martes, agosto 04, 2015

PROFECÍA 13



Sangre arrinconada
almas invictas
rama de luz al centro
fondo que se pierde,
así vamos
con pasos lentos
respirar profundo
y anhelo permanente.
¡Pero triunfaremos!

© Alfredo Cedeño


sábado, agosto 01, 2015

GENERAL ANTONIO RIVERO 01

                El mundo militar siempre ha sido un enigma para los foráneos, el aura de casta con la cual ellos mismos suelen arroparse es densa e impenetrable; sin embargo, han formado parte del escenario histórico venezolano desde nuestros mismos orígenes republicanos.  Quién sabe si en su propia génesis está el origen de sus conflictos de inserción en la denominada sociedad civil: el llamado Ejercito Libertador fue creado por un grupo de civiles que con escasa, cuando no nula, formación castrense emprendieron la gesta de enfrentar al Imperio Español para obtener la independencia. Y lo lograron.
                 Debe acotarse que en el ínterin alcanzaron los más altos grados aquellos que hicieron gala de sus condiciones de caudillos, y quienes calzaban la formación y experiencia fueron dejados de lado, verbi gratia: Francisco de Miranda. Esa tradición permeó en la conducción de la nación imberbe, y se prolongó por décadas, Gómez fue una sangrienta demostración de lo que ahora escribo.   Delgado Chalbaud y Pérez Jiménez, formaron parte del barniz civilizatorio que paulatinamente había ido adquiriendo nuestro sector castrense, no obstante la trágica muerte del estadista y el atornillamiento en la jefatura gubernamental del guerrero, fue una nueva manifestación de la imposición de las armas.

