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domingo, octubre 04, 2026

PILOTOS DE SOBRA



          En no pocas ocasiones me quedé inmovilizado a orillas de los ríos del Amazonas contemplando la pericia de los indígenas al navegar con sus curiaras. Verlos cruzar las densas y raudas aguas, entre troncos, peñascos y trabas de toda laya, son escenas de titanes con un equilibrio sobrenatural. Para un citadino impenitente, como es mi caso, era sentirme en medio del rodaje de una de las películas que poblaron los sueños de mi niñez.

          Estar navegando por el río Parucito, en las afueras de San Juan de Manapiare, estado Amazonas, con dos amigos piaroa fue una de esas oportunidades. Era necesario abandonar la canoa, para que ellos cruzaran unos pequeños raudales, mientras yo recorría un sendero a la vera de la corriente.  Era cuando me paralizaba para observar sus destrezas en acción. Sus gritos me sacaban del embobamiento y corría hasta llegar a la playa donde me esperaban.

          Los riesgos que ellos y todos los otros “parientes”, manera como se denominan los indígenas entre sí, corren a diario, una hora tras otra, mientras surcan sus ríos, son parte de su respiración. Lo mismo ves deslizarse en la corriente un tronco de porte monumental sumergido y al que un citadino no sabe distinguir, que pasas bajo una rama en la que una serpiente gigantesca duerme inmutable, o ves saltar por la vegetación un cunaguaro persiguiendo a una presa. Son sus lances cotidianos, mientras no apartan la vista del agua y siguen remontando, o descendiendo, por el afluente.

          No necesitan mapas, ni brújulas, solo una mirada sabia que conoce cuál es el caño donde hay que internarse buscando una vivienda. En qué caserío podemos encontrar cazabe o unos plátanos hervidos para acompañar la comida. Más adelante está el conuco de los yabarana, anuncian en una vuelta del río, y así es. Ahí encontramos a varios representantes de esa comunidad.

Luego de los saludos de rigor seguimos navegando, evitando las piedras y los troncos, las ramas que cruzan sobre el agua.  Siempre fueron dos singladuras las que hice en esos recorridos. La que me llevaba a un sitio en particular, y la que me hacía divagar, más bien delirar, con el ambiente que tenía el privilegio de transitar.

Nunca encontraba la manera de agradecer a mis baquianos su empeño y velo por mi seguridad. Los derroches de sabiduría con que me colmaban de informaciones, el anticiparse a mis preguntas, el mimo con que transportaban mis equipos, todo era siempre rayano en la exquisitez. Me pasó también con Monchito en los caños del delta del Orinoco, cuando no en Kavanayen o Kamarata en Bolívar, o con Javier Armato en la Sierra de Perijá. 

Los recuerdo a todos ellos y también evoco a los amigos campesinos de Altos de La Cruz en las afueras de Mendoza Fría en Trujillo, donde Chucho Márquez me explicaba con paciencia franciscana los secretos de sus siembras y cosechas; o sus gestos de velocidad pasmosa para matar una culebra que estaba un poco más adelante de mi paso.  Nombro estas personas y podría seguir una lista inagotable de otras y otros de igual perfil.

Siempre tuve la fortuna de establecer contacto con gente fuera de serie, generosa, sabia, dispuesta a ayudar.  Para emplear un término de esos que les gusta a los científicos sociales, bien se puede decir que es una muestra demográfica de Venezuela. Ese país que ahora unos cuantos carifrescos aseveran estar investidos para representar. Confunden tuercas con arandelas y cuando ven un burro por la cola aseguran que tiene buen hocico.

Luego los verá usted lamentándose por la incomprensión ciudadana y despotricando contra todos aquellos que señalemos alguno de sus desbarres. Sigo sin entender que desacierto estamos expiando, pero mantengo la certeza de que abundarán quienes a pie firme sobre frágiles cubiertas sabrán continuar navegando y manteniéndonos a salvo.

 © Alfredo Cedeño  


viernes, abril 01, 2022

A MANSALVA



Corría la década de los cincuenta del siglo pasado cuando llegó a Venezuela una de las personas que    más la ha amado. Llegó y se sintió atrapado por nuestra tierra. Más de una vez, a petición mía porque me encantaba oírle narrarlo, me contó: “Yo no sé exactamente qué fue, pero sentí que este no era un punto más al que estaba llegando. Y dije que quería conocer esta tierra y su gente. ¿Y cuál es la mejor manera de conocer un lugar? ¡Caminándolo! Y agarré una ropa y un chinchorrito y me fui caminando por la carretera Panamericana. La primera noche llegué hasta Tejerías y ahí, a la orilla de la carretera, le pedí permiso a una familia y colgué mi cama, y de ahí seguí caminando hasta que entendí que estaba enamorado de esta tierra y su gente. Y aquí me quedé…”

