miércoles, septiembre 23, 2009

MADRID

La historia siempre ha sido un crisol de cuentos, que se comprueban en la ilusión de quienes quieren ser, y en esa medida lo son, el ombligo del mundo. Algunos con más poder que otros, terminan por imponer sus veleidades y el tiempo se convierte en un cómplice que se somete a tales caprichos.

Madrid surgió de la voluntad de los reales cojones de Felipe II, quien decidió en el siglo XVI, en el año 1561 para ser precisos, instalar la corte entre aquellos eriales y campos de labranzas. Ya la fama revoloteaba sobre estos territorios donde había sido descubierta la Virgen de la Almudena y san Isidro Labrador había hecho de las suyas. El ahora patrono de los labriegos logró someter a los ángeles para que se ocuparan de arar por él, mientras se dedicaba a la vagancia piadosa de los rezos en cuanta iglesia, ermita o capilla encontraba en esos parajes.

Ahora, cinco siglos más tarde la capital ibérica es una babel angosta de aeropuertos donde los viajeros siempre esperan su momento de partir, de jardines donde las hojas revolotean como mariposas heridas, con calles donde la fe es un aviso reforzado de neón, y sus habitantes viajan incansables mientras un perro acompaña a un músico en cualquier esquina para componer la melodía de una ciudad que sigue siendo un crisol de santos, sabios, dioses y demonios que no saben por donde arrojar sus pasos ávidos de olvido.















































































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