nuevo Reino de Granada dejó escrito: "La ciudad del Espíritu Santo de La Grita fundó el Gobernador Francisco de Cáceres el año de 1576 en el valle que los primeros españoles conquistadores le pusieron de La Grita por la que los indios les daban, que ordinariamente en sus guerras hacen las embestidas voceando; quedó por cabeza de gobierno, pero ya sus gobernadores continúan sus asistencias en Mérida; hay en su distrito minas de cobres con mucha abundancia y mina de azul para pintores; tiene un convento de religiosos de San Francisco."
 
Y ya que Florez menciona el citado azul, es momento para incluir a Antonio Julián quien en el siglo XVIII en su obra La perla de América, Provincia de Santa Marta: reconocida, observada y expuesta en discursos históricos dice: “Sirve el añil no solo para los tintes, sino tambien para las pinturas. El tinte y color es azul, y los pintores lo buscan singularmente para dar las sombras y fondo á la pintura dé este color. Y ya que hablo de pintores y de color azul, puesto que escribo para el bien público, no quiero omitir esta digresion á otro color azul, que abunda bastante en lo interior del Nuevo Reino, y puede aun conseguirse fácilrnente en Santa Marta por la via de Ocaña. Este es el azul de la Grita, así llamado, porque se coge junto á un pueblo llamado la Grita. Este color es de una mina, de la cual se sacan pedacitos de tierra azul; y realmente no es otra cosa que polvos de tierra azul, hechos ó compuestos á modo de bolitas ó píldoras gruesas. Es á la vista un azul hermosísimo, claro y celeste: lo aprecian y solicitan mucho los pintores; y mezclado, segun las reglas del arte, con el azul de Prusia, hace un azul templado, ni muy claro ni muy oscuro. Paréceme que suele venderse en Santa Fe á cuatro escudos la libra.”
 
            Es una infinidad de autores los que pueden ser citados por sus menciones a este asentamiento, ya que su presencia a lo largo de nuestra historia colonial y republicana es vastísima. En la parte alta de La Grita, en diagonal a la entrada del liceo militar monseñor Jauregui está la llamada Casa de Bolívar, llamada así porque desde su balcón el Libertador arengó a sus tropas el 17 de abril de 1813, apenas comenzaba Bolívar la llamada Campaña Admirable.  Casa que parece de juguete por sus dimensiones rayanas en lo minúsculo, y bajo cuyo histórico palco las ancianas se plantan a ver llegar la tarde.
No quiero dejar de reproducirles un trozo de Un viaje a Venezuela de Isidoro Laverde Amaya, publicado en Bogotá en 1889, donde se lee: “Desde que uno llega al Táchira oye nombrar la ciudad de La Grita con cierta simpatía y curiosidad, y es población que recomiendan particularmente por la belleza de sus mujeres y la suavidad del clima. Está á 1,500 metros sobre el nivel del mar (Geografía de A. Rojas) y á 1,680 según Codazzi ; pero W. Sievers, que tomó esta altura con mucha exactitud, afirma que son 1,300 metros. Aún cuando pequeña y de construcción española muy antigua, deja ciertamente colegir que en tiempos pasados fue lugar más importante de lo que es al presente. Sobre una angosta colina que va en descenso rápido, de Noroeste á Sureste, y rodeada de escarpadas serranías, extiéndense las dos largas y únicas calles que forman la población,…”
 
            Este es el pueblo de El Santo Cristo de La Grita, cuya devoción plurisecular es de alcance nacional. Emilio Constatino Guerrero en su obra El Táchira físico, político e Ilustrado narra sus orígenes: “En 1610, a causa del terremoto que destruyó la ciudad de La Grita, los frailes franciscanos hubieron de trasladarse a un campo llamado Tadea. Iba entre ellos, un escultor que se distinguía más por su piedad que por sus vuelos artísticos. Se llamaba Fray Francisco. Aterrorizado con el terremoto que en pocos instantes redujo a polvo la población naciente, ofreció al cielo, dice la tradición, hacer una imagen del crucificado, para rendirle culto especial y consagrarle la nueva ciudad. Desde luego puso manos a la obra, trazó en un gran tronco de cedro la divina imagen, tomó el hacha y la azuela y empezó a trabajar. Pronto se exhibió una figura humana, pero que no tenía los lineamientos característicos del Cristo moribundo. Pasaban días y días y Fray Francisco no podía interpretar aquella expresión sublime. Una tarde después de suspender los trabajos se puso en oración: un éxtasis profundo lo embargó y cuando volvió en si, ya a altas horas de la noche, oyó que en la pieza de su trabajo golpeaban los formones y el raedor pasaba por las fibras de la madera. Se acercó y algo como una figura humana envuelta en una ráfaga de luz, salió a través de la puerta, encandilándole los ojos. Le contó a sus hermanos y a los primeros albores del día, después de la oración matinal, se dirigieron todos al lugar donde estaba la imagen y la encontraron terminada. Fray Francisco lloró entonces de placer. En aquella faz divina estaban los rasgos que el había concebido y que le fue posible expresar. Esa imagen es el Santo Cristo de La Grita, cuyos portentosos milagros llenarían volúmenes si se fuesen a narrar y cuya hechura se atribuye en parte a un Ángel.”
 