Escribo sobre Daniel de Barandiarán, “el indio Daniel”, para unos, o “el cura Daniel” para otros, que llegó a Venezuela como misionero de la llamada congregación laica los Hermanitos de Jesús, también conocidos como Hermanitos de Foucauld. Las tareas y peripecias de él son para escribir varios tomos, de grueso espesor, y, sin embargo, él no hacía gala de ello. Sólo entre amigos se explayaba a narrar algunas cosas; la mayoría las callaba. Fue él, con su tozudez a prueba de todo, quien fundó a fines de los años cincuenta, en la parte alta del río Caura, la población Santa María de Erebato, me refiero al corazón de la selva del estado Bolívar.  Sus largos años entre los Yekwanas y Yanomami le dieron el nombre de “Aushi Walalam”

Bolívar y Amazonas lo recorrió en curiara y a pie. Una de las deudas eternas que la Venezuela decente tiene con él fue su libro Los Hijos de la Luna, uno de los más profundos estudios sobre la cultura de los Sanemá-Yanoama, o Yanomami como suele decir la mayoría. En sus labores entre ellos por la selva amazónica, en las cercanías de los límites con Brasil, un día llegó a una comunidad que le informaron de unos trabajos que estaban haciendo unos soldados cerca de allí. Él se fue con ellos a ver lo que le contaban.  ¡Y vaya que encontró! Un grupo de militares brasileros habían construido un cuartel y una pista de aterrizaje… ¡En territorio venezolano!

“Todavía no sé cómo me controlé, pero me di cuenta de que tenía que hacerlo, y me quedé hecho el bobo mirando todo, todo, todo, y después que tenía todo en la cabeza, me regresé. Tardé casi un mes en llegar a Caracas. Imagínate, tuve que caminar, y agarrar curiaras, y botes, y autobuses, hasta que llegué a Ciudad Bolívar y ahí conseguí que me llevaran a Caracas, directo a La Carlota conseguí una “cola”. Me bajé de la avioneta y pegué a correr hasta la puerta de la base aérea, y ahí agarré un taxi que me llevó hasta la sede del Ministerio de la Defensa. Como ahí ya me conocían todos, entré hasta el propio despacho del ministro y, ahí sí que no me pude controlar, le grité: Mientras usted está echado ahí, nos están quitando el país a pedazos, ¡a ver si mueve el culo! Ahora sé que fue una impertinencia de mi parte y una falta de respeto, pero es que no podía con la rabia que cargaba desde hacía un mes por dentro. Total, fue que, el general me pidió que me calmara, y a grito pelado le conté lo que estaba pasando. Esa misma tarde salí con él y dos aviones llenos de soldados y funcionarios y recuperamos el territorio que Brasil ya se estaba robando.”

Ese punto del que narraba Daniel ese episodio, es lo que ahora se llama Parima B. El impasse fue resuelto, fuerzas militares venezolanas tomaron posesión de las instalaciones y, desde entonces, allí operan distintos grupos de las fuerzas militares, así como distintos investigadores. Años más tarde, con no poca amargura, él me decía: “Es que, de no haber sido por los brasileros, ni siquiera ese cuartel y esa pista estarían ahí. Amigo mío, este país no le duele a nadie, y sus militares hablan mucho del amor a la patria, pero son muy pocos los que realmente la honran:”

La última vez que estuve allí, fue hace casi treinta años, los Yanomami, o Sanemá-Yanoama, estaban en constante contacto con los efectivos militares. Fue cuando hice esta foto que uso para ilustrar estas líneas. La alegría de ellos es de pureza milenaria. Fue en ese mismo sitio que Daniel recuperó para Venezuela, a gente pura, a cuatro para ser precisos, a quienes un grupo de “valerosos soldados bolivarianos”, asesinó a mansalva con las armas de guerra que se supone les fueron entregadas para defender la integridad territorial del país.

Es más que dolorosa la tragedia venezolana, peor que vergonzosa, mucho más que aterradora, cuando un grupo de efectivos militares arremete con su armamento contra un grupo de personas inermes.  Ellos, y el oficial a mando, están retratados en el Salmo 10: 

Llena está su boca de maldición, y de engaños y fraude;

Debajo de su lengua hay vejación y maldad.

Se sienta en acecho cerca de las aldeas;

En escondrijos mata al inocente.


