sábado, enero 21, 2017

PERDÓN NO ES OLVIDO


                Luego de pasar mi niñez temprana en La Guaira, tres semanas antes de cumplir los nueve años, llegué a vivir a mi querida y hoy maltratada Caraballeda.  El ambiente casi rural le daba un aire bucólico que nunca he agradecido suficientemente a  mis padres, ya difuntos ambos,  puesto que ese contexto fue determinante para mi búsqueda vital devenida luego en manifestaciones creativas de todo tipo.
                Con barnices de recuerdos inmediatos, pese a los más de cincuenta años transcurridos, aún están los colores, paisajes, sonidos y olores de aquellos días.  La señora Pancha, una matrona desdentada y de piel muy negra donde no cabía una arruga más, llenaba del perfume de sus conservas de coco y papelón casi todos mis mañanas de sábado. Jóvita hacía cada mañana una montaña de arepas y todos los niños y zagaletones acudíamos a comprar las que en nuestras casas servirían de desayuno; y cada comienzo de diciembre el aroma del guiso de sus hallacas inundaba medio pueblo anunciando que ya ella estaba haciéndolas. La masa imponente y verde del amado Ávila casi me rodeaba y me hacía lanzar miradas de gula lúbrica hacia el azul limpio del mar Caribe.  
                Los sonidos no tienen poco espacio en esas evocaciones. Los velorios de Cruz de Mayo, o los velorios del Niño Jesús, bien de Curiepe o bien de El Clavo, que desde junio comenzaban a recorrer todos los pueblos de la costa del litoral varguense para que sus devotos les pagaran las promesas a ellos hechas ante cualquier trance que ameritara la intervención divina, llenaban muchas noches de la dulce melodía de fulías y décimas. Desde noviembre se oían por todos lados aguinaldos y villancicos, cuando no era algún grupo de vecinos que en bullanguera procesión andaban por las calles entonando cantos de parranda.
                Al lado de estos recuerdos semisacros están las mañanas de los sábados, era casi un rito oír junto a  mi abuela paterna, la imborrable vieja Elvira, La Historia de las Canciones, que a las ocho de la mañana salían al aire por Radio Rumbos. También están allí los templetes de carnaval en los que al compás de La Sonora Matancera, Los Melódicos, Billo´s, Tito Rodríguez, Casino de la Playa, Celia Cruz, y paremos de contar, los disfraces de negrita y de cuanta máscara se puedan ustedes imaginar se dedicaban a dar rienda suelta a no pocos desmanes.
                En dicha remembranza tiene especial lugar Clodomiro Guerra. Él era un negrazo imponente, negro como la noche, a quien yo, renacuajo que ni al metro y medio llegaba, asociaba con un príncipe africano. Él debía medir algo más de un metro ochenta. Sus ademanes y voz eran proporcionalmente inversos a su porte, de una suavidad extrema y ritmo aplomado. Nadie lo conocía en el pueblo por su nombre y vaya Dios a saber por qué razón todos lo conocíamos como Masú. Yo, así como toda la cuerda de mocosos que vivíamos en sus cercanías, nos dirigíamos a él como el señor Masú. Este hombre trabajaba todos los días, incluidas las mañanas de los sábados, día en que al mediodía se le veía llegar a su casa. Al poco tiempo se escuchaba salir desde ella los pegajosos compases de numerosas canciones, él iba colocando las negras ruedas de acetato en un portentonso tocadiscos Philco que él sacaba al patio trasero, mientras se dedicaba a servirse amplias raciones de whisky con cada cambio de long play.
                Masú era un admirador declarado de Daniel Santos, y a la mitad de la botella, generalmente alrededor de las cinco de la tarde, era infaltable que colocara uno de sus discos con canciones del compositor boricua Pedro Flores, y había una en particular que el vecino acompañaba a viva voz tratando de imitar al cantante:
Perdón, vida de mi vida
perdón si es que te faltado
perdón cariñito amado
ángel adorado dame tu perdón.
Una tarde sabatina, con la torpeza propia del imprudente, le espeté: Señor Masú, ¿por qué usted pide tanto perdón? Él, a todas luces sorprendido, me miró como a un bicho raro, se quedó pensando un rato y después se rió mientras con gesto algo torpe me sacudió por un hombro: “Alfredito, mijo, lo que pasa es que perdonar no es olvidar, y muchas veces confundimos una cosa con la otra; cuando canto esa canción me la estoy cantando a mí mismo para no olvidar que a veces por perdonar se cae en lo injusto”.
                Sabrá Dios qué culpas o demonios lo atormentaban, y esa frase me resonó siempre, y cuando años más tarde encontré, ya no recuerdo donde, de Shakespeare: “Nada envalentona tanto al pecador como el perdón”, de inmediato la copié y mantengo anotada en diferentes partes para siempre tenerla presente. Y junto a ella se me mantienen vivas las palabras de Masú: “A veces por perdonar se cae en lo injusto”.  Frases que me retumban cada vez que oigo a quienes claman, cual Demóstenes ante la Asamblea de Atenas, por un perdón que cimiente los nuevos tiempos de nuestro país. Junto a ellas, también me repica con persistente impertinencia la pregunta:  ¿Y, a todas estas, dónde va a quedar la justicia?

