martes, julio 22, 2014

CORONA DE CRISTO

Se ha sudado cada gota de victoria
y se ha pagado largamente con sangre,
la han cobrado los rojos sayones
y se han ensañado a la hora de pedir,
pero los celestinos callan galantes
y se esfuerzan en no querer escuchar,
sobran los que cuidan sus vilezas
y resguardan miserables su simonía,
duros tiempos para brotar las flores
y poder seguir alegrándose al verlas…


© Alfredo Cedeño

domingo, julio 20, 2014

PUEBLO KARI´ÑA

            El viernes 23 de noviembre de 1492 el Almirante Cristóbal Colón asentó en su diario: “Y sobre este cabo encavalga otra tierra o cabo que también va al Leste, a quien aquellos indios que llevaban llamaban Bohío, la cual dezían que era muy grande y que había en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quien mostravan tener gran miedo.”
 
            Casi tres meses después, el miércoles 15 de febrero de 1493, el navegante genovés en carta “fechada en la carabela, sobre la Isla de Canaria”, escribía: “Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla (de Quarives), la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, las cuales comen gente humana”. El favorito de la reina Isabel I de Castilla, y quien sabe si el otorgante de la cornamenta del caso a Su Majestad Fernando de Aragón, puso así a dar tumbos por la historia la palabra Caribe, y la relacionó con ferocidad ya que esos eran los mismos caníbales a que hacía referencia en su diario. El impacto y permanencia de ello lo vemos hoy en el diccionario de la Real Academia de la Lengua donde se lee la siguiente acepción: “1. adj. Se dice del individuo de un pueblo que en otro tiempo dominó una parte de las Antillas y se extendió por el norte de América del Sur.”
 
            Esos feroces señores de las costas, consumados navegantes que desde tierra firme habían ido ocupando muchas de las islas que había en nuestro mar interior fue lo que hizo que los exploradores españoles bautizaran como Mar Caribe. Es bueno decir también que el cronista italiano Pedro Mártir de Anglería lo bautizó como Mar de las Antillas, por asociar aquellas islas con la legendaria Antilia a la que se refirió en sus textos Aristóteles, y que en mapas europeos de la segunda mitad del siglo XIV aparecía ubicada entre la Península Ibérica y Asia.
 
            Ahora bien, para llegar donde nos interesa, vuelvo ahora a otro cura, aunque este que ahora refiero fue excomulgado en la década de los 70, del siglo pasado, gracias a su labor pastoral en distintas localidades mirandinas y aragüeñas, pero particularmente en Turmero donde era párroco en el momento de su expulsión. Escribo del antropólogo Filadelfo Morales, por largos años profesor de la escuela de Antropología en la Universidad Central de Venezuela. Cito a Morales porque él en su libro Del Morichal a la sabana afirma: “Los Kari´ña son los descendientes de la nación indígena llamada “Caribe” por los cronistas españoles, lo cual está corroborado hasta el día de hoy.”
 
            Este grupo indígena del cual escribo hoy, y apegándome a las cifras del XIV censo de población y vivienda 2011 llevado a cabo por el Instituto Nacional de Estadística, está integrado por 33.824 individuos, lo cual les hace el tercer grupo indio más numeroso de los que sobreviven en Venezuela.  Ellos están distribuidos ahora por los estados Anzoátegui, Monagas, Bolívar y Sucre; amén de diferentes grandes centros urbanos donde muchos han migrado y se les puede ver en faenas de mendicidad. Paradójicamente sus tierras ancestrales están llenas de vastos yacimientos petroleros…
 
            Los Kari´ña, o Caribe, eran famosos por las piraguas y canoas que fabricaban. Las piraguas medían de 14 a 17 metros de largo por 1,5 de ancho, hechas de una sola pieza de caoba, cuyo tronco ahuecaban y ensanchaban con candela; una de estas naves podía transportar entre cincuenta y sesenta hombres. Las canoas eran de menor dimensión, de fondo redondeado y con menos estabilidad que las piraguas.  Todo ese antiguo señorío ha desaparecido, poco queda de aquellos a quienes Alejandro de Humboldt en Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente describe: “Estos Caribes son hombres de una estatura casi atlética, y nos parecieron mucho más esbeltos que los indios que hasta entonces habíamos visto.”
 