            En este par de calles ha habido gente preciosa como es el caso de Ramón Elías Camacho, a quien en esta oportunidad fui a buscar para encontrarme con la desagradable noticia de su muerte prematura. Algún día se le reconocerá. Les cuento brevemente lo que él me contó en 1990: “Estos fueron los primeros juguetes de mi vida, porque allá, donde yo vivía, no llegaban los juguetes decembrinos”. Así explicaba este hombre excepcional el nacimiento del museo que mantenía en su casa en la parte alta de Aguadías en La Grita. Ahí tenía la primera y única máquina fabricante y embotelladora de refrescos que hubo en La Grita. También más de 50 daguerrotipos, 20 aerolitos, hachas paleolíticas, morteros precolombinos, victrola, tallas, pianos, santos, máuseres, la primera imprenta del pueblo, un piano traído de Europa en 1895 que perteneció a Emilio Constantino Guerrero, planchas antiguas, televisores, todo lo que a uno se le pueda ocurrir lo tiene este museo obra de ese solo hombre. En 1973 que hizo el único inventario completo y pormenorizado tenía 5,177 objetos. También una biblioteca con más de 15.000 volúmenes.
 
            Ramón Elías no tenía 50 años todavía y dejó su Museo Recuerdos de la Humanidad que recién es cuando ha recibido un débil respaldo institucional, y de su casa en Aguadías ahora está en la carrera 2, entre calles 7 y 4 del sector El Calvario. Su hijo, heredero de los nombres Ramón Elías y de esta joya cultural, ha seguido la obra paterna y se dedica con el mismo amor infinito que su viejo dedicaba a ella. 
 
            Hoy, La Grita sigue rodeada de campos cultivados y llena de gente espléndida. Cuando se transita por sus calles, la gente sonríe; sus iglesias se mantienen llenas de una feligresía que no se cansa de manifestar su fe, las plazas son escenario variopinto para que cada cual se muestre y vea. Todos los sentidos se hacen una fiesta en este pueblo tachirense salido de algún libro de hadas.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 

sábado, octubre 18, 2014

REVOLOTEO

Como ala de mariposa
se agita la buganvilla
al compás de la mañana,
abajo la ciudad espera
y se sacude impaciente
en otro día de desesperos,
sabe que pese a titubeos
las voluntades se harán
un mar de fuerza infinita.


© Alfredo Cedeño 

jueves, octubre 16, 2014

ÁSPERO

Venezuela es una penca de tuna sin espinas,
hasta los dientes ha perdido en este trance…
pero no cesa de buscar el cielo, sabe que será suyo.


© Alfredo Cedeño 

martes, octubre 14, 2014

MANCILLADURA


                                   Para Carlos Villamizar

Los canallas afrentan la pureza a mansalva
se ceban pétreos sobre aquel que no alcanzan
y sus bastas manazas mancillan con fruición,
no entienden –sus mentes de ornato no les deja–
tu entrega generosa por amor a los demás
y el miedo que se aparta para alzarte hermoso.

© Alfredo Cedeño 

domingo, octubre 12, 2014

PEDRO GONZÁLEZ

            Al norte de Margarita, luego de pasar Playa El Agua, y comenzar a bordear hacia el suroeste está Pedro González, población a la que generalmente se identifica con sus playas Zaragoza, Puerto Cruz y Puerto Viejo; las cuales han sido convertidas en bastiones turísticos, a la par que han echado de lado a los vecinos de esta zona. Es cierto que estas playas son preciosas, pero el propio pueblo está en el seno del valle de igual nombre a menos de un kilómetro de las mencionadas costas.
 
            Aseguran que los primeros pobladores de la zona llamaron a estos parajes Arimacoa, y que los españoles llegaron a establecerse acá en el siglo XVI. Afirma Rosauro Rosa Acosta, a quien ya he citado en trabajos anteriores,  en su Diccionario geográfico-histórico del estado Nueva Esparta: “En él se estableció el español Pedro González, uno de los primeros pobladores de Margarita, vecino en 1553 de la Villa del Espíritu Santo, y fomentó labranzas y crianzas.” También dejó asentado Rosa Acosta que “El Gobernador Maza Lizama [en realidad se refería a Miguel Maza de Lizana] fundó en este sitio una Doctrina de Indios, la cual fue restablecida por el gobernador Alonso del Río y Castro.”
 
            Por cierto que de este último, quien ejerció labores gobernantes en el siglo XVIII, hay cuentos un tanto escabrosos que protagonizó en Maracaibo junto con doña Bárbara Villasmil de Carrasquero. Ese es cuento de otro tenor y otras latitudes de los cuales hablaré en otra oportunidad. Sigamos.
 