© Alfredo Cedeño
 


jueves, enero 19, 2017

LA VIVEZA


               
                Hace 25 siglos en Grecia un señor llamado Platón habló de la pleonexía como una enfermedad que terminaba por ir contra la propia sociedad, con el tiempo dicha palabra se le ha equiparado con codicia y avaricia. Hay quienes afirman que el término resume el apetito insaciable que algunos desarrollan por la posesión de bienes materiales; se le vincula a la vanidad, el egoísmo, el narcisismo, y por ende lleva  a pensar, a quien la padece y ejerce, que tiene el derecho de acapararlo todo puesto que lo merece.  Por ello el pensador griego lo consideraba una patología.
                Algunos opinan que ello no solo es aplicable a los individuos, sino que es igualmente válido para algunos países que gustan de presumir de su poder adquisitivo y hacen del mismo ostentación manifiesta. Las lecturas que se le pueden dar a su significado son variadas, para Carlos Calvo Aguilar es el apetito insaciable de cosas de carácter material; una cáustica en extremo fue la que hizo el pensador mexicano Carlos Llano Cifuentes, quien aseguraba: “Hay una gran diferencia entre la pleonexía de hace 2.500 años y la padecida actualmente. Para Platón era una enfermedad; para nosotros es signo de éxito”.
                Un grupo de científicos sociales criollos han emparentado con dicho concepto nuestra bendita “viveza”. Ella se ha manifestado, y sigue haciéndolo con proverbial vitalidad, de una y mil formas; ha sido alabada de manera permanente y transversal en todos nuestros estratos sociales. Es alabado el empresario que no paga sus impuestos debidamente, o paga a sus trabajadores salarios por debajo de lo que podría pagar, o se roba la idea de un hombre talentoso y lo patenta para incrementar aún más su fortuna. Se celebra al trabajador que sustrae parte del inventario de su lugar de trabajo para luego venderlo o canjearlo en su barrio. El bodeguero que amaña la balanza para sisar algunos gramos a sus clientes, es tolerado porque todos en la comunidad hacen lo mismo en situaciones similares.
                Esa viveza venezolana fue la que evolucionó hasta llegar a nuestro chavismo-madurismo-mudismo. Ante nuestro desolado escenario recuerdo que alrededor de veinte siglos más tarde que el bachiller Platón, en Inglaterra, sir Francis Bacon, comenzando el siglo XVII, con angustiante anticipación también alertó en vano, al menos para nuestra Venezuela: "No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta pase por inteligente".  ¿Acabaremos algún día con nuestro culto pleonéxico a los atajos?