© Alfredo Cedeño  

miércoles, agosto 28, 2019

TELONES DE HUMO

  
                La cortina de humo, y nunca mejor empleado el término, del momento es la serie de incendios que azotan el Amazonas brasileño. Es bueno llamar la atención que el incendio en dicha zona no es exclusividad de la tierra de la samba y las garotas. Considero oportuno recordar que Amazonas es una vastísima área compartida por Brasil con Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana, Guayana Francesa, y Surinam.  No deja de llamarme la atención que el foco se haya dirigido en esta oportunidad exclusivamente sobre lo que ocurre en el más grande de dichos países, mientras que de lo que ocurre en su vecino Bolivia ni una línea se ha publicado en los grandes medios. La alcahuetería al galope y en pleno ejercicio.
                Para poner en perspectiva la magnitud de los incendios, de similares magnitudes en ambos países, vale la pena decir que el país que preside Morales ocupa alrededor del 13% del área abarcada por el que encabeza Bolsonaro. Sin embargo, las grandes corporaciones noticiosas se han cebado en la "tragedia brasileña" y se ha llegado a extremos insólitos, como la publicación que hizo el presidente francés de un tweet que comienza con la frase: "Nuestra casa está ardiendo". Y el ilustre galo ilustró su angustiado llamado con una estampa escalofriante de un voraz incendio en  el pulmón del planeta. Un pequeño detalle que no mencionó monsieur Macron: era una muy vieja imagen, hecha por el fotógrafo Loren McIntyre muerto en 2003. A los caballeros Emmanuel y Evo ni con el pétalo de una rosa.
                Por supuesto que tampoco se ha hecho similar alharaca con la devastación a lo Atila que se ha ejecutado en nuestras selvas amazónicas. Nuestro "gobierno" ha entregado a Rusia, Turquía, China y facciones de las guerrillas colombianas vastos sectores de nuestro territorio amazónico y guayanés. Oro, diamantes, bauxita, coltan, hierro, entre muchos otros minerales, son extraídos de manera sistemática y desenfrenada en lo que fueron parajes de ensueño, y dejándolos convertidos en eriales que nunca más serán recuperados. La voracidad revolucionaria se mide con una vara de muy elástico rigor.
Las paradojas que se ponen en evidencia ante las tragedias que son todos estos eventos, los incendios en Brasil y Bolivia, así como la destrucción del sur de Venezuela, son muchas. Una que  con su desparpajo provocó inmenso asombro fue el yernísimo y canciller Arreaza quien tratando de pescar en río revuelto emitió un comunicado contra el llamado Grupo de Lima. Allí dice entre otras cosas: "En una actitud absolutamente reprochable y mezquina, dichos gobiernos optan por privilegiar su obsesivo fundamentalismo ideológico, antes que su obligación ética y legal de proteger y resguardar las selvas y fauna tropicales del Amazonas, así como a las comunidades y pueblos originarios que habitan en la región, ante los devastadores efectos de los incendios forestales que se han desatado".  Caramba, caramba, tanto desprendimiento abruma. Y el honorable canciller criollo manifiesta su disposición para actuar de inmediato y apagar el incendio y emprender políticas internacionales para la recuperación ambiental de la zona. ¿Será que hubo eso que los psicólogos llaman proyección?
                Mientras todo este tinglado sigue su curso, y así como quien no quiere la cosa, los maromeros venezolanos de siempre siguen haciendo de las suyas. Los que soñamos y creemos en que es posible un país distinto, limpio, transparente, honesto y  trabajador seguimos exigiendo claridad. Cada vez que señalamos un desaguisado o alguna manifestación incoherente en la conducción de la tarea de rescate del país somos lapidados ipso facto. Apostamos porque, en algún momento, en sus cabezas semi momificadas entre algo de cordura y entiendan que Venezuela se transformó, que ya no es un potrero donde cualquier gañán entra a hacer lo que su corpulencia y malas mañas les permitan.
                Los chavistas, ahora devenidos en maduristas, no son los únicos responsables de nuestro destrozo moral y material. El celestinaje en función de los intereses propios de mucho alto y honorable dirigente "democrático" está más que en entredicho y a eso no hay que sacarle el cuerpo. Es momento de sajar a fondo las pústulas que nos han brotado, es hora de sanar nuestro país.

© Alfredo Cedeño

miércoles, noviembre 07, 2018

ALCAHUETES IMPENITENTES

                Al menos veinte veces hice el viaje con mi carro desde Caracas a Puerto Ayacucho, tiempos cuando hacía trabajos especiales para El Diario de Caracas y El Universal, y luego como investigador del programa Viajando con Maltín Polar.  Esos recorridos los hice siempre solo, salía a las cinco de la mañana de Caracas y a las  4 de la tarde, luego de atravesar Aragua, Guárico y Apure, entraba a la capital del estado Amazonas. Era un recorrido al que siempre otorgué sentido místico. Salía de la ciudad para sumergirme en nuestras raíces originarias, nuestros ancestros indígenas. Eran viajes de largas meditaciones, de incontables reflexiones, de escasas soluciones.
                El día antes del domingo 26 de febrero de 1995 regresé a Caracas, poco podía saber que horas más tarde en las relativas cercanías de mi camino, a orillas del río Meta, el puesto militar Cararabo sería atacado por la guerrilla colombiana y realizarían una masacre contra los efectivos allí destacados. De aquella alevosa operación subversiva entre los cuerpos de seguridad del Estado hubo la convicción que ello había sido posible gracias a un informante que las fuerzas irregulares tenían entre algunos miembros ya retirados de la oficialidad venezolana, y señalaron específicamente a cierto teniente coronel. Si, ese mismo que había intentado el golpe contra Carlos Andrés Pérez en febrero de 1992, y que luego llegaría a la presidencia.  Sin embargo, los señalamientos fueron callados "por órdenes superiores".  
                Todo esto me viene a la cabeza en el momento que leo las informaciones sobre el ataque del pasado domingo 4 de noviembre por parte de guerrilleros del vecino país a efectivos militares en las afueras de Puerto Ayacucho. No creo necesario abundar en las manifiestas simpatías del comandante difunto con dichos subversivos. Los nexos fueron patentes y poco simulados, las reuniones fueron anunciadas con bombos y platillos o algunas celebradas con excesiva cautela, como las de un ministro de salud con el representante del ELN en Caracas en su despacho de la torre sur del Centro Simón Bolívar.
                La emboscada contra ese grupo de muchachos del domingo es consecuencia de la alcahuetería sin parangón de nuestro gobierno con la guerrilla, no fue el ELN quien lo mató, fue Chávez, y Maduro y su combo los autores de ese sacrificio. Padrino López con sus palabras trata de aquietar a sus subordinados, sabe bien que está sentado sobre un barril de pólvora al que le sobran mechas muy cortas. Mientras tanto, y por no dejar, la élite de la peste roja calla, se dedican a ver cómo le dan casa por cárcel al camarada "Garganta", líder de los Grupos Estructurados de Delincuencia Organizada. ¿Casualidad que las siglas sean G2?