            Esta comunidad, que al inicio fue asiento de navegantes ibéricos, y no dudo que el tal Pedro González haya existido, es posible que también haya recibido el nombre en homenaje a San Telmo, quien en realidad se llamó San Pedro González Telmo, quien era el patrono del cuerpo de Mareantes de Sevilla. Por el conquistador o por el santo, lo cierto es que así se llama y existe desde hace siglos.  En Zaragoza se hicieron casas señoriales hoy devenidas en posadas, bares y ventorrillos de alto coturno. Son lejanos los tiempos en los que Mónico Mata y otros pioneros de similar tenor salían a navegar en labores de pesca, cabotaje o navegación que les permitía llegar hasta los caños del Delta del Orinoco donde acudían a vender la pesca o a comprar maíz, cazabe y diversos bastimentos que luego vendían en distintos puntos de la isla.  
 
            Escribir de esta población y no mencionar al ya desaparecido Florencio Rojas, a quien todos conocimos como El Chivato de la Playa, sería un olvido imperdonable. Fue dueño de una voz prodigiosa que fue oída en cuanto acto de música popular se hizo en los años 70, 80 y 90, y letras que sacudían al oyente, nunca quiso atender los ruegos de Alí Primera para grabar sus piezas. Apenas grabó un disco dos años antes de morir…
 
            Pedro González es una iglesia moderna y cerrada, una plaza marchita y niños que miran a través de las rejas de una cancha. A sus habitantes se les conoce generalmente como valleros, por ser del Valle de Pedro González… Con fama de extraordinarios navegantes, cuyas labores de cabotaje todavía son elogiadas por su arrojo y valentía.   Los valleros han sido, como todos los margariteños, gente fajada e incansable que suele hacer caso omiso a las calamidades.
 
            Estos parajes han sido fuente para numerosos creadores, pero uno de mis favoritos fue el médico y escritor francés Pierre Marie Bougrat, quien se radicó en Juan Griego donde adquirió fama por sus acertados diagnósticos y tratamientos. Bougrat, que había sido condenado, por supuestos crímenes en Francia a prisión perpetua en la llamada Isla del Diablo de la Guayana Francesa, escapó de la cárcel y llegó en una balsa a Macuro. Tiempo después se instaló en la isla y tuvo particular debilidad por Pedro González donde acudía con frecuencia desde Juan Griego a pasear o atender pacientes.  Aseguraban en la Margarita de los años 30 y 40, que era de mal presagio el que el doctor Bougrat moviera negativamente la cabeza al examinar a un enfermo. Ante lo cual el comentario que solían hacer los testigos era: “Hay que buscar a Machalengo para que le haga la fosa a ese pobre cristiano. Ya Bougrat lo desahució”. Machalengo fue por muchos años, el más célebre de los sepultureros del Valle de Pedro González. 
 
            Pero donde Bougrat puso de relevancia su particular afecto por esta comunidad fue en su libro Sotavento, publicado en Porlamar, en 1946, donde las playas de Pedro González ocupan un lugar destacado. En el cuento, “Viejos Rumbos”, su personaje, Sotavento, un marino de este pueblo, es el centro de aventuras como capitán de barco y contrabandista de la Margarita de esos años:
 
            Sotavento sale desde la playa del Valle –como se conoce por lo general a la de Pedro González en Margarita– en un tres puño muy navegador despachado en lastre, con rumbo hacia Río Caribe. Cincuenta bultos de seda, cargan a las diez de la noche cerca de la casa de Prajedes Acosta en la playa de Guayacán. Con la carga, embarcan al socio del capitán, un contrabandista de sesenta años. Cuando ya navegan, fuera de la isla, rumbo a Puerto Santo, el contrabandista se muere a bordo, de un ataque cerebral. ¿Qué hacer? Ese cadáver no aguantará un día de sol a bordo; tampoco se lo puede llevar a tierra firme, ya que no figura ni como pasajero en el despacho ni como tripulante en el rol. Tampoco hay tiempo de regresar a la Playa de Pedro González. Rápidamente, Sotavento arriba a El Tirano que está a la vista; se echa al agua, frente a la playa de El Cardón, despierta a un amigo que tiene un camión; al muerto lo sientan al lado del chofer, amarrado por la cintura y al amanecer, lo meten en su casa por el corral, lo desvisten y lo envuelven en cobijas calientes a fin de que el médico que han mandado a llamar lo encuentre con calor y certifique que acaba de morir. Y cuando a las cuatro de la tarde, lo llevan al cementerio, Sotavento le dice bajito, a uno de los hijos del difunto:
–Primo Chico…. ¡Qué bonita suerte para un contrabandista Embarcó de contrabando, murió de contrabando, lo desembarcamos de contrabando! Toda la isla, él la atravesó de contrabando y ahora lo enterramos con un certificado de defunción, ¡conseguido de contrabando!”
 
            Bougrat, El Chivato de la Playa, Zaragoza, Pedro González, Margarita,… destellos de un todo que encandila a propios y extraños. Mar de azul sereno y cielo hondo, donde los faros naufragan.

© Alfredo Cedeño