© Alfredo Cedeño

domingo, enero 15, 2017

PERVERSIÓN


                  Los hombres somos lo que nuestras emociones nos hacen ser. Por amor construimos, creamos, transformamos y derrotamos. Construimos una morada para guarecernos de la intemperie y para cobijar a los seres más queridos, y nacen las familias; creamos objetos y modos de expresar lo que esas vibraciones del alma nos provocan o queremos compartir con quienes nos rodean, y aparecen los artistas; transformamos lo que tenemos alrededor en juegos para hacer mejor el día a día, y los sueños se convierten en piedras sillares;   derrotamos los obstáculos que se empeñan en empañarnos la vida, y nos convertimos en dioses.  
                Pero también se odia, y esa es una emoción omnímoda de fuerza inaudita que solo sabe destruir. Odias la paz y no encuentras otro camino que el de la guerra. Detestas el arte y te empeñas en arrasar todas aquellas manifestaciones de la belleza, naturales o creadas por tus semejantes, que vas encontrando a tu paso. Aborreces el conocimiento y te dedicas a humillar a todo aquel que ha consagrado su vida al saber. Abominas de la libertad y creas cárceles mentales pretendiendo obligar al prójimo a que deje de pensar y procuras hasta evitar que las aves abran sus alas.
                A veces tienes la sensación de que el odio es la fuerza superior que todo lo gobierna, porque llegan momentos en los cuales no puedes poner en ejercicio tu capacidad de amar, por más piadoso que tu espíritu sea.  Hay un manto opaco y viscoso que te imposibilita siquiera imaginarte establecer lazos de mínima cortesía, y mucho menos concordia, con ciertas personas. Son esas ocasiones en las que el saco de satanases de las culpas se destapa y te recriminan tu inquina, tu ausencia de caridad, tu poca disposición al diálogo, tu intransigente manera de abordar la vida, tu incapacidad de tender puentes a los adversarios.  Es cuando te embarcas en reflexiones de toda laya, tratas de asumir tu condición de ser racional, y sin embargo terminas maniatado por esas bajísimas pasiones que de la intolerancia son dueñas y señoras.
                ¿Cómo siquiera pensar en compartir una taza de café con Nicolás y Cilia, luego de su persistente labor por acabar con lo que habíamos sido? ¿Quién puede sentarse con ese tapón maloliente y peor diciente de Diosdado? ¿Alguien puede hablar en relativa tranquilidad, y controlar las bascas, con ese engendro llamado Jorge Rodríguez? ¿Es posible intercambiar, en el sentido más amplio y generoso del término, algún pensamiento con Aristóbulo Istúriz? ¿Dónde encontrar la forma de hacer que nuestra racionalidad nos permita ejercer las raíces de amor que se nos sembró en nuestra deslustrada Venezuela?
                Nuestro gozo ha sido paulatina y firmemente convertido en desprecio por una tropa pendenciera y a veces bien vestida que se empeña en conducir una situación que está fuera de control desde todo punto de vista. Hay un grupo, cada vez más pequeño, de optimistas desahuciados que pregonan a tambor batiente la necesidad de parlamentar con quienes han demostrado de modo sobrado su incumplimiento de todo compromiso adquirido; al punto de que la muy mesurada Iglesia Católica en su más reciente documento de la Conferencia Episcopal habla de: “El infructuoso diálogo entre el Gobierno y la Oposición”.
                Varias personas me reclaman, unos de forma cordial, otros airadamente, mi constante cuestionamiento a la dirigencia con que contamos los opositores. Trato de explicar, a veces con suerte, otras infructuosamente, que no son de gratis los señalamientos que hacemos muchos sobre la incompetencia manifiesta de ese grupete. Lo hemos hecho, lo hacemos y lo haremos, con el ánimo de evitarles cometer disparates, así como de mantener nuestras conciencias tranquilas de que hemos alertado con talante claro e inequívoco sobre los riesgos que se corren.   Nuestro esfuerzo ha sido en vano, pero no tendrán ellos –¡ninguno!– forma de escurrir el bulto a la hora de asumir ante el país y la historia la burla permanente a la que han sometido nuestras mejores emociones hasta pervertirlas de miserable manera.

