Pocas veces las cosas van al ritmo que
se nos ocurren deben ir, pero cuando damos un vistazo a las situaciones con las
que nos impacientamos, podemos sentirnos como Galileo Galilei y decir Eppur
si muove. En buen cristiano: Y, sin embargo, se mueve.
No faltará quien me quiera enrostrar la improbable respuesta
del sabio toscano, ante el tribunal de la Santa Inquisición en 1633, luego de abjurar
de la visión heliocéntrica del mundo. La frase ha durado hasta ahora y bien
podemos aplicarla a lo que ocurre en diferentes escenarios del planeta.
Veamos España, para comenzar. Un Pedro
“ácaro” Sánchez, que se aferra a la Moncloa como garrapata en rabo de yegua,
llega al punto de hasta ofrecer velas a santa Tecla la Callosa y a san
Caralampio mártir para seguir disfrutando de los privilegios del cargo. Poco
importa si después tenga que entregarle la nalgamenta al diablo. No podemos obviar a ese ser, que casi
parece un ectoplasma, llamado Alberto Núñez Feijóo quien de gesto apacible, tal
si el sacristán de la catedral de Santiago de Compostela fuera, se dedica a
“jugar” de manera correcta en la política hispana.
En esta mirada a la amada España no
puedo olvidar al aspirante musoliniano Santiago Abascal, que juega al decente
mientras aplica métodos de la Inquisición contra los muchachos de Revuelta.
Este grupo que fuera empleado como ariete por VOX, ahora lo condenan sin
melindres algunos, por no acatar la “línea” del partido. ¡Santa María de Ipire!
Los mismos que dieron contratos de cientos de miles de euros, al amparo de una
fachada legal, son los verdugos de quienes creyeron en limpieza y claridad
política.
Si cruzamos la mar océana vemos a una
“encargada” de los mandos en Caracas cacarear contra la bota extranjera, pero
que sabe cumplir con meticulosa modosidad lo que le indican desde orillas del
río Potomac. Tal vez, de su época de estudiante de Derecho, le quedó aquello de
Séneca: “Quien teme, sirve”.
No deja de ser hilarante el video de
la muy combativa Iris Fosforito narrando los pormenores de la captura de
Gofiote, y la doña de la prótesis dental bailante. En su narrativa épica
describe como ella se enfrentó a los malvados marines para acompañar a su
marido hasta el presidio de Brooklyn. ¿No se conmueven ante tan excelsa
manifestación de amor? La ahora insumisa Venevisión podría contratarla cual
versión criolla de Delia Fiallo.
¿Cómo dejar de mencionar los gestos de
marido cornudo, pero resignado, del otrora matón de Monagas? Lo veo y no sé si
está por hacer pucheros o por ciscarse en la madre que parió a todos los ahora
dialogantes. Dicen que lo vieron con pasos algo extraviados buscando el mazo
del que tanto gustaba presumir. Un buen tolete es lo que le espera como siga
gruñendo babeante. ¿Qué pensar del silencio de monjas reclusas de Padrino?
Tampoco es para olvidar a Guaidó,
Rosales, Smolansky, Caprilitos, López, Miguel Pizarro, y demás miembros de la
sagrada cofradía de la estatal teta perpetua, que ahora reclaman su sitio en la
foto. Ni hablar del ilustre señor Ramos, a quien su muy gozoso cuñado, aspiraba
juntar con Jeffrey Epstein. Uno es mal pensado, porque ¿quién quita que lo que
pretendían era ir en peregrinación al santuario de Betania?
Escribo y me vienen mil cosas a la
cabeza. La sinapsis es una vaina seria, hace que las neuronas, las pocas que
quedan en mi estropeado cerebro, tiendan puentes y encadenen frases. Es un
destello que me dice casi al milímetro lo que estamos viviendo. Al final de Macbeth,
él acaba de recibir la noticia de la muerte de su mujer, y Shakespeare pone en
su boca: “Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no
significa nada”. También aparece
Rabelais y recuerdo la carta que Gargantúa envía a Pantagruel: “Veo que los
pícaros, verdugos, mercenarios, palafreneros de hoy son más doctos que los
doctores y predicadores de mis tiempos”.
Por ahora, y así como por no dejar,
veo que a Delcy Eloina y demás comparsas –así como Pedro Sánchez, Iglesias y otros
zarrapastrosos– son llevados al estilo con que arrastran los marineros a sus
damiselas al jergón: ¡A pellizcos y empujones!
©
Alfredo Cedeño


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