            Igualmente escribió Humboldt: “Los Caribes, pueblo comerciante y guerrero, recibían de los portugueses y holandeses, cuchillos, anzuelos y pequeños espejos y toda clase de bujerías de vidrio.” Su evidente fascinación por ellos se lee en el tomo final de su obra donde asienta: “diferente de todos los otros indígenas por su fuerza física e intelectual. No he visto en ninguna parte una raza entera de hombres más alta (de 5 pies y seis pulgadas a 5 pies y diez pulgadas) y de estatura más colosal. (…) difieren de los otros indígenas no solamente por su elevada talla, sino también por la regularidad de sus rasgos. Tienen la nariz menos larga y menos aplastada en la base, los pómulos menos salientes, la fisonomía menos mongola. Sus ojos que son más negros que entre otras tribus de la Guayana, anuncian inteligencia, y podría decirse, casi el hábito de la reflexión. Los caribes tiene gravedad en las maneras y algo de triste en la mirada…”. El control que ejercían sobre los demás grupos indígenas era terrible, según la tradición oral Ye´kwana los Kari´ña hacían prisioneros a sus antepasados para venderlos como esclavos.
 
            En la actualidad los principales grupos residenciales de los Kari´ña están en La Mesa de Guanipa, al centro del estado Anzoátegui, a menos de 300 kilómetros en línea recta al sureste de Caracas. Tascabaña, Bajo Hondo, Mapiricure, Kashama son algunas de ellas. Más adentro de los llamados Llanos Orientales, en territorios del estado Monagas la mas destacada comunidad es la de Aguasay, donde se dedican a elaborar chinchorros de curagua,  planta de la familia de la bromeliáceas y cuyo nombre científico es Ananas erectifolius.
 
Pese a los procesos aculturativos que han hecho perder muchos de sus rasgos culturales a los Kari´ña, todavía las mujeres al casarse permanece viviendo en la casa materna, es lo que los antropólogos denominan matrilocalidad, o cerca de ella, lo cual se define como matrivecindad; dicho patrón de comportamiento es llamado por los científicos sociales como uxorilocalidad ya que es la mujer quien fija el lugar de residencia.
 
            El pueblo Kari´ña, pese a los avatares mantiene numerosas manifestaciones de su cultura secular, una de ellas es su tradición oral.  Entre sus tantos mitos el de “los morochos (mellizos o gemelos)” siempre me ha parecido conmovedor: Cuando empezaron los tiempos, Vedú, el sol, estaba muy enamorado de una mujer Kari´ña y se la llevó al cielo una vez para amarla. Las nubazones, las trojas de agua,  se hicieron  para servir de lecho a sus amores, a sus copulaciones de estrellas, a sus jugueteos en el espacio, hasta que llegó el día de la separación. A mi casa debo irme, le dijo Vedú a su amor. ¿Y donde está?, le preguntó ella. Él le contestó: Por ahí, al llegar al cruce de caminos de las dos plumas, la roja de guacamaya te llevará  a mi caney y la otra de paují negro, a un  sendero donde vive pura gente malosa, ése no lo debes andar nunca, le dijo perdiéndose en el follaje  de sus propios llamarones. Ella había quedado preñada de dos soles, y nacieron dos de aquellos ardimientos y muy habladores  eran ellos.”
 
            Kari´ña de Mare-Mare y de Akatoompo. El primero es una danza festiva que se ejecuta para celebrar la reunión de las familias, dar la bienvenida a visitantes o marcar el final del luto por un muerto. Generalmente el baile se acompaña con una música de tambor y maracas, a la que ahora se le ha agregado el cuatro, acercando su ritmo al joropo. La coreografía, formada básicamente por dos filas de bailadores sugiere una serpiente que avanza y retrocede, en actitud amenazante para luego enrollarse y desenrollarse. Es necesario explicar que en el mundo Kari´ña la culebra tiene un significado especial, ya que según su mitología son originarios del hueso de la serpiente.
 
En cuanto al Akatoompo, este se celebra el 2 de noviembre, día en el cual la comunidad kariña celebra rituales en memoria de sus difuntos. Entre ellos subsiste la creencia de que los difuntos desde el dos al tres de noviembre regresan a visitar a sus familiares, quienes les esperan y, para recibirlos, preparan reuniones en las cuales se mezclan música, cantos y bailes. Los participantes, acompañados por cuatros y guitarras, originalmente era con flautas de caña, danzan entrelazados por la cintura, con giros y movimientos hacia adelante y hacia atrás. Entonan cantos espontáneos en los que se evocan acontecimientos importantes en la vida de los difuntos y destacan su recuerdo dentro de la vida del grupo.
 
Restos de una civilización otrora poderosa que parece conservarse infinita. Las palabras del sabio Humboldt comenzando el siglo XIX me resonaban en el recuerdo una tarde mientras los retrataba en Tascabaña: “Como tiene el cuerpo teñido de onoto sus grandes figuras de un rojo de cobre y pintorescamente vestidas, parecen de lejos, al proyectarse sobre la estepa contra el cielo, antiguas estatuas de bronce.”