                Ese oscuro periodo fue el partero de una etapa cojitranca democrática, donde sus propios protagonistas ­–léase partidos políticos  y las llamadas “fuerzas vivas” del país– hicieron sus mejores esfuerzos por acabar con la democracia, en un sórdido juego que llevó a que nuevamente un hombre de armas agarrará las riendas de Venezuela. No es necesario abundar en el desastre que por más de tres lustros llevamos padeciendo. Para bien y para mal la presencia militar en nuestro país es una pata inmoble de la mesa que no podemos ignorar, a la cual tenemos que mirar con atención, y no la podemos soslayar en estos tiempos que ahora vivimos. Por el futuro común todos apostamos a una necesaria transición, a un urgente reacomodo de las distintas partes de este rompecabezas que somos. Por todo esto, hablé largamente con el general Antonio Rivero González y las notas de esa conversación las compartiré este y el próximo domingo con ustedes.
                Él, quien propone que a partir de septiembre de este mismo año se instale una Junta Cívica con representación militar, que garantice un ejercicio transitorio a una etapa democrática, nació en Los Teques, el 5 de junio del 61, y cuando tenía 4 años su familia mudó al sector El Estanque de Coche, Caracas, “humildemente ahí, fui el segundo de diez hermanos y el mayor de los varones,  por parte de mamá y papá. Yo me crié entre las patas de los caballos porque mi padre era caballericero en el hipódromo la Rinconada; mi madre era la hija de una familia que tuvo restaurantes en el antiguo hipódromo de El Paraíso, mi padrino es un jinete profesional que todavía vive, una leyenda, Carlos Pérez Orellana un chileno que condujo caballos muy famosos como Tamao, y que ganó un montón de premios. Desde muy temprano, a los seis-siete años, emprendía la calle solo, a comprar el diario de la casa: el pan caliente, a la tintorería con la ropa de mi padre. Él era un tipo muy culto, un obrero pero con mucha cultura, leía El Nacional de punta a punta, hacía hemerotecas con columnas como la de Sanín, o La Ciencia Amena, de Arístides Bastidas, leía mucho y me ponía a mí a leer; le debo a mi padre esa educación, de la cual me siento muy orgulloso, al margen de lo coloquial, totalmente fuera de lo soez,  muy caballero a pesar de ser muy humilde. Él era de San Felipe, estado Yaracuy, de La Independencia. Mi madre era de ascendencia española, sus abuelos maternos llegaron a principios del siglo pasado y se quedaron en La Guaira, a raíz de la peste bubónica. Mi bisabuelo tuvo título nobiliario, era conde y fue desheredado por haberse casado con mi bisabuela, le quitaron hasta el apellido”.
                 Narra que su padre sufría de problemas gástricos por lo que debía observar una dieta muy estricta, su mamá le preparaba en casa el almuerzo y él era el encargado de llevárselo a diario hasta las caballerizas. “Me iba a pie, a veces agarraba autobús, aquellos famosos autobuses Emtsa, los verdes que entraban al hipódromo, que se pagaba medio o agarraba una cola, ya los choferes me conocían. Yo tenía que correr, después que regresaba del almuerzo tenía que irme al colegio. Estudié siempre en Coche y casualmente terminé de graduarme ahí con la Academia Militar, aunque primero me voy a Margarita a estudiar Oceanología y Acuicultura en La Salle, en Punta de Piedras, pero en el año 80, iba para dos años ya, una huelga me llevó a Caracas.  Yo siempre fui muy dado a la parte religiosa, espontáneamente, y en ese regreso a la casa, mientras esperaba el reinicio de clases en Margarita me sitúo con la renovación carismática católica, que dirigía el padre Benito Torres Araujo, en Los Teques, que a su vez era capellán civil en la escuela de comunicación electrónica de las Fuerzas Armadas. Ese padre se convirtió en un guía espiritual muy asiduo a mi persona y estuve acompañándolo en diferentes escenarios de sus prédicas religiosas, y particularmente en el Fuerte Tiuna, iba  a los batallones, a la Escuela de Comunicaciones. En ese ínterin, en esa efusión con que estaba viviendo la fe y la practica me prendió la idea del ingreso al mundo religioso, al seminario. Cuando estaba por ir a Colombia a un retiro, acompaño al padre a la Academia Militar, a una reunión de capellanes militares, y él me dijo: Oye, ¿por qué tú no entras aquí chico?, para que no pierdas el tiempo, ¿no te gusta la carrera militar?  Presenté mi examen ahí en Fuerte Tiuna, nunca soñé con ser del Ejército, nunca había pensado en eso, presenté y esperé mucho tiempo, cuando creí que ya no iba a entrar y me iba al seminario, un hermano mío, leyendo El Nacional, ve la lista de los admitidos y es quien me dice que había quedado. Así fue como entré a la Academia Militar: guiado por la parte espiritual. Hoy creo que fue la voluntad de Dios el ingreso”.