 © Alfredo Cedeño

domingo, julio 07, 2013

PUEBLO WAREKENA

            Cada vez que miró el mapa de Venezuela no puedo evitar ver la figura del estado Amazonas como la de una uña que rasca la panza de América.  En el borde izquierdo de esa forma, a orillas del río Guainía, está una diminuta comunidad llamada Wayánapi, que suele aparecer en los mapas oficiales como Guzmán Blanco, la cual originalmente fue una población warekena.
            Los Guarequena, Arequena, Urequema, Uerequema, Uarequena, Werekena, como también se les ha identificado, es una minoría que, pese a no querer pecar de pesimista, parece en francas vías de extinción: las últimas cifras oficiales que recuerdo informaban que  apenas superan el medio millar de individuos.  Hoy sus sobrevivientes estás diseminados en la mencionada Wayánapi, así como en Maroa e Isletas, también en las márgenes del Guainía.
            La cultura warekena es de procedencia Arawak o Arawaca, como gustan escribir algunos, es decir emparentados con los Wayúu, o guajiros, del Zulia, o los Kurripako, Piapoco y Hiwi en el propio Amazonas.  Creo necesario señalar que a pesar de ser miembros de un mismo tronco lingüístico los contrastes entre idiomas son marcados. Voy a citarles unos pocos ejemplos: en Warekena el número uno es peya, en Kurripako pada y en Wayúu wane. En el caso de hombre los Warekena dicen inauli, los Kurripako: aachia, y los Wayúu: toolo; cuando nombran a una mujer los Warekena pronuncian: inautam, los Kurripako: inaru y jiérü los Wayúu.  Es evidente que hay claras diferencias de una a otra lengua.
            Warekena significa “nietos del picure”, (Dasyprocta fuliginosa) animal que tienen por sagrado y del cual se consideran descendientes. Aseguran los estudiosos que ellos se desprendieron de un grupo social más amplio conformado por los Tariana, Baré, Tsatse y Wakuénai, y que evidencia de ello es la gran similitud lingüística y cultural que guarda con ellos.
Gracias a los antropólogos Esteban Emilio Mosonyi y Omar González Ñáñez, esta cultura ha logrado sobrellevar, con más penas que glorias, las mil y unas para sobrevivir hasta nuestros días. González quien ha realizado una exhaustiva labor de recopilación de sus mitos revela que en la laguna que se encuentra en el caño Machalika wéeni, ubicado al pie del cerro Ukúsilima, hay muchas hierbas (pusanas) que sirven para no envejecer, conseguir mujeres, trabajo, riquezas. También revela que para ellos en el cerro Autana, donde estaba el árbol de la vida, que contenía todas las semillas de todas las plantas, la piedra Deré-derénáwi que es el pene del Creador y que no puede ser vista por la gente común.
            El mundo mítico Warekena es de una fascinante y amplia riqueza. Recuerdo los esfuerzos de González Ñáñez por transmitirme sus hallazgos. Ahora apelo a mis apuntes para copiarles su versión de sus orígenes: Wamudana es el creador de todos los pueblos maipure-arawakos, su origen fue en una piedra raudal, Jípana, que está localizada  en el Río Aiarí, en el noroeste amazónico del Brasil. Él, Wamudana, está en el séptimo cielo y ya no está en Jípana, lugar donde él inició la creación. Uno de sus hijos fue Kuwai, el primer ser humano, quien se quedó en la tierra junto con la primera mujer: Amaruyawa. Ellos y el primer brujo, llamado Dzuuli, ayudaron a Wamudana a continuar la creación en Jípana, que es el primer mundo. Los primeros seres humanos fueron jalados por el pelo por Wamudana y su tropa y fueron extraídos desde buracos u hoyos en parejas de hombre y mujer. Napiruli, Kúwai, Amaruyáwa y Dzuuli, que fue el primer brujo que hubo, fueron creados por Wamúdana.
 