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 

sábado, julio 19, 2014

ILUMINADA


Para los muchachos venezolanos

Inmaculado desamparo de guerreros solitarios
ante los cuales la solidaridad se espanta,
sólo su testaruda fortaleza de irreverencia alada
y un sudario de mordazas los acompaña,
delicada floración ciudadana de estudiantes
que ilumina con ilusiones las costas del Caribe.

© Alfredo Cedeño

jueves, julio 17, 2014

BOCHORNO


Para Gerardo Carrero

Quieren marchitarnos la esperanza
y alevosos se ceban en el futuro.
Encierran, patean y golpean
con tosca saña de asnos mañosos.
Exhiben sus mezquinos talentos
al machacar inútiles la semilla.
En su miopía cerebral no saben ver
como reverdece siempre la ilusión.

© Alfredo Cedeño

martes, julio 15, 2014

ULTRAJE


                                                           A Marvinia Jiménez

Fue flor arrastrada por el pavimento
vano golpetear de garras y cascos
insólito despliegue de leyes vacuas
gestos mancilladeros de una recua
vesania hecha poder inescrupuloso
danza ardorosa de verdes buitres…
Ancha desesperación de una jauría
que no sabe como lidiar con la dignidad
de una mujer libre exigiendo paz.

© Alfredo Cedeño 

domingo, julio 13, 2014

ARAYA

            Yo tenía 13 años cuando un día, miércoles por mejor seña, me escapé de clases en  el liceo José María España en Macuto, estado Vargas, para ir a un cine foro que había organizado la Federación de Estudiantes de Educación Media –FEEM– en el centro de estudiantes del Liceo Vargas, en Maiquetía. La película que vimos fue Araya, de Margot Benacerraf.
 
            Son imborrables aquellas tomas en blanco y negro del cielo y del mar, por ello estas fotos de hoy en similar técnica; como también perdura en mi recuerdo la voz entonces fresca de un veinteañero José Ignacio Cabrujas, antes de adquirir su característico tono bronco.  Él cabalgaba la genial música, que luego supe era de Guy Bernard, recitando: “Y sobre esta tierra nada crecía. Y todo allí era desolación, viento y sol. Y la Vida toda venía del mar. Y de las bodas del mar y del sol nacía la sal sobre esta tierra. Un día unos hombres desembarcaron sobre estas tierras áridas donde nada crecía, o era desolación, viento y sol, y llamaron esta tierra Araya.”
 
            Necesité casi una década, después de esa sesión cinematográfica, para saciar esas ganas que se me atornillaron de conocer aquellas inmaculadas pirámides de sal, de escuchar directamente aquellas voces que me llegaban desde la pantalla con innegables  resonancias de Margarita, tierra natal de Mercedes, mi madre. 




            Araya forma parte del estado Sucre y está a menos de 300 kilómetros en línea recta al este de Caracas. Aseguran que su denominación viene del vocablo indígena  haraia que traduce tierra de sal, término que los españoles transcribieron como araya. Al decir de los historiadores todo empezó entre 1499 y 1500, cuando Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra hicieron su viaje de rescate y reconocimiento de las costas venezolanas y descubren “las salinas de la Punta de Araya”.
 
Sabemos gracias a Pablo Ojer que a fines del siglo XVI. “La comisión más importante fue la confiada a un capitán con doce soldados, 4 caciques y 300 indios para que fueran a las salinas de Araya. En ocho días cargaron en 3 navíos más de 4.000 fanegas de sal, más de 2.000 arrobas de pescado seco, sin contar el pescado fresco que consumieron. Serpa [Diego Fernández de Serpa] en persona pasó a Araya a tomar posesión de aquella tierra “en nombre de la ciudad de Nueva Córdova” [Cumaná].”
 
            Casi un siglo después, llega allí el capitán holandés Daniel de Mujerol, quien dio inicio a la explotación salinera de inmediato. Fue así como Holanda se apropió de nuestra salina. Hay datos de aquellos tiempos que revelan que entre 1599 y 1604, por Araya pasaron 456 barcos salineros y 35 barcos de rescate, movilizando un total de 10.507 hombres en ese lapso. Es decir: en Araya mandaba Holanda.
 
            Felipe III, al parecer debidamente cabreado y hasta las narices de esa situación, ordena a Bautista Antonelli –el más famoso ingeniero militar de la época que estuvo activo en América– estudie y reconozca los alrededores de Araya, lo cual llevó a cabo los días 19, 20 y 21 de junio de 1604. Desde Cumaná, el entonces gobernador Diego Suárez de Amaya, informa a don Felipe III de la inspección en carta del 10 de julio de 1604, donde escribió: “cuantos pasos dio Bautista Antonelli de yo, siguiéndole de ordinario sin apartarme del un punto, como lo dirá el mismo, pasando los dos excesivo trabajo de gran sol y fuego que salía de la salina, que nos abrasaba, atollando en muchas partes de la hasta la rodilla, demás del gran trabajo que Antonelli pasó en nivelarla, que por solo este servicio merece que V.M. la haga una muy grande merced ….Fue Dios servido que en tres días que estuvimos en la salina no hubiese urcas a la carga, que ha más de un año que un solo día no la han dejado desocupada, que se puede atribuir á milagro”.
 
