sábado, junio 18, 2016

QUEBRAR DE VENTANAS, ACABAR DE PACIENCIA

 
La práctica gregaria del hombre es instintiva, aquello de que la unión hace la fuerza es un mandato de nuestra propia condición para superar nuestra debilidad manifiesta ante aquello que nos desborda. Fue así como se pudieron construir caminos, crear botes, inventar puentes, erigir catedrales, inventar aviones, lanzar cohetes. Es un abanico de suma de talentos que fueron crisol para que aparecieran intérpretes de los anhelos humanos y se convirtieran en ingenieros, creadores, arquitectos, músicos, creadores de todo ámbito y concierto. Pero también aparecieron los exégetas de la destrucción, igualmente inherentes a nosotros.
                Hace 47 años el psicólogo Philip Zimpardo, quien se desempeñaba como profesor en la californiana Universidad de Stanford, llevó a cabo un experimento del que todavía se habla y escribe con frecuencia. El catedrático de ancestros italianos agarró dos vehículos idénticos y los colocó en ambos extremos de Estados Unidos. Uno fue dejado en las calles del depauperado barrio neoyorquino del Bronx, en la llamada Costa Este; mientras que el otro fue estacionado en una de las pudientes avenidas del muy linajudo Palo Alto, ubicado en la Costa Oeste. Es decir, eran dos escenarios completamente diferentes, las dos caras de la sociedad americana: miseria y opulencia.
                El investigador, igualmente, dispuso que un grupo de especialistas observaran la conducta de quienes circulaban por donde habían sido colocados ambos carros.        Como era de esperar, el que dejó en el municipio más al norte de la llamada Babel de Hierro, comenzó a ser vandalizado a las pocas horas. En breve no tenía espejos, ni ruedas, le rompieron las ventanas, se llevaron su radio, el motor, parte de los asientos, lo que no podían arramblar lo cortaban con navajas. En cuestión de días el flamante auto era un carapacho. Mientras tanto, y ya transcurrida una semana,  el de Palo Alto se mantenía impecable.
                Las primeras ideas que asoman es que la violencia y espíritu destructivo es un patrimonio de quienes menos tienen. Y fue en este punto donde Zimpardo y su gente introdujeron un nuevo factor, no poco ponzoñoso, a la ecuación social que estaban despejando, y le dieron un matracazo a uno de los cristales de sus ventanillas y corrieron a esconderse para seguir en sus labores de observación. ¡Oh, oh!  ¿Qué creen que pasó? ¡Se replicó el mismo proceso que había ocurrido en el Bronx! En breve espejos, ruedas, radio, asientos, motor y cuanto chisme llevable había desaparecieron y de la hasta entonces impoluta carroza sólo quedó el caparazón.
                Y empezaron las consideraciones respecto a la conducta.  ¿Cómo es que un anodino vidrio roto en un automóvil estacionado en un muy aristocrático predio californiano puede desencadenar un proceso indudablemente delictivo? Zimpardo y sus colegas especularon que un vidrio roto en un auto abandonado transmite deterioro, desinterés, despreocupación y con ello se rompen códigos de convivencia, se comunica una especie de que vale todo. Cada vez que el coche de Palo Alto era atacado ese paradigma se reforzaba y condujo a que los actos en su contra cada vez fueran peores hasta hacerse incontenibles, y desembocar en una espiral de violencia irracional.
                Este experimento me viene a la memoria cuando veo las informaciones sobre lo ocurrido en Cumaná, en el oriente venezolano. Allí una muchedumbre desesperada por la escasez de alimentos  arrasó con todos los expendios de bienes y alimentos, cual versiones tropicales de Atila dejaron la capital del estado Sucre enteramente desolada.  Al asombro ante lo ocurrido allá, siguió una ola de indignación por parte de muchos espectadores, no participantes, de aquellos sucesos. El más manido de los señalamientos fue que una cosa era la necesidad de alimentos y otra el vandalismo observado por parte de quienes protestaban. La arremetida moral en contra de los cumaneses fue unánime,  nadie atinó en medio del desconcierto a señalar que lo ocurrido era la consecuencia lógica de una serie de señales que desde hace largo tiempo han astillado todas las señales de convivencia de la sociedad venezolana y que episodios como los de Cumaná se replicarán a lo largo y ancho de Venezuela muy pronto.
                Al observar lo ocurrido en esa ciudad no puedo evitar pensar en la carrera por las candidaturas presidenciales de las venideras elecciones en Estados Unidos. Por lo visto en el territorio imperial hay unas cuantas ventanas rotas que han despertado la irracionalidad de los electores. ¿Qué explicación se le puede dar al triunfo del millonario Trump en la arena republicana?   Él es un caso del que se hablará a profundidad en un futuro, ya que es digno de ser analizado a cabalidad para tratar de identificar los ingredientes de su hasta ahora exitosa receta, fundamentalmente populista.
Fueron las promesas grandilocuentes las bases para que este hijo del municipio neoyorquino de Queens empezara en febrero de este año su ascenso. En las elecciones internas republicanas de Carolina del Sur el constructor hizo añicos las esperanzas del ex gobernador Jeb Bush, quien venía de una exitosa precampaña en la que había logrado colectar la nada despreciable suma de 120 millones de dólares para su faena electoral. Al mes siguiente el turno fue para el senador Marco Rubio, a quien Donald le dio una felpa en Florida al conseguir superarlo con 18,7% más de votos, lo que le obligó a renunciar a la carrera candidatural. En mayo el turno fue para el descendiente de cubanos Rafael “Ted” Cruz con quien hizo picadillo en las primarias de Indiana.
En este momento no hay dudas de quién será el candidato del partido del elefante, quien haciendo honor a la mascota de esa tolda avanza aplastando todo a su paso.  No logrará el triunfo frente a la abanderada de las fuerzas del burro demócrata, sin embargo estará a muy pocos votos de alcanzarlo.  La irracionalidad política es un potro desbocado que galopa a placer en todos los escenarios y por lo visto hay poca disposición real para atajarlo y mucho menos para domarlo. Son incontables las ventanas rotas que se observan, poco se hace para repararlas y evitar que el daño siga creciendo mientras la paciencia ciudadana cada día se hace más escasa. La desidia es una peste que sabe echar raíces.  A veces los escenarios me resultan tan cercanos pese a sus aparentes lejanías…

© Alfredo Cedeño


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenos días. Lo que está pasando en el imperio con el candidato republicano es lo que sucede en Francia y en Austria, por ejemplo, o, por el otro lado en España, esto es, por los extremos. Es el mismo fenómeno aunque parece el uno contradictorio de los otros. Es propio de los tiempos de crisis en los que mucha gente busca seguridad donde sea, y en este caso donde se la ofrecen aunque sea falsa, y se la ofrece el extremista que no se anda con sutilezas sino que habla con contundencia. Esto funciona hasta que se agota y no tarda mucho en agotarse pero produce estropicios mientras tanto. Nosotros estamos expuestos a que en estas circunstancias suceda cualquier cosa. Un abrazo.

Alejandro Moreno

Sala de Autopsia dijo...

Caramba...que texto tan interesante.
La violencia es virulenta. Cuando el ser humano se expone al contagio de inmediato comienza una reacción en cadema que puede pasar de epidemia a pandemia...
El odio, alberga odio y es candela para la venganza y la retaliación...
La vacuma es el trabajo interno, el emponderamiento amoroso y la empatía...
My humble opinion.
Pd: El marketing de Trump es digno de un estudio aparte. Creo que el monopoliza emociones perturbadoras y hace malabares políticos que hechizan creando "dudas razonables" a pesar de tanto desafuero y locura mediática