                 Rivero es un hombre de hablar pausado, de suavidad que engaña, es categórico al decir que no está muy de acuerdo con aquello de “piensa mal y acertarás, yo soy un hombre siempre de entender razones y de buscarlas, no acierto sino encuentro razones. Yo no soñé con ser militar del Ejército, pero tenía yo una capacidad de sujeción, de adaptación, muy importante por la crianza; mi padre fue muy estricto, muy severo, drástico, era un hombre extremadamente disciplinado: orden, hora, normas, su vestimenta, era un obrero pero un tipo que se daba un caché, era un obrero que se metía en las patas de los caballos pero era un hombre que se sabía vestir, y me enseñó eso. Con esas normas no fue difícil adaptarme y yo era muy presto a la actitud de reaccionar fuerte, a lo enérgico, por la forma como viví mi vida de pequeño, tres veces al día yo subía y bajaba un cerro. Me adapté a lo militar, entendí el mundo militar como una institución de servicio, de defensa de la soberanía. Ingreso en el año 80, egreso en el 84 en la promoción Juan Gómez Mireles, la que se fue de baja el año pasado, pero que todavía está ahorita el actual ministro de la defensa.  Conmigo egresaron Miguel Rodríguez Torres, compañero que me llevó preso, que me hizo una llamada y me tendió una trampa; Vladimir Padrino López, actual ministro de Defensa; López Ramírez, que fue comandante general del Ejército; Izquierdo Torres, que también fue Comandante general del Ejército; igual Carmen Meléndez, de la Armada; en la Guardia Nacional Noguera Pietri, Oviedo, Avendaño. Mi promoción tuvo la particularidad de tener la mayor cantidad de generales que ocuparon Alto Mando Militar por mucho más tiempo”.
 Contrario a lo que muchos afirman, es categórico al decir que antes del 4 de febrero nunca estuvo vinculado a ningún movimiento insurreccional. “Chávez fue instructor mío en la Academia Militar, a mí me sorprendió el 4 de febrero. Yo estaba en Maracay, estudiaba ingeniería electrónica, estaba en mi último año. Cuando me levanto en la mañana, en la Base Aérea, que era donde vivía, me encuentro con que hubo un alzamiento y la base está tomada, que hay un golpe de Estado. ¿Golpe de Estado? Me quedé como pajarito en grama. Cuando llego me encuentro a los capitanes que estaban conmigo en el IUPFAN, armados en la base, y me dicen: Vete pa´l Cuartel Páez, cuando oigo el cuartel Páez, pienso en Chávez, ¿se alzó Chávez? Claro, con el antecedente que tenía Chávez de lo que había ocurrido en el año 88, 89, con el movimiento de tanques en Caracas, pensé: ese fue él. Pasó todo lo que pasó y estando ellos presos solidariamente me les acerqué, traté de verlos, de visitarlos, sabiendo a lo que me arriesgaba pese a que no tenía nada que ver con ellos, les llevé el sacerdote, les llevaba misa, estaba el monseñor este que se suicidó siendo presidente del Banco del Pueblo Soberano, Barillas Araujo, y el padre Torres por supuesto. Torres era capellán del DIM y hacía las misas todos los viernes allá en Boleíta, y el viernes después del 4F el general De la Cruz Pineda, le dice, eso me lo cuenta el padre a mí: Mire padre vaya y háblele a ese hombre que está allá en un estado de postración que no quiere ni comer, ni… –¡Chávez!–, dígale algo para que salga de ese estado. Este sacerdote fue, le llevó una Biblia, y le dice: Levántese de ahí, usted se ha convertido en un héroe en la calle, a pesar de su mala acción, levántese, tome, lea la Biblia. En tono muy duro, fuerte, y comenzó ahí una relación espiritual de esa persona con Chávez; y ese padre le habla de mí a él, y es a través suyo que el comandante me empieza a hacer llegar una serie de cosas que yo transmitía a la prensa, uno de ellos era Jesús Eduardo Brando, que estaba en El Nacional, me reunía con él y le entregaba informaciones que me mandaba Chávez. Yo era el correaje”.
 Cuando los rebeldes fueron trasladados al Cuartel San Carlos, Rivero reconoce que empieza a trabajar para su libertad, “pero por una cuestión solidaria, no había nada ideológico”, situación que se modifica cuando los alzados fueron trasladados a la cárcel de Yare. Pero vayamos por parte, en aquel penal nuestro entrevistado comienza un trabajo con la Renovación Carismática, el grupo del padre Torres, e iban allá semanalmente y es cuando comienza a manifestarse la supuesta religiosidad de Chávez.  “A mí me decía Arias Cárdenas que él no le creía nada. Pancho afirmaba eso, y me decía eso es pura paja de este. Chávez tenía una concepción ya izquierdista comunista, él fue un infiltrado en las Fuerzas Armadas, que fue catequizado en la hacienda de Rafael Simón Jiménez en Barinas, y uno de los instructores que iba allá era el mismo Miquilena, en los años 68, 69, 70, antes que Chávez entrara a la Academia, eso fue un plan a raíz de la pacificación, un proyecto para llegar al Congreso y a las Fuerzas Armadas. Decía Kleber Ramirez en 1970, dentro de 20 años tomaremos el poder y haremos lugar la revolución. Chávez asumió eso, fue el más carismático, el más asiduo, y tuvo un profesor en bachillerato que fue su instructor, el profesor Gómez. Lo cierto es que las visitas a Yare me terminan  vinculando a la nueva asonada del 27 de noviembre. Me dicen que participe y digo: ¿Qué hay que hacer? Comienzo a trabajar más que todo ejerciendo la solidaridad. Chávez me manda a decir que él no confía en nadie, que en la única persona que confía afuera es mi persona y que planee, eso fue ya a finales de octubre, su salida de la cárcel. Yo había estado trabajando en lo mío, en comunicaciones y había planificado era la toma de TELEVEN, y Chávez me manda a decir que se lo deje a otra persona. Y empiezo a montarme en la salida de él. Ahí me monté con un compañero mío también, Ameliach Orta…”