            En diciembre de ese mismo año, Antonelli estaba en Madrid para presentar su informe. Él había quedado impresionado con las dimensiones de la salina y en su informe relata: “Es tanta la grandeza de esa salina y la muchedumbre de sal que cría, que tengo por cierto que en el mundo no ha creado cosa tan espantosa naturaleza, que es muy diferente haberla visto que oillo decir, que aunque cargase doscientas urcas cada mes no la menguarían nada, porque dentro de quince días se vuelve á cuajar otra tanta sal como la han sacado, y esto lo causa que quitándole dos o tres capas de sal en agua, la cual sube hasta que hinche el hoyo que le han hecho, y se convierte toda en sal blanca como un alabastro”.
 
            No será hasta 1622 que la Junta de Guerra decrete la construcción de la Real Fuerza de Santiago de Arroyo de Araya. En cuatro palabras: El Castillo de Araya. Quien reinaba entonces era Felipe IV, y bajo la dirección de Cristóbal Roda Antonelli se inician los trabajos de construcción. Entre diciembre de 1622 y 1633, otro Antonelli, Juan Bautista –hijo de Bautista y nieto de Cristóbal–, está al frente de las labores de fabricación del baluarte.
 
            En 1650, el castillo contaba con una dotación de 200 hombres lo cual representaba gastos de mantenimiento por 27.270 pesos anuales. En 1684 un terremoto daña las estructuras de la fortificación. En 1720 la dotación de esas instalaciones había subido a 246 hombres y los gastos a 31.293 pesos anuales. Estoy seguro que si en Araya hubieran levantado una iglesia de similar tenor al de su castillo, la catedral de Sevilla sería una pendejada a su lado. 
 
            En 1725 una tormenta anegó las salinas y las inutilizó: ese fue el comienzo del ocaso del castillo. El 29 de julio de 1759, la corte española manifiesta lo inútil de esta obra y solicita  informes acerca de su eventual demolición. El 27 de agosto de 1761, el gobernador de Cumaná, José Dihuja Villagómez, apoya la opinión real de la demolición. Y en 1762, bajo el reinado de Carlos III fue volado el Castillo de Araya, para ello emplearon 45 quintales de pólvora –2.070 kilogramos– a un costo de 4.640 pesos, 4 reales y 17 maravedíes. Esas ruinas son las que 198 años más tarde, el 31 de octubre de 1960, en decreto publicado en la Gaceta Oficial 26.935, fueron decretadas monumento nacional. Son las mismas que hoy exhiben supuestas restauraciones llenas de remiendos y aplicaciones inapropiadas. Cada día se deterioran más ante la ya familiar inercia nacional, que algún día verá desplomarse este otrora Castillo de Araya…
 
            Entre uno y otro temporal la explotación salinera se restableció y fue el pivote económico que permitió que en estos parajes desérticos se estableciera una tenaz comunidad que los preñó de casas y pueblos. Así apareció Manicuare, cuna del poeta Cruz Salmerón Acosta a quien la lepra obligó a recluirse en una casa que le fabricó su familia en un rincón de su lar natal. Bien lo describió Juan Santaella: “se le estaba cayendo la carne a pedazos y el alma a versos”.
 
            Cruz Salmerón el del desgarrado soneto Azul:
Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela,
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.

Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de los líricos ensueños,
que no calman los íntimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos.

           A él honro con esta única foto en color.
            Araya, Araya, tierra dolorosa de gente hermosa. Aquí se afincaron Pablito Fuentes y María Rosas Marcano a fabricar una preciosa historia de amor. Ellos se escaparon de la casa de ella en La Asunción, Margarita, y se instalaron entre el sol, el viento y la mar a quererse a tiempo completo, y parieron su muchachera con orgullo; mientras se ganaban la vida e inventaban formas de “traer algo de bien para estos mundos olvidados”, como me llegó a decir el propio Pablito en su casa.  Así fue como empezó a llevar gasolina en tambores con su bote desde Cumaná hasta terminar instalando el expendio de gasolina.
 
            Como ellos son centenares los “Arayeros” e hijos adoptivos que han labrado en este puerto de abandonos un santuario de logros. Araya es territorio de triunfos, de mujeres que siguen machacando la tierra con técnicas seculares para fabricar sus cacharros de barro, de pescadores imperturbables y de muchachas capaces de alterar con su mirada desparpajada hasta a un eremita.

© Alfredo Cedeño