© Alfredo Cedeño

miércoles, enero 11, 2017

NI BORRÓN, NI CUENTA NUEVA

                            
                La justicia es una manifestación de las virtudes de los hombres, y la hemos ido afirmando a lo largo de nuestra historia como cortafuego de nuestras pasiones. Sin ella nos seguiríamos matando cual Caín a Abel, viviríamos en una jungla donde los más fuertes despedazarían a su real gana a quienes los rodeamos, la ferocidad, disfrazada de supuesta valentía, sería el único patrón válido con el cual poder convertirse en una referencia para nuestro entorno.  El infierno sería un vergel al lado de nosotros.
                Nada es perfecto, ni aún la justicia, es por ello que creamos las leyes, conjunto de normas para que lo justo, manifestación equilibrada de razón e ímpetu, sea un tablero donde desplazarnos sin sobresaltos vitales, propios ni ajenos.  Hay quienes denigran de ellas y las atacan sin compasión ni tregua, pero a la larga terminan por hacer propuestas de nueva justicia y nuevas leyes, es imposible sobrevivir sin ellas. Existe un pacto atávico de sujeción a ellas que ha permitido a la vida mantenerse.
                Ha habido oportunidades en que ambas, justicia y leyes, han sido obviadas; en dichas ocasiones se ha invocado la clemencia o el sentido de la oportunidad para esquivarlas, y se ha apelado al viejo adagio de borrón y cuenta nueva,  por lo general ello ha devenido en situaciones peores a las que se trataban de remediar. No hay caso: Sólo el cumplimiento de los códigos y el atenerse a lo justo es lo que nos ha salvado, hasta el día de hoy, de nosotros mismos y nuestras más bajas manifestaciones.
                Cuando uno ve la total ausencia de normas en que vive Venezuela, ese estado que los sociólogos denominan anomia, asume que todo vale, no hay límites de orden alguno. No deja de sorprender que en medio de semejante maremágnum se alcen voces que pidan sensatez o que clamen porque se impongan valores de orden moral.  ¿En qué cabeza cabe? Es digno de celebración que la moral de la ciudadanía sea todavía el aglutinante que nos conserva en pie, porque no hay cabeza a salvo dentro de la dirigencia política nacional. Y, como he repetido en diferentes oportunidades, es válido para un lado y para el otro.
                ¿A qué norma se le puede adjudicar que el manejo que ha venido haciendo la desaliñada dirigencia opositora de nuestro momento político es el adecuado? ¿Cuál es el criterio utilizado para que una serie de truhanes del pelaje de julio borges, ramos allup, ismael garcía y timoteo zambrano (en minúsculas todos, porque ninguno calza para ostentar algo mayúsculo, ni siquiera en sus nombres), solo por citar algunos miembros de esa pandilla, sean los que deciden según su real gana las formas de enfrentar a Maduro? ¿Existe una real disposición y ánimo de ejercer el poder y hacer que el país enderece el rumbo de bienestar, desarrollo y prosperidad que merecemos?
Es insólito oír a los sacristanes del gobernador de Lara anunciar: “A Maduro hay que acusarlo de abuso del cargo, no de abandono.”  El talento es necesario hasta para ser payaso, y estos cofrades del ditirambo ni para eso lo tienen.  No menos méritos que ellos reúne el saliente presidente de la Asamblea Nacional quien, en medio del debate sostenido por ese cuerpo legislativo en torno  a la responsabilidad política de Gofiote Maduro, haciendo gala  de su mejor elocuencia, y sin que le temblara la voz, soltó: “Vamos a adoptar esta decisión política y sabemos que no va  a haber elecciones. Antes o después del 10 Maduro se va a quedar ahí”. ¿Qué les puedo escribir?
                El cinismo, la indolencia, la desidia, el vivalapepismo, son los valores que recorren de manera transversal a todos estos infelices devenidos en héroes gracias a la apuesta irracional de un grupo de manipuladores de oficio quienes no terminan de asumir el país como vocación ¿La esperanza todavía tiene cupo en la que fuera La Tierra de Gracia?