            No necesito escribir que podrían llenarse centenares de páginas con la tradición oral de esta cultura. No puedo cerrar este punto sin contar que Napiruli preñó con su pensamiento a Amaruyawa, y de ahí nació el Kuwai. Kuámasi es el hijo del Kuwai con Puméyawa, quien es una diosa, dueña de los perfumes… ¡Qué surrealismo, ni qué  García Márquez, ni que carajo!
            Lo cierto es que pese a los contratiempos y amenazas contra su permanencia ellos siguen aferrados a sus patrones culturales y en  Wayánapi los ritos de iniciación entre niños y niñas se mantienen. Sus cuerpos son pintados con trazos seculares que de generación en generación han adquirido un contorno y brillo particular. Los estragos que desde comienzos del siglo pasado causaron entre ellos la explotación del caucho (Hevea brasilensis) no pudieron apagar su ritmo.
            No es gratuito que investigadores como los ya citados Mosonyi y González hayan desarrollado una vasta labor de pesquisa en torno a ellos. Nuevos científicos como el caso de Alain Fabre, Natalia Díaz y Alexandra Aikhenvald, han realizado aportes al estudio y comprensión de esta cultura. Incluso dando origen a desencuentros en cuanto a sus interpretaciones. Mientras Aikhenvald habla de un Warekena nuevo, Fabre asegura que el “Warekena nuevo” está moribundo, y que el “Warekena antiguo” se mantiene vigente en la zona de Wayánapi. 
            Puedo decir que estas diatribas no son nada nuevas en el mundo de las investigaciones y que nacen del excesivo celo que pone cada uno en sus labores. Cada vez que me han preguntado sobre tales encontronazos me limito a celebrarlos, porque son pequeños pasos que ayudan a mantener vivas, y coleando, a nuestras raíces.  
            Mientras remontaba en curiara las aguas negras del Guainía los cinco kilómetros y medio que separan a Wayánapi de Maroa, para tomar la avioneta que tras dos horas de vuelo me llevaría a Puerto Ayacucho, no les quiero ocultar el desasosiego que me escoltó y que todavía me acompaña.  ¿Esto tiene alguna utilidad? ¿No estoy actuando como un ave de rapiña que acude a regodearse ante los restos de un ser agónico al que los picotazos terminarán de hacer sucumbir?
            Hay oportunidades en las que mi conciencia de inútil me impide incluso alzar la cámara y documentar lo que veo con el rigor que ustedes merecen. Esta vez fue una de ellas. No saben lo que pido por equivocarme y que esta estirpe, pueda seguir afincándose por los siglos de los siglos. Amén.

©Alfredo Cedeño
 
 