   El 27 de noviembre de 1992 el intento de asonada militar que comandaba el almirante Gruber Odreman fracasó, sin embargo Rivero insistió hasta última hora en su intento por sacar de la cárcel a Chávez, luego de lo cual pasa a la clandestinidad.  Yo me voy del país después de una semana, me voy por La Gran Sabana, me fui caminando a Brasil, tardé un mes y 21 días en llegar a Lima. Voy haciendo saltos, saltos y saltos, pasaba las alcabalas caminando, después agarraba una cola, y así me voy hasta que atravieso la frontera, sello el pasaporte en Santa Elena de Uairén y salgo; me voy por el camino más duro pero con seguridad de que no me agarren, paso legalmente y comienzo mi caminata. Anduve caminando, a caballo, navegando, en autobús, en moto, pasé cinco días perdido en la selva del Beni en Bolivia, subí hasta La Paz, Titicaca, Puno, Arequipa, hasta que llegué. Yo fui allá con la idea de articular e integrar a todos los descontentos, pero después de esa travesía nadie creía en mi historia. Yo llegué a finales de enero, pero en enero del 93 Piñerúa Ordaz, Ministro del Interior declara que tenía un plan para traerse los que estaban en Perú; y por otro lado Eleazar Díaz Rangel señala en su columna de El Globo que yo había sido uno de los delatores del golpe y que el gobierno me había logrado sacar del país y me tiene en Europa; y yo aparezco en Lima.  A tal punto que Visconti jamás se reunió conmigo, y habló con el gobierno peruano: No queremos liga con el capitán Rivero. Ante todo aquello voy a Quito, de Quito a Colombia, paso la frontera y cuando me encuentro aquí me dicen: Aquí te van a matar, si no te mata el gobierno, te matan los bolivarianos porque te tienen como traidor, que tú delataste, eso es lo que se comenta. Yo estaba como dicen entre dos aguas, me regresé a Perú y es donde pido el asilo; me lo dan el asilo y me dicen: No te metas con aquella gente, quédate tranquilo, no eches vaina, y no hables nada. Así pasé año y medio. Sin embargo entré clandestinamente a Venezuela, antes de las elecciones de Caldera, para reunirme con compañeros militares, con el aval de Chávez, pero cuando llegó a Caracas quien me recibe por vía suya es Amílcar Figueroa, eso para mí fue un choque porque era un vínculo directo con la izquierda y eso siempre lo rechacé. Hago mis reuniones, entro en contacto con Ameliach, denuncio el golpe de estado de Radamés Muñoz, armo todo un papel que le entrego a Jesús Eduardo Brando, a José Vicente Rangel, y a través de Maza Zavala le hago llegar a Caldera la lista de los generales que estaban involucrados en contra de él y por eso es que cuando llega Caldera hace una razzia y elimina todo el Alto Mando Militar. Y me regresé a Perú”.
 Finalmente regresa al país y es detenido, lo trasladan al Cuartel San Carlos donde el entonces director de la policía política –DISIP–, el general Rivas Ostos, acude y habla con él, le informa que “voy a regresar a las Fuerzas Armadas, que Caldera estaba interesado que yo regresara. No pasé ni un mes preso. Salgo, me reintegran como capitán y me mandan para la frontera con Colombia, a luchar contra la guerrilla, primero en Zulia y después en Apure, pasé dos años y medio, casi tres años. Ahí se da una ruptura con Chávez por sus cada vez más manifiestos lazos con la guerrilla colombiana. En el 96 nos veníamos reuniendo y Chávez me plantea: Vamos a hacer algo –había esa confianza–, hay tres alternativas para tomar el poder: la primera por un golpe de estado, aplicamos matriz DOFA Debilidades, Oportunidades, Fortalezas, Amenazas y por supuesto no era lo mismo que el 4 de febrero, muy difícil, más largo tiempo, nadie está dentro y los que están dentro están perseguidos. La segunda era la toma de un estado, seccionar un estado, y a través de secesionar ese estado, y tomarlo militarmente, ir a la toma del poder a Caracas, ese estado era Bolívar. La tercera era la electoral. Le dije: Mi comandante voto por lo electoral, vamos a intentarlo. Yo no estoy de acuerdo con esto otro y menos con la guerrilla, yo soy anticomunista. Tú siempre tan drástico Rivero, esa gente hay que sumarlos. Y ahí le lancé una: Si nosotros llegáramos aquí a ocupar un poder, tomemos ejemplo como el de Chile, de Pinochet. Se encabritó: ¡Tú no sabes nada de esta broma!, eso es estar bajo el dominio de Estados Unidos. Entonces mi comandante hasta aquí lo acompaño, voy a dedicarme a terminar mi carrera de ingeniería, después que termine hablaremos. Cuando él gana, ya me había graduado de ingeniero y me iba a España por seis meses a una especialización en sistema telemático, quería saludarlo, y fui.  Él viene subiendo hacia La Viñeta, me ve, me abraza: ¿Cómo está Rivero? Yo utilizaba una palabra clave con él, siempre, y me la dice; le deseo lo mejor. Él venía con un ayudante, un Mayor, quien me conocía, y le dice: Vamos a llevarnos a Rivero para la Casa Militar, allá necesitamos gente de confianza. Chávez le dice: Está bien, anota ahí, anota ahí.  Yo me fui a España, regresé, me tomo unos días de vacaciones, y me encuentro a aquel asistente de él, el que me había anotado, y me dice: Mi mayor, ¿qué le hizo usted al comandante? ¿A qué comandante? ¡Al presidente! ¿Por qué? ¡Porque no lo quiere a su lado! ¿Qué es eso?, no entiendo qué estás hablando. Él dice que usted es muy impulsivo, muy drástico, que le quita la gente, que le bota la gente. ¿Qué qué?, ¿yo soy impulsivo?, bueno por impulsivos fue que eso nos metimos en este peo, le dije así, disculpa la expresión, pero yo soy un soldado, sino me quiere yo sigo trabajando”.

© Alfredo Cedeño

P.S.: La semana próxima publicaré la segunda parte de esta entrevista al general Antonio Rivero.

viernes, julio 31, 2015

PROFECÍA 12



Veremos palmeras deshojadas
encerradas en cada lágrima,
oiremos a estos verdugos
llorar amargamente,
y en silencio contemplaremos pasar
anchos navíos de limpia justicia.

© Alfredo Cedeño