Una de las preguntas más difíciles que me han hecho en la vida, me la formuló mi hijo cuando estaba cerca de cumplir dos años. Con su voz todavía enredada y sus ojos limpios me soltó: “Papá, ¿qué es el tiempo?” La pregunta que desde que el hombre es el animal pensante que se supone es, ha generado infinitas horas de pensar y discutir.
¿Cómo explicarle, por ejemplo lo que
Agustín de Hipona, a comienzos del siglo V después de Cristo, dejó en Confesiones?
“Qué es el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero
explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con
certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no
habría tiempo presente.”
Tampoco podía soltarle aquello de “El
tiempo es una magnitud física que permite ordenar eventos y medir la duración
entre ellos”. Menos ponerme a divagar sobre lo que dijeron Aristóteles o Platón
al respecto. Lo agarré, me lo senté en las piernas y, tratando de salir airoso
del atolladero le solté algo sobre la representación abstracta creada por el
hombre para tener puntos de comparación en lo que hacía. Me vio con no poco
desdén y, antes de salir corriendo a jugar en su cuarto, me dijo: “¿Por qué el
Sombrerero de Alicia si conoce bien al tiempo? Debieras preguntarle a él”.
Hay un momento para cada cosa, y el
tiempo que hoy es presente mañana, que hoy es futuro, será pasado. ¿Usted puede
imaginar cuando llegue el de ese señor rechoncho, ojeroso y malencarado que
anda amenazando a todo el que se le antoje con la macana de Trucutrú? Sí, ese
mismo que se robó las cantinas cuando cadete, la sede de nuestro periódico, la
casa de la gente decente en Los Chorros y que anda de rabo alzado frente a la
marioneta Delcy Eloína.
¿Usted no ha hecho el ejercicio de
imaginar el minuto en que los relojes –esos artefactos que inventamos para
medir el paso del tiempo–, de los hermanitos Rodríguez dejen de funcionar, de
la misma manera que dejaron de hacerlo los de Nico y Cilita? ¿Cómo dejar de
regodearse imaginando el instante en que esa dirigencia patuleca y resabiada
que hemos padecido por tantos años sea echada a un lado? Bien lo dice el refranero popular: Tiempo al
tiempo.
Hay un océano de definiciones, ninguna
coincidencia. ¿Cómo tratar de explicar lo que nadie se atreve a definir de
manera total? En la Biblia, el libro Eclesiastés reza: “Todo tiene su tiempo, y
todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo
de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar,
y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar,
y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir
piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse
de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo
de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de
hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de
paz”.
Venezuela también está gestando su
tiempo de libertad, y veremos andar solitarios por las calles desiertas a todos
aquellos que se regocijaron creyéndose eternos en su goce patológico del poder.
© Alfredo Cedeño


No hay comentarios.:
Publicar un comentario