10, 12, 15

domingo, marzo 17, 2013

MIS POEMAS DE AMANDA

            Es una suerte de dogma en el mundo comunicacional que un texto informativo es aquel en el cual el autor da a conocer de manera sucinta y objetiva hechos, circunstancias reales o algún tema particular al lector. Pues bien, este trabajo lo escribo sin rastros de ecuanimidad, sindéresis, imparcialidad o alguna de todas esas cualidades que se supone un texto informativo debe tener.
        Esta vez, como nunca, escribo desde las tripas, con muchísima mas emoción de la que probablemente logre transmitirles.  He dicho en innumerables oportunidades una frase que acuñé en el marco de una entrevista que me hizo, varios años atrás, mi querido Elías Santana: Venezuela es lo que es pese a sus políticos y gracias a sus mujeres. Hoy esa frase tiene más vigencia que nunca, es lo que trataré de mostrarles en esta nota de hoy, cuando escribo sobre una mujer espectacular por la cual ando derretido como barra de chocolate en el bolsillo de un muchacho feliz.
          Me estoy refiriendo a Amanda Gonzalez de García, una caraqueña de pura cepa que ha levantado a pulso titánico su chocolatera Mis Poemas en las afueras de San José de Barlovento, más conocido como de Río Chico aunque a sus habitantes no les haga mucha gracia, municipio Andrés Bello del estado Miranda.  Allí, luego de transitar una carretera en estado infernal de la que poco se ocupan los organismos que debieran velar por el buen estado de la vialidad, y en un ambiente de sueños ella junto a su esposo, hijos, su yerno Simón Pérez y toda su familia ha levantado una joya de la artesanía del cacao venezolano, que producen desde plantar el árbol hasta fabricar el chocolate más rico que se puedan imaginar. 
A esta altura les recuerdo que el cacao fruto del Theobroma cacao L., de origen americano, y cada vez más se afirma que del territorio venezolano, fue desde tiempos inmemoriales tenido en alta estima entre nuestras culturas prehispánicas, al punto de que era empleado como moneda.  En cuanto a su origen se ha determinado que este ocurrió en el Amazonas sudamericano de donde se extendió su uso y cultivo hasta Centroamérica donde se llevó a cabo su domesticación, o cultivo especializado. En la cuenca del Alto Orinoco venezolano crecía de manera silvestre y se le conocía con el nombre de Calabacillo.
En lengua Nahua de México se le conocía como Xocolatl, nombre que sería hispanizado, para su introducción al viejo continente, como Chocolate. En 2006, el investigador John Henderson, de la Universidad de Cornell, Íthaca, New York, afirmó que los vestigios más antiguos sobre el uso del cacao como bebida se situaban 1.100 años a.C. No obstante, estudios posteriores llevados a cabo por investigadores mexicanos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, así como de las universidades de Columbia, Arizona, Yale, Wisconsin y Kennesaw, señalan que existen evidencias del consumo de cacao como bebida en los años 1900 a.C, es decir, 800 años antes de lo que se creía hasta ahora.  Ellos se basan en los residuos de una bebida a base de cacao localizados en una vasija de cerámica encontrada durante las excavaciones realizadas en el sitio sagrado del Cerro Manatí, en Veracruz, México. La vasija se localizó junto a una gran cantidad de objetos suntuosos entre los que destacan: hachas labradas en piedra verde, jadeíta, pelotas de hule, mazos de madera y varias estacas con la punta quemada, entre otros. Los investigadores estimaron que la vasija, datada mediante carbono 14, era del 1750 a.C.
¿Casualidad? No sé, ni quiero caer en especulaciones, pero la chocolatera de Amanda está ubicada en el sector Manatí de la carretera que lleva al caserío Agua Clara, del sector que ya les mencioné.  Y ya que ando por recovecos históricos les cuento que ella empezó a sembrar su obra 38 años atrás junto a su esposo Ramón.  “Yo tenía en Caracas una floristería, que se llamaba Armonía Floral, y estaba en Chapellín, frente a los laboratorios Behrens. Nosotros, Ramón y yo, pensábamos en tener algo hacia el monte como para retirarnos en la vejez.”
Hoy Amanda tiene 75 años y se mantiene al timón de un esfuerzo largo, hermoso y sostenido. “Un señor llamado Víctor Zurita, al que le habíamos alquilado en la casa un cuarto nos habló del señor Pedro Caraballo que tenía esta parcela y quería salir de ella, así que nos pusimos en contacto con él y le compramos. Él aquí no tenía casi nada, unas matas de mango, unos camburitos, eran cinco hectáreas. Ramón, que  había sido empleado publico durante 30 años  y quedó jubilado, decide venirse porque teníamos un señor que no producía nada, así que Ramón se metió aquí de pata y cabeza. Primero hizo un ranchito muy pintoresco que era mitad zinc, todo el contorno de abajo, y la otra mitad de arriba tela metálica por la plaga. Yo venía en veces dos veces por semana, cuando eso no había autopista, por la carretera vieja, salía a las tres de la mañana de Caracas.”
Amanda iba “a traer dinero para pagarle a los obreros, no había transferencia electrónica, ni  nada de eso. Mi hijo que trabajaba en Finalven de noche, muchas veces cuando estaba llegando me encontraba saliendo y se venía para acompañarme. Cuando eso tenía una Wagoneer roja automática. Después cuando empezó a salir plátano aquí yo me llevaba esa camioneta hasta los tequeteques.  Un día salimos de aquí, mi hija y yo, porque no aguantábamos la plaga a la una de la mañana y me paré en la estación de Caucagua y el señor me dice: señora si a usted se le espicha un caucho por ahí no sé como va  a hacer con esa carga. Le dije no, yo voy con Dios, no se espicha.  Y así fue.”
Pura voluntad es esta mujer que me hizo saltar las lágrimas más de una vez  mientras me iba desgranando su vida de luchas y logros. “Cuando llegaba  allá me fajaba con la floristería. Venía a traer dinero para pagar los empleados  o lo que tuviera que comprar y me volvía a ir, traía la comida y eso era en esa carretera vieja de Guarenas arriba y abajo. Ahora yo no me atrevo a hacer eso, me atrevía a esa edad pero ahora hasta ir para Caracas sola manejando aunque es autopista tengo miedo a veces lo hago porque es necesario.  Así pasamos un tiempo hasta que decidí quedarme aquí. Dije: No vuelvo a Caracas, no aguanto más ese estrés y esa cuestión. Y me metí aquí. Yo manejaba tractor, en el 95 fundé una escuela agropecuaria aquí en El Delirio junto con un profesor que ya se murió e hice un acto para todos los productores que fundaron esto, que entre ellos está el señor Echenique, poniéndole su medalla tricolor, haciéndole un homenaje a personas que comenzaron aquí  y que nadie se ocupa de ellos”.
