El hombre, su mujer y su hijo, después
de erguirse y comenzar a caminar aprendieron a navegar, les costó poco. Apenas
necesitaron evocar sus recuerdos prenatales cuando nadaban en el líquido
amniótico. Tomaron los restos vegetales que veían flotar y con ellos armaron
almadías, más tarde excavaron los troncos e hicieron nacer las canoas, las
curiaras, los cayucos. Pronto entendieron que podían jugar con el viento para
que los llevara volandero a sus destinos, y nacieron las velas.
El mar y los ríos, dulces y trágicos
misterios que multiplicaron la vida y los territorios, mansa masa que puede
convertirse en dragones o infiernos desatados, se hizo rito. Dos milenios antes
de nuestra era, en Babilonia, se escribió el poema épico Enuma Elish,
que comienza: “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y abajo
la tierra firme aún no tenía nombre, Apsu, el primordial, y Tiamat,
la que los engendró a todos, mezclaban sus aguas”.
La Biblia en sus
primeras líneas, libro del Génesis asentó: “… y el Espíritu de Dios se movía
sobre la faz de las aguas”. Varias páginas
más adelante, en Eclesiastés, encontramos: “Todos los ríos van al mar, y
el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para
correr de nuevo”. En el siglo XV será Jorge Manrique quien nos entregará: “Nuestras
vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”.
El bachiller Shakespeare explica en El Mercader de Venecia,
lo que la navegación significa y la relación humana con ella: “Los barcos no
son más que tablas, y los marineros, simples hombres: hay ratas de tierra y
ratas de agua, ladrones de agua y ladrones de tierra... y luego está el peligro
de las aguas, los vientos y las rocas”.
Un autor fanático desbordado del mar como fue Joseph Conrad
en el Espejo del mar escribió: “El mar nunca ha sido amistoso con el
hombre. A lo sumo, ha sido cómplice de la inquietud humana”. Por su parte Webb Chiles en La travesía de
la tormenta, solo alrededor del Cabo de Hornos, declara: “Un marino es un
artista cuyo medio es el viento”.
Conrad y Chiles convergen, en el
fondo, en una certeza: el mar despoja al hombre de toda ilusión de grandeza.
Ante el viento, las olas y la incertidumbre, se desvanecen los títulos, las
jerarquías y las apariencias; solo quedan el carácter, la experiencia y la
capacidad de mantener el derrotero. Esa misma lección, extrapolada del océano al
ser humano, había sido formulada siglos antes por Michel de Montaigne con su
inconfundible ironía: “Del mismo modo, no nos sirve de nada subirnos a unas
zancas, ya que, incluso con ellas, seguimos teniendo que caminar con nuestras
piernas, y en el más elevado trono del mundo siempre estamos sentados sobre
nuestro culo”. El mismo sobre el que cayeron aquellos que creyeron eterno su
control sobre nuestra tierra…
©
Alfredo Cedeño


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