sábado, septiembre 03, 2016

CELESTINAS DE NUEVA DATA

 
A fines del siglo XIX el médico, fisiólogo y psicólogo austriaco Josef Breuer somete a tratamiento a Bertha Pappenheim.  Los procedimientos se llevaron a cabo por el científico austríaco se llevaron a cabo entre diciembre de 1880 y junio de 1882.  Él, en el marco de las terapias utilizadas para tratarla comenzó a utilizar el término catarsis, lo cual compartió con su paisano, alumno y protegido Sigmund Freud. 
Breuer y Freud, son considerados los padres del psicoanálisis, y a partir de esos años comenzaron a hablar de método catártico, el cual permitía desbloquear emociones y recuerdos reprimidos que tenían una secuela somática en los pacientes. Será en 1914, luego de casi veinte años de separación de su mentor, que Freud en su artículo Recordar, repetir, reelaborar habla por primera vez de catarsis breueriana. A partir de ahí la palabra entró en el argot de los estudiosos de la conducta y la mente, con su posterior divulgación masiva y consecuente adopción por el habla coloquial.
Breuer había tomado prestada la locución del griego, donde el bachiller Aristóteles la había empleado al hablar de la tragedia en su Poética. Es bueno decir a esta altura del juego que el estagirita utilizó en sus notas dicho termino así: “Una tragedia es la imitación de una acción elevada y también, por tener magnitud, completa en sí misma; enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la catarsis de tales emociones”.
Como suele ocurrir con todos los desaparecidos, las versiones en cuanto al sentido que el descendiente de Esculapio quiso darle a dicha palabra son infinitas. Hay estudios como el de Ángel Sánchez Palencia: «Catarsis» en la Poética de Aristóteles, publicado en Anales del Seminario de Historia de la FiIosofía (Madrid. l996), donde hay una sesuda disertación al respecto. Hago este recorrido por el valor achacado a dicha palabra porque han sido innumerables las versiones, y ello no es patrimonio de tiempos recientes. En el siglo XVIII el dramaturgo y crítico literario alemán Gotthold Lessing sostuvo que la catarsis convertía el exceso de emociones en virtuosas disposiciones.
Es justo precisar que el honorable mataburros de la Real Academia de la Lengua Española, haciendo gala de ecuménica, le otorga los siguientes significados:
“1. f. Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza.
2. f. Efecto purificador y liberador que causa la tragedia en los espectadores suscitando la compasión, el horror y otras emociones.
3. f. Purificación, liberación o transformación interior suscitadas por una experiencia vital profunda.
4. f. Biol. Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo”.
                A la larga terminó por prevalecer en el lenguaje diario una versión adosada a la de Breuer y Freud, por lo que hoy en día se le acepta de manera general como forma de desahogar ira, frustración e impotencia. Esta reflexión, que amenaza por convertirse en un verdadero batiburrillo, la hago al calor de las imágenes,  testimonios e  informaciones  que me llegan de la célebre marcha hecha en Caracas el pasado 1 de septiembre.  Mi papá, quien me solía endilgar un optimismo insumergible, en esta oportunidad, ante mi pesimismo desbordado, estoy seguro de que me hubiera preguntado. ¿Qué vaina es, Alfredo Rafael? Las elucubraciones en torno a los logros de la jornada cívica memorable de ese día son infinitos, pero hacen poca justicia a la demostración de hartazgo de toda Venezuela frente a los asnos que conducen el país. Desafortunadamente la recua llega mucho más allá de la empalizada roja y se extiende hasta nuestros predios.
                Hay un antiguo refrán griego que muchos se empeñan en achacar a Eurípides, pero que los estudiosos de su obra aseguran no es de su autoría pero que en esta oportunidad viene al caso de forma apropiada: “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”.  La demencia colectiva que parece arropar a tirios y troyanos se comprueba con otro aserto que sí es del poeta griego: Frente a una muchedumbre, los mediocres son los más elocuentes.
                He señalado en repetidas oportunidades, y lo seguiré haciendo, que la alcahuetería de la cual hacen gala nuestros “dirigentes” es pública y manifiesta, de manera desembozada proclaman sus ambiciones por los cargos de la Rēs pūblica que los muy zánganos consideran una vaca a la que destazar para repartirse entre ellos, ni siquiera guardan las apariencias en la pelea por los despojos de la que una vez fue la taza de oro del continente. Y al hablar de ese envilecimiento notorio busco en la obra del toledano Fernando de Rojas, La Celestina, que ya en 1499 desnudaba en la vieja alcahueta la miseria de quienes andan tras bastidores buscando pervertir cuanto les rodea. En un diálogo que ella sostiene con Calisto, Pármeno y Sempronio les dice: “Ganemos todos, partamos todos, holguemos todos. Yo le traeré manso y benigno a picar el pan en el puño. Y seremos dos a dos y, como dicen, tres al mohíno”.  En esa andan muchos que andan dándose carajazos en el pecho mientras vociferan su compromiso con el pueblo, pero luego van a reuniones y conversaciones con los más genuinos fantoches y bufones de esta troupe perversa que no cesa de humillar al país entero.

© Alfredo Cedeño


1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenos días, querido Alfredo. La catarsis es al fin y al cabo un desahogo que va seguido de la calma. En la toma de Caracas hubo sí algo de catarsis pero no total porque la gente no se calmó y para probarlo, los hechos de Margarita sirven. No creo que haya que buscar catarsis sino conciencia cívica de que el desahogo no llena la barriga ni cura el cáncer, Creo que hay en ello más que catarsis, decisión de salir de quien produce la angustia. Quizás haya mejor que hablar de hübris. Dios nos la bendiga. Un abrazo.

Alejandro Moreno