Amanda se dedicó en aquellos años a realizar una labor de promoción social entre sus vecinos campesinos y productores agrícolas. “Yo estaba trabajando para la comunidad cuando me tropiezo con Enrique Mendoza que era gobernador y se la pasaba dando cositas por ahí, y yo siempre llevando carticas para limpiar los caños, arreglar la carretera, buscarle casita a los productores, hasta que un día tuve la oportunidad de hablar con él y le dije: mire gobernador por qué si se llevan el mejor cacao de Venezuela para otros países y nos lo devuelven en papelitos de colores, ¿por qué nosotros no hacemos lo mismo? Y él me dice, moviendo la cabeza así como le da él: ¿cómo dices tú? Le digo: bueno si los otros lo hacen yo creo que lo podemos hacer, unas maquinas, hay que hacer algo.”
Ella confiesa que lo hizo porque cultivaba cacao y cuando lo iba a vender no le alcanzaba lo que le pagaban para lo que había gastado en peones, y todo el proceso de producción. “Veía que había que hacerle un valor agregado para que eso pudiera dar.  Entonces él me dijo: déjame pensar; y se fue. Una vez me llaman, ya si había celular, y me dicen mire señora Amanda vamos a dar unos  créditos para unas plantas chocolateras artesanales, si usted quiere participar. Yo ni corta ni perezosa acepté la cuestión. Los requisitos eran muy fáciles. Y eso se iba a procesar mediante CORDAMI –Corporación de Desarrollo Agrícola del estado Miranda– y su presidente fue a Colombia porque allá hacen unas plantas artesanales. Total que contrataron unos colombianos que no cumplieron bien. Ellos mandaban una maquina hoy para uno o dos productores, de los diez que estábamos ahí. Aquello empezó a enervarme, a calentarme la sangre.”
        En el ínterin, ella había convencido al alcalde para que le facilitara un espacio en la sede de la alcaldía para acudir allí una vez a la semana para recibir las quejas y solicitudes de los campesinos, para ocuparse de su tramitación ante los organismos competentes. ¡Es incansable esta mujer! “Yo le dije: quiero que tú me cedas aquí un espacio para que me visiten los parceleros de este sector y me digan cuales son sus problemas, entonces yo los escribo y los canalizo ante los entes. Me lo dio y yo iba todos los martes medio día, pero me retiré porque la gente lo que creyó fue que yo era una bolsa de dinero y querían para el remedio, para el hijo que estaba preso, y así siempre. En menos de veinte mil bolívares no me salía el día que iba para allá y esa era plata de lo mío, de mi pensión, de mis reales que yo tenía de mi floristería.”
Volviendo al tema de los créditos para la procesadora, y el suministro irregular que los vecinos colombianos habían realizado, Simón Pérez, un ingeniero hoy en día casado con una de sus hijas, le ofrecen que se ocupe del caso de las plantas de cacao “y él me dice a mi que lo llevara donde estaba una que habían entregado que era de las mas completas y vio, así rapidito. Yo le dije ¿y ya viste todo? Si, me dijo. Él se dio cuenta que con ese tipo de planta no íbamos a llegar sino hasta el chocolate de taza de ese Corona que hacen los colombianos. Y él presentó un proyecto para producir unas plantas mejores y se lo aprobaron. Por supuesto que Simón salió con las tablas en la cabeza, pero como estaba enamorando a la hija mía…”.
Por lo que haya sido, lo cierto es que Simón, en el mismo espíritu de Amanda, con mística y entrega, armó un taller en los terrenos de ella y allí “fue construyendo las maquinas que necesitábamos.  Él hacia 10 prensas y yo salía en un camión que CORDAMI nos había facilitado y las repartíamos, después al otro domingo lo mismo, así con cada uno de los que habían recibido el crédito. Las máquinas mías eran las de probar, las que me quedaron a mí eran con las que iban probando si servía o no. Y así comenzamos; la verdad es que si no hubiera sido porque tenía a la hija mía al lado y a él al lado esto no fuera lo que es porque yo hubiera hecho cualquier cosa, pero no fuera lo que es Mis Poemas ahorita, porque ellos se han ocupado de los diseños, y mis hijos todos me han apoyado. Uno que es vendedor de toda su vida fue el que nos introdujo en los Plaza, en los Excelsior Gama, en esos sitios donde es difícil entrar porque hay muchos requisitos.”
¿Logran entender que esta nota no puedo escribirla sino cargado de la emoción que esta mujer transmite? Cuando estaba a punto de preguntarle por la marca de su chocolatera me suelta: “¿Por qué el nombre? Porque así es como identifico a mis hijos, ello son mis poemas, yo hubiera querido poder escribir pero no he escrito más nada sino lo que tengo es muchachos y yo los llamaba a ellos mis poemas y cuando llega la chocolatera y busco el nombre dije bueno ¿qué mejor que llamarla como llamo a mis hijos: Mis Poemas?”
         No tengo empacho en confesarles que necesité voltear y que los ojos no me traicionaran ante ella.  ¡Carajo! Qué privilegio poder decir que se es paisano de esta mujer. Ella nunca dejó de honrar la deuda contraída y mes a mes fue pagando sus cuotas estipuladas, hasta que hubo las elecciones de gobernador en el 2004 y resulta ganador el candidato rojo rojito Diosdado Cabello. “Cuando ganó él yo estaba en la mesa de Agua Clara trabajando por Súmate y empezó a gritar la gente de ahí “¡vamos por la chocolatera porque eso es de nosotros!” Reuní a mis hijos les dije está pasando esto y decidimos: no, esto hay que cancelarlo ya. Al otro día estaba yo en CORDAMI y pagué todo. La única que no visitó Diosdado, ni le pintó la pared de rojo, ni nada fue a  mí. A todos los demás les puso un cartelón en la puerta Diosdado Cabello, planta chocolatera tal y cual y le pintaron la casa de rojo porque no habían pagado ni lo han pagado aún.”
Para Amanda es inaudito que alguien no honre sus deudas y que no haga producir lo que hace. “Si usted tiene una cosa donde no multiplique la cuestión y que trabaje con buena fe no le puede ir bien. Con esto de las misiones la gente no quiere trabajar porque si recibe una misión por la que está embarazada, otra por el papá que no sé qué,  y se sacan ocho o diez mil bolívares dicen que con eso viven.”
Con modestia habla de sus productos: “No aumento los precios pensando que este es un hueco bien feo, así bien lejos, que hay mucho hueco en la carretera. Yo más bien le agradezco a la gente que venga a comprar aquí, no encuentro cómo atenderles para que se sientan bien. ¿Cómo voy a poner unos chocolates que después nadie va a comprar?, ¿qué voy a hacer yo con ese poco de chocolate?”
       Amanda trabaja en la producción de chocolate propiamente con su hija y dos empleados: Hilda Hernández y José Manuel Unamo. Hilda vive en San Vicente, y tiene que tomar 3 transportes para llegar a la planta. José Manuel se ocupa de todas las labores pesadas tales como la extracción de la manteca del cacao; un vecino, Antonio Echenique, se dedica a ayudarla –¡sin aceptar pago alguno por sus labores!– en el envasado y etiquetado. Afuera son dos peones el señor Carlos llegado de La Grita y el barloventeño de pura cepa Gerardo Cedeño.
 
