domingo, agosto 09, 2026

SEGUIMOS SENTADOS



          El hombre, su mujer y su hijo, después de erguirse y comenzar a caminar aprendieron a navegar, les costó poco. Apenas necesitaron evocar sus recuerdos prenatales cuando nadaban en el líquido amniótico. Tomaron los restos vegetales que veían flotar y con ellos armaron almadías, más tarde excavaron los troncos e hicieron nacer las canoas, las curiaras, los cayucos. Pronto entendieron que podían jugar con el viento para que los llevara volandero a sus destinos, y nacieron las velas.

          El mar y los ríos, dulces y trágicos misterios que multiplicaron la vida y los territorios, mansa masa que puede convertirse en dragones o infiernos desatados, se hizo rito. Dos milenios antes de nuestra era, en Babilonia, se escribió el poema épico Enuma Elish, que comienza: “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado, y abajo la tierra firme aún no tenía nombre, Apsu, el primordial, y Tiamat, la que los engendró a todos, mezclaban sus aguas”.

La Biblia en sus primeras líneas, libro del Génesis asentó: “… y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.  Varias páginas más adelante, en Eclesiastés, encontramos: “Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo”. En el siglo XV será Jorge Manrique quien nos entregará: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”.

El bachiller Shakespeare explica en El Mercader de Venecia, lo que la navegación significa y la relación humana con ella: “Los barcos no son más que tablas, y los marineros, simples hombres: hay ratas de tierra y ratas de agua, ladrones de agua y ladrones de tierra... y luego está el peligro de las aguas, los vientos y las rocas”.

Un autor fanático desbordado del mar como fue Joseph Conrad en el Espejo del mar escribió: “El mar nunca ha sido amistoso con el hombre. A lo sumo, ha sido cómplice de la inquietud humana”.  Por su parte Webb Chiles en La travesía de la tormenta, solo alrededor del Cabo de Hornos, declara: “Un marino es un artista cuyo medio es el viento”.

          Conrad y Chiles convergen, en el fondo, en una certeza: el mar despoja al hombre de toda ilusión de grandeza. Ante el viento, las olas y la incertidumbre, se desvanecen los títulos, las jerarquías y las apariencias; solo quedan el carácter, la experiencia y la capacidad de mantener el derrotero. Esa misma lección, extrapolada del océano al ser humano, había sido formulada siglos antes por Michel de Montaigne con su inconfundible ironía: “Del mismo modo, no nos sirve de nada subirnos a unas zancas, ya que, incluso con ellas, seguimos teniendo que caminar con nuestras piernas, y en el más elevado trono del mundo siempre estamos sentados sobre nuestro culo”. El mismo sobre el que cayeron aquellos que creyeron eterno su control sobre nuestra tierra…

         

© Alfredo Cedeño  




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