domingo, octubre 04, 2026

PILOTOS DE SOBRA



          En no pocas ocasiones me quedé inmovilizado a orillas de los ríos del Amazonas contemplando la pericia de los indígenas al navegar con sus curiaras. Verlos cruzar las densas y raudas aguas, entre troncos, peñascos y trabas de toda laya, son escenas de titanes con un equilibrio sobrenatural. Para un citadino impenitente, como es mi caso, era sentirme en medio del rodaje de una de las películas que poblaron los sueños de mi niñez.

          Estar navegando por el río Parucito, en las afueras de San Juan de Manapiare, estado Amazonas, con dos amigos piaroa fue una de esas oportunidades. Era necesario abandonar la canoa, para que ellos cruzaran unos pequeños raudales, mientras yo recorría un sendero a la vera de la corriente.  Era cuando me paralizaba para observar sus destrezas en acción. Sus gritos me sacaban del embobamiento y corría hasta llegar a la playa donde me esperaban.

          Los riesgos que ellos y todos los otros “parientes”, manera como se denominan los indígenas entre sí, corren a diario, una hora tras otra, mientras surcan sus ríos, son parte de su respiración. Lo mismo ves deslizarse en la corriente un tronco de porte monumental sumergido y al que un citadino no sabe distinguir, que pasas bajo una rama en la que una serpiente gigantesca duerme inmutable, o ves saltar por la vegetación un cunaguaro persiguiendo a una presa. Son sus lances cotidianos, mientras no apartan la vista del agua y siguen remontando, o descendiendo, por el afluente.

          No necesitan mapas, ni brújulas, solo una mirada sabia que conoce cuál es el caño donde hay que internarse buscando una vivienda. En qué caserío podemos encontrar cazabe o unos plátanos hervidos para acompañar la comida. Más adelante está el conuco de los yabarana, anuncian en una vuelta del río, y así es. Ahí encontramos a varios representantes de esa comunidad.

Luego de los saludos de rigor seguimos navegando, evitando las piedras y los troncos, las ramas que cruzan sobre el agua.  Siempre fueron dos singladuras las que hice en esos recorridos. La que me llevaba a un sitio en particular, y la que me hacía divagar, más bien delirar, con el ambiente que tenía el privilegio de transitar.

Nunca encontraba la manera de agradecer a mis baquianos su empeño y velo por mi seguridad. Los derroches de sabiduría con que me colmaban de informaciones, el anticiparse a mis preguntas, el mimo con que transportaban mis equipos, todo era siempre rayano en la exquisitez. Me pasó también con Monchito en los caños del delta del Orinoco, cuando no en Kavanayen o Kamarata en Bolívar, o con Javier Armato en la Sierra de Perijá. 

Los recuerdo a todos ellos y también evoco a los amigos campesinos de Altos de La Cruz en las afueras de Mendoza Fría en Trujillo, donde Chucho Márquez me explicaba con paciencia franciscana los secretos de sus siembras y cosechas; o sus gestos de velocidad pasmosa para matar una culebra que estaba un poco más adelante de mi paso.  Nombro estas personas y podría seguir una lista inagotable de otras y otros de igual perfil.

Siempre tuve la fortuna de establecer contacto con gente fuera de serie, generosa, sabia, dispuesta a ayudar.  Para emplear un término de esos que les gusta a los científicos sociales, bien se puede decir que es una muestra demográfica de Venezuela. Ese país que ahora unos cuantos carifrescos aseveran estar investidos para representar. Confunden tuercas con arandelas y cuando ven un burro por la cola aseguran que tiene buen hocico.

Luego los verá usted lamentándose por la incomprensión ciudadana y despotricando contra todos aquellos que señalemos alguno de sus desbarres. Sigo sin entender que desacierto estamos expiando, pero mantengo la certeza de que abundarán quienes a pie firme sobre frágiles cubiertas sabrán continuar navegando y manteniéndonos a salvo.

 © Alfredo Cedeño  


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