Ella procesa alrededor de 200 kilos de chocolate a la semana “y a veces no puedo porque hay un freno en cuanto a la nevera, porque tengo que hacer la bolsita, meterlos en la bolsita. Salen por tanda 72 de 100 y 52 de 200 gramos, cada tanda son 19 kilos cada vez que lo meto en esa olla, y son dos al día, no puedo hacer más de eso porque el tiempo de la nevera de llenarlo y eso ya no da más, necesito equipos más grandes y más gente, pero eso lo vamos a solucionar en la nueva planta que ya Simón está armando.”
 
Amanda heredó de su madre lo laboriosa. “Yo soy la mayor de catorce hermanos, y mi mamá nos crió haciendo granjerías ahí donde vivíamos en Chapellín; ella hacia arepa en la mañana, después hacía arepitas dulces, con maíz que mi hermano y yo molíamos dos veces, y hacia majarete, conservas; y cuando hacia la conserva de coco me ponía quitarle la conchita al coco y a rallárselo, yo me rallaba todos los dedos y yo le tenía una calentera al coco… Pero ahora hago aquí unos bombones de conserva de coco que ¡a la gente le encanta!”
 
En Mis Poemas ella prepara bombones de 25 sabores entre los que recuerdo: maní, maní garrapiñado, avellanas, nueces, merey, macadamia, pistacho, mango, fresa, coco, naranja, cambur, melocotón, pera, guanábana, higo, parchita “que me queda muy buena, y esos bombones son uno a uno. Aquí todos nos fajamos, sobre todo en estos días cuando vinieron dos autobuses seguidos, uno un día y otro día llenos de muchachos y ahí no quedaron sino como cinco bombones, yo estaba desesperada viendo mi vidriera así  y nos fajamos a hacer bombones y me lleve un  poco para la casa en la noche y los envolví allá y en la mañana los traje y eso porque me sentía mal viendo eso así.”
 
Cuando anden por Barlovento no dejen de llegar donde ella. Si quieren comunicarse les dejo su teléfono: 0234-7715361. Búsquenle la lengua y déjense llevar por su historia, disfruten a esta venezolana digna y centrada.
 
Con un nudo en la garganta la escuché decir al hacer un balance de su obra: “¿Qué viene ahora? Viene mi descenso, pero yo veo que a mis hijos les gusta y  mis nietos también, y es de ellos. Esto es una compañía anónima y todas las acciones son suyas, de Mis Poemas, yo no tengo ni una. Soy la directora general hasta que me muera, y entonces quedarán a cargo. Me estoy sintiendo cansada…”
 
          ¿Cómo no estar insoportablemente orgulloso de ser venezolano ante una mujer como Amanda? ¿Cómo puede haber gente que dude de que este país es una sucursal del Paraíso, si en cualquier rincón se pueden encontrar montones de ángeles como ella?  No me cansaré de repetir, y espero poder seguir haciéndolo por muchísimo tiempo, chauvinismos aparte, poseo el invalorable privilegio de ser hijo de Venezuela.

© Alfredo Cedeño

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