© Alfredo Cedeño

sábado, enero 07, 2017

MISERIA

                No me ruboriza aceptar que la ignorancia es una muralla que no logró rebasar en la manera que me gustaría haberlo hecho. Hay un océano insondable de cosas de todo orden y concierto que desconozco, vivo arropado por sucesivas y encrespadas olas de hechos que a veces se tornan desesperantes por mi incapacidad de entenderlos en toda su extensión y dimensiones. Es un abanico desorbitado en constante movimiento que no cesa de refrescarme las dimensiones de mi desconocimiento.  Esto es un asunto que trato de sobrellevar con la mayor dignidad posible, y con cierto barniz de entereza.
                Confieso que ello no me impide saber que, pese a no entender sus significados, hay una gigantesca trama de saberes a las que no siempre se logra tener el acceso adecuado. Eso lo entendí a cabalidad, en los ya lejanos años 80, leyendo Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. En ese  libro leí esta frase que desde entonces, como si de un mantra se tratara, me repito a menudo: “­Hay días en los que cada cosa que veo parece cargada de significados: mensajes que me sería difícil comunicar a otros, definir, traducir a palabras…”
                Eso me ocurre con casi todas las cosas, y con algunas situaciones en las que presumo hay significados que se me ocultan con especial empeño, y por más que trato de encontrarles explicaciones ellas no aparecen ni que las busque bajo la capa de Cristo.  Por ejemplo, uno ve un video en el que un oso polar aparece acariciando a un perro husky en un refugio canino que está en Manitoba, Canadá, y empiezan a saltar una maraña de sentimientos donde el “comeflorismo” hace de las suyas. Es cuando piensas: ¡Qué hermosa es la naturaleza! O la cursilería que todos acunamos toma el timón y te sumerge en un delirio de amor y paz que ni las comunas hippies de California de los años 60.
                Es necesario apuntar que la realidad es cruda y poco dada a esas veleidades matutinas en las que muchos, y muchas veces, solemos embarcarnos. Somos los periodistas los que, por lo general, actuamos como aguafiestas al informar sobre lo que ocurre en su real contexto, muchas veces dejando de lado lo que creemos o queremos, porque nuestro compromiso es tratar de acercarnos lo más posible a lo que es la realidad para darla a conocer al público, y que éste tome sus decisiones según su real saber y entender.  Ese fue el caso del osito cariñoso del video al que me referí en el párrafo anterior. La televisora canadiense CBC News, informó pocos días después del tsunami de ternura que barrió las redes sociales, que uno de esos amantísimos osos se había zampado, quien sabe sin con traílla y todo, a uno de los perros que estaban en el refugio Mile 5 Dog Sanctuary, que Brian Ladoon tiene en ese país.
                Ejemplos similares a los de esa “dulce” fiera los hay por montones. Invariablemente las preguntas que me hago, ante situaciones como esta, son: ¿Qué es lo que nos hace no querer ver la realidad? ¿Cómo llegas al punto en el cual la inocencia te transforma en imbécil? ¿Cuándo fue que no alcanzamos a darnos cuenta de los riesgos que teníamos en las narices? ¿Quién puede ser tan altanero e ignorante que no logra entender que la realidad no se puede imponer?  ¿Dónde puede uno alertar sin caer en escándalos innecesarios del peligro que es inevitable? y  ¿Por qué seguimos cayendo una y otra vez en las mismas pendejadas?
                Son las mismas interrogantes que me formulo cuando oigo repetir la cantaleta de la vía electoral, como si de un abracadabra se tratara, con la cual todos nuestros males desaparecerán. Se le  promulga para alcanzar la libertad de los rehenes políticos, se ensalza lo comicial como ruta expedita para terminar con la corrupción, se anuncian las urnas como pasadizo a lo Harry Potter  para que el kilo de queso valga real y medio y las caraotas a bolívar el quintal. ¿Qué tipo de gobierno es el que padecemos? ¿Cómo va a ser enfrentado con herramientas democráticas una dictadura cuyas bases de sostenimiento son la negación de la democracia? ¿Cuándo se ha visto que el poder se mendiga a quien ha demostrado no querer entregarlo? ¿Quiénes son los que terminan beneficiados ante este juego de perder-perder? ¿Dónde se ha podido derrocar una tiranía sin una verdadera unidad donde los intereses de partido estén enteramente subordinados al interés nacional y no al de los cuatro gaznápiros de turno? ¿Por qué Venezuela ha tenido, y tiene, que padecer una casta política tan miserable?
                En días pasados vimos a Manolito el de Mafalda (julio borges) tomar el relevo de la presidencia de la Asamblea Nacional de manos del no menos guapachoso Ramitos Allup. El nuevo mandamás legislativo entonó desde la tribuna de oradores del Capitolio una verdadera letanía de promesas, y dijo con voz de Moisés increpando al Mar Rojo: “La Asamblea Nacional abre las puertas para que en Venezuela haya elecciones generales en todos los niveles y ramas del Poder Público. Gobernadores, alcaldes, Presidente de la República y, ¿por qué no?, la Asamblea Nacional. ¡Que sea el pueblo el que decida!” Este Churchill caribeño y subdesarrollado por lo visto padece de miopía nemotécnica, tal vez sea manifestación de su ignorancia supina, y no se enteró de que “el pueblo” decidió el 6 de diciembre de 2015, decisión que él y sus compañeros de andanzas en roles de dirigentes se han ocupado de desoír de manera más que manifiesta luego de haber tomado posesión de sus curules parlamentarias.
                La cantaleta borgiana, como era de esperarse, estuvo aliñada por los previsibles lugares comunes que sólo de él podían provenir: “Yo sí creo que vamos a uno de los procesos más determinantes en la historia reciente del país”, y todo esto dicho a la par que le hacía no pocas carantoñas a unas fuerzas armadas cuyo desprestigio solo es comparable al suyo propio y al de sus compañeros del sindicato opositor conocido con las siglas de MUD. 
Al igual que ocurre con Dudamel, cuya corte de adulantes es proporcional a su silencio y alcahuetería para con el régimen, hoy el padre de los cuatripochos es festejado, sus palabras son celebradas cual si fueran la versión criolla de las tablas escritas por Moisés en el monte Sinaí.  Por lo visto lo que nos queda es halarnos de los cabellos y pedirle a Dios compasión para que nos termine de sacar de este infierno en que mudecos y chavistas-cabellistas-maduristas nos pretenden mantener.

© Alfredo Cedeño